martes, 12 de abril de 2011

Milenio negro (J.G. Ballard)







Sólo un genio como Ballard pudo lograr lo increíble: convertir un típico barrio de clase media inglesa en un planeta exótico, y a sus moradores, en extraterrestres de incomprensible comportamiento.


Por que de eso va Milenio negro (Millenium People, 2003), novela que para muchos no califica en lo más mínimo como ciencia ficción, pero que a mi juicio, es una de las visiones prospectivas más sombrías y certeras acerca del futuro que estamos creando. No un futuro distópico ni postapocalíptico, sino uno en el cual nada cambia. Lúgubre, ¿no?


La acción - narrada muy ballardianamante, dicho sea de paso - se centra en un barrio de clase media inglesa, Chelsea Marina. Hablar de un barrio de "clase media" británica no es lo mismo que hablar de su equivalente en un país tercermundista. Los ingleses de la novela viven en urbanizaciones despejadas, educan a sus hijos en exclusivos internados, toman clases de equitación, realizan periodicamente viajes de placer al extranjero, son todos profesionales con buenos ingresos, auto del año en la cochera y, como mínimo, un divorcio.


¿Se dan cuenta? Como quien no quiere la cosa, Ballard comenzó a hablar de nosotros, pero de una manera tan corrosiva y realista que poco falta para coger una soga y colgarse. Por que la vida de esta clase media está tan esquematizada que carece por completo de gracia y encanto. No hay retos, no hay conflictos, no hay objetivos: se limita a cumplir su papel de eterna aspirante a ascender al status de clase alta y de servir de muro de contención para las clases bajas. Vive entre el arribismo y el miedo, y muy cómodamente, por cierto, lo cual es eventualmente recompensado desde la cúspide de la pirámide a la cual no llegarán jamás, pero a la que creen pertenecer.


En esta utopía gris, ocurre sin embargo un hecho singular: un atentado en un aeropuerto, en el cual fallece la ex-esposa del psicólogo David Markham, uno de los forzados protagonistas de Milenio negro. Su sentimiento de culpa por lo ocurrido (ya ven, es tan clase media...) lo lleva a investigar el hecho, para descubrir - e involucrarse con - un movimiento de lo más sorprendente, encabezado nada menos que por un médico, el doctor Gould, quien se ha hartado de su papel de conservador del orden y ha decidido encabezar una revolución de la clase media, nada menos. Basta de docilidad y servilismo, sacúdanse de la ilusión de pertenecer a una clase superior que en el fondo los desprecia y utiliza. Rebelión, subversión y terrorismo; palabras que sólo queremos leer en los textos de historia (y si es de otros países, mejor).


Y vaya que sus métodos son peregrinos, por decir lo menos: retirar a los niños de las escuelas, abandono de automóviles en la vía pública, mudanzas en masa... En fin, despojarse de todo los supuestos símbolos de status que los definen. Como ejemplo de estas medidas, una ex-presentadora de televisión va de casa en casa para hablar con señoras en bata y destruir su sencilla fe en el five o´clock tea.


Pero no todo es tan pacífico. Se organizan ataques y otras acciones más violentas, que al final ponen en alerta a la ciudad. El atentado en el cual ha fallecido la ex esposa de David Markham adquirirá un cariz más siniestro, y la figura del doctor Gould acabará convirtiéndose en un eco del Kurtz de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, una mente oscura de la cual brotan tanto el miedo como el asombro.


El plot que moviliza la acción de Milenio negro tiende a ser algo confuso, orientado a lo policial antes que a lo especulativo. Pareciera que Ballard cogió la primera idea que se le vino a la mente y la convirtió en un vehículo para expresar su poco optimista visión de lo que el siglo XXI nos ofrece. Markham, al afianzar su relación con Gould, llegará a involucrarse tanto con el movimiento que no tendrá más remedio que elegir entre las sempiternas opciones de la clase media: seguir sirviendo de útil lubricante para que la maquinaria social siga funcionando, es decir, que las clases altas no se mezclen con las clases bajas; o asumir un papel más revolucionario, como en su momento lo hicieron las clases medias de Francia en el siglo XVIII. El otrora tranquilo barrio de Chelsea Marina, rodeado de policías y agentes del orden que no saben cómo convencer a los profesionales que vuelvan a sus automóviles y a sus clubes, está a punto de convertirse en una barricada, acaso la chispa de una revolución.


¿Asumiran los nuevos líderes del movimiento su responsabilidad? ¿Optarán al fin por la libertad, la creatividad, la liberación de su vida alienada por el servilismo y la comodidad, por el falaz sentimiento de sentirse superiores a las clases bajas?


Si usted pertenece o cree pertenecer a la clase media, ya sabe el final de la historia.


Daniel Salvo

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