miércoles, 10 de agosto de 2011

Eifelheim (Michael Flynn)










En estos tiempos, no está de moda ser creyente en nada, ni siquiera en el ateísmo. Tal vez por esa razón, Eifelheim no ha tenido mayor repercusión, pese a haber obtenido el premio Robert A. Heinlein, tal como lo anuncia la portada de la edición de Ediciones B. Curiosa premiación, pues dicho galardón se ha instituido para aquellas "obras publicadas en la ciencia ficción y escritos técnicos que inspiran a la exploración humana del espacio”, y en Eifelheim, aunque se habla del espacio (exterior e interior), no hay viajes espaciales propiamente dichos.



La acción transcurre en dos momentos distanciados en el tiempo: uno es la Edad Media Europea, en un pueblito perdido en las inmediaciones de la región conocida como la Selva Negra, en la actual Alemania; y el presente, donde el historiador Tom Schwoerin descubre la existencia de Oberhochwald, llamado después Eifelheim, respecto al cual descubre evidentes intentos de borrar su existencia y ubicación. ¿Por qué tanto esfuerzo por borrar una aldea de cualquier registro? ¿Por qué las crónicas de la época hacen referencia a Teufelheim (lugar del demonio, si mis exiguos conocimientos de alemán no me fallan), y previenen a todo viajero de transitar siquiera por sus inmediaciones?



Estas cuestiones dan inicio a una reconstrucción sumamente detallada (en ocasiones, exageradamente detallada para tratarse de una novela de ciencia ficción) de la vida y costumbres de la aldea en cuestión, en la cual los personajes ilustrados son, como no podría ser de otra manera, miembros del clero, destacando el sacerdote Dietrich, quien servirá de nexo entre señores y siervos, entre pobladores y viajeros, y para su posterior sorpresa, entre terrestres y seres de otros mundos que serán conocidos como los krenken. No en vano ha estudiado en París con figuras de la talla de Guillermo de Ockham, y posee, además de una inquebrantable bonhomía (que lo lleva a ser bastante comprensivo con los pecados de su grey), una aguda inteligencia que nos recuerda a otro famoso franciscano de ficción, Guillermo de Baskerville, pero en una versión más entrañable.



Justamente, el rol de Dietrich será crucial para el desarrollo de los eventos en Eifelheim: la siempre precaria paz será interrumpida por un evento extraño, una explosión seguida de un gran resplandor, que intriga y atemoriza a los moradores de la aldea, quienes pronto comienzan a propalar rumores sobre demonios que han sido vistos a plena luz del día, en las profundidades del bosque.



Las averiguaciones del caso llevan a la sorprendente revelación de que una nave estelar, con tripulantes procedentes de otros mundos, ha descendido en los bosques de Eifelheim. Estos seres extraterrestres, con apariencia de insectos gigantes, pasan de ocultarse de los humanos a entrar en contacto con los pobladores. Nuestro sacerdote será el encargado de lograr que ambas especies -los humanos y los krenken - lleguen a una convivencia pacífica.



Y es aquí donde se desenvuelve, en todo su esplendor, la trama de Eifelheim, como una suerte de declaración de esperanza en lo mejor que puede ofrecer la humanidad, aún en un contexto como la edad media europea, de la cual nos han hablado pestes, pero que se revela como un tiempo en el que, al igual que el nuestro, hubo personas y proyectos de vida, sueños que se lograron y otros que se truncaron, ignorantes y sabios, malvados y héroes... Y en este caso, seres extraterrestres.



No la tiene fácil el autor para generar la convicción en el lector de que un grupo de extraterrestres varados en una aldea medieval sean acogidos pacíficamente por sus moradores, y que el contacto con humanos lleve a seres tan disímiles a valorar y adoptar modos terrestres de pensamiento y creencias (tenemos el caso de Johan Sterne, "Juan de las Estrellas", un krenken que se "convierte" al cristianismo, ejemplo que será seguido por otros de su especie). Quizá hay más fe que argumentación para que tales eventos se produzcan, pero no deja de ser una visión bastante esperanzadora la de un universo pleno de formas de vida que pueden llegar a comprenderse unas a otras.



De hecho, el impacto que la sociedad y pensamiento terrestre ejercen sobre los krenken es trascendental para los extraterrestres, pues los lleva a cuestionar sus propios esquemas mentales y filosóficos, al punto de generar división entre los mismos. No estamos pues ante extraterrestres "superiores", salvo en su tecnología que, sin embargo, llega a ser comprendida, utilizada e incluso reproducida por los terrestres.


Hay un lado "hard" que, siguiendo acaso cierta moda "new age", llega a mezclarse con una visión mística de la física que haría posibles los viajes interestelares, desarrollado en la parte de la novela que transcurre en el presente, que culmina además con el más sorprendente de los hallazgos, el cual confirmará un sinnúmero de hipótesis, siendo la principal de ellas la existencia de otros mundos habitados por seres inteligentes, así como la comprensión final de los principios que posibilitan la navegación interestelar.




Una obra notable y plena de un humanismo esperanzador, que merece mayor difusión.



Daniel Salvo

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