Mostrando entradas con la etiqueta josé b. adolph. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta josé b. adolph. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de noviembre de 2012

El primer peruano en el espacio, publicado en la antología "The Apex Book of World SF 2"


 "The First Peruvian in Space," by Daniel Salvo, is by far one of the most powerful and astonishing ironic turns I have ever read in a story, and it accomplishes this by developing our expectations about colonialism and racism before turning us on our ears. 

Ben Godby, Strange Horizons

***


I have many, and obvious, reasons to enjoy Daniel Salvo’s “The First Peruvian in Space”:
Anatolio Pomahuanca had reason enough to hate whites. Hundreds of years ago they had invaded and conquered his world and reduced his forebears to the sad condition of serfs or second-class citizens. There were historic changes like independence wars, rebellions and revolutions. But, be it as it may, whites were still those who ruled and decided everything in Peru and throughout the rest of the world.
[...]
The captain belonged to the worst: those who believed there was already a harmonic conviviality between whites and natives as a result of centuries of history that had erased past wounds.
The plot twist weakens rather than strengthens, though I suppose without it the story would’ve been too obvious. 
Acrackedmoon,   Requires only that you hate

domingo, 23 de octubre de 2011

José B. Adolph: un recuerdo (1)




José B. Adolph: Un recuerdo (1)

CARLOS ENRIQUE SALDIVAR



1.- José B. Adolph y la revista Argonautas¨



Noviembre de 2006.

Fue en el cercano año 2006, cuando se me ocurrió la quijotesca idea de traer al mundo una revista de literatura fantástica. Jorge Luis Obando me propuso sacarla con el sello editorial que estaba lanzando (en aquel entonces Magna Ediciones). Ambos éramos compañeros en la Universidad Nacional Federico Villareal. Cursábamos el 4to año y estábamos desencantados por algunas publicaciones de nuestra casa de estudios. Las de mejor calidad a menudo contenían páginas demasiado teóricas, las cuales ahuyentaban a un lector promedio. Muchas nacieron y murieron rápido (no pasaron del primer número). Otras, quedaron estancadas después publicar pocos números, y ello a pesar de su calidad. Esto se debió a la escasa economía de los estudiantes, además de una distribución muy restringida o casi nula. Jorge Obando venía de una revista: Caleidoscopio, una propuesta muy interesante, que en su momento tuvo realce. Respecto de ella recordemos el segundo número dedicado a Washington Delgado (tengo entendido que hay en proyecto un nuevo número). Volviendo a lo anterior, cuando decidimos sacar una publicación, coincidimos en que no sería una empresa fácil. Escogí el nombre: Argonautas,  por los héroes de la mitología griega que acompañaron a Jasón durante su odisea en pos del vellocino de oro. El nombre quedó y pegó (una amiga me comentó que un grupo de rock peruano lo usaría después). Ya con el nombre, el proyecto tomaba una necesaria consistencia. Sin embargo, aún faltaba mucho por realizar. Debíamos conseguir el material, los cuentos. Y así fue. Algunos amigos nos apoyaron con relatos y con difusión, esta última en la medida de sus posibilidades. Yo había conocido un año antes a Luis Torres y a su padre, un respetable caballero de Jirón Amazonas, quien trabajaba en un puesto donde pude adquirir diversas obras de las temáticas que más me gustaban: la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Torres (hijo) era todo un personaje en Jirón Amazonas. Sabía más que yo sobre libros (y me considero un gran bibliófilo), de modo que me dio algunas recomendaciones oportunas, las cuales seguí. Cabe decir que estos notables consejos hicieron que mis proyectos literarios inmediatos llegasen a buen puerto. Por intermedio de este nuevo amigo conocí a Luis León Velásquez, un joven escritor que creaba buena poesía y sobresaliente narrativa. Ya tenía dos cuentos para mi revista. Le pasé la voz a una joven amiga de San Marcos, Fátima Salvatierra, quien me envió también una llamativa ficción. Ese mismo año me contactó un (bastante) joven estudioso de la literatura: Christian Elguera, muy empeñoso, aficionado a la literatura fantástica, y al tema gótico. Todo un año me llevó seleccionar los cuentos, corregirlos y acomodarlos en el corpus del texto global, luego siguió la diagramación hecha por el editor y la impresión final bajo el sello Magna Ediciones. Había espacio, por lo que completé la sección Cuentos con material de mi cosecha, bajo distintos seudónimos, por supuesto. Fue una revista hecha entre amigos, muy amateur. Prácticamente de aficionados, pero con una cierta calidad literaria. Pegó mucho entre los amigos y algunos seguidores del género. Estaba inspirada en Nueva Dimensión, Revista Asimov, Más allá, entre otras. Recuerdo que mi cuento La bolita (publicado con el seudónimo de Luis Eduado Milano) gustó mucho. También resaltaron los otros relatos: Quejas de Fátima Salvatierra, Los ojos cerrados de Jorge L. Obando, Uno más de Luis León, La lluvia de Christian Elguera, Transbordador de Luis Torres En fin, sin el esfuerzo de todos, la publicación no habría sido posible. Fue un tiraje muy pequeño, de cien ejemplares con portada en blanco y negro. Luego habría una reedición con carátula a color. La revista fue presentada en la Universidad Nacional Federico Villareal en noviembre de 2006. Y, de esta manera, quedó para siempre estampada dentro del conglomerado de publicaciones universitarias que siempre realizan una loable aportación a la cultura pues son (muchas veces) muy valiosas.

Enero de 2007.

Mis conocimientos de Internet y todo lo que desenvolvía en la red eran muy pobres. No conocía sobre foros y/o revistas virtuales, tan solo una que otra página de cuentos de terror, de esas que abundaban, ciertamente. Por aquella época el editor de mi revista contactó con el grupo Coyllur, de aficionados a la fantasía, ciencia ficción y terror. Ellos solían (y suelen hoy en día) reunirse los últimos sábados de cada mes para disertar sobre diversos temas. El editor se reunió con ellos y les dio la revista Argonautas. Así establecí contacto con Daniel Salvo y conocí su espectacular página: Ciencia Ficción Perú, convertida ahora en un excelente blog periódico. Descubrí también la existencia de la revista Velero 25, de Víctor Pretell. Y no solo eso, comencé a vislumbrar el enorme conglomerado de publicaciones, todas maravillosas, que circulaban en Internet. El papel parecía haber quedado en el olvido (sin embargo esta impresión mía quedaría mermada después). Estaban Axxon de Argentina, Alfa Eridiani de España, Ubikverso y Crónicas de la forja de Venezuela, MiNatura de Cuba-España y tantas otras que hasta la fecha siguen deleitándome a mí y a muchos. Por entonces yo estaba preparando el segundo número de mi revista y me di cuenta de que había un escritor que publicaba continuamente en Ciencia Ficción Perú. Era José Bernardo Adolph. Yo seguía su narrativa desde más o menos el año en que ingresé a la universidad (2000). Tenía varios libros suyos, los cuales había disfrutado con creces, desde que adquiriera el primero: Cuentos del relojero abominable, narraciones tan perfectas como Exploración o Persistencia me marcaron para siempre. Para mí, establecer contacto con este maestro era dar un paso agigantado que iba de la revista de aficionados a una publicación profesional que estuviera destinada a presentar solo material de primera calidad. El editor se comunicó con él y le solicitó un cuento. El día que saltaron los chinos fue publicado en la revista Argonautas, número 2 y tuvo tantos elogios que (tal vez esto solo sea una creencia mía) opacaron el resto del material. Ahí pude publicar por primera vez a su lado. Mi cuento Entelequia (colocado con el seudónimo de Leonardo Gabriel) ya mostraba ciertos atisbos de lo que yo escribiría más adelante. Tuve la oportunidad de publicar un relato que me satisfizo mucho: Plaste, que continuaba mi saga de los Suprahumanos iniciada por mi cuento Elix (publicado con seudónimo en el primer número de mi revista). Coloqué también Reubicación, ficción que después incluiría en mi primer libro de narraciones cortas. En Argonautas, número 2 publicó Daniel Salvo (este autor escribe muy buenos relatos de fantasía, ciencia ficción y otros géneros; desafortunadamente aún no tiene un libro editado, pero sí varios textos en revistas nacionales y del extranjero, virtuales y en papel). Participó además Luis Bolaños De La cruz con un sesudo artículo que demostraba su gran inteligencia y su amplia capacidad de observación (Luis Bolaños también escribe ficción y ha sido publicado en el extranjero). En dicho volumen apareció además Nocturno, seudónimo de Jorge Vergara, un (bastante) joven amigo de la Universidad Nacional Federico Villareal. En el verano de 2007 el segundo número de la revista veía luz, y ya contábamos con un nuevo colaborador en nuestras filas: el brillante José B. Adolph.

Mediados de 2007.

Después de la publicación de Argonautas, número 2, volumen muy superior al iniciático primer número, debí ausentarme por motivos de viaje. Este imprevisto estancó la labor que realizaba con la revista Argonautas, número 3. Pero a mediados de año pude ponerme al día con la revista (al mismo tiempo que me reintegraba a la universidad para cursar mi último año). Yo mismo me comuniqué con José B. Adolph y le propuse la publicación de uno de sus mejores relatos: Castigo, cuento que había aparecido en su excelente libro La batalla del café, y que además había ganado el concurso de 1000 palabras de la revista Caretas en el año 1983. Dicha narración también apareció en la antología de la misma revista que incluía los mejores cuentos de mil palabras. Un texto perfecto que hizo las delicias del público y se mantiene vigente a pesar de los años. Con suma cortesía se lo pedí y él, con soberana gentileza, me lo cedió. La revista Argonautas, número 3, estuvo completa más o menos en junio de 2007. Publicaron algunos escritores nuevos, como Yelinna Pulliti, a quien conocí en la primera reunión de Coyllur a la que asistí. Luego estuvo Javier Cotillo, notable educador y escritor juvenil e infantil. Luis Torres y Luis León Velásquez seguían presentes (ambos habían sido publicados en los números anteriores). Volvió Christian Elguera con un magistral cuento de horror. Yo tuve la oportunidad de publicar tres relatos, dos de ellos con seudónimo. La casa nave fue el cuento que más gustó y por ello decidí incluirlo en mi libro Historias de ciencia ficción al siguiente año. Publiqué además un tercer cuento de la saga de los Suprahumanos: Luz, muy importante para mí pues me dio una pista de cómo escribir historias de largo aliento sin cansar al lector. El tercer número de mi revista implicó todo un reto, empero había adquirido una gran experiencia y, gracias a ella, podía seguir sacando nuevas ediciones (viene a colación decir que se vendió muy bien, pudimos recuperar el dinero invertido). El problema surgió cuando el editor y yo pensamos en sacar el cuarto número a finales de 2007. Un volumen dedicado íntegramente a José B. Adolph.

Fin de 2007.

Jorge Obando le avisó del homenaje, aunque no se atrevió a solicitarle un cuento inédito. Fue yo quien le escribió comentándole sobre la idea de sacar una breve antología de ciencia ficción e incluir a nuestro entrañable escritor en primer lugar. Si tal proyecto no se realizaba, el cuento podría ir en Argonautas, número 4. José B. Adolph se mostró muy animado y me envió el relato Virgo Intacta. La antología que tenía planeada nunca llegó a ver luz. Pero con la revista había un compromiso ineludible, algo que iba más allá de nuestros intereses y deseos. El año 2007 ya iba a terminar, hubo un congreso en octubre, en Huanchaco (donde tuvo lugar un homenaje a nuestro apreciado Adolph). La revista no salía aún, yo tenía el material, los cuentos, correcciones pendientes (ese año ingresé al taller internacional Los Forjadores, donde aprendí muchas cosas novedosas respecto del arte de publicar y escribir como se debía). Conocimos a Giancarlo Stagnaro, quien se mostró muy animado por la publicación y nos facilitó un efectivo relato: A donde van las almas. El volumen incluía cuentos, artículos y ensayos de diversos autores consagrados y nóveles. Un estudio magnífico de Elton Honores (un amigo que siguió a Argonautas desde el principio y ahora es un valorado estudioso de la literatura fantástica), Christian Elguera (quien estuvo con nosotros desde el primer número), Rony Vásquez (actual director de la revista de ficción brevísima Plesiosaurio, Luis Cangalaya (ex compañero de estudios en mi Alma Máter), Daniel Salvo, Luis Bolaños De la cruz, Adriana Alarco de Zadra (soberbia narradora y poeta, Presidenta de la Casa Museo Ricardo Palma), Yelinna Pulliti, Javier Cotillo, David Anchorena (un joven narrador que vive en Huanchaco, Trujillo), Armando Alzamora (constante promotor de eventos literarios en la Universidad Nacional Federico Villareal), Nocturno (Jorge Vergara, una vez más), Luis León Velásquez, Pedro Félix Novoa, entre otros. Sobre todo, pudimos contar con la presencia de Carlos Eduardo Zavaleta, el segundo escritor grande que se había animado a publicar en nuestra revista y uno de los mejores cuentistas y novelistas peruanos de todos los tiempos. Muy distinto en estilo a José B. Adolph, y muy cercano en lo que respecta a la calidad artística y a la perfección de la prosa.

Trágico verano de 2008.

José B. Adolph sabía del homenaje y sé que estaba muy contento por éste, no obstante su salud por aquella época no era óptima. Recuerdo que le pedí (muy atrevido de mi parte) que prologara mi libro de cuentos Historias de ciencia ficción, sin embargo por motivos de salud no pudo hacerlo. El jueves 20 de Febrero a las 11 de la mañana una complicación generalizada acabó con su vida dejándolo para siempre en el territorio de la leyenda. Fue Adriana Alarco quien nos dio la noticia en el foro de Coyllur. Me deprimí por un tiempo. Una oleada de remembranzas vino a mi cabeza por aquellos duros días. Recuerdo su entrañable conversación con Marco Aurelio Denegri, su vocecita ágil e inteligente. Recuerdo la entrevista (ahora clásica que le hizo Giancarlo Stagnaro). Recuerdo una gran variedad de cosas. Como que él fue, de algún modo, un argonauta más en ese viaje incesante por expandir nuestra imaginación. Nunca lo conocí en persona, nunca lo vi. Me hubiera gustado saludarlo al menos una vez. Siempre fui un personaje tímido, quizá un tanto introvertido, aunque últimamente este aspecto de mi personalidad ha cambiado. Gracias a José B. Adolph. Mañana, las ratas es su mejor novela, una espectacular especulación humana, política y filosófica que bien podría quitarle a El Neuromante de Willian Gibson el título de la primera novela cyberpunk en la historia de la ciencia ficción. Sus libros de cuentos son, todos ellos, perdurables. Lo es además su aporte a la cultura latinoamericana. Sus premios y grandes logros. Su aparición en textos que, durante mi adolescencia, leí (de ciencia ficción por supuesto, editado, alguno de ellos, en ¡Estados Unidos!, y en los cuales él representaba al Perú, como máxima figura del género de anticipación en nuestro país). Porque escribía muy bien, hay que decirlo. Era ESCRITOR, con mayúsculas. Ha influido mucho en el estilo literario de una generación y sobre todo en el de la persona que habla. ¿Quién no podría asegurar que mis cuentos Visiones en conjunto o Volar como los pájaros (publicados en mi libro), o El revivido (publicado en la selección narrativa Otros Villanos), no tienen algo de su esencia. Claro que tienen mucho de él. José B. Adolph no ha muerto. Su espíritu sigue revoloteando alrededor de nosotros. Esta revista, este homenaje a él, es una prueba (como tantas más) de ello.

Fin del año 2009.


Viernes 4 de diciembre de 2009


¨ Texto leído en la presentación de la revista Argonautas, número 4, en la Feria Nacional de Libro Ricardo Palma el día 7 de diciembre de 2009.

viernes, 1 de octubre de 2010

La cultura inca en dos cuentos de ciencia ficción: "El falsificador" de José B. Adolph y "Quipucamayoc" de Daniel Salvo (José Donayre)





La cultura inca en dos cuentos de ciencia ficción:


«El falsificador» de José B. Adolph y «Quipucamayoc» de Daniel Salvo






Suele pensarse que la cultura inca fue una civilización milenaria. De hecho, el Tahuantinsuyo, conocido también como Imperio Incaico, tuvo una existencia breve. Esta cultura tuvo políticamente tres periodos: el primero fue el Legendario o Curacal (de 1285 a 1320), en el que gobernaron dos incas: Manco Cápac (fundador del Cusco) y Sinchi Roca; el segundo periodo fue el Protohistórico o Monárquico (de 1320 a 1425), en el que gobernaron seis incas: Lloque Yupanqui, Maita Cápac y Cápac Yupanqui (pertenecientes al Hurin Cusco) e Inca Roca, Yahuar Huaca y Huiracocha (pertenecientes al Hanan Cusco); y el tercer periodo fue el Histórico o Imperial (de 1425 a 1532), en el que gobernaron cinco incas: Pachacútec (vencedor de los chancas), Túpac Yupanqui, Huaina Cápac, Huáscar (muerto en 1533) y Atahualpa (capturado en 1532 y muerto en 1533). A partir de este sucinto recuento, podemos resumir que la cultura inca solo duró 247 años, de los cuales apenas 107 son propiamente un imperio.


Pero el Antiguo Perú sí es milenario. Y lo es por y desde las huellas que dejaron los hombres en el periodo lítico-arcaico, en el 11600 a.C., en la cueva de Jaywamachay, en la provincia ayacuchana de Huanta, y por lugares como Caral, en el norte de Lima, la primera ciudad de América, erigida en el 2600 a.C. La cultura inca no fue milenaria pero sí heredera de toda la tecnología y el imaginario que se produjeron en esta parte del mundo en más de trece mil años de supervivencia y mejora de la calidad de vida. Cultura que en 1425 se convirtió en el único imperio autóctono e histórico al sur de la línea ecuatorial del mundo.


No obstante estas raíces que se pierden en la noche oscura del tiempo y de ser el único imperio autóctono del hemisferio sur, razones más que suficientes para encender la imaginación de escritores de toda línea, son escasas las obras de ficción ambientadas en el Perú prehispánico. A esta carencia y marginalidad, hay que sumar la poca producción de textos de ciencia ficción. Por tanto, textos de ciencia ficción enfocados en el Perú incaico y preincaico resultan ser verdaderas rara avis de nuestra tradición literaria.


De la amplia obra de José B. Adolph (escritor que nació alemán en 1933 y murió peruano en 2008) y de la prácticamente inédita producción de Daniel Salvo (sugestivo seudónimo de un abogado que nació en Ica en 1967), rescatamos dos cuentos que en estricto no son textos de ciencia ficción ambientados en la cultura inca, pero sí relacionados o, en todo caso, inspirados en tal deseo. Pero, sea como fuere, en ambos hay una presencia de la cultura inca más que relevante por lo que marcan rutas de investigación y producción literarias en tal sentido.


En 1971, Adolph publicó en Lima, bajo el sello editorial Campodónico-Moncloa, su segundo libro de cuentos: Hasta que la muerte. Esta colección de relatos alberga el cuento «El falsificador», texto que no se ambienta en la cultura inca sino en los años posteriores a la captura de Atahualpa. El protagonista es nada menos que el conquistador y cronista español Pedro Cieza de León (1520-1554), quien tras explorar territorios americanos y fundar ciudades llegó en 1548 a la otrora Ciudad de los Reyes (Lima), donde empieza su labor de cronista oficial del Nuevo Mundo. Así, de 1549 a 1450, recorre el Perú a fin de acopiar información con la que redactará los tres volúmenes de su obra Crónica del Perú: un registro histórico que narra los acontecimientos de la Conquista y las guerras entre los españoles. El primer volumen de Crónica del Perú apareció en 1553, en España, pero Cieza de León jamás pudo ver publicados el segundo y tercer volumen, pues estos fueron impresos en 1871 y 1909, respectivamente.


«El falsificador» es un cuento breve de novecientas palabras con un epígrafe considerablemente extenso, que tiene cerca de setecientas palabras, es decir, representa más de las tres cuartas partes del relato. Esta inusual característica le confiere al epígrafe —fragmento de un registro histórico— un peso narrativo casi equivalente al cuento. La cita es de Cieza de León. Se trata de dos párrafos del capítulo 5 de la segunda parte de Crónica del Perú, o sea, del tomo que se publicó después de 317 años de la muerte del cronista. Visto así este exceso y desproporción, el epígrafe no es tal, pues cumple una función narrativa: relatar una verdad que luego será interpretada en el relato para convertirla en mentira simbólica, en verdad a medias, en ficción, en falsificación, que es producto de la acción de «falsear o adulterar una cosa», de acuerdo con el Diccionario de la lengua española.


El epígrafe narra que, en un tiempo anterior a los incas, tras un largo periodo de oscuridad, salió el Sol de una isla del lago Titicaca y que luego, proveniente del sur, llegó un hombre blanco y grande que demostró tener gran poder sobre la naturaleza. Y por este poder se le llamó «Hacedor de todas las cosas criadas, Principio dellas, Padre del sol». Este ser posteriormente marchó hacia el norte, obrando maravillas, poniendo orden y difundiendo el amor entre los hombres, y recibió diversos nombres —Ticiviracocha, Tuapaca y Arnauan—, dependiendo del lugar. En su honor se levantaron templos, en los que frente a su representación se practicaron sacrificios. De este ser no se volvió a tener noticia.


Posteriormente, Cieza de León refiere que después de un tiempo se volvió a ver a otro hombre semejante a Ticiviracocha, pero del cual no se tenía nombre. Este ser sanó enfermos, e hizo cosas muy buenas y provechosas, hasta que llegó a un pueblo que intentó apedrearlo. El ser imploró al cielo el favor divino. Tras esto, apareció un fuego del cielo y los pobladores, temerosos de morir, fueron hasta el ser y le suplicaron que los librara del castigo. El ser accedió al pedido y ordenó apagar el fuego. De este episodio solo quedaron unas piedras quemadas y el recuerdo de la partida del ser rumbo a la costa. Frente al mar tendió su manto y se fue entre las olas y nunca más lo vieron. Y por la manera en que se fue lo llamaron Viracocha, que significa espuma del mar.


Con las imágenes de Ticiviracocha y Viracocha aún frescas en la mente —perfiles bondadosos solo comparables con la figura mítica de Cristo—, Adolph nos presenta desde el primer párrafo de su cuento una escena similar al arranque del epígrafe del cronista español: la oscuridad. En esta negrura trabaja Cieza de León, físicamente acabado, convirtiendo lo que recuerda, por medio de un trance, en leyenda. Adolph plantea la construcción de una leyenda al costoso precio de la deconstrucción de la realidad o, más bien, de falsificarla.


Párrafo tras párrafo, Adolph (otro falsificador) recrea al cronista español en la fatigosa tarea de encubrir y maquillar para no ser quemado en la hoguera por hereje, de falsear y adulterar a fin de no alterar el orden, en su feliz ignorancia de hombre moderno que cree tener los pies aún puestos en el medioevo. Sabe que es el eslabón malo y fatal de una larga cadena de narradores orales, y sabe de la importancia y peso de su acción, ya que él registra sobre el papel una historia contada de generación en generación, para plasmarla de manera definitiva como parte de la historia oficial. Sabe que miente, pero el fin justifica su falsificación, una misión que está por encima de su compromiso humano.


Adolph lleva al lector durante once párrafos a pensar de que se está ante un conflicto ético, ante una cuestión que no tiene sentido someterla al tamiz del ser y el parecer ni, mucho menos, al lente platónico de la percepción alterada, pues Cieza de León sabe bien lo que oyó, recuerda perfectamente bien que escuchó de manifestaciones que no puede referir porque van contra el orden establecido por su fe.


De este modo, Adolph crea una atmósfera perfecta para dar un martillazo contra la cabeza del lector en el duodécimo párrafo, el definitivo, con un final sorpresivo y revelador. El narrador de lo que ocurre en la habitación oscura donde escribe Cieza de León es el tripulante de una nave que va de un lado a otro del Sistema Solar. Nave convertida en simple fuego en la crónica del español. Se trata de un informe, un simple reporte, que da cuenta de que el secreto sobre esta «raza superior» se mantiene aún a salvo, pues Cieza de León entendió el gesto de silencio de la leyenda oída, antes de que el ser (el narrador-navegante) se pierda en la espuma del mar y se le llame Viracocha, como también se llamó el octavo inca.


El texto de Daniel Salvo, titulado «Quipucamayoc» (que fuera publicado en la revista virtual Ciberayllu el 26 agosto de 2005) no es menos fascinante. «Quipucamayoc» está ambientado en lo que es actualmente el sur de Lima, Cerro Azul, durante los gobiernos de los incas Huaina Cápac y Huáscar, es decir, hacia el final del Tahuantinsuyo. Si el remate de «El falsificador» de Adolph no hace otra cosa que invertir los planos al pasar de un registro realista a uno de ciencia ficción a partir de una sorpresiva revelación, en «Quipucamayoc» estamos ante una situación más sutil.


En «Quipucamayoc», la revelación empieza al inicio del último tercio del relato, manifestación paulatina y muy bien dosificada que de algún modo nos lleva a convertir un texto realista en uno de ciencia ficción sin que, en estricto, lo sea. Es decir, parece, pero no es, y esto resulta ser lo más inquietante. Pero esta apariencia es suficiente para que el relato de Salvo forme parte del anaquel de los textos de ciencia ficción por el sustrato tecnológico en clave que subyace a la historia. En todo caso, podría etiquetarse como una obra de ciencia ficción simbólica.


La estrategia narrativa de Salvo consiste en equiparar los quipus con las computadoras, y los nudos malos con los virus cibernéticos, pero este ejercicio lo efectúa el lector, jamás el narrador omnisciente, quien evita muy eficazmente cualquier exabrupto o anacronismo. La reconstrucción de la época, la invención del pueblo guacro, el manejo político de los personajes y el telón de fondo ideológico son bastante verosímiles.


Es más, dejando la anécdota de lado —la estrategia de Pomacha para vengar la conquista inca de su pueblo: la destrucción de un complejísimo sistema de registro de información (el quipu) mediante un nudo malo—, el cuento de Salvo postula una explicación histórica nada descabellada ante la reiterada intriga que desde hace 478 años asalta a propios y extraños en torno al hecho de cómo un pequeño grupo de españoles consiguió conquistar un imperio. Lo planteado por Salvo (arruinar un sistema de comunicación sobre el cual se erigía el Imperio Incaico) no solo es verosímil sino acertadamente razonable. Y más allá de las monumentales huellas arquitectónicas y otros deslumbrantes legados de la cultura inca que aún podemos apreciar, se perdió lo más importante: la información, el registro, la historia oficial y la otra (la clandestina), el conocimiento valiosísimo de una civilización que se nutrió, a su vez, de muchas otras culturas, que florecieron a partir del surgimiento de notables reinos milenarios. Lo verdaderamente desconcertante de este magnífico cuento de Salvo es que esta pérdida, que esta destrucción, no fue producto de la codicia e irracionalidad de los conquistadores españoles, sino fruto de una venganza nativa, de la revancha que consiguió llevar a cabo Pomacha, en representación de su sojuzgado pueblo, ante la implacable y cruel política expansionista de los incas.


Misteriosos y soterrados suelen ser los hilos de la Historia, aquel entramado que se teje incesantemente desde que el hombre se reconoce como tal y lo registra haciendo total uso de su libre albedrío, como una natural libertad de expresión, pero algunas veces surgen ficciones, como «El falsificador» de José B. Adolph y «Quipucamayoc» de Daniel Salvo, con una poderosa verdad literaria que nos permiten echar luz sobre episodios que la ciencia no consigue esclarecer de modo objetivo e incuestionable. En este caso, tenemos dos textos de ficción, cuya alta factura narrativa sirve de soporte para acercarnos a la cotidianeidad de la cultura inca, y rendir homenaje al registro histórico y a su importancia para la salvaguarda cultural… textos que contribuyen, además, a entendernos como individuos cuando nos enfrentamos a un futuro que exige y sobrepasa el límite humano ante la añoranza por el pasado y la incertidumbre del presente.




José Donayre (texto leido en la conferencia Eclosiones de lo fantástico en el Perú, organizada por TINTA EXPRESA, Revista de Literatura y Casa de la Literatura Peruana )





José Donayre (Lima, 1966) estudió Literatura y Lingüística en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Ha publicado las novelas La fabulosa máquina del sueño (Mercado Consultora y Publicaciones, 1999) y La trama de las Moiras (Fondo Editorial de la PUCP, Lima, 2003), el libro de cuentos Entre dos eclipses (edición del autor, Lima, 2001, 2007), y la colección de ficciones breves Horno de reverbero (Mundo Ajeno, 2007). Ha participado en las antologías de narrativa Perspectivas para una narrativa peruana de los 90 (APPAC, 1990), Maldito amor mío (Signo Tres, 2002), Ciencia ficción peruana (Eridano, suplemento Nº 10 de Alfa Eridani, 2005), Nacimos para perder (Casatomada, 2007) y La estirpe del ensueño. Narrativa peruana de orientación fantástica y/o extraña (edición no venal, selección de Gonzalo Portals, 2007), y en la antología de poesía La generación del noventa (Biblioteca Nacional del Perú, 1996). Maneja actualmente varios blogs, entre ellos Esta boca es mía. Se dedica a la promoción cultural y a la edición de obras literarias.

jueves, 1 de abril de 2010

Revista Tinta Expresa N° 4




Imposible no comentar uno de los acontecimientos literarios del año, la aparición del cuarto número de "Tinta Expresa", revista de literatura dirigida por Elton Honores Vásquez, Alex Morillo Sotomayor y Carlos Capellino Fuentes. A una cuidada edición, se añade un plus que disfrutará todo amante de la literatura fantástica y de ciencia ficción, como es el que sendas secciones de la revista, como "Nómade verba" y "Epicentro" estén dedicadas a ambos géneros. Creo que el mejor comentario sobre esta publicación está incluido en la Presentación del mismo, a cargo de los editores:


"Epicentro", nuestra sección central, desarrolla un panorama de la literatura fantástica y la ciencia ficción peruana y latinoamericana. Así, los trabajos sobre Clemente Palma, de José Güich y Eduardo Huyatán, serán imprescindibles para el abordaje a este autor. El trabajo de Gonzalo Portals sobre Felipe Buendía y el de Mara García sobre Elena Garro y María Soledad Quiroga amplían el espectro de lo fantástico. Dentro de la ciencia ficción, son destacables los trabajos de Rodolfo Rorato sobre el cyberpunk en Brasil y el de Bernard Goorden sobre la ciencia ficción latinoamericana. Por su parte, Daniel Salvo, Alfredo Illescas y Juan Cuya plantean abordajes a la obra de José B. Adolph. Se incluye, además, un dossier sobre este fundamental autor de la literatura fantástica peruana.



Sólo me resta destacar las ficciones aportadas por José Cabrera, Melissa Ghessi, Yamila Greco, César Silva Santisteban, Stuart Flores Herrera, Pedro Espinoza, Ricardo Sumalavia, Pablo Nicoli, Carlos Calderón Fajardo (¡fantástica!), José Donayre Hoefken, Carlos Enrique Saldìvar, Raúl Quiroz y Gregorio Torres en la sección "Nómade Verba".



Algo que los editores de Tinta Expresa han cuidado con especial esmero ha sido el aspecto gráfico de la revista, cuya portada, que reproduce un cuadro de Carlos Revilla, es el punto de partida para disfrutar además las ilustraciones a cargo de Miguel Det y Juan Acevedo.


Publicar algunos de estos aportes, si no todos, en la internet (Tinta Expresa cuenta con sitio web propio, http://www.tintaexpresa.site90.net/, y su dirección electrónica es (tintaexpresa@yahoo.com), sería de agradecer, tanto por parte de los lectores como de los autores que acaso no cuenten con las vías de distribución adecuadas.



Daniel Salvo

lunes, 15 de febrero de 2010

Revista Argonautas N° 4 (Dir. Carlos Saldívar)




Realmente, no se me ocurre nada que pueda superar la excelente reseña que de Argonautas 4 ha redactado Elton Honores, publicada en Velero 25 y en su excelente blog Iluminaciones. Pero creo que sería injusto no destacar el esfuerzo que viene realizando su director, Carlos Saldívar, esfuerzo que adquiere mayor trascendencia en una realidad como la actual, en la que "la cultura" ha pasado a convertirse en "lo cultural", es decir, un objeto más, fuera de nuestra experiencia cotidiana y tan falto de interés como incomprensible.

Que se publique una revista en el Perú ya es un hecho a destacar. Que esa misma revista llegue a su cuarto número, es más interesante aún. Y qué decir del contenido, dedicado nada menos que a José B. Adolph, uno de los escritores más originales con los que ha contado el Perú en los últimos años. Diría que hay pocos ejemplos de volúmenes de ficción - y no ficción - dedicados a un escritor en el Perú, que además nos revelan que Adolph cuenta con más lectores de los que uno se imagina.

Destacar algún relato sobre los otros o algún texto no ficcional sería injusto desde este blog, sobre todo por que he tenido el honor de ser convocado por Carlos Saldívar para colaborar con Argonautas, en ésta y otras ocasiones. Pero si merece destacarse lo siguiente: que sin mayor auspicio y a puro pulso, se está generando una especie de humus cultural en torno a la ciencia ficción que acaso recién será útil en el futuro, cuando generaciones menos obtusas que las actuales (o muy rígidas, o muy relajadas) puedan nutrirse y nutrir la ahora casi invisible cultura peruana.

Entonces, José B. Adolph estará ahí. Argonautas estará ahí.

¿Estaremos nosotros?


Daniel Salvo

martes, 1 de diciembre de 2009

Editorial: Balance de fin de año







Se supone que el balance de fin de año debería cerrar el último día de diciembre o a principios de enero del siguiente año. Pero, dado que escribo desde el Perú, país situado "en el extremo occidente", a decir de nuestro escritor Rodolfo Hinostroza, los balances aquí ya están cerrados prácticamente desde que comenzó el año.


No podemos quejarnos: se publicó fantasía y ciencia ficción en el Perú. No a los niveles que - con envidia - podemos observar en otros países hispanohablantes, pero si suficiente como para considerar que lo fantástico en nuestras letras es ya una presencia, que aunque no deja de ser minoritaria y de reducida repercusión en otros medios - que ya empiezan a verse como tradicionales -, existe y tiende a reproducirse.


Tan sólo en letras, tenemos que en 2009 se han reeditado El milagro de los milagros de Zózimo Roberto Morillo y Los cristales de Vuhrán: El Athyrant. Las novedades serían El heraldo en el muelle de Hans Rothgiesser y El misterio de la loma amarilla de José Guich (a presentarse en la Feria del Libro el domingo 6 de diciembre de 2009).


En el campo de las revistas en papel, sigue dando la cara la revista Argonautas, dirigida por Carlos Enrique Saldívar Rosas, cuyo número 4, dedicado a la memoria del inolvidable José B. Adolph, será presentado en la Feria del Libro el . Este volumen incluye nada menos que un cuento inédito del mismísimo Adolph, Virgo intacta. La segunda presentación se realizará en la Feria Internacional de Libro Ricardo Palma (Vértice del Museo de La Nación, cruce de Av. Javier Prado con Av. Aviación). El día 7 de diciembre a las 7 p.m. (hora en punto). Auditorio Julio Ramón Ribeyro.

Y, last but not least, Velero 25 y Ciencia Ficción Perú continúan su labor de difundir la ciencia ficción, la fantasía y el terror en el Perú y urbi et orbi.


Con estos regalos, sólo queda decir: FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2010.

Daniel Salvo