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martes, 6 de noviembre de 2012

El primer peruano en el espacio, publicado en la antología "The Apex Book of World SF 2"


 "The First Peruvian in Space," by Daniel Salvo, is by far one of the most powerful and astonishing ironic turns I have ever read in a story, and it accomplishes this by developing our expectations about colonialism and racism before turning us on our ears. 

Ben Godby, Strange Horizons

***


I have many, and obvious, reasons to enjoy Daniel Salvo’s “The First Peruvian in Space”:
Anatolio Pomahuanca had reason enough to hate whites. Hundreds of years ago they had invaded and conquered his world and reduced his forebears to the sad condition of serfs or second-class citizens. There were historic changes like independence wars, rebellions and revolutions. But, be it as it may, whites were still those who ruled and decided everything in Peru and throughout the rest of the world.
[...]
The captain belonged to the worst: those who believed there was already a harmonic conviviality between whites and natives as a result of centuries of history that had erased past wounds.
The plot twist weakens rather than strengthens, though I suppose without it the story would’ve been too obvious. 
Acrackedmoon,   Requires only that you hate

jueves, 1 de julio de 2010

Ficción: En el principio (Daniel Salvo)





En el principio


- Alfredo, debo hablarte de Carla.
- Dime.
- No debes seguir con ella, Alfredo. Debes terminar tu relación con ella.
- Pero si es una más, Sonia. Ya terminaré con ella, como terminé contigo. No veo el por qué…
- No es eso, Alfredo. Es por tu seguridad. Ella no es… humana.
- ¿Qué?
- Revisé sus datos de abordaje en la computadora de la nave. Carla Sarris. Nacida en 2136, en la Colonia Lunar. Destinada a la nave colonizadora Edén. Ésta nave.
- Como tu y como yo, Sonia. Si te refieres a su edad cronológica real, bueno, nos lleva unos cien años, pero ¿qué hay con eso? Todos fuimos crionizados en una época u otra, después de la catástrofe que destruyó la atmósfera de la Tierra.
- Ese es el punto oscuro de todo esto. Las fechas. La mayoría de nosotros hemos nacido en las colonias del sistema solar, muchos años después de la catástrofe. La Tierra no es ni siquiera un recuerdo, apenas un vago referente para nuestra sustentabilidad biológica y cultural. En realidad, a nadie le importa la verdadera fecha de la destrucción de la Tierra.
- No entiendo a dónde quieres llegar.
- Alfredo, en 2136 la Tierra ya no albergaba a ningún ser humano en actividad. Todos estaban muertos o criogenizados. No pudo haber nacido ningún niño en el planeta.
- ¿Estás segura? ¿Y cómo es que los Seleccionadores no se han percatado de tamaño error?
- Los Seleccionadores sólo estaban interesados en especimenes sanos de hombres y mujeres, capaces de engendrar y sostener una colonia en algún planeta lejano… El detalle de la fecha de nacimiento de Carla debe haberles tenido sin cuidado.
- Pero todo eso no es suficiente para sustentar tu afirmación sobre su falta de humanidad. ¿Y a qué te refieres con eso? ¿Crees que es de origen extraterrestre? En la intimidad se comporta como cualquier mujer, créeme…
- No, extraterrestre no, no hemos hallado vida extraterrestre en los cientos de años que lleva la humanidad vagando por el espacio. Creo que es algo peor, un tipo de criatura de las leyendas de la vieja Tierra.
- Explícate. No conozco mucho de folklore.
- Nunca la he visto alimentarse como todos, en el comedor central de la nave, en ningún ciclo. Cuando la nave se acerca a alguna estrella, ella se encierra en su habitáculo privado. Y ese símbolo que tiene tatuado en el cuello…
- Me lo explicó, fue una moda en la vieja Tierra, antes de la catástrofe.
- Alfredo, he digitalizado ese símbolo y lo he contrastado con la información de la computadora central. Es un símbolo de vida eterna, proveniente de una de las tribus más antiguas, Egipto. Y se dice que es aún más antiguo.
- No entiendo, para ti … ¿qué cosa es ella?
- Alfredo, Carla es una vampira.
- ¿Una qué…?
- Una vampira. Una monstruosidad, una especie de parásito que se alimenta de sangre humana. Ha sobrevivido quien sabe cuántos milenios en la Tierra, y ha conseguido llegar al último refugio de la raza humana. Tal vez acabe con todos… O nos críe como clonoganado para alimentarse con nuestra sangre, por toda la eternidad…
- Sonia, esto no puede ser cierto, estás desvariando, he oído de cómo afecta a algunas personas el tener que vivir en el espacio, tal vez deberías volver a crionizarte.
- ¡No estoy loca! Carla no ha se ha relacionado con ninguna mujer en toda la nave. Sólo con hombres… tú entre ellos…
- Y ya me ves, entero y de una pieza. Si fuera verdad lo que dices, sus anteriores parejas y yo mismo sufriríamos algún tipo de debilidad.
- Tienes razón. Yo… no sé por qué he dicho tantas tonterías. Estás sano y fuerte. Incluso más sano y fuerte que cuando estábamos juntos.
- Sonia, es poco natural que tengas celos de mí y de Carla. Hasta llegar al nuevo mundo hogar, las reglas en la nave son de libertad total. Carla es algo pasajero, quizá vuelva a relacionarme contigo o me asignen como tu Engendrador… ¿Quién sabe las decisiones que tomarán la computadora central y los Seleccionadores? Disfrutemos del viaje mientras dure…
- Si, tienes razón. He sido una tonta. Pero… ¿no es Carla quien viene ahí?
- Si… ¿espera, a donde vas?
- Sígueme. Puedo probar que ella no es humana. Estamos casi bajo el gran telescopio.
- Pero dijiste…
- El gran telescopio puede abrirse de un momento a otro, amplificando la luz de cualquier estrella que deseemos. Si la tomamos de sorpresa, podemos destruirla.
- Estás demente.
- ¿Entonces qué daño puede hacerle la luz de un sol? Alfredo, por favor…
- Igual no podemos evitarla, ya casi está aquí…
- Hola, Alfredo. Es bueno verte bien acompañado.
- Carla, yo… Sólo conversaba con Sonia. Ella fue…
- Sé quien fue y sé quien es. ¿Quieres saber algo de mí, Sonia? Eres hermosa…
- Carla, dinos...
- Estoy tan avergonzado, Carla, por las ideas de Sonia, te cree una… una vampira. No es que yo también lo crea, aunque hay algo raro con tu fecha de nacimiento…
- Alfredo, cállate.
- Yo…
- Silencio, Alfredo.
- ¿Qué le has hecho a Alfredo, Carla? Se ha quedado mudo y quieto. Como un robot de mantenimiento inactivo.
- Ah, es un pequeño truco que aprendí en Sumeria, hace tanto tiempo. Un timbre y tono de voz adecuados… Nada complicado, en realidad.
- Entonces es cierto. Siempre lo supe. Tu genotipo indefinido. Tu temor a la luz de los soles. Tu aislamiento. El símbolo que llevas tatuado…
- Ah, hermosa y querida Sonia, eres tan perspicaz… Siempre me asombra encontrar a una como tú en cada siglo, en cada lugar, en cada raza. Ven, acércate, dame un beso…
- ¡Aléjate, monstruo! ¿Ves el botón bajo mi mano? Con solo presionarlo, la luz de mil soles acabará contigo. No puedes huir.
- ¿Y quien intenta huir, hermosa e inteligente Sonia? Verdaderamente, sabes muchas cosas. Pero hay tantas otras que no sabes. Como el origen y significado del símbolo que llevo tatuado. Yo dejo que solamente parte del mismo sea visible para los demás. Pero míralo bien, míralo ahora por completo…
- ¡Gran Madre! ¡Perdón! ¡No sabía que eras tú! Viniste, viniste al fin, oh Gran Madre, Tú la Primera y la Única, la no nacida de mujer… Perdóname, perdóname, perdóname…
- De modo que también guardas el Conocimiento. Entonces sabes qué hacer con él. Sabes, es quien he seleccionado para este nuevo mundo al que vamos a arribar. Alfredo es a quien he elegido como el sagrado.
- Si Gran Madre. Arrancaré su corazón para ofrecértelo. Es el inicio de la nueva era, bajo tu dominio…
- Sé que me servirás bien, Sonia. Hermosa, inteligente Sonia… Ven…


Daniel Salvo

(Cuento publicado originalmente en la revista Plesiosaurio, Número 1, noviembre de 2008)

martes, 1 de junio de 2010

Editorial: ¡Vivan los personajes de cartón piedra!



Desde hace tiempo, suele darse una discusión de nunca acabar en el ámbito de la ciencia ficción: la caracterización de los personajes. Que si son personajes de cartón piedra. Que si les falta profundidad. Que no son verosímiles. Que sí lo son. Y así.


Si bien la discusión parte de una buena intención (que las novelas y cuentos de ciencia ficción cuenten con personajes creíbles), uno se pregunta, a la luz de ciertos ejemplos, si estamos dejando de ver el bosque por ver el árbol. O viceversa.


Por que, yendo al grano, ¿para qué quiero un personaje "con densidad psicológica" cuando no es necesario? Si estoy leyendo una novela de aventuras, ¿de qué me vale que el protagonista agarre y, en un flashback, nos empiece a narrar sus traumas infantiles?


El exceso de "caracterización" de uno o varios personajes puede afectar (y mucho) el desarrollo de una novela, un cuento o incluso de una película. Sobre éste último caso, sería más que útil ver y comparar las dos versiones de "Furia de titanes", tanto la de 1981 como la actual de 2010. Mientras en la primera se sacaba el jugo a los monstruos, a la mitología, a la aventura; en la versión actual el director ha optado por "la cosa que no es", como dirían los sabios houyhnhnms de Jonathan Swift. En lugar de una película de aventuras (un peplum, vamos) con buenos efectos, se nos endilga una pretenciosidad que sólo nos induce al bostezo. ¿Nos interesan realmente las relaciones conflictivas entre los dioses griegos y sus criaturas, nos conmueve el trauma del personaje Perseo al quedarse sin familia? En otra película quizá, pero no en ésta. Y menos, con actores tan malos. No pues, queríamos personajes de cartón piedra, a Perseo quedándose con Andrómeda, a una Medusa aterradora diseñada por Ray Harryhausen y no a una patética criatura dibujada mediante Photoshop. Pero nada, se prefirió la onda "démosle profundidad al personaje" y arruinaron uno de los remakes más esperados del año.


¿Y qué me dicen de la literatura, de tantas novelas y cuentos con capítulos enteros dedicados a mostrarnos la "humanidad" de los personajes? ¿Cuántos astronautas divorciados, cuántos capítulos enteros dedicados a seguir charlas interminables para que al fin los tripulantes de una nave decidan cometer adulterio? ¿Cuántas muertes más largas que los funerales de Patroclo?


Imposible no recordar, con mucha nostalgia, la época de oro del pulp español, las maravillosas tardes pasadas con Clark Carrados, A. Thorkent, Glenn Parrish, Curtis Garland, Marcus Sidereo, Ralph Barby y tantos otros publicados por Bruguera. Con el héroe dándole al final un beso a la heroína, luego de acabar con el entuerto de turno. ¿Qué más se podía pedir?


Es cierto que no todo pueden ser historias pulp. Que tuvimos la New Wave, a Lem y a Ballard. Que la ciencia ficción es mucho más que "historias de marcianos". Pero no hay que dejar de ver el bosque por ver el árbol (¿o es al revés?): la mejor historia de ciencia ficción puede arruinarse a causa de uno (o varios) personajes con "densidad psicológica". Suficiente con que hagan su tarea dentro de la historia. Lo demás, que lo hagan en su tiempo libre. O sea, cuando no los vemos o leemos.


Daniel Salvo

Las máquinas de Dios (Jack McDevitt)



Esta voluminosa novela también podría tener por título alternativo "Vida y milagros de Priscilla Hutchinson", una pequeña (y no tan hermosa) piloto de naves espaciales, cuya madre suele reclamarle no haberse casado aún. Sí. Estamos ante uno de esos personajes "con densidad psicológica", que poco o nada hacen para entretener al lector en una historia de ciencia ficción.

No es que sea una mala novela. Al contrario, la premisa de la misma no puede ser más desafiante: en un futuro cercano, la humanidad ha comenzado a explorar el espacio más allá del sistema solar, encontrando aquí y allá (proyectar el aquí y allá en años luz, por favor) inmensas estatuas y otras edificaciones de origen desconocido. Los humanos denominan a esta raza los constructores de monumentos, dedicando gran parte de sus esfuerzos exploratorios a buscarlos y a descifrar las inscripciones que acompañan a muchos de estos monumentos. Algunos planetas son descubiertos, pero se añade un enigma a otro: si bien estos planetas - antiguamente habitados por humanoides reptilianos - tienen piezas dejadas por los constructores de monumentos, éstos no formaban parte de dichas civilizaciones. Es decir, estuvieron de visita, dejaron alguna huella, pero se fueron a algún otro lugar del universo. ¿Por qué? La solución del misterio, tan intrigante como el mismo, - Las máquinas de Dios es solo la primera de una serie de novelas, ambientadas en el mismo universo - constituye uno de esos casos que nos devuelve a muchos la capacidad de asombro y maravilla que sólo puede darse en un género como la ciencia ficción... Lástima que el autor - o el agente literario de turno, o vaya uno a saber quién - no tuvo suficiente con tan magnífica intriga científica, y se aprovecha de la aventura para meternos donde no nos importa, esto es, en los conflictos, discusiones, amoríos, peleas, amistes, reflexiones y demás manifestaciones sentimentales que podrían estar muy bien en una novela mainstream pero que en esta, definitivamente, sobran. Como que provoca cierto sonrojo alguna que otra situación en la que los protagonistas se encuentran ante uno de esos momentos más grandes que la vida, pero que no parece moverles un pelo, preocupados mas bien en saber si "me quiere/no me quiere" y así.

Claro, esto podría obedecer al hecho de que la acción es vista a través de una piloto y no alguno de los otros personajes, arqueólogos o especialistas en otras ramas científicas. Vale si esto permite al autor explicar algunas nociones científicas, pero cuando cae en la tentación de intentar crear personajes creíbles mediante el expediente de dotarlos de una compleja vida sentimental, simplemente aburre. Es más, uno siente que sobran personajes, aún en una novela de la extensión de Las máquinas de Dios.

Si bien es la primera de una larga serie, aún no del todo traducida al español, Las máquinas de Dios tiene un final bastante concluyente que, sin embargo, nos deja con la miel en los labios. Esperemos que las continuaciones se centren más en lo importante.

Daniel Salvo


sábado, 1 de mayo de 2010

Reseña: Furia feroz (J.G. Ballard)




Inexplicablemente, la versión editada por Minotauro en su sello Booket clasifica esta novela como de "crimen y misterio". En buena hora para mí, por que de haberla etiquetado como ciencia ficción, es poco probable que hubiera arribado a nuestras costas peruanas.

Ahora bien, considerarla como de "crimen y misterio", o más a la antigua, como policial, no es del todo desacertado. Efectivamente, hay un crimen, y bastante horrendo: un día cualquiera, en Pangbourne Village, un condominio cerrado, suerte de isla urbana artificial cuyos integrantes pertenecen todos a familias ricas, felices y exitosas, todos los adultos amanecen muertos. Asesinados de una u otra forma. Y los hijos, desaparecidos. Ante este "crimen y misterio", aparece la figura arquetipica del detective-que-sabe-más-que-la-policía, en este caso, un cansino y anodino siquiatra llamado Richard Greville, a quien el lector bien puede imaginar usando un abrigo a lo Humphrey Bogart en lugar de una bata de médico. Greville colabora con la policía para descubrir al asesino, o asesinos, y averiguar el paradero de los niños. Casi, casi, casi un thriller más.

Excepto que se trata de un thriller escrito por J.G. Ballard, el Ballard que dijo aquello del espacio interior, el Ballard cuya ciencia ficción explora no el futuro lejano sino los próximos quince minutos. El Ballard capaz de resolver el misterio a la mitad de la novela, para luego construir otro argumento centrado en los antecedentes del crimen y su vinculación con el resto de la sociedad, tanto la de la novela como la nuestra. Por que es imposible no identificar a los asesinos como seres engendrados por nuestras mejores intenciones, y que no siempre es la falta de educación o de oportunidades la que convierte a un ser humano en un criminal. El pesimismo de Ballard es total: parece decirnos que hagamos lo que hagamos, la sociedad humana siempre mantendrá su cuota de antisociales e inadaptados, y que dicha cuota va en aumento. La ambientación de la novela a finales de los años ochenta del siglo XX no la hace menos "futurista".

Más aún, la identidad de los criminales, cuando deja de ser un secreto, deviene en fastidio para las autoridades. La sociedad no quiere admitir sus errores, y prefiere barrer la basura debajo de la alfombra. Esto produce otro giro de tuerca: el siquiatra que fungía de detective se convierte en morboso observador del accionar de los criminales - a quienes no se puede o no se quiere capturar - durante los años posteriores a los acontecimientos ocurridos en Pangbourne Village. Como solemos hacer todos: limitarnos a atestiguar el desastre, contribuyendo así al suicidio colectivo.

Esta vez, con mucho acierto, el texto de contraportada pone: "Una reflexión mordaz sobre la violencia, la educación y la sobreprotección de la infancia".

Daniel Salvo

El señor de las moscas (William Golding)





Lo admito, El señor de las moscas está aparentemente fuera de lugar en un blog dedicado a la ciencia ficción. No es una historia ambientada en el futuro ni en un planeta exótico. No hay invenciones maravillosas ni extraterrestres.
Pero si vemos a esta novela desde otro punto de vista, esto es, como el desarrollo de un experimento que consiste en dejar completamente solos, en un isla desierta, a un grupo de niños provenientes de un internado inglés, para ver cómo reaccionan en semejante situación, pues tenemos la mesa servida para disfrutar –en la medida que la novela lo permita – de un fuerte remezón en nuestras creencias respecto a la niñez y a la humanidad en sí.
Casi podría decirse que El señor de las moscas es el reverso de Furia feroz, de J.G. Ballard. Sólo que en lugar de una urbanización cerrada apta sólo para la elite, tenemos una isla desierta. Igual, se trata de espacios que sugieren un aislamiento radical de la sociedad. En lugar de padres obsesionados por el desarrollo de sus hijos, al punto de sofocarlos con tanta sobreprotección, tenemos un espacio totalmente carente de presencia adulta, ya se trate de padres o de cualquier otra instancia con los atributos que los adultos tienen (o tenían), en general, para con los niños: respeto, autoridad, orden… y también autoritarismo, abuso, prepotencia, manipulación, etc. Que no es lo mismo el Albus Dumbledore de las primeras novelas de Harry Potter que algún cura pedófilo de nuestros tiempos.
En El señor de las moscas, un accidente de aviación sitúa a unos niños en una isla desierta. Durante los primeros días, asumen el liderazgo los niños de comportamiento más maduro y racional. Instituyen una serie de reglas de convivencia, que efectivamente les resultan muy útiles dada la situación. Consiguen refugio de la intemperie, alimentación y una sensación de confianza hacia el futuro. Empero, en este edén también hay serpientes, encarnadas en los clásicos matones de la clase, a quienes les fastidia todo ese asunto de las reglas, la razón y el altruismo. Más que seguir la voz de la razón (que podría estar representada por Piggy, el también clásico gordito de lentes, más amigo de los libros que de los deportes), prefieren seguir lo que les sugiere el señor de las moscas: un cráneo de jabalí en torno al cual los niños han elaborado un ritual que parece el principio de una religión primitiva, con lo que los “malos” cierran un círculo aparente: huyendo de un tipo de reglas (o restricciones) acaban cayendo en otro, basado en una supuesta libertad que es en el fondo una esclavitud de tipo más primitivo, como puede serlo el temor reverente que sienten ante un simple hueso que han convertido en ídolo. Entonces, la supuesta liberación de la autoridad adulto-paterna acaba extinguiéndose, porque la regresión total en la que caen los niños (queriendo acabar con cualquier rasgo de racionalidad o bondad) es, en buena cuenta lo que el señor de las moscas les susurra y ordena.
Uno se pregunta por las conclusiones a las que nos conduce la novela. El hombre es lobo para el hombre, y por ende la agresión entre nosotros es nuestro destino final. O el hombre nace bueno y la sociedad (el contacto con los adultos, que no se extingue por que los llevamos dentro) lo corrompe, de modo que deberíamos acabar con toda la historia previa de la humanidad (ya lo intentó Pol Pot, y se saben los resultados). En todo caso, El señor de las moscas es un libro para revisar siempre.

jueves, 1 de abril de 2010

Revista Tinta Expresa N° 4




Imposible no comentar uno de los acontecimientos literarios del año, la aparición del cuarto número de "Tinta Expresa", revista de literatura dirigida por Elton Honores Vásquez, Alex Morillo Sotomayor y Carlos Capellino Fuentes. A una cuidada edición, se añade un plus que disfrutará todo amante de la literatura fantástica y de ciencia ficción, como es el que sendas secciones de la revista, como "Nómade verba" y "Epicentro" estén dedicadas a ambos géneros. Creo que el mejor comentario sobre esta publicación está incluido en la Presentación del mismo, a cargo de los editores:


"Epicentro", nuestra sección central, desarrolla un panorama de la literatura fantástica y la ciencia ficción peruana y latinoamericana. Así, los trabajos sobre Clemente Palma, de José Güich y Eduardo Huyatán, serán imprescindibles para el abordaje a este autor. El trabajo de Gonzalo Portals sobre Felipe Buendía y el de Mara García sobre Elena Garro y María Soledad Quiroga amplían el espectro de lo fantástico. Dentro de la ciencia ficción, son destacables los trabajos de Rodolfo Rorato sobre el cyberpunk en Brasil y el de Bernard Goorden sobre la ciencia ficción latinoamericana. Por su parte, Daniel Salvo, Alfredo Illescas y Juan Cuya plantean abordajes a la obra de José B. Adolph. Se incluye, además, un dossier sobre este fundamental autor de la literatura fantástica peruana.



Sólo me resta destacar las ficciones aportadas por José Cabrera, Melissa Ghessi, Yamila Greco, César Silva Santisteban, Stuart Flores Herrera, Pedro Espinoza, Ricardo Sumalavia, Pablo Nicoli, Carlos Calderón Fajardo (¡fantástica!), José Donayre Hoefken, Carlos Enrique Saldìvar, Raúl Quiroz y Gregorio Torres en la sección "Nómade Verba".



Algo que los editores de Tinta Expresa han cuidado con especial esmero ha sido el aspecto gráfico de la revista, cuya portada, que reproduce un cuadro de Carlos Revilla, es el punto de partida para disfrutar además las ilustraciones a cargo de Miguel Det y Juan Acevedo.


Publicar algunos de estos aportes, si no todos, en la internet (Tinta Expresa cuenta con sitio web propio, http://www.tintaexpresa.site90.net/, y su dirección electrónica es (tintaexpresa@yahoo.com), sería de agradecer, tanto por parte de los lectores como de los autores que acaso no cuenten con las vías de distribución adecuadas.



Daniel Salvo