martes, 1 de septiembre de 2009

Cuento El misterio de los delfines (Martín Palma Melena)

Martín Palma Melena: Nació en Lima, Perú. Abogado de la Universidad Particular San Martín de Porres (Lima, Perú). Diplomado en Comercio Internacional avalado por la Asociación de Exportadores Peruanos (ADEX) y por la Universidad Estatal de Portland (USA). Estudios de maestría en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia Universidad Católica del Perú (candidato).
Uno de los
diez seleccionados en la Primera Edición de Cuentos Cortos de la BBC de Londres (Dos Palabras, 2005).Publicaciones en El Hablador (Perú), Cinencuentro (Perú), Peruviannews.com.pe (Perú), CinemaNet (Barcelona), Letralia (Venezuela), Cañasanta (Canadá), Adamar (España), Sane Society (España), La Lupe (Miami), Piel de Leopardo (Chile), Narrativas (México) y en la sección Lo más destacado de Blogueratura (México). E-mail: mapalme@yahoo.com. Escribe en en el blog Carta Náutica: http://cartanautica.blogspot.com/
Para conocer más publicaciones en otros medios pueden visitar el siguiente enlace; y para conocer algunos pequeños méritos este otro enlace.


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Nota del autor: Este relato se inspira en algún documental del canal por cable Discovery Channel; documental que aborda una investigación sobre la extraña muerte de pequeños delfines, en Virginia Beach, y marsopas, en Escocia.
No obstante, el desarrollo que le doy al relato me es propio, al enriquecerlo con elementos imaginarios o pertenecientes a las fuentes ya consignadas.


El relato fue publicado originalmente en la revista electrónica Letralia.




El misterio de los delfines




I. Un empleo temporal


Ésta es la historia de cómo supe de un secreto militar gracias al trabajo encontrado en un aviso de periódico. Lógicamente los nombres de personas e instituciones deberé cambiarlos.
Un día mi empleadora, llamémosle Sandra, me anunció haber terminado ya el primer borrador de su tesis. Muy agradecida conmigo, debía prescindir de mis servicios. Sentí tristeza porque había sido un buen empleo temporal, iniciado tres meses atrás, época en que buscaba empleo tras haber terminado recién la carrera de economía y el último ciclo de inglés. Así, hallé un aviso de periódico: necesitaban un administrador o economista no mayor de 28 años, con un inglés avanzado y experiencia mínima de dos años en la industria de harina de pescado. Este último requisito me preocupaba: durante mis vacaciones veraniegas solía practicar en Paita (norte del Perú), no en una empresa de harina de pescado sino de enlatados de jurel, caballa, sardina y atún. Decidí averiguar si esa experiencia me serviría mandando un currículum al apartado postal de aquel aviso...
Esperaba sin entusiasmarme demasiado: con el desempleo imperante habría muchos candidatos al puesto, con mayor calificación y experiencia que yo. Tras cuatro días una chica con acento centroamericano me telefoneó para una entrevista laboral: le interesaba mi currículum...
A las nueve de la mañana del día siguiente, hora de la cita, ya estaba en la dirección indicada. Estaba extrañado: no era una oficina sino un departamento particular... Me recibió la misma chica que me había telefoneado: la reconocí por su acento centroamericano. Tenía poco más de treinta años. Aunque con modales acartonados, estaba vestida informalmente: así conocí a Sandra...
La entrevista fue distendida. Sandra parecía necesitar no un empleado sino un guía turístico: me preguntaba sobre muchos lugares de Lima, desde ministerios hasta museos. Era puertorriqueña y graduada en biología marina en una universidad norteamericana. Estudiaba un doctorado y preparaba una tesis sobre la industria peruana de harina de pescado. Le expliqué nervioso haber practicado en una fábrica del sector pesquero, aunque de enlatados. A Sandra no pareció importarle: le bastaba que yo conociera del sector pesquero y pudiera analizar información en inglés a plasmar en los cuadros estadísticos de su tesis. El trabajo sería engorroso no por lo complejo sino porque implicaba trasnochar mucho... Me propuso como sueldo una cifra que me pareció muy razonable, algo inusual en muchas entrevistas laborales, donde uno debía decir cuánto quería ganar... Me dijo que mi trabajo duraría lo mismo que sus investigaciones en Lima, tres meses, plazo finalizado cuando Sandra me anunció haber terminado ya su tesis... Me entristeció que tan buen empleo terminara tan pronto...
Al ser mi último día de trabajo, Sandra quiso despedirme descorchando una botella de vino, preparando canelones y conversándome sobre temas extralaborales que me permitieron conocerla mejor. Por ejemplo quería que Puerto Rico fuera un país independiente o el Estado número 51 de Estados Unidos, pero no un Estado Libre Asociado, statu quo que en su opinión era ambiguo porque le generaba crisis de identidad aunque tuviera pasaporte norteamericano, pero recalcó su neutralidad política... Mientras estudiaba biología marina en la universidad, trabajaba en una fundación conservacionista de delfines. Comenté que con su excelente calificación debió quedarse a trabajar allí... Contestó pensativa: “Me despidieron casualmente porque sabía demasiado, pero es una larga historia...”. Temí haberla incomodado al notarla nostálgica, pero le recordé que a veces era bueno desahogarse... La hermosa boricua me respondió sonriendo: “Total, ocurrió hace mucho y nadie te creería... Tendrías buen material para un cuento... Considéralo parte de tus honorarios”. Aunque no evitó un exabrupto: “Chismoso de mierda...”.

II. La fundación: un trabajo de ensueño


La fundación en la que trabajaba Sandra la llamaremos Mar Azul. Se dedicaba a la investigación y conservación de delfines. Entre sus filiales a nivel mundial tenía una en Virginia Beach (USA), donde Sandra era asistenta de Henry, destacado biólogo marino especializado en comportamiento cetáceo...
Sandra tenía en la fundación un trabajo de ensueño que otros hubieran pagado por realizar. Sus funciones consistían en recorrer la playa, observar delfines con binoculares y tomar notas que después plasmaba en informes que presentaba a su jefe Henry.
Su trabajo se complicaba sólo cuando los delfines variaban su comportamiento sin motivo aparente. Entonces debía seguirlos hasta perderlos de vista, algo difícil pues Virginia Beach es una de las playas más grandes del mundo. Por eso, como una turista más, solía embarcarse en las excursiones del Museo de Ciencia Marina para tener una mejor vista de los delfines y fotografiarlos...
Mayormente los delfines variaban sus hábitos por razones climáticas, fenómenos que favorecieron en muchos aspectos a la carrera de Sandra. Siendo sólo una universitaria de 20 años, la nombraron asistenta por su habilidad para seleccionar información escrita o fotográfica para artículos que Henry solía publicar en revistas especializadas; información que después le dio a ella material para su tesis de pregrado: los efectos del calentamiento global en los cetáceos.
Sandra recordaba aquella época como una de las más felices de su vida, hasta que su pesadilla comenzó...

III. Los delfines en la orilla


Un día, recorriendo las costas de Virginia Beach, Sandra encontró cadáveres de dos pequeños delfines. Alguna lancha pudo arrollarlos, accidente que a veces ocurría y que registró entristecida en su informe.
El segundo día Sandra no sólo se intrigó por encontrar tres delfines muertos, sino también porque nuevamente eran pequeños. Sabía que dos incidentes así configuraban más una coincidencia que un patrón, pero si precozmente ya era la asistenta de un biólogo reconocido era más por sus aciertos intuitivos que racionales: presintió algo escabroso y lo informó a Henry, quien tomaría las medidas necesarias de repetirse el fenómeno...
Al día siguiente, recorriendo las costas, Sandra distinguió nuevamente los cadáveres de cinco delfines, y siempre pequeños: debía ser un patrón...
Aquella misma tarde, en la fundación, en un quirófano similar al de una clínica, pero especialmente equipado para cetáceos, aquellos cinco delfines ya eran examinados por Henry y Sandra, así como por Mark, destacado veterinario, y su asistente Abdul, universitario árabe-americano que, como Sandra, también daba señales prematuras de una brillante carrera...
Tras haberle hecho la necropsia al primero de aquellos delfines, los cuatro investigadores barajaron algunas hipótesis. Aquel ejemplar pudo ser asesinado por tiburones de playa, llamados así por aproximarse a las costas para buscar desperdicios. Pudo haberse enredado y aplastado por la enorme presión de las redes de algún barco pesquero, accidentes esporádicos en la pesca de arrastre. Pudo ser embestido por el casco de alguna embarcación, como Sandra asumió inicialmente. Pero Mark descartó esas teorías. Como la de los demás, la piel de aquel delfín estaba ilesa: sin mordiscos de tiburón, marcas de red o contusión alguna... Como perito experimentado, Mark solía detectar la causa de muerte de un cetáceo sólo observando sus heridas, por eso estaba consternado de no poder hallar ahora una explicación plausible... Además, notó otros intrigantes detalles: al interior de la caja toráxica de aquel delfín había algunos órganos destrozados. Henry atribuyó esto a una explosión, cuyas ondas expansivas solían remecer a organismos vivos, dañándolos sólo internamente... Eso explicaría por qué aquel delfín tenía sólo lesiones internas, aunque externamente estuviera ileso. Algunas plataformas petroleras hacían perforaciones submarinas para colocar cargas explosivas, no siempre bien enterradas, que al detonarse sus ondas no siempre se expandían por el subsuelo sino que arrasaban con toda especie existente a varios metros a la redonda. Quizás también pescadores inescrupulosos encontraban más rentable los explosivos que las redes, algo totalmente ilegal... Pero Mark discrepaba: “Cuando las ondas explosivas repercuten en los organismos vivos, revientan como globos sólo sus órganos internos con cavidades, como los pulmones”. Agregó: “Este delfín tiene sus pulmones intactos y sus órganos dañados parecen no tanto reventados sino más bien desgarrados, aunque atrozmente”. Definitivamente no era una explosión, pero ¿qué otra cosa podía ser? Las hipótesis se agotaban...
Mark siguió investigando y tomó radiografías a un segundo delfín. Tras revisar las placas, observó que sus costillas estaban fracturadas extrañamente: como espaguetis cortados al medio en tres o cuatro pequeños trozos. Henry recordó ciertos estudios que demostraban que esas fracturas sólo ocurrían cuando una especie recibía un gran impacto desde abajo. Para fundamentar su enfoque explicó que un lápiz, arqueándolo o comprimiéndolo, nunca podría partirse en más de dos partes, salvo que fuera impactado desde abajo estando fuertemente sujetado de sus extremos, algo similar ocurría con las costillas... Mark hubiera descartado esa tesis si las radiografías hubieran mostrado sólo una de esas extrañas fracturas, pero todas las costillas de ese delfín las tenían...
Tras tomarles radiografías, Mark comprobó que los tres delfines restantes presentaban las costillas fracturadas de la misma forma. No tenía dudas: todos fueron golpeados brutalmente desde abajo... Esas fracturas ya no eran coincidencias sino un patrón. Pero ¿qué especie marina pudo haberlos atacado así? No eran tiburones porque no había rastros de mordeduras...
Los delfines a veces golpeaban a sus crías en el estómago, pero ligeramente, jugando, nunca hiriéndolas. Difícil imaginar incluso que delfines adultos se atacaran así. Más los caracterizaba la solidaridad que la rivalidad. Cooperaban entre ellos cuando estaban heridos, buscaban alimentos o se defendían de tiburones u orcas, sus principales depredadores, golpeándolos en el hocico hasta matarlos o espantarlos, pero sólo en defensa propia. Eran tan inteligentes que hasta tenían formas de comunicarse. Entonces, ¿por qué tantos delfines muertos? ¿Por qué siempre eran pequeños?
Al día siguiente, durante su recorrido habitual, Sandra analizaba pasmada todo lo escuchado el día anterior. ¿Cómo dos estudiosos tan renombrados como Henry y Mark no podían explicar hasta ahora las muertes de aquellos pequeños ejemplares? Observó repentinamente a unos niños que tiraban piedras a algo varado en la orilla. Los apartó para ver qué era: nuevamente era otro pequeño delfín. Lo examinó acariciándolo hasta encontrarle algo extraño: una mordedura...
Esa misma tarde, luego de haber sido examinado aquel delfín en la Fundación, Mark concluyó que aquella mordedura no era de tiburón: aunque pronunciada, era de dientes pequeños y poco afilados... ¿A qué especie pertenecería? ¿Sería una pista para descifrar las extrañas muertes de los pequeños delfines? Mark hizo un molde de yeso de la mordedura y la fotografió, material que después envió al Museo Nacional de Irlanda, capaz de identificar restos óseos de casi todas las especies del mundo, gracias a sus colecciones de más de dos millones de especímenes acumulados durante más de dos siglos. Mark sentenció: “Si ese museo no identifica esta mordedura, la especie que la hizo es extraterrestre...”. El museo le respondería en dos semanas...
Tras ese plazo, el museo dictaminó que un delfín adulto había causado aquella mordedura, que aun el veterano Mark no logró reconocer por ser muy infrecuente. Él nunca había sabido de delfines que mataran a sus crías, pero veía muchos indicios: la mordedura; los pequeños cetáceos muertos por golpes contundentes en sus vientres... ¿Había delfines infanticidas? Los delfines adultos solían defenderse de sus depredadores golpeándolos, no tanto mordiéndolos... Y ahora mordían hasta a sus propias crías... ¿Por qué el comportamiento de los delfines estaba cambiando tanto? Esto no se debía sólo a cambios climáticos... Henry y Mark sentían estar ante algo macabro...

IV. El delfín agresivo


Un pescador fue detenido una mañana por guardacostas de Virginia Beach porque disparó a un delfín adulto. Aseguraba sólo haberse defendido porque el delfín comenzó a estrellarse contra su bote de remos, sacudiéndolo tanto que casi lo volcó. Los guardacostas presenciaron el disparo aunque no el supuesto ataque del delfín. Pero aquel pescador les pareció un apacible jubilado que hubiera reaccionado así más por temor que por disgusto. Nunca había disparado en su vida. Compró su pistola dos semanas atrás porque intentaron asaltarlo. Los guardacostas lo vieron tan aterrado que tal vez no les mentía. Pero su versión sólo podrían confirmarla con evidencias logradas por un peritaje del delfín muerto. Un guardacostas llamó a la Fundación Mar Azul, esporádica colaboradora de las autoridades en casos similares. Lo comunicaron con Mark y le narró lo sucedido. Mark pidió que le llevaran al cetáceo y una muestra del material del bote. No prometió nada pero vería qué podría hacer...
A las pocas horas, Mark, Henry, Sandra y Abdul comenzaron a examinar a aquel delfín, un hermoso ejemplar adulto, quizás líder de alguna manada o macho alfa, cuyo cráneo tenía astillas semejantes al casco del bote y unas lesiones muy severas, imposibles de ser producidas por aquel pescador, hombre muy mayor para embestirlo remando su bote con tanta fuerza. Si lo hubiera golpeado con un remo otras lesiones le hubiera dejado. Definitivamente aquel delfín se había estrellado adrede contra el bote, ataque similar al sufrido por los pequeños delfines. ¿Sería uno de los delfines infanticidas? ¿Por qué la naturaleza se estaba desquiciando tanto? Mark y Henry decidieron suspender la sesión hasta el día siguiente: eran muchas cosas extrañas para un solo día. Además, Abdul se estaba impacientando porque no quería retardarse para unos exámenes de la universidad.
Sandra se quedó sola en el quirófano guardando todo el instrumental. Cuanto más observaba a aquel hermoso delfín más le costaba creer que fuera capaz de tal ataque. Comenzó a acariciarlo hasta que en su cráneo palpó un extraño bulto. Había examinado a suficientes cetáceos como para saber que eso era anormal. ¿Qué podía ser? Sólo le bastaba hacer una ligera incisión con el bisturí para averiguarlo. Podía estar en problemas si actuaba sin consentimiento de su jefe, pero su curiosidad aumentaba. Se colocó unos guantes quirúrgicos, tomó el bisturí e hizo la incisión... Ya alguna explicación le daría a su jefe...
Tras una hora, Sandra dejó la fundación muy asustada, sin creer lo que había encontrado y que ahora llevaba en el bolsillo de su chaqueta: un microchip... ¿Qué hacía ese aparato en el cráneo de un delfín? ¿De qué clase era? Si le explicaba eso a su jefe no le creería... ¿A quién acudiría en tal situación? Su ex novio Alejandro, también puertorriqueño, le había escrito hacía poco. Había terminado una maestría en el Instituto de Robótica de la Universidad Carnegie Mellon. Ahora vivía cerca de la fundación y trabajaba reparando ordenadores en la Universidad Regent, también en Virginia Beach. Pero Sandra no le tenía confianza ni quería volverlo a ver. Pensó: “Si aceptó un empleo en Virginia para el que está sobrecalificado, es porque sabe de mi trabajo en la fundación”. Sospechó: “Todavía ese infiel sueña con que nos reconciliemos...”. No quería visitarlo para no ilusionarlo en vano, pero ¿quién más podría explicarle qué hacía un microchip en el cráneo de un delfín?
Alejandro dejó de entusiasmarse cuando Sandra le aclaró que sólo lo visitaba por razones profesionales. Estaba endeudado moralmente con ella desde que lo descubrió engañándola con otra y quiso reivindicarse siquiera escuchándola, aunque quedó extrañado... Había escuchado sobre un supuesto proyecto secreto llamado Misión de Inteligencia Cetácea, iniciado en San Diego en 1989, cuyo objetivo era entrenar delfines para proteger submarinos atracados en algún puerto. Pero ¿un microchip en el cráneo de un delfín?
Sandra no sabía qué creer tras haber hallado aquel microchip. Aunque por su trabajo en la fundación también sabía de delfines entrenados militarmente. Los habrían empleado durante la Guerra de Vietnam y en la del Golfo en 1991, algo que organizaciones ecologistas o conservacionistas, como Mar Azul, habían denunciado pero con éxitos moderados... El Programa Mamífero de la Marina de Estados Unidos ahora afirmaba oficialmente no emplear delfines para instalar o desactivar minas acuáticas, sino sólo para localizarlas... Pero los militares seguían valorando mucho la sagacidad de los delfines para moverse en la oscuridad y localizar eventuales buzos espías, aun antes de que éstos se percataran. Sin embargo, los delfines eran muy inteligentes para ser totalmente amaestrados. No siempre seguían las órdenes... Conociendo todo ello, Sandra empezaba a especular sobre ese microchip...
Alejandro sabía de delfines con microchips en el cuello para poder localizarlos, y no sólo en el ámbito militar, pero ¿en el cráneo? Recordó ciertos microcircuitos desarrollados en el Instituto de Robótica; microcircuitos que teóricamente podían interactuar con las redes neuronales de las personas, quienes podrían así controlar temblores del Parkinson, latidos del corazón mediante marcapasos, el cursor de un ordenador mediante el cerebro... Algunas publicaciones científicas ya anticipaban incluso microcircuitos para controlar nuestro comportamiento, algo que conllevaba sin embargo una visión determinista y reductiva de nosotros mismos: delincuentes con biochips para volverlos tranquilos ciudadanos; escáneres cerebrales que, estableciendo patrones de actividades neuronales detectarían nuestras potenciales conductas, nuestras emociones verdaderas frente a ciertos individuos o hechos, nuestras predisposiciones como al alcoholismo o la agresividad... Alejandro no dejaba de especular. Si solíamos estigmatizarnos por cuestiones tan intrascendentes como el color de la piel, peor aun si nos juzgábamos basándonos en nuestras imágenes cerebrales, que si fueran insatisfactorias todos nos predestinarían a ciertos comportamientos, afectando toda nuestra vida: las aseguradoras nos negarían pólizas sin mayores explicaciones; nuestros entrevistadores laborales nunca nos contratarían pese a nuestros excelentes currículums; nuestras autoridades nos encarcelarían preventivamente sin jamás haber delinquido... Ya no importaría lo que éramos sino sólo lo que potencialmente éramos según aquellas imágenes cerebrales, al margen de nuestra formación humana, espiritual, profesional, vital... De allí el peligro de los determinismos: creer que podríamos dominarnos implantándonos microcircuitos o genes, como en la genética, que podrían condicionar pero nunca determinar nuestra libertad... Según Alejandro, si delfines entrenados no siempre hacían lo esperado, menos aun los humanos. Experimentos para controlar la mente no eran nuevos: archivos de la CIA aún no desclasificados, pero filtrados por investigadores independientes, señalaban a un médico que habría dirigido en 1953 el programa MKUltra para manipular mentes usando drogas, electrochoques, lavados cerebrales, lobotomía e hipnosis, métodos obsoletos al compararse con los desarrollados ahora por la cibernética, nanotecnología y robótica...
Sandra conocía las aficiones de su ex novio a las novelas de Asimov o Bradbury, a series televisivas como Los Expedientes Secretos X... Incluso debió consolarlo cuando postuló infructuosamente al FBI para emular al agente Fox Mulder. Pero como quizás el pobre ya habría llegado a alarmantes niveles de alienación, ella lo interrumpió: “¿Qué haría un microchip en el cráneo de un delfín..?”. Alejandro se quedó pensativo. Le hablaban de un delfín con un microchip en el cráneo y con conductas muy extrañas para su especie. Conocía rumores sobre una base militar, establecida cerca del lago Pontchartrain en Louisiana, que entrenaba delfines para colocarles arneses con dardos tóxicos a dispararse contra posibles terroristas o espías submarinos... Sandra quería mostrarle condescendencia pero aquellas teorías le parecían muy afiebradas. Según Alejandro, si aquel delfín era agresivo y tenía implantado un microchip era porque lo habían entrenado en aquella base en Lousiana.... A Sandra le pareció un disparate: “¿Aquel delfín habría salido del lago Pontchartrain, atravesado el Golfo de Méjico y las costas de seis estados, hasta llegar a Virginia Beach..?”. Pero algo no le pareció descabellado: “Quizás con aquel microchip dominaban el comportamiento del delfín haciéndolo agresivo”. Alejandro dudó: “Si así fuera, ¿por qué atacaría sólo a pequeños delfines?”. Sandra fue la que especuló esta vez: “Quizás mataba a las crías de otros congéneres para engendrar las propias...”. Temió que él estuviera contagiándola con sus fantasías, pero una conclusión le era inevitable: aquel microchip bien podría explicar la agresividad de aquel delfín, su ataque al pescador y las muertes de los pequeños delfines...
Al día siguiente, Henry miró estupefacto a Sandra tras escucharla sobre aquel microchip, pero la creía incapaz de tales invenciones. La amonestó por la cirugía del delfín sin su consentimiento, aunque sabía que ella actuaba así sólo cuando era necesario. Por eso solía consentirle esas iniciativas porque usualmente eran acertadas. Le dijo que informaría a sus superiores sobre el microchip, que continuara con su recorrido matinal por Virginia Beach y que la esperaba por la tarde para seguir examinando al delfín...
Sin embargo, Sandra quedó atónita aquella misma tarde: personal de la marina se había llevado al delfín sin explicar nada... Le dijo a Henry que cómo podían tolerar eso, que presentía una relación entre ese microchip y la agresividad del delfín, que alguna denuncia debía hacer la fundación, que no podía estarse usando a los cetáceos como conejillos de indias... Por primera vez Henry fue enérgico con ella: “Todo eso ni nos consta ni nos incumbe...”.
Sandra fue despedida de la fundación la mañana siguiente. Henry no sabía qué decirle. Ya no dependía de él. Se lo habían ordenado desde arriba. Le apenaba haber perdido a tan buena asistenta con un futuro tan brillante... La consoló: “Si alguna vez necesitas una carta de recomendación para un empleo o postgrado búscame nomás... Finalmente sólo somos investigadores, engranajes de una maquinaria mayor que nunca comprenderemos del todo... A veces no debemos mostrar todo lo que sabemos porque el costo puede ser muy alto... El talento suele castigarse cuando afecta a poderosos intereses...”. Henry pareció querer confidenciarse con ella, pero se reprimió, aunque le insistió: “Tu talento no está en duda, aunque quizás por eso mismo te despiden... Eres demasiado inteligente para hacerte la idiota...”. Sandra no entendió nada...
Un Henry más canoso se encontró años después con Sandra. Tras también haber sido despedido de la fundación, le ofrecieron una cátedra de postgrado. Prometió recomendarla si postulaba a cierta beca de doctorado que Sandra luego consiguió. Finalmente él se confidenció con ella: “Muchos patrocinadores de la fundación eran contratistas privados de las fuerzas armadas... Hasta los muy competentes Mark y Abdul perdieron sus puestos”.

V. Al final


Tras terminar su relato, noté a Sandra algo nostálgica y cansada. Me despedí y le agradecí por todas sus atenciones. Así fue como supe de un secreto militar gracias al trabajo conseguido por un simple aviso de periódico...
Martín Palma Melena
(publicado originalmente en Letralia)
* * *

Fuentes:
A. Información sobre delfines:


Cetáceos del Mediterráneo: ballenas y delfines. Asociación Cultural Paleontológica Murciana 2005.

B. Información sobre uso de delfines con fines militares:


Delfines para desminar Irak. BBC. Londres, 26 de marzo de 2003.
“El ‘Katrina’ libera en aguas del Golfo de México varios delfines entrenados por EUA para la lucha antiterrorista”. Diario El Mundo, España, 27 de septiembre de 2005.
“¿Dónde están los delfines antiterroristas de la ‘Navy’?”. Diario ABC, España, 27 de setiembre de 2005.
“Frequently Asked Questions”. U.S. Navy. Marine Mammal Program.

C. Información sobre archivos desclasificados de la CIA sobre programas de control mental:


“Yo soy espía”. Luis Felipe Gamarra. Revista Somos, suplemento del diario El Comercio, Perú (1 de octubre de 2005).

D. Información sobre microchips y sus hipotéticas o reales aplicaciones en personas:


“Las técnicas de imagen dan acceso a los contenidos íntimos del cerebro”. Ángela Boto. Diario El Mundo, España, 14 de junio de 2003.
“El desembarco de los cyborg”. Leyla Ramírez. Diario La Nación, Chile, 2 de septiembre de 2005.

E. Sobre el Museo Nacional de Irlanda:

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