jueves, 30 de julio de 2015

Los tecnólogos (Matthew Pearl)



Me enteré de la existencia de esta novela por casualidad, ojeando novedades en una bien surtida librería limeña. El texto de la contratapa capturó mi atención. Mas o menos, ponía que en 1868, en Boston, EE.UU. - ciudad conocida como "la Atenas de América, el cerebro de los Estados Unidos" -, tienen lugar una serie de extraños fenómenos: barcos que naufragan por que sus brújulas enloquecen, vidrios que se derriten de manera repentina... Todo en el marco de una confrontación entre las autoridades de la Universidad de Harvard, representante de la academia clásica, o al menos, lo que los norteamericanos entienden por clásico, a saber: que el saber académico debe estar reservado para jóvenes de buena familia, ricos y probadas raíces cristianas. El celo por mantener esta curiosa noción del saber universitario lleva a su rector, el famoso intelectual norteamericano Louis Agassiz, a impedir por todos los medios que se difunda la teoría de la evolución, entre otros conocimientos "peligrosos" para las masas.

Pero el principal "enemigo" de Harvard, en ese contexto, es el recientemente creado Massachusetts Institute of Technology, el hoy famoso MIT, dedicado a la tecnología (es decir, las ciencias aplicadas), y a pervertir, eh, enseñar a alumnos de dudosa procedencia y escasos recursos económicos, además de cometer la herejía de contar con una mujer entre sus estudiantes. El autor se da maña para narrar algunos episodios en los que la pugna entre distintas formas de saber, así como entre distintas clases sociales, llega a proporciones épicas, constituyendo interesantísimos testimonios de la lucha por el conocimiento, su aplicación y su difusión, que al parecer, van a acompañar al ser humano durante mucho tiempo. 

Los tecnólogos del título son estudiantes del MIT, la primera promoción que está por graduarse, quienes son mal vistos en casi todos lados. Para los obreros de las fábricas, son quienes van a inventar las máquinas que tarde o temprano les quitarán sus empleos. Para la alta sociedad bostoniana, son una suerte de arribistas que pretenden igualar sus conocimientos a los de la elitista universidad. Y para los universitarios, son poco más que operarios que en lugar de batas de laboratorio deberían utilizar ropas de faena. 
Los misteriosos eventos que han ocasionado tantos accidentes, tanto en la tierra como en el mar, llevan a la policía a solicitar la asistencia y apoyo de los hombres de ciencia, aunque para su mal, recurren en un principio a Harvard y al respetado pero caduco Agassiz, quien no sale muy bien parado en la novela cuando nos participa de sus teorías en torno a la naturaleza y la causa de los accidentes.

Es entonces que los jóvenes e intrépidos estudiantes del MIT, dama incluída, forman una especie de sociedad secreta, el Ejército de Dumbledore... ¡perdón! Quise decir la sociedad secreta de los Tecnólogos (si, así, con mayúsculas), consagrada a descubrir la identidad y los propósitos del causante de los atentados (ya han deducido que no se trata de eventos naturales), a quien denominan.... ¡el experimentador! (si, en minúsculas nomás).

Demás está decir que a estas alturas, el interesante contexto en el que transcurre la acción ha pasado a un inmerecido segundo plano. La novela coge un ritmo más centrado en las peleas entre los tecnólogos y sus enemigos de Slithering... eh, Harvard, así como los sopóriferos escarceos amorosos de los otrora misóginos estudiantes, que acaban en romances más cantados que el Romeo y Julieta. Nada contra esta parte de la historia, excepto que se come su buena cantidad de páginas y tiempo del lector, reduciendo además la trama a una sucesión de apariciones sorpresa, falsas pistas y búsquedas de indicios que bien podrían dar para un guión de la serie animada Scooby - Doo, pero que en un thriller que además se pretende histórico, parecen una broma de mal gusto. La solución del misterio, si bien sorpresiva, implica además unos diálogos un tanto penosos.

No es una historia de ciencia ficción, pero como que se le aproxima (un enemigo misterioso que utiliza la tecnología para cometer sus crímenes, un grupo de estudiantes que lo enfrenta utilizando las mismas armas). Genera además el interés de los obsesionados por la historia (¿qué pasaba en el resto del mundo en 1868? ¿qué pasaba en el Perú? ¿cómo llegó a consolidarse el MIT?) y plantea una que otra interesante reflexión en cuanto a los límites que existen entre ciencia y tecnología, además del uso ético que deberían tener las mismas. Pero de entretenida no pasa. Avisados están.


miércoles, 3 de junio de 2015

Los de mi sangre / Jacqueline Lichtenberg


El tema del vampiro es, querrámoslo o no, inagotable. Si además lo mezclamos con la ciencia ficción, el resultado puede ser impactante, como el caso de la novela a comentar.

Estamos en el futuro de la Tierra, con una tecnología un poco más avanzada que la presente, la cual permite los viajes espaciales, aunque dentro del sistema solar. Además de seres humanos, la Tierra alberga a los luren, seres extraterrestres que descienden de algún naufragio estelar. Los luren tienen casi todas las características de los vampiros - de hecho, son ellos quienes han originado la leyenda de los vampiros - : se alimentan de sangre humana, les afecta la luz del sol, y pueden proyectar en los seres humanos una influencia que va desde la manipulación de los sentimientos hasta la inserción de falsas memorias, lo que les es muy útil para pasar desapercibidos en un mundo que, conforme avanza en su tecnología, hace cada vez más difícil que seres como ellos pasen desapercibidos.

Los luren se han dividido en dos partidos, los Residentes y los Turistas. Los Residentes tratan con respeto a los seres humanos, habiendo desarrollado un sucedáneo de la sangre para alimentarse. Los Turistas, en cambio, consideran a los humanos como una fuente de alimentación más, y no se hacen problemas en alimentarse de ellos. Dado que ninguna facción prevalece, hay una suerte de equilibrio entre ellos.

Dicho equilibrio se romperá cuando la humanidad encuentre en el espacio una nave extraterrestre conteniendo nada menos que a un luren en animación suspendida. A fin de estudiar la nave y su contenido, las Soberanías Mercantiles - las organizaciones políticas del futuro - habilitan un laboratorio en una ciudad lunar, al cual envían a los más preclaros científicos de la Tierra. Ignoran que entre estos científicos se cuentan dos luren, pertenecientes a las distintas facciones que habitan la Tierra, y que desean entrar en contacto cuanto antes con el nuevo alienígena, cada uno siguiendo sus propias razones. Aunque es posible que el nuevo luren tenga sus propios planes al respecto, pues no todos los días se encuentra un planeta entero lleno de... comida.

Es de agradecer que la autora, Jacqueline Lichtenberg, no haya recurrido a ningún tópico a la hora de crear su propia versión del vampiro. Los luren no son meros chupasangre. Tienen toda una cultura que impregna casi todo acto de su existencia, fuertemente determinada por sus instintos (los humanos, en cambio, carecen de instintos, como lo señalan continuamente los personajes). Así, las relaciones entre padres e hijos, o entre amantes, son altamente ritualizadas, lo que provoca el asombro de más de un humano. Esta detallada descripción de la cultura luren no lastra la acción, al contrario, potencia aún más el conflicto que da inicio a la novela. No se trata de ganar por ganar, sino de ganar como lo haría un verdadero luren, ya sea un luren "puro" o un híbrido de luren y terrestre, como lo es el protagonista de la novela.

Así, además de las escenas propias de una novela de acción y aventuras, "Los de mi sangre" contiene esas de refinados duelos de voluntades en los que cabe más de una reflexión en torno a la naturaleza humana ("los jóvenes suelen desinteresarse por el poder por que carecen de él"), la política y los negocios, además de proporcionar al lector una perspectiva muy femenina e intensa de lo que son las relaciones sexuales (aunque en algunas ocasiones, lo sensual se confunde con lo cursi, lo que debe hacer las delicias de quienes aman las novelas de amor con vampiros).

Desde todo punto de vista, una novela muy original. Publicada en 1988, "Those of my blood" (Los de mi sangre) tuvo una continuación, "Dreamspy" (1989), aún no traducida al español.


martes, 19 de mayo de 2015

La isla de cemento / J.G. Ballard



James Graham Ballard (1930 - 2009), o J. G. Ballard como lo conocemos casi todos, es un escritor inglés cuya personalísima escritura sólo puede describirse en una palabra: ballardiana. Por que sólo el trata los temas más inverosímiles (asesinatos en masa cometidos por niños bien educados, revoluciones llevadas a cabo por arribistas clasemedieros, tribus urbanas que involucionan en edificios de alta tecnología) con una prosa fría y a ratos desangelada, que hace sentir al lector que está leyendo un reporte periodístico antes que alguna clase de ficción. 

En "La isla de cemento" (1974), somos partícipes de otra situación insólita: el protagonista, Robert Maitland, es un arquitecto cuya vida transcurre de manera plácida y normal (ejecutivo de éxito, tiene esposa, hijo y amante), hasta el día en que su veloz Jaguar le juega una mala pasada mientras conduce en una de las tantas autopistas del Londres contemporáneo (de los años setenta), y acaba con el vehículo accidentado en un terreno baldío, situado exactamente entre tres vías de la autopista. Salir de ese espacio cubierto de hierba y restos de otros tantos accidentes parece fácil, pero Maitland acabará descubriendo que, más que un accidente de carretera, lo que ha sufrido es una suerte de naufragio imposible en una isla rodeada, no de agua, sino de vehículos cuyos conductores apenas reparan en su presencia. En un primer momento, Maitland será un moderno Robinson Crusoe, abandonado a su suerte e imposibilitado de salir de su confinamiento.

¿Absurdo? Por supuesto que sí, mientras tomemos la historia como un relato de tono realista. Pero si jugamos al juego de Ballard, de fabular y crear o recrear ciertos mitos en este entorno urbano, tenemos una estupenda muestra de algo que podríamos describir como fantasía urbana o acaso "weird fiction", con un personaje cuya aventura consiste en tratar de volver a su casa, en su propia ciudad y en el civilizado entorno de la Inglaterra de fines del siglo XX. 

Ballard logra atraparnos, si bien no siempre entretenernos, con su prosa capaz de convertir una vulgar autopista en un entorno salvaje y desafiante, con su propio clima, horarios, paisajes... De pronto, el resto del mundo deja de existir, para asombro del propio Maitland, enfebrecido por el alcohol y las heridas que el accidente le ha causado. En medio de este delirio, se produce un cambio trascendental: resulta que la isla tiene otros habitantes, tanto o más estrambóticos que el "nuevo" Maitland. Una joven rebelde y su acompañante, un ex artista circense, un acróbata con cierto retardo mental. Difícil no hallar ecos de "La Odisea" en esta parte de la novela, con un Odiseo - Maitland añorando volver a su hogar, pero que no por eso se inhibe de disfrutar de la hospitalidad y cuidados de esa curiosa Circe que se hace cargo de él, y que trata por todo tipo de medios - sexo incluído - de convencerlo de quedarse para siempre en la isla; al tiempo que Proctor, el acróbata, deviene en una especie de  ambiguo Polifemo, oscilando entre la peligrosidad y la puerilidad. 

Ballard solía referirse al "paisaje interior", y es un lugar bastante común referirse al autor como parte del "new wave" de la ciencia ficción de los años sesenta. En "La isla de cemento", la propuesta del paisaje interior como extensión de mente se hace realidad: su nuevo entorno acaba por transformar a Maitland, quien termina por quedarse solo en la isla, pero no como víctima de un accidente, sino como amo y señor de la misma, postergando indefinidamente el retorno a un hogar que ahora se le aparece como un brumoso recuerdo.

Leyendo otras reseñas, como  esta de Martín Cristal, me entero que "La isla de cemento" forma parte de un triptico de novelas "urbanas", conformado además por "Rascacielos" y "Crash". Más que novelas, se me antojan agudos escalpelos que diseccionan sin piedad a nuestras grandes urbes.

viernes, 15 de mayo de 2015

De "Papá lo sabe todo" a "The Walking dead" / Daniel Salvo





De "Papá lo sabe todo" a "The Walking Dead"

por Daniel Salvo


Los cuarentones y más allá seguramente recordarán una serie que pasaban en la televisión de los setenta: "Papá lo sabe todo". Iba de una arquetípica familia WASP (blanca, anglosajona y protestante) compuesta por el papá, la mamá y tres hijos. Con toques humorísticos a veces, los problemas de la vida cotidiana eran resueltos con un perpetuo final feliz-con-moraleja, obviamente, derivada de la sabiduría paternal.Calmado como un general victorioso, el señor Young solucionaba todo en el hogar. Suponemos que en su centro de labores pasaba algo similar, puesto que iba y venía del mismo con un terno impecable.

En la misma onda, tuvimos a un papá más simpático y bonachón, aunque algo torpe: Fred Flinstone, o Pedro Picapiedra. morador de un mundo feliz, el auténtico sueño americano, en el cual los jefes daban días libres a sus empleados con solo pedirlo, las esposas cocinaban maravillas en la cocina y el esposo traía el dinero a la casa. Podría ser o no la última palabra en el hogar, pero jamás se cuestionaba el hecho de que el buen Pedro era "el hombre", igual que el papá del futuro de la serie "The Jetsons", o "Los Supersónicos".

Esta visión patriarcal del mundo, entronizada en la televisión, aparentemente sufrió un duro revés con series como "Married with children" (Matrimonio con hijos) y "Los Simpson". En ambas, "el hombre" es un ser despojado de toda autoridad, sumiso o explotado en el trabajo, objeto de burla y vergüenza por parte del resto de la familia, carente de mayores expectativas o proyectos ante un mundo al cual ha renunciado dominar. Al Bundy alguna vez fue llamado "Don Pantalones Vacíos", y Homero... ¿qué se puede decir de Homero Simpson?

Sin embargo, no deja de percibirse el hecho de que la televisión norteamericana, en todos los casos, gira en torno al "hombre" y sus vicisitudes. Ya sea el Pater Familias de los años cincuenta del siglo XX o el bueno para nada de la posmodernidad, está visto y asumido que la mujer siempre ocupa el segundo lugar.

Por que... ¿quién diría que la señora Young, Vilma Picapiedra, Peggy Bundy o Marge Simpson son personajes que "valen algo" por si mismas? Están para apuntalar o socavar la posición de "El Hombre", pero no parece que puedan hacer otra cosa más allá de ese rol secundario. Si alguna de ellas hubiera "muerto" en algún episodio de las series mencionadas, o se les conseguía un reemplazo o se terminaba la serie.

Habiendo dejado en claro que el mundo de la televisión gira en torno a "El Hombre", ¿qué hacemos para resucitarlo, darle el protagonismo de nuevo, volver a convertirlo en el dador de seguridad, fuerza, virilidad y todo eso que, supuestamente, le fue quitando la modernidad, posmodernidad y etc? Pues volver a crear el mundo. Volver a la edad de piedra. Volver a dividir a los seres humanos en el maniqueo "buenos y malos".

Es decir, acabar con la civilización. Destruir la cultura, la ley y el cuestionamiento a la autoridad.

En otras palabras, idear una serie como "The Walking dead".

Y es que el mundo de "The Walking dead" es el paraíso de "El hombre", de los machos, del dispara primero y ni te molestes en preguntar. "The Walking dead" le devuelve al Hombre el sitial que ocupó en las épocas más oscurantistas de la televisión, a saber, la fuerza, la sabiduría, la autoridad incuestionable. ¿Cómo puede ser de otra manera en un mundo poblado por zombies que te pueden comer al menor descuido, o por otros seres humanos que han dejado de ser prójimos para convertirse en depredadores acaso peores que los zombies? En ese mundo, mujer, eres más secundaria que nunca, a menos que te comportes como hombre (o sea, sepas usar armas, uses tatuajes y ropa oscura, etc.). Y aún así seguirás siendo secundaria. Tanto así, que en "The Walking dead" llegaron al extremo de matar nada menos que a la esposa de El hombre, y justo cuando más necesaria era. Caray, hay quien ve en esto un ejemplo de madurez del género, en el cual se ha abolido cualquier sentimentalismo (¡asu mare, se murió la esposa!), pero a mi me parece que en el fondo, han querido librar al Hombre de practicamente TODO lastre para destacar como líder, padre, luchador, etc.. Y es que el Hombre solitario siempre brillará más que el Hombre con esposa.

En un principio, vi "The Walking dead" como un interesante ejercicio de supervivencia "humana" en una situación límite. Pero las últimas temporadas están reduciendo todos los conflictos a uno solo: saber quien es el más macho de todos. O sea, el Hombre vuelve, y hay de la Peg o la Marge que se atrevan a cuestionarlo o burlarse de él. En lugar de hijos deslenguados como Kelly o Bud, o irreverentes como Bart,  Rick Grimes no tiene un hijo sino un fiel cachorro que quiere ser como él. Por, nuevamente, "Papá lo sabe todo", ya ves que ni tu madre nos hace falta...

¿Una historia más del Club de Tobi? Nada nos impide creer que al final de la serie pondrán una estatua de Rick Grimes con la mirada perdida en el horizonte...

lunes, 11 de mayo de 2015

La ruta a Trascendencia / Alejandro Alonso



Trascendencia es un pueblo cercado por tropas del Ejército que no dejan entrar ni salir a nadie. Allí el tiempo no se da como en el resto del mundo: pasado, presente y futuro coexisten en imágenes múltiples,  que sólo sus habitantes pueden distinguir. Pero en un pueblo donde conviven todos los tiempos, el tiempo mismo es una trampa, una estela que vuelve imposible desandar la ruta a Trascendencia una vez que alguien la recorrió. 

A esta novela le sigue "Fuegos fatuos", una saga de cuentos fantásticos que hunde sus raíces en la Historia Argentina. Desde "1806" hasta "Un olvido fortuito", se reescribe la vida de nuestro país (Argentina) desde una perspectiva extraña, donde lo cotidiano y lo histórico terminan cediendo ante la magia, los conjuros, la contundencia de lo imposible.

Con "La ruta a Trascendencia"Alejandro Alonso ganó, en 2002, el Primer Premio UPC (junto al Minotauro, el más prestigioso de Ciencia Ficción en nuestro idioma). Ganador del Premio "Ciudad de Arena" a la Revelación Literaria 2003, Alonso es una de las firmes promesas de la Nueva Ciencia Ficción Argentina. 
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Leer "La ruta a Trascendencia" me ha causado varias y perturbadoras impresiones. No solo en lo relativo a la novela, sino a las implicaciones que revela el hecho de haber sido escrita por un autor latinoamericano, haber obtenido el Primer Premio UPC de la Universidad Politécnica de Cataluña (en palabras del escritor Brian W. Aldiss«Es el premio europeo con mayor prestigio en la ciencia ficción»). y ser publicada en una colección de género del diario Página 12 de Argentina.

Sigamos el orden En cuanto a novela, "La ruta a Trascendencia" es una magnífica muestra de las posibilidades que brinda la ciencia ficción para la especulación científica y filosófica, además de brindarnos un final tan impactante como sorpresivo. Sucede que ha tenido lugar una guerra, acaso un intento de invasión extraterrestre por parte de unos seres a los que se denomina los epics, quienes han dejado la Tierra de manera tan sorpresiva como su aparición. Pero una nave suya ha caído en nuestro planeta, originando una serie de efectos que alteran a los seres humanos expuestos a su influencia, a saber, que estas personas "trascienden" el tiempo, pudiendo percibir el pasado y el futuro con varios días de diferencia. No solo pueden percibir sus pasados y futuros, sino que pueden dejar huellas de los mismos en lo que llamamos realidad, con resultados impredecibles: puede ocurrir que uno esté casado a la vez con una mujer que sabemos va a morir en el futuro, y con una mujer a la que aún no conocemos pero "ya tiene" en el futuro, a nuestros hijos... Para colmo, uno puede, voluntariamente o no, interactuar con el "pasado" de otra persona, en el "presente", dando como resultado la alteración del "futuro" de esa otra persona, a pesar de que ese "futuro" ya sería un pasado transcurrido... Como expresa un personaje en algún momento, simplemente, se producen innumerables paradojas.

Estas personas, los trascendidos, se llaman a sí mismos "trascendi" o "tracs", y han desarrollado un modo de vida mas bien apático: al parecer, el universo no los tolera muy bien, al punto que el mero especular en torno al futuro genera posibles pistas o "estelas" que, al entrecruzarse con la de otros "trascendi", llevan a un caos y confusión que puede resultar en la muerte, como resultado de una acción de "corrección" (llamémosla así) realizada por el universo. Las autoridades los han confinado a un pueblo llamado Trascendencia, y tratan de limitar su contacto con el mundo exterior al mínimo posible. Se los mantiene con vida, al parecer, con la esperanza de entender a los invasores, y acaso, enfrentarlos.

Sin embargo, la novela no va de de guerras ni de intrigas, sino de una sobria especulación en torno a cómo entendemos el tiempo, y de lo que ocurriría si realmente pudiésemos existir no sólo en el presente, sino también en el pasado y en el futuro. Así, con pocos elementos, el autor  ha logrado un estupendo y desafiante argumento, del tipo que sólo la ciencia ficción puede brindar.

¿Y qué decir del Premio UPC otorgado a la novela? Pues que ahí empezamos a darnos cuenta de la clase de lectores (de ciencia ficción)  que somos los hispanohablantes. Por que resulta que siempre nos quejamos de la poca difusión que tiene el género, que nadie escribe ciencia ficción, etc. Pero cuando una entidad como la Universidad Politécnica de Cataluña pone alma, corazón y vida para instituir un premio literario (¡desde 1991!), nos hacemos a un lado e ignoramos olimpicamente tanto al premio como a la obra publicada. ¿Acaso no vemos que las compilaciones de las diversas ediciones de este premio acaban como saldos? Por ahí se dice que las próximas ediciones serán electrónicas, dado el poco índice de ventas que se registra. Vamos, que nuestra "necesidad" de impulsar y apoyar el desarrollo del género en nuestro ámbito hispanoamericano queda solo en palabras. No nos extrañe que en un futuro no muy lejano simplemente se cancele... Y volveremos a lamentar otra oportunidad perdida. Ese es el fandom de habla hispana, esos somos los lectores.

Por último, no cabe menos que comparar las distintas realidades editoriales de nuestros países, con una Argentina cuyos diarios se atreven a publicar colecciones de género (actualmente, el diario La Nación está publicando varias novelas de Stephen King). Leo que "La ruta a Trascendencia", al igual que las novelas "El libro de las voces" y "Los ojos de un dios en celo"  de Carlos Gardini, es el primer libro que le editaron a Alejandro Alonso en su país. Muchos problemas de edición y distribución podrían solucionarse recurriendo a la edición electrónica. En todo caso, no podemos menos que admirar (y acaso envidiar) a una cultura que si apoya a sus creadores. Bien por Argentina.


jueves, 7 de mayo de 2015

Terra Nova Vol. 2/VV.AA.


Si, la ciencia ficción continuó después de Bradbury, Clarke, Asimov, Heinlein, Anderson, etc. Y no sólo continuó en el mundo angloparlante, sino que empezó a formar parte del panorama literario de otros países y otras lenguas... Dentro de poco, espero, tendremos una ciencia ficción de alcance y origen mundial y multicultural.

Iniciativas como las emprendidas por Mariano Villarreal y Luis Pestarini, conocidas figuras del fandom cienciaficcionario hispanohablante, ofrecen el doble gusto de ser, además de actualizadas, bastante selectivas en cuanto a los autores que se incluyen. El lector hispano no puede quejarse ya de la falta de novedades en el género, ni de que exista poco respaldo o apoyo al surgimiento de autores "nuestros", con todo lo que ello implica. No hay mera complacencia en la selección, aunque como todo producto humano, sea susceptible de crítica e incluso de desacuerdo por parte del lector.

La antología "Terra Nova 2" no ha sido elaborada en torno a un único eje temático. Cada autora o autor aporta su propia voz, y puede decirse que, en un sentido positivo, se nota el paso del tiempo: antes, uno podía considerar que un relato poco trabajado pudiera incluirse en una antología por que "era lo que había" o "necesitamos por lo menos a un escritor de tal o cual país" para ser internacionales. Y vaya que uno ha tenido que soplarse tremendas chapuzas, con errores ortográficos que avergonzarían a un escolar, o un desconocimiento de las más elementales reglas de redacción. Como decía, se nota el paso del tiempo, de los años que nos dicen que un escritor, pertenezca al ámbito que pertenezca, ya no puede imaginar que merece apoyo por el mero hecho de no ser anglosajón. Todos y cada uno de los autores antologados tienen pues una prosa cuidada, un manejo más que solvente de los diálogos y situaciones, y un conocimiento científico acorde con los descubrimientos más recientes, cuando no incurren en la experimentación con los límites del género, arribando a espacios mas bien fantásticos (lean "El último Osama" de Lavie Tidhar). 

Nuevas voces sacuden el mundo de la ciencia ficción. Y ahora, es más fácil oirlas (o leerlas).

martes, 21 de abril de 2015

Luna sangrienta (Ramsey Campbell)


Ramsey Campbell es, para mí, un autor difícil. Tanto, que algunas de sus obras más comentadas se me han caído de las manos, dejando algunas de ellas inconclusas. Sin embargo, Luna sangrienta (cuyo título original es The hungry moon, es decir, La luna hambrienta o La hambrienta luna) tenía el señuelo de estar incluida dentro de las 100 mejores novelas de fantasía, consideradas como tales por el crítico británico David Pringle. Así que decidí darle otra oportunidad al señor Campbell.

La trama es magnífica. En Moonwell, un pequeño pueblo inglés de raíces célticas, hay una cueva que tiene una leyenda particular - la mismísima Luna desciende dentro de ella - , y hay que aplacarla cada año mediante un ritual incruento, que consiste en depositar flores a la entrada de la misma. Pero para mala suerte de los lugareños, a Moonwell viene a radicar un fanático religioso llamado Godwin Mann (algo así como "Dios se gana al hombre"), para quien ese y otros rituales no es más que una blasfemia pagana que debe ser erradicada. De modo que, tras haberse ganado a gran parte de los moradores del pueblo, quienes hasta el momento se sentían más que cómodo con su bondadoso párroco, decide descender a las profundidades de la cueva, para demostrar que no hay nada ahí... Y, aparentemente, resurge ileso de la misma. 

Pero tras este acto, las cosas empiezan a cambiar en Moonwell. Una extraña oscuridad comienza a adueñarse del pueblo, al tiempo que parece ser "olvidado" por el resto del país. Comienzan a ocurrir accidentes, mientras que grotescos seres de piel blaquísima y carentes de ojos son vistos en diferentes circunstancias. Casi todas las esperanzas se vuelven hacia el predicador Godwin Mann, al parecer dotado de poderes sobrenaturales, pues se asegura que su rostro brilla con un resplandor lunar, y puede modificar partes de su cuerpo... Algo ha sido despertado, algo que está vivo y que nació antes de la aparición del hombre sobre la Tierra, que fuera venerado por los druidas y, aparentemente, erradicado - que no destruido - por los romanos. Este ser, de reminiscencias lovecraftianas, apenas podrá ser enfrentado por las pocas almas sensatas de Moonwell, es decir, quienes no hayan sucumbido previamente al fanatismo religioso del cual Godwin Mann es sólo una cabeza visible: el mal y la intolerancia habitaban desde hacía ya tiempo en Moonwell. 

Lástima que el narrador de tan inquietante novela no haya sido H.P. Lovecraft o siquiera alguno de sus epígonos. No se si será cosa de la traducción, o es el estilo de Ramsey Campbell, pero a mi juicio la narración es, por decir lo menos, desangelada, al punto que los mejores momentos de la historia tienen la intensidad y tensión de un manual de electrodomésticos. Si a ello se suma la cantidad de personajes y puntos de vista, tenemos una novela en la cual no sabemos bien quienes son los héroes y quienes los malvados, cuando ocurre algo y cuando se sueña o imagina algo. Y la sensación final es que da lo mismo si uno u otro personaje ha muerto o no. Vamos, más que una novela, parece que el lector se enfrenta a un estupendo guión para una película o miniserie de terror.

Buenas ideas, narración - o traducción - deficientes. Sin embargo, vale la pena el esfuerzo de leerla.

viernes, 17 de abril de 2015

El pájaro burlón (Walter Tevis)


Las distopías clásicas como 1984 y Un mundo feliz nos muestran sociedades en las que la humanidad ha sido sometida por los poderes de turno, que controlan a la gente mediante el poder (1984)  o la seducción (Un mundo feliz). En todo caso, en ambas, existe una voluntad de manipulación que evidencia que toda utopía es, a la larga, cualquier cosa menos vivir en libertad.

Walter Tevis va más allá. En El pájaro burlón (Mockingbird), asistimos al futuro más lúgubre de todos: un mundo en el que la humanidad simplemente se ha cansado de existir, y se limita a vegetar esperando su fin, a excepción de unos cuantos individuos ansiosos que deciden poner fin a su existencia de manera más expeditiva, esto es, el suicidio.

La sensación de cansancio que trasmite la novela es tal, que cuesta continuar con su lectura, a pesar de su excelente inicio (¡un robot que camina silbando!). No es que se trate de una historia aburrida, sino que Tevis consigue recrear una atmósfera de constante decadencia, en la que la acción propiamente dicha no conlleva una actitud de heroísmo o rebeldía ante el sistema, como podría esperarse. Ya en El hombre que cayó a la Tierra, Walter Tevis demostró su soberbio manejo de los personajes, cuyos diálogos y monólogos bastan para ponernos al tanto del mundo que ha engendrado nuestro deseo de comodidad.

La novela se centra en los avatares de tres personajes. Inicia con el "robot" Robert Spofforth, rumbo a la universidad de la cual es rector. Y es que no se trata de un robot al uso: desarrollado a partir de la personalidad de un ser humano previamente existente, añora lograr un tipo de vida derivado de los deseos y anhelos de la persona de quien deriva. Pero tiene muchas cosas en contra, entre ellas, el carecer de sexo. Puede silbar, puede soñar, puede solucionar las peores crisis, pero jamás tendrá la vida humana que anhela. Es el robot más perfecto que se haya construido, y por ende, el más infeliz. No puede dar fin a su propia existencia por que iría contra su programación.

De otro lado, tenemos a Paul Bentley, "profesor" universitario que carece de alumnos por que nadie - ni siquiera el, ni la mayoría de robots - sabe leer. Ni falta que hace: la vida está totalmente automatizada, los autobuses se movilizan por telepatía, y hay robots de varias clases encargados de realizar todo tipo de tareas. En uno de sus tantos paseos, Bentley conocerá a Mary Lou, una chica que vive en soledad, en una memorable escena en la cual descubre que los niños que juegan en un parque son también robots, al igual que los animales de un zoológico cercano. Hace ya tiempo que no nacen niños en el mundo, y tanto Paul como Mary Lou son conscientes de que tal vez sean la última generación de seres humanos que habitará la Tierra. Entre drogas y suicidios indoloros, la humanidad va desapareciendo en medio de la indiferencia universal.

Aún así, Paul y Mary Lou iniciarán una relación, algo inusual en una cultura que enseña en sus universidades axiomas como "el sexo rápido es el mejor". Y esta relación, en apariencia intrascendente, resulta que es contraria a las leyes vigentes, que postulan "el desarrollo de interioridad", es decir, de la soledad y la apatía más extremas. Mary Lou acabará bajo la tutela de Spofforth, mientras que Bentley, quien ha aprendido a leer, será enviado a una prisión.

Los siguientes eventos nos muestran el grado de decadencia a los que puede llegar la humanidad. No hay violencia extrema, sino apatía. No hay cultura, sino condicionamiento. No hay religión - Tevis aporta una visión muy positiva de la figura de Jesús - sino fanatismo, encarnado en unas comunidades que aparentemente se han apartado de la decadente civilización creada por el culto a la comodidad y el mínimo esfuerzo, solamente para convertirse en victimas del culto al miedo y a la represión.

Si bien parece algo anticuado, el autor decide encarnar en Bentley los valores de la cultura clásica humanista, esto es, el amor por la lectura y el conocimiento y la exaltación del libre albedrío, Tras una epifanía, Paul decidirá ir en búsqueda de Mary Lou, y enfrentar a Spofforth para quedarse con ella e iniciar una nueva vida basada en sus - recién - descubiertos ideales.

Una vez reunidos los tres, se revela el verdadero origen y finalidad tanto de Spofforth como de los demás robots y las supuestas maravillas tecnológicas del mañana, que hoy pueden parecernos anticuadas (hay que tener en cuenta que la novela fue publicada en 1980), pero que encarnan muy bien nuestros contradictorios deseos de seguridad y libertad, así como la tendencia a creer en la comodidad material como un absoluto ante el cual hay que sacrificarlo todo, incluso esa cosa tan abstracta e inútil que es la "humanidad".

Un clásico poco conocido de la ciencia ficción, a la espera de nuevos lectores.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Camuflaje (Joe Haldeman)


No tenía muchas esperanzas con esta novela, dada la cantidad de reseñas negativas que he encontrado por distintas partes de la web. O bien mis gustos han variado mucho, o hay sueltos por ahí lectores que son el no va más de la exigencia... El caso es que "Camuflaje" es una novela redonda, breve y directa, que afortunadamente no tiene nada que ver con la moda de las trilogías o los tochos de cientos de páginas que están de moda hoy en día.

La novela se narra desde tres puntos de vista, que acaban uniéndose en el - un tanto anticlimático - final. De un lado, tenemos a un grupo de científicos que, a inicios del siglo XXI, han encontrado en el fondo del mar una esfera de un material mucho más denso que cualquiera conocido por el hombre. ¿Será un artefacto de origen extraterrestre? Sacarlo del agua es ya una hazaña de ingeniería, debido a su peso descomunal. Analizarlo e investigarlo es  más difícil aún, puesto que sus características parecen estar más allá de cualquier ciencia conocida por el hombre. 

La acción se traslada al siglo XX, específicamente, a la tercera década, en la que conocemos a un ser sorprendente: una entidad dotada de polimorfismo total, que ha pasado casi toda su vida (resulta sorprendente saber luego cuanto es en años terrestres) como tiburón, ballena u otro ser acuático. Un encuentro casual hará que este polimorfo - así será llamado el resto de la novela - asuma la forma humana, motivado por una curiosidad insaciable antes que por otra cosa, dado que ignora su propia naturaleza. Carente tanto de historia como de ADN, el polimorfo usará sus habilidades - a veces de manera bastante cruel, más por ignorancia del dolor que por otra cosa - para evolucionar como humano, y adquirir así una personalidad lo suficientemente definida como para empezar a preguntarse respecto a su propia existencia (quién es, de donde viene, por qué tiene esas habilidades, si habrá más como él), así como para desarrollar sentimientos lo suficientemente humanos como para intentar una relación amorosa con otra persona. La evolución del polimorfo está muy bien narrada, en un estilo que recuerda los "progresos" del Charlie Gordon de "Flores para Algernon", de Daniel Keyes. Ya entrado el siglo XXI, tomará conocimiento de la esfera misteriosa, y decide camuflarse entre los científicos humanos que la investigan. 

Pero hay un tercer personaje misterioso, aunque más simple y cruel en sus motivaciones. Tiene la habilidad de cambiar su apariencia por la de cualquier otro ser humano, pero no por la de una animal o un objeto inanimado. Más consciente de su propia rareza, este camaleón no vacilará en involucrarse con lo más abominable del género humano, como pueden serlo el doctor Mengele y otros desquiciados, a fin de investigar a la humanidad en búsqueda de respuestas sobre su propia existencia y propósito.

Demás está decir que en un momento dado ambos seres, el polimorfo y el camaleón llegarán a conocerse, lo que lleva a preguntarse qué surgirá de este encuentro, además de la interrogante respecto al verdadero origen de ambos seres (¿extraterrestres? ¿mutaciones? ¿humanos evolucionados venidos de un futuro inconcebible?). De paso, tiene lugar una historia de amor que, pese a involucrar a uno de los personajes exóticos, no deja de ser bastante cursi, aunque trata de manera interesante y amena temas como el desarrollo de la sexualidad y la adopción de un género como respuesta al afecto de otro ser.

Eso si, el final, si bien colma las expectativas del lector, está narrado de una manera bastante descuidada, muy por debajo del nivel del resto de la novela. Parece que se le hubiera acabado la tinta al lapicero del buen Joe Haldeman. Un poco más de acción (cualquier cosa: explosiones, terremotos, espías), y teníamos un cierre redondo y contundente para una historia bien hilvanada y entretenida.


martes, 17 de marzo de 2015

Un mal necesario/Tríptico de Asclepia III/Ian Tregillis


Culmina al fin el llamado "Tríptico de Asclepia", un ciclo de novelas ambientada en la Segunda Guerra Mundial (Semillas amargas) y en los años sesenta (La guerra más fría). En Un mal necesario, asistimos a un cierre magistral de la trilogía, el cual no carece, por cierto, de mucha amargura, la cual no deja de ser acorde con el estilo general de la narrativa de Tregillis, que tira más hacia la novela negra que a la ciencia ficción o la fantasía. Lo que nos lleva a pensar que los seres humanos, al parecer, estamos condenados a acostumbrarnos incluso a los eventos más extraordinarios, y a incorporarlos a nuestras vidas. 

En la presente novela, los principales protagonistas (Rainbould Marsh, los hermanos Klaus y Gretel, el aristócrata y brujo Will Beauclerk) vuelven a involucrarse en una trama que da vuelta y media a lo que ya sabíamos de ellos. Estamos ante el desafío de reseñar una novela sin incurrir en los tan odiados spoilers.

Y es que casi todo en la novela carece de desperdicio. Por supuesto, hay momentos en los que el autor se explaya en describirnos un escenario o en dotar a sus personajes de diálogos mas bien sosos y que poco nos dicen de la acción o de ellos mismos. Supongo que eso se explica por la decisión del autor de contarnos esta historia en el tono de novela negra al que nos hemos referido antes. Tono que no siempre ayuda, pero que cae muy bien, sobre todo al final, cuando nos enteramos que alguien puede ganar una guerra, salvar a su familia, salvar su propia vida... y seguir siendo un perdedor. Y eso, teniendo la oportunidad que muchos soñamos: volver atrás en el tiempo y arreglar todo lo que recordamos salió mal. 

A eso alude el "mal necesario" de la novela, a aceptar que casi nunca el juego termina en una victoria total. En este caso, el juego vuelve al tiempo en el que tuvieron lugar los acontecimientos narrados en Semillas amargas, esto es, la Segunda Guerra Mundial. De modo que volvemos a encontrarnos con el aberrante científico nazi Von Westarp y sus supersoldados, enfrentados a la institución inglesa Asclepia, la cual se halla en pleno reclutamiento de los brujos capaces de comunicarse con los eidolones, suerte de entidades que, como los demonios de las tradiciones religiosas, pueden hacer cosas asombrosas por los seres humanos que saben convocarlos, aunque siempre a cambio de un precio cada vez más elevado, precio que en algún momento podría involucrar el sacrificio de seres humanos inocentes, además de la destrucción del mundo entero a manos de fuerzas peores que el nazismo.

Es por eso que la gitana Gretel, una de las más dotadas y poderosas criaturas producidas por los experimentos de Von Westarp, recurrirá a su don de prever el futuro - un don que funciona como la presciencia descrita en el ciclo de novelas de Dune de Frank Herbert - para intentar crear una nueva línea temporal más acorde con sus planes, que abarcan tanto su rol como parte de las fuerzas armadas que luchan en la Segunda Guerra, como sus propios y femeninos anhelos y deseos. Vamos, una diosa que resulta siendo tan humana como cualquiera.

Así, el primer paso dado por Gretel tiene éxito, iniciando así la cadena de acontecimientos que efectivamente logra alterar - o destruir - una senda temporal y así dar paso a otra. Aún así, tendrá lugar un enfrentamiento final - en tierras africanas - entre los superhombres nazis y los demonios ingleses, en el que sabremos del triste final de más de un personaje que, si no llega a serlo, pudo ser entrañable si los acontecimientos hubieran sido distintos. 

Sin embargo, el ganador-héroe no las tiene todas consigo. Ha logrado algo imposible, ha alterado el tiempo, ha vencido al mal de manera definitiva... pero debe seguir su propia condenación, acentuada por la felicidad que otros tienen y que el puede contemplar pero no compartir. 

Una trilogía que amerita leerse.


martes, 3 de marzo de 2015

La guerra más fría/Tríptico de Asclepia II/Ian Tregillis


Si bien Semillas amargas, primer volumen del tríptico de Asclepia (el nombre de la organización secreta del servicio de inteligencia británica que emplea brujos), deja en el lector un cierto sentido de insatisfacción por el desangelado y algo confuso estilo de redacción, La guerra más fría es un salto en firme hacia una notoria mejoría en todos los sentidos.

Nos encontramos en el año 1963. Los archivos de los experimentos llevados a cabo por el científico nazi Von Westarp, que han dado origen a una suerte de supersoldados capaces de proezas como atravesar objetos sólidos, volar, proyectar fuego o teleportarse, han caído en manos de una poderosa Unión Soviética que, tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, controla prácticamente toda Europa, lo que ha devenido en una serie de alteraciones de la historia que conocemos, como la colectivización de los viñedos franceses o el pase de científicos como Werner von Braun al bando soviéticos, lo que permite a la URSS convertirse en la primera en llegar a la luna, en un mundo que mira con miedo su cada vez más creciente poderío.

Nos encontramos también con algunos viejos conocidos, entre ellos, los hermanos Klaus y Gretel, obligados a trabajar para los soviéticos en la institución denominada Arzamás 16. Del bando de los ingleses, forzosos aliados de los soviéticos contra los alemanes, tenemos a algunos miembros de la institución Asclepia sumergidos en la más atroz decadencia material y moral. El matrimonio de Raibould Marsh, por ejemplo, ha sido maldecido con el nacimiento de un hijo idiota, cuya presencia es una tortura para el y su esposa, la otrora encantadora Olivia, ahora convertida en una mujer amargada que se desquita con su marido engañándolo cuando sale de casa. Y es que ambos no han podido superar la muerte de Agnes, su primera hija.

Los destinos de estos supervivientes se juntarán debido a que algo extraño está ocurriendo en Inglaterra: todos los brujos que se encuentran en la "nómina" de Asclepia están siendo asesinados, lo que implica que, además de agentes soviéticos que utilizan la tecnología alemana creada décadas atrás, hay un traidor al interior de Asclepia, o lo que queda de ella. La necesidad de contar con uno de los últimos expertos en contactar a las entidades conocidas como eidolones, de raigambre lovecraftiana (seres transdimensionales asimilables a demonios, con los que se puede negociar, pero que consideran a la humanidad una especie de plaga infecta que desean erradicar del cosmos) sacarán a Raibould Marsh de la oscuridad, motivado por el deseo de venganza antes que por el patriotismo.

Intrigas, espionaje, una realidad alternativa que se encamina al caos, teorías en torno a la realidad y a las entidades que pueblan otras dimensiones del universo, son los principales ingredientes de La guerra más fría, cuyo final es, sin embargo, impredecible, salvo para alguien cuyos planes de salvación  podrían implicar su propia muerte... para sobrevivir en una realidad que apenas se plantea como posibilidad.

Destacan lo logrado de las ambientaciones de ese mundo alternativo, en el cual la Inglaterra de los sesenta no se parece en nada a la sociedad que dio origen a los Beatles, sino que se ha convertido en una suerte de pesadilla ballardiana, un país frío y oscuro que parece haberse detenido en una perpetua posguerra llena de pobreza y carencias, con un palacio de Buckingham en el cual sólo hay un televisor a colores para todo la familia real. Un mundo en el que los antiguos villanos parecen ser más heroicos y humanos que los forzosos héroes del presente. Pero recordemos que las apariencias engañan.

Por que esa fue la gran lección que nos dejó la guerra fría: no saber a ciencia cierta quien es amigo o enemigo. No poder distinguir un acto de crueldad de una noble acción. Menos aún, distinguir entre un traidor y un patriota.