jueves, 29 de enero de 2015

El cazador de sueños (Stephen King)



El cazador de sueños (Dreamcatcher) bien podría formar, junto con Tommyknockers, un díptico de novelas en las que Stephen King toca el tema de la invasión extraterrestre. Y no se trata de extraterrestres metafóricos o hipotéticos, sino de los de verdad, con su fisonomía "gris" y sus naves espaciales de incomprensible (pero falible) tecnología. Eso si, no creo incurrir en un spoiler grueso si desde ya advierto al lector que la película que se produjo en 2003 es MUY diferente al libro, al punto que nuestro entrañable Duddits tiene una naturaleza muy distinta, según se trate del libro o el film. Y hay muchos otros detalles que, para quienes hemos visto primero la película, crean una expectativa tan extensa como inútil, pues es recién al final que nos damos cuenta de que ciertas escenas no aparecerán para nada en el libro.

El cazador de sueños enfrenta, como en It, a un grupo de niños contra el MAL. Mal que, en la infancia, está encarnado por los sempiternos escolares, quienes son sorprendidos martirizando a Douglas Cavell, "Duddits", un niño con retardo mental. Los cuatro niños - Mike, Pete, Henry y "Jonesy" (pronúnciese Yonsi, como el gato de la teniente Ripley en "Alien"), librarán a Duddits de una degradante sesión de bullyng que al parecer implicaba la ingesta de excremento, a cambio de lo cual obtendrán el gran don de una amistad a prueba de todo, además de ciertos dones no muy bien explicados, entre los que se incluye la telepatía.

Con el paso de los años, los niños crecerán y, con sus dones, sean estos los que sean, acabarán en el lugar justo y el momento justo: una cabaña en un bosque nevado, situada en una zona que acaba de ser declarada en cuarentena. Y esto por algo muy siniestro: el arribo de una nave espacial de origen extraterrestre, que porta... ¿qué?

Uno de los puntos fuertes de El cazador de sueños es, al igual que en Tommyknockers, la caracterización de los extraterrestres. Ni máquinas de matar inmunes a todo, ni hombrecillos verdes, ni semidesnudas diosas de las estrellas. Son tres: una especie de hongo rojizo, un parásito que crece en el estómago y luego se expulsa por el ano (los diálogos en torno a los gases que se generan por la incubación de estos seres ocupan buena parte del libro) y Mister Gray, el Señor Gris, el típico extraterrestre desnudo de piel grisácea y grandes e inexpresivos ojos sin párpados ni pupilas, quien sin embargo prefiere convertirse en esporas y habitar cuerpos humanos... por que se está muriendo, o o por que tal vez no exista y sea tan solo una proyección de la mente de "Jonesy", quien a su pesar, debe cargar con Mister Gray "dentro", y de quien no sabemos como, ha logrado ocultar mucha e interesante información creando en su mente un simulacro de edificación que le permite dejar al Señor Gris "fuera". Mientras tanto, entre la locura de un militar que pretende eliminar a todos los supuestos infectados por el hongo venido del espacio, estén sanos o no, y la búsqueda y el  reencuentro con el cada vez más enigmático Duddits, los demás personajes van formando la trama que conduce al enfrentamiento final, con unos extraterrestres tan vulnerables y confusos como nosotros, al punto que se derriten por los sandwiches y no saben qué es defecar. Oh si, nada más original que los extraterres que surgen de la mente de Stephen King.

Lo que no quita que la novela tenga sus puntos en contra. La parte media se excede en unas doscientas páginas, en las que King nos lleva - eso sí, con mucha maestría - en un viaje a ninguna parte. Vamos, que sucede lo mismo que en la película, pero con un exceso de situaciones, giros, intimidades y detalles a cual más innecesario. Abruptamente, la novela recupera el ritmo al hacernos partícipes de la curiosa interacción entre "Jonesy" y la entidad que ocupa su cuerpo (y parte de su mente), el desconcertante Mister Gray.

Si han visto la película y, como yo, esperan que se trate de una adaptación más o menos fiel, absténgnase de leer la novela para evitarse el "decepcionante" final. Claro que si son mas o menos fanáticos de King, como yo, no me harán caso: puntos grises o no, es  una novela de Stephen King. Y con eso ya tenemos bastante.


sábado, 17 de enero de 2015

La posibilidad de una isla (Michel Houellebecq)



Michel Houellebecq es el autor de uno de mis textos favoritos: “De hecho, no creo exagerar si afirmo que, a nivel intelectual, no quedaría nada de la segunda mitad del siglo XX si no fuese por la ciencia ficción." De hecho, en su momento, no pudo haber nada más motivador (para mi) que el "wunderkind"de la narrativa europea mainstream (era el 2005, creo) dedicara semejante elogio al género que, para muchos, seguía siendo el patito feo de la literatura. Ya llegará el momento de leer su novela más celebrada, "Las partículas elementales".

Houellebecq parece alguien destinado a estar en el foco de atención mediática. Imposible no pensar en su más reciente novela, "Sumisión", en la cual predice el advenimiento de un régimen musulmán para Francia, publica; cuya puesta en venta coincidió con el atentado a la revista Charlie Hebdo.

Adentrándonos en la novela, uno entiende el porqué de la etiqueta de "provocador" para Michel Houellebecq. No es la trama, sino las ideas y opiniones que desliza constantemente sobre el sexo, el dinero, la religión o la ciencia, lo que convierten a este libro en una lectura inquietante (créanme, hay pasajes realmente deprimentes, como cuando opina sobre el declive del deseo sexual y qué es lo que lo reemplaza, o cuando se burla de lo que algunos consideramos grandes creaciones intelectuales...). En resumen, podría decirse que Houellebecq no cree ni en sí mismo... y ni falta que le hace.

¿Es "La posibilidad de una isla"una novela de ciencia ficción? Diría que es una novela que tiene un 20% de ciencia ficción y un 80% de Houellebecq. Está narrada desde dos puntos de vista: uno situado en el presente, a cargo del protagonista, Daniel, un comediante en plena madurez, y otro a miles de años en el futuro, narrado por Daniel24, clon del primero. La parte dedicada al primer Daniel, quien vive en nuestro presente, a caballo entre el siglo XX y el XXI, es la más extensa y entretenida de la novela. Sus peripecias son las de una suerte de pícaro desencantado, un comediante que conoce la fama y la riqueza que la acompaña, y que no duda en disfrutarla de la manera más hedonista. Totalmente nihilista, Daniel vive su vida sin pensar en el mañana, dejándonos, de pasada, sus controversiales observaciones sobre la naturaleza humana, algunas de ellas merecedoras de algún tipo de advertencia, pues no todas son aptas para todo el mundo. No por escandalosas o procaces, sino por lo que pueden revelar al lector respecto a su propia vida.

Sin embargo, este personaje será contactado - nunca mejor empleado el término - por una secta que cree que la humanidad fue creada en el remoto pasado por unos extraterrestres llamados los Elohim, a quienes equivocadamente tomamos por dioses. ¿Suena conocido? Quizá los seguidores de los raelianos puedan opinar algo al respecto. El hecho es que Daniel acaba involucrándose con la secta elohimita, cuyo lider considera que incorporar a personajes mediáticos como Daniel servirán a los fines de la secta, entre cuyos miembros se cuenta un científico especializado en bioquímica, quien ha realizado grandes avances en la investigación del ADN y su posible uso para eventuales clonaciones, lo que coincide con algunos de los postulados de la secta elohimita. Daniel recoge sus experiencias en un diario, que será leído en el futuro por uno de sus clones, Daniel24, de lo que se deduce que los experimentos de los elohimitas tendrán éxito ya en vida del primer Daniel.

Houellebecq no las tiene todas consigo a la hora de jugar al escritor de ciencia ficción. La manera en que describe el futuro de la humanidad es tan apática y aburrida como Daniel24, quien mora en una Tierra dividida en tribus de neohumanos y clones que deambulan por ahí quien sabe con qué propósito. Supongo que quería darnos a entender que el sinsentido de nuestra existencia dará lugar a un futuro como ese, tan sereno como apagado, carente de retos y de emociones. Este no es un tema novedoso en la ciencia ficción - el futuro tan deseado es un paraíso... del aburrimiento - , pero no quita interés al resto de la novela. Eso si, quienes esperen algo de ciencia ficción al uso... pues nada, pero si tienen asegurado un cuestionamiento de sus más arraigadas convicciones religiosas/humanistas/políticas/sexuales/económicas.... A lo mejor le va bien al autor escribiendo aforismos.


Daniel Salvo

domingo, 4 de enero de 2015

Los monstruos de Einstein (Martin Amis)



Al fin pude leer este libro, visto muchas veces en los catálogos de la editorial Minotauro (la de Francisco Porrúa), cuyo título y contraportada desataron más de una interrogante. Por cierto, aquí va el texto mencionado, breve y conciso:

El ex hombre-fuerte de un circo, veterano de Varsovia en 1939, y artista de Notting Hill, encuentra su propio y personal holocausto en "Bujak y la fuerza poderosa o Los dados de Dios". Aburrimiento máximo y amor mínimo son aconsejados en "La enfermedad del tiempo". Una esquizofrenia virulenta  abruma al joven hijo del "padre de la era nuclear" en "Lucidez en Flama Lake". La evolución ha tomado un camino repugnante en la kafkiana historia de amor "El cachorrito que pudo", y la historia de la Tierra es discutida con franqueza por alguien que lo ha visto todo en "Los inmortales".

Para mayor abundamiento y deleite de historiadores y estudiantes, la presente edición incluye una Nota del autor de 1987, en la cual reconoce sus influencias: "¿Puedo aprovechar la oportunidad para saldar - o reconocer - ciertas deudas? "Bujak y la fuerza poderosa" le debe algo a Saul Bellow; "Lucidez en Flame Lake", a Piers y Emily Read y a Jack y Florence Phillps; "La enfermedad del tiempo" a J.G. Ballard (podría pasar por un relato suyo, la verdad); "El cachorrito que pudo" a Franz Kafka y Vladimir Nabokov; y "Los inmortales" a Jorge Luis Borges y el Salman Rushdie de Grimus." Ahí es nada, como dirían los amigos españoles.

Por supuesto, al adentrarnos en el libro, encontramos más y menos de lo que se promete. Martin Amis (Inglaterra, 1949), se postula como un hijo de la Era Atómica, o más bien, como alguien aterrado por la amenaza nuclear, a la cual dedica un apasionado (bueno, apasionado al estilo inglés, ustedes me entienden) ensayo introductorio titulado "La capacidad de pensar", más extenso que los propios cuentos de la selección, en el cual expone su visión de un mundo amenazado por la bombas nucleares, y de cómo esa amenaza ha configurado muchos aspectos del mundo actual.  Escrito en 1987, antes de la caída del muro de Berlín, podria pensarse que está algo desfasado, dado que ultimamente nadie habla de bombas atómicas o de ojivas nucleares, siendo nuestros temores contemporáneos algo más ligado a lo cotidiano y a las ciencias de moda: pensemos en enfermedades como el Ébola o el cuestionamiento de los alimentos transgénicos, además de un terrorismo cuya motivación es menos política (léase "universal") que religiosa o cultural. Hablar del temor a las bombas atómicas es un tema fuera de agenda, podríamos decir.

¿Pero en realidad lo está? No olvidemos el accidente de Fukushima en Japón, y sus implicancias para el futuro. Sin contar las eventuales amenazas que constituyen regímenes como el de Corea del Norte o algún otro país que quiere "investigar" por su cuenta. El hecho es que siguen sueltas por ahí nada menos que 16,000 (dieciseis mil) cabezas nucleares, y como ya sabemos, ningún lugar está "lejos

Eso sí, la noción de "cuento basado en la amenaza nuclear" es muy propia del autor, quien maneja un estilo mas bien seco y propenso a caer en el surrealismo (surrealismo es la palabra que empleamos cuanto comentamos un texto que intuimos genial pero que no entendemos). Así, "Bujak y la fuerza poderosa", pese a sus constantes referencias a Einstein y la atmósfera "nuclear", no deja de ser un drama personal muy  bien narrado, y "Lucidez en Flame Lake" juega más con los malentendidos entre los seres humanos y sus enfermedades mentales que con amenaza nuclear alguna.

Los restantes relatos, en cambio, caen de lleno en la ciencia ficción. Al parecer, ocurren "después" del holocausto nuclear, en un mundo que no ha sido destruido pero si alterado de manera irremisible. "La enfermedad del tiempo", relato un tanto incomprensible, en el cual vemos los estragos que causa una enfermedad producida por... el tiempo. "El cachorrito que pudo", ambientado en un futuro decadente (las personas viven en tribus, en un mundo que ha explotado en nuevas variedades genéticas de plantas y animales, producto de la radiación), bien podría haber sido escrito por Hans Christian Andersen si éste hubiera escrito ciencia ficción. De lo surreal pasamos pues a lo infantil, y no puede negarse que lo infantil es mucho más legible y entretenido. Por último, "Los inmortales", es un estupendo relato narrado en primera persona por una entidad inmortal que "apareció" en la Tierra millones de años antes de los dinosaurios, y que tiene la oportunidad de ser testigo de primera mano de los efectos de una hecatombe nuclear, desde la peculiar perspectiva de alguien que experimenta el paso del tiempo de una manera incomprensible para un humano mortal ("Yo estoy acostumbrado a ver cómo se abren paso hacia el cielo montañas enteras, cómo se forman deltas. Eso que se dice sobre que el Atlántico o lo que sea se hunde a un ritmo de una pulgada por siglo; bueno, yo lo noto.")

Un buen ejemplo de ciencia ficción reflexiva. Aunque... ¿cuándo no lo es?


martes, 25 de noviembre de 2014

Ominosus (E. Bear, C. Kiernan, L. Barron)



"Ominosus. Una recopilación lovecraftiana". Así se titula esta selección de tres relatos publicada en e-book por la exquisita (no se me ocurre otro término) editorial Fata Libelli, a un precio ridículamente bajo, teniendo en cuanta la diagramación del e-book y el trabajo de traducción desplegado. Bien ahí, como decimos en el Perú.

Las colaboraciones, reelaboraciones, homenajes y similares en torno a la riquísima mitología creada por H.P. Lovecraft desbordan la capacidad de lectura de cualquier lector y, me atrevería a decir, en cualquier idioma. Téngase en cuenta que en vida del propio Lovecraft, escritores de la talla de Clark Ashton Smith escribieron relatos que forman parte de los "Mitos de Cthulhu".

"Ominosus" demuestra que el paso de los años cambia nuestra perspectiva y nuestras espectativas respecto a lo que deberíamos esperar de un relato "lovecraftiano". Los tres cuentos publicados por Fata Libelli distan mucho de ser narraciones escritas "a la manera de Lovecraft", que en ocasiones, no han sido sino meras reescrituras de historias tópicas, limitándose algunos autores a trasladar los mitos, o sus monstruos, a geografías y tiempos aparentemente distintos de Arkham o Dunwich, pero que en última instancia, no son otra cosa que nuevas versiones de lo mismo, aunque no por ello carentes de interés.

En cambio, las tres historias de "Ominosus" se alejan de los moldes clásicos del terror, pues han sido redactadas en un estilo mas bien reflexivo e intimista que no deja de ser inquietante, pero que no tiene como objetivo principal generar el susto o el asombro del lector. Al contrario, pueden leerse como reflexiones lovecraftianas en torno a temas como el racismo, la feminidad o qué es lo que entendemos por civilizacion.

El primer relato, "Shoggoths en flor", de Elizabeth Bear, tiene lo que ofrece el título y más. Los shoggoths existen, son lo que siempre se ha afirmado sobre ellos (criaturas creadas por los Grandes Antiguos para servirlos, informes y de inteligencia limitada). Pero, dado que sus amos duermen... ¿a qué dedican su existencia? ¿qué harían si fueran libres? Esas y otras preguntas son planteadas - y acaso resueltas - por el protagonista, un científico afroamericano quien observa en la historia de los shoggoths elementos similares a la suya, a saber, un pasado signado por la esclavitud de sus ancestros y el racismo que percibe contra sí mismo incluso en la actualidad.

El segundo cuento, "Casas en el mar" de Caitlin R. Kiernan, juega a atacar los convencionalismos lovecraftianos en torno al género. Sabemos que en el universo lovecraftiano apenas existen personajes humanos definidos, menos aún, mujeres. ¿Es posible una feminidad lovecraftiana? Las "casas en el mar" aluden a vestigios que, en el relato, son evidencias de ciudades submarinas. La protagonista principal comienza por interesarse en estas casas para luego pasar a convertirse en una suerte de sacerdotisa o emisaria de algún culto antiguo, dando muestras de conocimientos y facultades inusuales. ¿Es lo que se espera de ella, incluso dentro del universo lovecraftiano? ¿No debería dedicarse a servir, simplemente, como se supone hace cualquier "mujer decente", lovecraftiana o no? Doblemente inquietante.

Por último, "El don de la oportunidad" de Laird Barron, de cuidado lenguaje, es el relato que más aparenta ser una historia de terror convencional. Un grupo de leñadores se pierde en un paraje rural, para encontrarse con un poblado de lo más extraño: no hay hombres ni niños a la vista, unicamente mujeres. Y en el centro del poblado hay una construcción extraña, de arquitectura insólita, por decir lo menos. Dos leñadores se han perdido y las mujeres del poblado parecen saber algo. La clave está en el edificio y lo que oculta, evidentemente. Pero más allá de eso, el relato juega a ser un espejo, puesto que su desarrollo nos lleva a un final en el cual podría ser que son mas bien los leñadores quienes se han convertido en una amenaza para el "pacífico" pueblo lovecraftiano (buen detalle el precisar el estado impecable de los caminos y las viviendas). La idea de fondo sería que, de haberse concretado la invasión de los monstruos, estos dejarían entonces de ser una amenaza, por lo que el paso siguiente sería la generación de núcleos urbanos en torno a la monstruosidad. ¿Se puede coexistir, convivir, urbanizar con lo monstruoso?

Del asombro y el horror, los mitos de Cthulhu pasan a lo cotidiano y reflexivo, que no decadente. .Historias para pensar, y mucho.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Drácula desencadenado (Brian Aldiss)



Ante todo, honestidad: se trata de una novela llena de ideas en torno al vampirismo, la evolución, el cristianismo y la era victoriana. También se trata de una novela flojamente escrita, con personajes poco empáticos y excelentes situaciones desperdiciadas. 

Seguimos las aventuras de Joe Bodenland, mejor narradas en Frankenstein desencadenado. En esta ocasión, es un magnate industrial que va a probar un revolucionario dispositivo capaz de "retirar del tiempo" (y del espacio) cualquier clase de materia, como puede serlo la cada vez más creciente cantidad de basura que produce la humanidad (la novela está ambientada a mediados del siglo XXI, habiendo sido escrita en 1991). Al mismo tiempo, recibe una comunicación urgente de su yerno, quien le informa que acaba de hallar, en el desierto de Arizona, dos ataúdes conteniendo restos humanos ... enterrados hace más de 65 millones de años. Y es sólo el principio.

Al parecer, en el principio de los tiempos, la evolución dio lugar a una raza de seres con características poco usuales, los Voladores, probables descendientes de los pterodáctilos, predadores capaces de nutrirse de sangre humana y de transmitir sus características - entre ellas la inmortalidad - a sus víctimas. Por alguna razón, el poder de los vampiros ha decrecido, para ser recuperado en los siglos venideros. Los vampiros dominan nuestro mundo en el pasado y el futuro remotos, bajo el mando del vampiro más poderoso de todos, quien gusta de ser llamado el Conde... o Drácula. Pero la clave de este dominio se encuentra nada menos que en la Inglaterra victoriana, en la mente de un irlandés aquejado de la sífilis contraída en sus innumerables encuentros con prostitutas. Si, se trata del mismísimo Bram Stoker, el autor de la novela Drácula, "un nombre conocido desde las principales ciudades del mundo hasta los rincones más recónditos de las selvas más alejadas", o así lo pone el autor, afirmación con la que no podemos estar más de acuerdo. Stoker se convertirá en el objetivo tanto de los vampiros - quienes quieren evitar que escriba su famosa novela - como de Bodenland, quien necesitará de sus conocimientos para conjurar la amenaza que se cierne sobre el mundo.

Bodenland volverá a viajar en un curioso tren que se mueve a través del tiempo y que es conducido por vampiros (!), deteniéndose en la Inglaterra de fines del siglo XIX, no lejos de la morada de Bram Stoker, quien cuenta entre sus conocidos al doctor Van Helsing - un charlatán timorato e intrascendente -, y a un pobre enfermo de sífilis llamado Renfield. Los posteriores acontecimientos llevarán a Bodenland, Stoker y otros personajes a viajar de un tiempo a otro, con el objetivo de acabar para siempre con los vampiros.

Los cambios de escenario y las situaciones insólitas son numerosos, lo que contrasta con la casi apatía que demuestran los principales personajes ante dichas situaciones. Cuesta creer que un inglés - o una inglesa- de fines del siglo XIX se enfrente, en el transcurso de una semana, a vampiros, viajes en el tiempo y otras situaciones así de inusuales sin demostrar mayor sorpresa o interés. En cambio, los mejores momentos de la novela - desde el punto de vista narrativo - son aquellos en los cuales los personajes discuten o se dedican a perorar en torno a sus ideas, a las que conviene echarles más de una ojeada. Por ejemplo, se plantea que los vampiros son inmortales y poderosos, pero carecen de creatividad e inventiva, por lo que no les queda más remedio que parasitar a los humanos. Se explican también las debilidades vampíricas desde un punto de vista racional, como el temor de los vampiros a las cruces, basado en una visión bastante positiva del cristianismo como una manera de despertar la consciencia humana. O la similitud de los efectos de la sífilis y la mordida de un vampiro en los humanos...

Un poco más de acción habría dado lugar a una novela redonda. Eso sí, es un buen ejemplo de la ciencia ficción entendida como literatura de ideas.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Más que humano/La ballena dios (T.J. Bass)



Más que humano (Half past human)

En 1982, residía en la ciudad de Ica, la cual estaba bien provista de librerías y distribuidoras. Los libros de ciencia ficción, en especial los de la editorial Bruguera, no eran ajenos a sus estanterías. Tampoco uno que otro Minotauro. Por eso, tropezar un día a la salida del colegio con prácticamente todos los libros de ciencia ficción que publicó en su momento la editorial Edaf fue, además de una sorpresa, un motivo de angustia: obviamente, no podía comprarlos todos. Me hice el firme propósito de irlos comprando de a pocos, pensando que, después de todo, muy poca gente lee ciencia ficción… 

La realidad fue otra: en un par de días, no quedaba ni la mitad de esos libros en la vitrina. Reuniendo todas las propinas que podía – en esos años estaba a mitad de la secundaria-, logré comprar tres ejemplares: el maravilloso Zothique de Clark Ashton Smith, el futurista El hombre estocástico de Robert Silverberg y el desopilante Más que humano, de T.J. Bass.

Aclaro que en esa época no existía la internet, y muchos de los autores conocidos de la ciencia ficción eran, aparte quizá de Bradbury, Asimov, Clarke y pocos más, eran reverendos desconocidos para mí. Si, incluso Silverberg. De modo que elegí estos libros por los breves textos que figuraban en la portada. Y no me arrepiento de la elección. Sí me arrepiento de no haber elegido La ballena dios, también de T. J. Bass, continuación de Más que humano, pero es que en ese momento no tenía manera de saberlo.  Además, quería leer cosas diferentes, y dado que sólo podía comprar tres ejemplares, repetir autor era algo impensable.

Luego siguieron semanas de felices descubrimientos.  Acostumbrado a la ciencia ficción pulp de la colección Espacio, con poca experiencia con autores clásicos – básicamente cuentos-, recién tendría la oportunidad de leer novelas de ciencia ficción. Largas, extensas… ¿sería tan gratificante como leer cuentos?

La realidad demostró que sí. Visitar el futuro cercano imaginado por Silverberg me hizo sentir adulto, además de impactado por la trama y los personajes. Pero Más que humano fue la novela que me hizo entender que la ciencia ficción podía llevarlo a uno realmente lejos, muy muy lejos...

La acción se sitúa en un futuro remotísimo, en el que la humanidad subsiste en inmensos conglomerados urbanos llamados con justicia Colmenas. Existen otros seres humanos fuera de ella, a quienes se llama Ojo-de-gamo si son varones, y Ojo-de-vaca si son mujeres. El protagonista de la obra es Tinker, un ciudadano de la Colmena, a quien por azares médicos, se le conmina a reproducirse (!). Dado que Tinker es un “neutro”, es decir, un macho sexualmente inmaduro, deberá seguir un tratamiento para “polarizarse”. Luego de su cambio de fase, por decirlo así, empezará a cuestionar su vida y el propósito de la misma (vivir en la colmena es… indescriptible). Sucede lo obvio: intentará escapar, lo que logrará tras las peripecias de rigor.

Hasta ahí, Más que humano parece una historia típica, el rebelde que cuestiona el orden establecido. Pero hay mucho, mucho más en la novela, que deja en el lector un complejo regusto a extraño, pese a que su autor deja escapar sólidos conocimientos en biología que explicitan más de una costumbre o situación. Por ejemplo, los ciudadanos  se alimentan de comida procesada en forma de tabletas, lo que lleva a que se considere a las ratas (imposibles de exterminar) un manjar exquisito, además de fuente de proteínas “naturales”. El equilibrio  poblacional debe mantenerse estable, por lo que no se considera inmoral arrojar a los niños nacidos fuera de programación por el borde de un muro, suerte de monte Taigeto de la novela, si es que no son recogidos por los funcionarios encargados de exterminarlos, quienes circulan por la colmena vestidos como payasos y ataviados de alegres y brillantes colores.

Además, existen inteligencias artificiales o mecánicas – las mecs – que suelen demostrar más inteligencia y empatía que muchos humanos, pese a seguir una programación específica. Estas mecs juegan un rol aparte, comunicándose entre ellas o estableciendo relaciones más que peculiares con los humanos. 

Una obra que especula con el futuro del hombre, su evolución – o degradación -, las relaciones con las máquinas y nuestro condicionamiento biológico.  De lo más recomendable.




La ballena dios (The god whale)

Tras la lectura de Más que humano (inexacta traducción de Half past human, que además lleva a confusión con la obra de Theodore Sturgeon), transcurrió un interregno de más de treinta años hasta que, gracias al préstamo desinteresado (y devuelto) de un amigo, pude leer la otra novela de T.J. Bass, La ballena dios.

Sin ser una continuación, La ballena dios desarrolla y lleva a sus últimas consecuencias el destino de la Tierra descrita en Más que humano. Gran parte de la acción transcurre fuera de la Colmena, cuyos habitantes están degenerando cada vez más. Mientras tanto, una cosechadora, un cyborg mezcla de máquina y ballena, realiza su trabajo en los solitarios mares terrestres…

¿Solitarios? El mundo está más poblado de lo que parece, y por “humanos” cada vez más increíbles. La acción inicia con un accidente que transcurre en el pasado, cuando un humano  de nombre pierde la mitad inferior de su cuerpo. No queriendo depender de prótesis insensibles, solicita ser congelado hasta que la humanidad descubra una mejor solución para su problema, lo que ocurre milenios en el futuro. Este personaje, que no protagonista de la novela, deberá adaptarse no sólo a las prótesis del futuro – que le dan apariencia de sátiro o de centauro mecánico, sino a esa entidad insólita en la que se ha convertido la humanidad.

Mientras tanto, la Colmena, que aún cuenta con personas inteligentes, descubre esa vida exterior, la cual considera una amenaza, por lo que desarrollará diversos planes para destruirla. Entre ellos, la creación de un campeón llamado ARNOLD (en mayúsculas, porque son las siglas de una entidad creada mediante ARN humano), quien optará por volverse contra sus decadentes creadores, y el otro, recurrir a un desesperado caballo de Troya.

La trama es trepidante y por momentos confusa, destacando el tratamiento que hace Bass de las posibles relaciones (eróticas) entre máquinas y humanos, tema que tratan de manera muy distinta autores como China Mieville o Isaac Asimov.

Nuevamente, destacan los roles que asumen las mecs, entidades mecánicas que interactúan con los humanos de manera poco convencional… Me resultó grato reencontrarme con una de ellas, OLGA, una nave que contiene el germen de la nueva humanidad, mencionada en Más que humano como una nave –diosa.


Destacan los eventuales chispazos de información sobre biología y psicología que desliza el autor, que lejos de ser aburridos infodumps, llevan a más de una reflexión en torno a lo que somos los seres humanos del pasado, presente y futuro. Da para más de una relectura.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Iris (Edmundo Paz Soldán)


Sobre Iris, de Edmundo Paz Soldán, publiqué una breve reseña en el Diario Oficial "El Peruano". Adjunto el texto de la misma: 

Edmundo Paz Soldán no necesita presentación como escritor, siendo conocida su solvencia narrativa dentro y fuera de Bolivia, su país natal. También es conocida su afición al género de la ciencia ficción, lo que se ha evidenciado en ciertos aspectos de obras suyas como Sueños digitales o El delirio de Turing.Iris es, sin embargo, ya una novela que calza de lleno dentro de las convenciones de ese género, lo cual debe haber ocasionado más de un dolor de cabeza para quienes postulan que los escritores latinoamericanos deben encauzar sus obras entre el realismo y lo real maravilloso. Con este libro, ambientado en un futuro no muy distante, cuyos personajes emplean un lenguaje inventado (una suerte de spanglish futurista), Paz Soldán se suma, sin aspavientos, a la cada vez más nutrida estirpe de iconoclastas de la narrativa latinoamericana.
La temática de Iris gira en torno al desencuentro entre las eternas necesidades de explotación de recursos naturales que requiere la civilización y el impacto directo que esta explotación genera, paradójicamente, entre quienes no se benefician de la misma. No es pues una novela escapista, sino más bien distópica.Otro gran mérito de Paz Soldán como narrador de ciencia ficción consiste, a mi juicio, en su reconocimiento de la influencia de otros autores del género. No es un ejercicio bien intencionado y falto de conocimiento del género. Iris, en cambio, viene a ser una piedra miliar tanto en la carrera narrativa de Edmundo Paz Soldán como en el cada vez más creciente ámbito de la ciencia ficción latinoamericana.

Lo breve de la reseña se debe a que el papel es tirano, y los centímetros - columna conspiran contra la eterna pretensión verborreica del redactor de turno. Considero, sin embargo, añadir algunas cosas sobre Iris, cuyas imágenes no terminan de irse de mi cabeza.

Para empezar, diré que en un principio, pensé que la novela estaba ambientada en otro planeta. Los referentes cotidianos a los que aluden los personajes - comidas, cultos religiosos, costumbres sociales - exigen al lector una lectura por demás atenta, so pena de perderse en los meandros laberínticos de Iris, laberintos que funcionan tanto en la superficie como en las entrañas de la tierra. El resultado de dicha lectura atenta es comprender, entre otras cosas, que Iris no es otro planeta, si no más bien un espacio, un ámbito del nuestro que tiene la virtud de convertir (o pervertir) lo humano en alienígeno. En ese aspecto, evoca a Picnic junto al camino de los hermanos Strugatsky (novela en la que se basó la película Stalker), puesto que Iris se nos muestra como un territorio en el cual las leyes que rigen lo humano (leyes naturales y sociales, por decirlo de algún modo) carecen de vigencia: el efecto de Iris es absoluta e irredimiblemente deshumanizador. No hay buenos ni malos, ni personajes que no estén aquejados por alguna tara, ya sea física o sicológica. Incluso los adelantos tecnológicos, expresados tanto en artilugios de avanzada como en androides o seres genéticamente alterados, no son aquí los heraldos de un futuro mejor, si no una suerte de freakshow ininterrumpido, en el que los criminales acaban siendo la última esperanza de recuperación de una humanidad en contínua degradación.

Las evocaciones que hacen los personajes respecto a cómo son las cosas fuera de Iris - del mundo exterior se dice que es limpio, próspero y libre -  acrecientan esa sensación de anormalidad, pues en ocasiones llevan  a pensar que no son otra cosa que mentiras y que el mundo entero se encuentra en ese estado de degradación, o, peor aún, en efecto el mundo exterior es tal como lo describen precisamente por que existen lugares como Iris. El disfrute de unos se basa en el sufrimiento y explotación de otros.

Tan desesperanzada situación lleva, entre otras cosas, a conatos de rebeldía, expresados de manera tanto superficial como subterránea. Así pues, en la superficie,  aparecen rebeldes rodeados de la eterna aureola mística, perdidos en incesantes atentados que al final parecen una especia de juego de policías y ladrones con los representantes del orden establecido. Pero es en el mundo subterráneo donde ocurren las cosas más interesantes. Cultos religiosos en torno a deidades de origen incierto toman por asalto la mente de los irisinos, tanto aborígenes como ocupantes, ¿Se trata de ilusiones, producto de las eternas ansias de liberación de los oprimidos o del consumo de sustancias alucinógenas, o se trata de entidades reales? La manera en que Paz Soldán menciona a sus terribles y caprichosas deidades hace que estas acaben por transformarse en otros personajes de la novela, dotados de una vida acaso más real que las de sus  adoradores.

Iris es, en suma, un mundo en el que nadie quisiera vivir. Lo malo es que ya tenemos varios Iris en este mundo.