miércoles, 22 de octubre de 2014

Iris (Edmundo Paz Soldán)


Sobre Iris, de Edmundo Paz Soldán, publiqué una breve reseña en el Diario Oficial "El Peruano". Adjunto el texto de la misma: 

Edmundo Paz Soldán no necesita presentación como escritor, siendo conocida su solvencia narrativa dentro y fuera de Bolivia, su país natal. También es conocida su afición al género de la ciencia ficción, lo que se ha evidenciado en ciertos aspectos de obras suyas como Sueños digitales o El delirio de Turing.Iris es, sin embargo, ya una novela que calza de lleno dentro de las convenciones de ese género, lo cual debe haber ocasionado más de un dolor de cabeza para quienes postulan que los escritores latinoamericanos deben encauzar sus obras entre el realismo y lo real maravilloso. Con este libro, ambientado en un futuro no muy distante, cuyos personajes emplean un lenguaje inventado (una suerte de spanglish futurista), Paz Soldán se suma, sin aspavientos, a la cada vez más nutrida estirpe de iconoclastas de la narrativa latinoamericana.
La temática de Iris gira en torno al desencuentro entre las eternas necesidades de explotación de recursos naturales que requiere la civilización y el impacto directo que esta explotación genera, paradójicamente, entre quienes no se benefician de la misma. No es pues una novela escapista, sino más bien distópica.Otro gran mérito de Paz Soldán como narrador de ciencia ficción consiste, a mi juicio, en su reconocimiento de la influencia de otros autores del género. No es un ejercicio bien intencionado y falto de conocimiento del género. Iris, en cambio, viene a ser una piedra miliar tanto en la carrera narrativa de Edmundo Paz Soldán como en el cada vez más creciente ámbito de la ciencia ficción latinoamericana.

Lo breve de la reseña se debe a que el papel es tirano, y los centímetros - columna conspiran contra la eterna pretensión verborreica del redactor de turno. Considero, sin embargo, añadir algunas cosas sobre Iris, cuyas imágenes no terminan de irse de mi cabeza.

Para empezar, diré que en un principio, pensé que la novela estaba ambientada en otro planeta. Los referentes cotidianos a los que aluden los personajes - comidas, cultos religiosos, costumbres sociales - exigen al lector una lectura por demás atenta, so pena de perderse en los meandros laberínticos de Iris, laberintos que funcionan tanto en la superficie como en las entrañas de la tierra. El resultado de dicha lectura atenta es comprender, entre otras cosas, que Iris no es otro planeta, si no más bien un espacio, un ámbito del nuestro que tiene la virtud de convertir (o pervertir) lo humano en alienígeno. En ese aspecto, evoca a Picnic junto al camino de los hermanos Strugatsky (novela en la que se basó la película Stalker), puesto que Iris se nos muestra como un territorio en el cual las leyes que rigen lo humano (leyes naturales y sociales, por decirlo de algún modo) carecen de vigencia: el efecto de Iris es absoluta e irredimiblemente deshumanizador. No hay buenos ni malos, ni personajes que no estén aquejados por alguna tara, ya sea física o sicológica. Incluso los adelantos tecnológicos, expresados tanto en artilugios de avanzada como en androides o seres genéticamente alterados, no son aquí los heraldos de un futuro mejor, si no una suerte de freakshow ininterrumpido, en el que los criminales acaban siendo la última esperanza de recuperación de una humanidad en contínua degradación.

Las evocaciones que hacen los personajes respecto a cómo son las cosas fuera de Iris - del mundo exterior se dice que es limpio, próspero y libre -  acrecientan esa sensación de anormalidad, pues en ocasiones llevan  a pensar que no son otra cosa que mentiras y que el mundo entero se encuentra en ese estado de degradación, o, peor aún, en efecto el mundo exterior es tal como lo describen precisamente por que existen lugares como Iris. El disfrute de unos se basa en el sufrimiento y explotación de otros.

Tan desesperanzada situación lleva, entre otras cosas, a conatos de rebeldía, expresados de manera tanto superficial como subterránea. Así pues, en la superficie,  aparecen rebeldes rodeados de la eterna aureola mística, perdidos en incesantes atentados que al final parecen una especia de juego de policías y ladrones con los representantes del orden establecido. Pero es en el mundo subterráneo donde ocurren las cosas más interesantes. Cultos religiosos en torno a deidades de origen incierto toman por asalto la mente de los irisinos, tanto aborígenes como ocupantes, ¿Se trata de ilusiones, producto de las eternas ansias de liberación de los oprimidos o del consumo de sustancias alucinógenas, o se trata de entidades reales? La manera en que Paz Soldán menciona a sus terribles y caprichosas deidades hace que estas acaben por transformarse en otros personajes de la novela, dotados de una vida acaso más real que las de sus  adoradores.

Iris es, en suma, un mundo en el que nadie quisiera vivir. Lo malo es que ya tenemos varios Iris en este mundo. 


lunes, 29 de septiembre de 2014

Ad astra (Peter Watts)


El libro electrónico, o e-book, es y no es aún parte de nuestra cultura. De un lado, tenemos un ámbito anglosajón y europeo que en su momento consagró al e-reader (aparato ad hoc para leerlos) como el regalo más popular de la Navidad, y que a través de Amazon, tienda online de libros y otros artículos, superó en ventas a los libros impresos. De otro lado, nosotros, para quienes el libro electrónico sigue siendo un exotismo. Baste decir que nuestras tiendas no comercializan e-readers, aunque estamos incursionando en la venta de libros electrónicos. Algo es algo.
Por eso, una iniciativa como la de la editorial Fata Libelli es más que destacable, un emprendimiento de esos que los lectores de ciencia ficción deberíamos apoyar (lo mismo que a Sportula, pero de ello hablaremos en otra ocasión). Por que Fata Libelli se ha especializado en traernos "lo último" de la ciencia ficción, el weird y otros caminos que está tomando la literatura fantástica. En lugar de esperar, como solíamos hacer, a que alguna edición impresa llegara a nuestro país, ahora con hacer unos cuantos clicks para tener descargado, en tiempo real, el libro electrónico que nos guste. Y a un precio por demás económico. Y si es ciencia ficción, mejor todavía.
Debo precisar que Peter Watts no venía bien aspectado para mi. Lo que sabía de este autor era que la editorial Bibliópolis había publicado una novela suya en español, Visión ciega, la muchos lectores consideraban o mal traducida, o incapaz de generar algún tipo de interés en el lector. Sin embargo, otros - que según observo, van aumentando su número - consideran que Peter Watts es ya uno de los grandes del género, y que tanto Visión ciega como otras historias suyas son de lectura obligatoria.
Sin embargo, aún no me decidía a leer nada de este autor, considerando que uno siempre tiene otras cosas pendientes. Pero me atraía mucho la portada del libro electrónico diseñado por Fata Libelli, que muchos lectores describían como adecuada para la grata experiencia de leer en formato electrónico. 
Creo que el punto final que me ayudó a tomar la decisión de descargar estos cuentos de Peter Watts fue el saber que estaba incluída una historia por demás curiosa: el cuento "Las cosas", una suerte de versión de "La cosa" narrada desde el punto de vista de la entidad extraterrestre. Además, dicho cuento estaba basado, más que en relato de Campbell, en la versión cinematográfica de "La cosa" de 1982, dirigida por John Carpenter, y una de mis películas favoritas.
Ya sin pensarlo dos veces, descargué el libro en mi Kindle, a un costo por demás módico. Y debo decir que fue una maravilla, tanto leer un libro electrónico tan bien "maquetado" para un dispositivo de lectura, como la calidad y el nivel de los cuentos seleccionados. Aprovechando las particularidades de los libros electrónicos, la editorial sugiere además enlaces de bandas sonoras para cada cuento (!), detalle que pienso aprovechar... cuando los relea. En esta dirección pueden leer el prólogo a la edición de Ad astra.

Malak, Historia protagonizada por un... dron de combate, cuya compleja programación lo lleva a desarrollar una serie de algoritmos y cálculos a fin de calcular el costo de la vida humana. Realizar estas operaciones lo llevará a "descubrir" que su programación adolece de ciertos errores, y que cuenta con la capacidad de corregirlos. ¿Es un programa de increíble complejidad, o estamos asistiendo al despertar de una inteligencia, de una conciencia artificial? La vastedad de conocimientos de Watts en biología contribuyen a que haya logrado un cuento por demás inquietante en sus implicaciones.

Un nicho. Este cuento es mas bien perturbador, además de estar lleno de guiños a los lectores habituales de ciencia ficción. Con decir que las protagonistas se llaman Ballard y Clarke... El autor se luce tanto en desplegar sus conocimientos científicos como en afectar al lector con sus agudas  (y acaso cínicas) observaciones sobre la naturaleza humana. Las protagonistas investigan la biología de las profundidades marinas, o tal vez, las profundidades de la psique humana, llena de maravillas... y de cosas monstruosas. De otro lado, para quienes no nos dedicamos a actividades decentes (los escritores, pues), es una suerte de alivio saber que existen otras personas que también hacen de sus peculiares características (defectos, dirían algunos) humanas una manera de vivir. Un nicho, pues.

La isla. Uno de los mejores cuentos de exploración espacial que haya leído ultimamente. Una nave espacial terrestre (al menos, así lo parece) tiene por misión trazar "caminos" entre las estrellas. En un punto muy, muy lejano de nuestro universo, se topa con vida inteligente... ¡pero qué vida! 
Una estrella, TODA UNA ESTRELLA, rodeada de un membrana de tejido viviente y consciente. Un ser con el cual habrá que contactar, pues está atravesando uno de los caminos que la nave está implementando. ¿Está sola? ¿Tiene algún propósito? Final feliz, pero de un humor negro feroz.

Las cosas. El cuento que todos estábamos esperando. La versión de "La cosa" (The thing, El enigma de otro mundo, de John Carpenter de 1982, basada en el cuento ¿Quién anda ahí? de John W. Campbell Jr.). Una estación antártica sufre los efectos de un invasor extraterrestre que puede duplicar cualquier organismo de manera perfecta. Pero, ¿y si no fuera un invasor? Watts se da maña para otorgarle una "personalidad" convincente a un ser completamente ajeno a nuestra biología, un ser de consciencia múltiple y morfología plástica, que además, actúa en nombre de un imperativo ético casi frankensteiniano - liberar a los seres vivientes de la angustia de la muerte y la "desconexión" - . Pero la humanidad rechaza a este extraño mesías venido del cielo y su evangelio de la nueva carne... ¿Vale la pena ser "amado" por un ente así?

El plato fuerte. Uno de los cuentos que, por sus implicaciones, podría convertir en suicida al más cursi de los animalistas, especialmente a esos que creen en un universo animal carente de la "maldad" humana. En un futuro cercano, la humanidad ha logrado "contactar" con otra especie inteligente: las ballenas orcas (si, las mismas de "Free Willy"). Y luego de sucesivas comunicaciones, la humanidad ha descubierto que las ballenas orcas son tan hipócritas, explotadoras, abusivas, materialistas y traicioneras como el mejor de los seres humanos (salvo los escritores de ciencia ficción, por supuesto). También hay de las candelejonas (ballenas orca que se vuelven "ecologistas" (!). Demás está decir que bajo estos parámetros, la convivencia entre humanos y ballenas orcas se convierte en una experiencia por demás provechosa para ambas especies. Humor negro retinto, pero muy bien fundamentado. Habrá que probar suerte con las cucarachas, en esto de buscar especies amigables.

Ad astra (a los astros, en latín) es una selección de cuentos que combinan biología, especulación, humor negro y un sentido de la maravilla que, sin quererlo, ayuda a disfrutar del pesimismo del autor. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Tommyknockers (Stephen King)



En el pueblecito de Haven, Maine, una escritora de novelas del oeste con graves problemas de autoestima decide dar un paseo por el bosque y se topa con algo extraño, un trozo de un material de apariencia metálica, de color gris, que sobresale del suelo. Le basta desenterrarlo un poco, y tocarlo, para descubrir de qué se trata: el borde de una nave espacial extraterrestre, un inmenso platillo volador que yace  enterrado en sus tierras desde tiempos inmemoriales. Lo sabe porque, de una manera que no comprende, “algo” dentro de la nave se ha comunicado con ella.
Listo. Practicamente desde la primera página, Stephen King nos revela de qué va “Tommyknockers”, extensa novela escrita a principios de los noventa, y ambientada, como no podía ser de otro modo, en su Maine natal. 

“Tommyknocker” es un término genérico para cierto tipo de fantasma. El folklore norteamericano utiliza la expresión para referirse a fantasmas de mineros que hubieran perecido en una explotación. Dadas las peculiares características de los extraterrestres que aparecen en la novela, el término tommyknocker se revela por sí solo de una manera insólita.

La novelista de quien hablábamos al inicio, Roberta “Bobbi” Anderson, quien tuvo que huir de su hogar para escapar de la tiranía que ejerce su malvada y odiosa hermana (¿quién no tiene una hermana o hermano así?), se debate entre el asombro y el “que nadie se entere por que luego vienen a fastidiar”.  Pero ocurre que, casi sin proponérselo conscientemente, comienza a dar muestras de una insólita y espectacular habilidad para “mejorar” y construir cosas. Cosas como una máquina de escribir que funciona por sí sola, al ritmo de los pensamientos de Roberta, y que como quien no quiere la cosa, le va escribiendo cientos de páginas de una novela genial. Al mismo tiempo, ciertos cambios comienzan a ocurrirle: Bobbi desarrolla cierta capacidad telepática, mientras va perdiendo, de manera indolora, varios de sus dientes.

Y lo mismo comienza a ocurrir en otros hogares de Haven. Poco a poco, sus moradores  empiezan a manifestar maneras de “saber cosas” de manera por demás inusual. Hay quien descubre infidelidades ajenas con sólo captar los pensamientos de los implicados. Empleados del correo construyen máquinas que hacen su trabajo de manera más eficiente. Y un niño juega a desaparecer objetos y personas, con resultados atroces.

Ese es el escenario creado por Stephen King en “Tommyknockers”. Un pueblo cuyos habitantes son atrapados por lo insólito, por lo extraordinario, y lo incorporan a sus vidas. Y es que pronto se dan cuenta de que las nuevas habilidades que ahora ostentan no son un regalo de buena voluntad de los tommyknockers, sino el inicio de un proceso irreversible de conversión, una especie de posesión que implica, entre otras cosas, transformaciones físicas.

El héroe forzado que irrumpe en este atroz escenario es el poeta John Eric Gardener, “Gard”, quien en el pasado ha tenido un vínculo sentimental con Bobbi. En búsqueda de apoyo y amistad – ha disparado a la esposa, y para variar, atraviesa por una crisis que ha desembocado en alcoholismo, Gardener llega al hogar de Bobbi, percibiendo que ocurre algo extraño. Y, para suerte suya, es relativamente inmune al poder que los “tommyknockers” ejercen sobre el pueblo de Haven. ¿La razón?  Tiene una placa metálica en el cráneo, que le fuera colocada tras un accidente tiempo atrás. Eso impedirá que el “efecto” tommyknocker sea menos intenso en él, de modo que conservará cierta cordura – muy relativa, por cierto, dados sus antecedentes de alcoholismo y violencia- , la cual empleará para intentar salvar a Bobbi y al resto de moradores de Haven de convertirse en lo que sea que los “tommyknockers” planean.

Parte del plan de Gardener implica el penetrar en la nave extraterrestre, para lo cual recurrirá a una serie de estratagemas que le permitirán, por fin, encontrarse cara a cara con los “tommyknockers”. El abordaje de la nave es un auténtico tour de force, pues Stephen King logra crear una atmósfera que es, a la vez, alienígena y racional, un entorno de pesadilla que, a pesar de todo, está limitado a las leyes físicas del universo conocido, lo que lo convierte en algo más angustiante: al no resultar tan ajeno a lo que conocemos, resulta un objeto más peligroso y aterrador que cualquier monstruo o entidad sobrenatural. Al igual que los “tommyknockers”.

Los extraterrestres que aparecen en la novela, los tan mentados “tommyknockers”, son menos descritos por su aspecto físico que por sus características psicológicas, y es aquí donde King se vuelve a revelar como un maestro en el arte de dotar de verosimilitud a seres que, en principio, no tienen nada que ver en absoluto con nuestro mundo. Se transportan a través de las estrellas en naves espaciales, algún tipo de supervivencia incorpórea y tienen en agenda la  invasión de otros planetas. Pero no son todopoderosos, ni mucho menos, superinteligentes. Al contrario, se describen a sí mismos como “sabios idiotas”, es decir, seres capaces de diseñar un mecanismo que utiliza la energía de una vulgar pila seca desgastada para, por ejemplo, teletransportar materia inerte a otra dimensión, pero a quienes no se les ocurre hacer algo tan sencillo –y a efectos prácticos, menos oneroso – como utilizar un tomacorriente. Las reacciones de los “tommyknockers” ante su propia estulticia son propias pues de seres poderosos pero no omnipotentes: se alzan de hombros, y continúan con lo que estaban haciendo. El conocimiento de la psicología de sus enemigos otorgará a Gardener la posibilidad de enfrentarlos, para lo cual cuenta con su propia mente, y la ínfima ayuda de otros humanos, esclavizados de manera terrible en lo corporal pero libres de mente. Solo contra el mundo, el enfrentamiento final entre Gardener y los “tommyknockers” (los originales y los seres humanos de cuyos cuerpos se han adueñado), en el que se juega el destino de la raza humana, apenas permite algún respiro al lector. Y eso que ocupa casi la tercera parte del libro.

Sorprende la capacidad de King de transformar elementos prosaicos en artefactos de características aterradoras. Una máquina expendedora de bebidas gaseosas, por ejemplo, tan común en cualquier estación de servicio o supermercado, puede convertirse, sin cambiar de apariencia, en un arma de potencia devastadora, frente a la cual apenas cabe la posibilidad de defenderse (¿cómo se enfrentaría el lector a una máquina de esas si, repentinamente, ésta decidiera atacarlo arrojándole latas de bebidas, o simplemente, empezara a perseguirlo?).

Un punto en contra de la novela es que se extiende de manera excesiva en torno a las experiencias de algunos personajes, de manera magistral por supuesto, pero en modo alguno relevante para el posterior desarrollo de la novela. Se entiende que Gardener viene a ser un alter ego de King, quien al momento de escribir Tommyknockers atravesaba un período de cura alcohólica, y quizá de ahí se pueda entender el interés en describir las miserias del pobre poeta. De otro lado, como parece ser habitual en las novelas de Stephen King, se menciona eventos y personajes de otras historias suyas, lo que parece otorgar a sus novelas un sugestivo arco común. Queda pendiente la lectura de “Cazador de sueños”, también con extraterrestres… a lo King.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La primera ley (Joe Abercrombie)





De cuando en cuando, surge un autor a quien le sonríen los astros y es el nuevo "rey" de la fantasía, del terror o del género que sea. Si bien esto no suele suceder con autores mainstream, así ganen el premio Nobel, lo cierto es que siempre hay un autor que está en boca (o en blog, en twitter, en muro o videoblog de todos). No me malinterpreten: Mario Vargas Llosa es un excelente escritor, pero nadie le llama "el rey de la novela peruana" o algo así.


No todos los autores que llegan a esta suerte de pináculo son del gusto uniforme del público lector, y es que muchos de ellos no son otra cosa que productos de campañas de marketing, aunque cueste reconocerlo. Si bien siempre debemos respetar el gusto de cada quien, no es menos cierto que algunos productos comerciales son sólo eso, ni mas ni menos. Quien los disfrute, en buena hora.


No es el caso de Joe Abercrombie, un joven autor inglés que en 2008 colaboró con la miniserie de la BBC The worlds of fantasy, junto a China Mieville y Terry Pratchett, entre otros.


¿Qué trae de nuevo Joe Abercrombie? Sus novelas, de las que sólo he leído la trilogía de La primera ley, compuesta por las novelas La voz de las espadas, Antes de que los cuelguen y El último argumento de los reyes, son un claro ejemplo de lo que se viene llamando el género grimdark, un tipo de fantasía oscura y muy, muy sangrienta, en la cual lo épico y lo heroico son producto de la casualidad o, peor aún, de una soterrada manipulación política y sicológica efectuada por el personaje que menos se espera. Tanto así, que el personaje más empático y sincero de la saga es nada menos que el inquisidor Sand dan Glotka, un ser carente de casi todo escrúpulo (no vacila en torturar a sus enemigos cortándoles los dedos, para luego fabricarles pruebas y hacerles firmar confesiones falsas), quien sin embargo vive, mejor dicho, padece el mundo a través de sus limitaciones físicas: otrora prometedor joven noble con aspiraciones militares, ganador de concursos de esgrima, es convertido en tullido en las cárceles del enemigo, debiendo continuar el resto de su vida arrastrándose sobre un bastón y alimentándose sólo de sopas o papillas, dado que le han dejado sólo algunos dientes arriba y abajo de la cavidad bucal, lo que hace imposible que pueda masticar nada. "¿Por qué sigo viviendo?", se pregunta en sus innumerables arranques de autocompasión, a los que sazona con una seguidilla de comentarios sarcásticos y agudos en los que desnuda, de manera inmisericorde, la verdadera naturaleza e intención que hay detrás de los actos de quienes se cruzan en su camino, ya se trate de sus superiores jerárquicos (¿qué inquisidor no los tiene?) o de sus desafortunadas víctimas. Empero, su visión cínica está acompañada de un delicioso humor negro que hace pensar que incluso alguna de sus desventuradas víctimas de tortura no hayan soltado una que otra carcajada, como lo hará el lector al ser sorprendido por sus observaciones. Y, siempre en las situaciones más inesperadas, capaz de sorprender al lector con un acto de lo que bien podría llamarse sacrificio o bondad desinteresada.

En líneas generales, las tres extensas novelas se desarrollan en un escenario que ha devenido en clásico de la literatura fantástica, a saber, antiguos reinos en un mundo de ambientación entre medieval y renacentista, con reyes y reynas, caballeros, nobles, plebeyos, duelos a espada, batallas, magos y uno que otro ser sobrenatural. Eso si, la magia aparece en estas novelas a cuentagotas, pero tiene el efecto de una carga de dinamita. Uno de los reinos que conforman este mundo, como suele suceder, se encuentra amenazado por enemigos tanto del norte como del sur. Nada que los ejércitos no puedan enfrentar, excepto que, según ciertos rumores, los enemigos han recurrido a la magia y han conseguido así un poder que resulta más amenazador. Pero el reino de la Unión cuenta nada menos que con la ayuda de Bayaz, a quien llaman el primero de los magos, y quien al parecer tiene ¡milenios de edad!, pese a que no hay nada en su apariencia ni en su actitud que lo delates, pues es grueso, calvo y viste como si ejerciera la profesión de carnicero. Nada de anciano sabio ni majestuoso. Este Bayaz tendrá que iniciar la búsqueda de un objeto de poder, el cual se encuentra en los confines del mundo (para variar). Deberá entonces requerir la ayuda o compañía del sempiterno grupo de héroes y aventureros que tiene toda novela de fantasía que se respete: el apuesto espadachín, el navegante, el bárbaro hosco, la guerrera carente de compasión y modales. Pero la visión que ofrece Abercrombie de estos personajes (es psicólogo de profesión) no puede ser más desmitificadora. El espadachín, que responde al sonoro nombre de Jezal dan Luthar, es un noble haragán y simplón, fácilmente manipulable, que prefiere perdere el tiempo jugando a las cartas con sus amigos antes que cualquier otro tipo de lance. El bárbaro huye de un pasado tan complejo como sombrío (aquí hay un homenaje a la película "Los imperdonables" de Clint Eastwood, admiradísimo por Abercrombie), y la tosca guerrera sin pasado parece tener uno... en el mundo sobrenatural.

Una vez finalizada la lectura de la trilogía, o de cualquiera de las novelas que la conforman, el lector queda con la sensación de haber participado en la vida de los personajes en lugar de haber leído una novela de aventuras. Una vida larga, por cierto, pero que dota de una profundidad inusual a los personajes, en el sentido de que sus vicisitudes, penurias, anhelos y frustraciones calzan perfectamente con la trama de las novelas. Abercrombie no recurre al fácil truco de cargar de traumas y recuerdos, es decir, de "personalidad" a un personaje para que luego vaya y haga lo que siempre se espera del mismo (como en ciertas novelas de ciencia ficción en las que, a fin de dotar de "profundidad" a algún personaje, se incorporaba párrafos y párrafos de conversaciones, adulterios, recuerdos infantiles y demás, que al final, no aportaban absolutamente nada a la historia). En cambio, volviendo con el inquisidor Glotka, por ejemplo, la constante mención de sus dolencias y achaques nos permite entender a cabalidad su actitud ante fenómenos tan disímiles como el amor, la intriga palaciega o la magia.

Y hablando de magia... Pues la magia, en esta trilogía, no se encuadra dentro una visión maniquea que la divida en blanca o negra, buena o mala. Es un poder más, tanto como la política o el sexo, y quien lo detenta lo hace para sus propios fines. Se mencionan mundos sobrenaturales y demonios, pero no dioses. Se habla de un creador y de un infierno, pero no de un paraíso. La primera ley a la que se alude, por último, es una prohibición: no comer carne humana. ¿Y por qué la trilogía se encuadra bajo el título "La primera ley"? 

Pues...

Mejor léanlo ustedes mismos. 


Daniel Salvo

lunes, 23 de junio de 2014

Un muerto camina entre nosotros (compilador Germán Atoche Intili)


Zombies entre nosotros

Un muerto camina entre nosotros – Cuentos peruanos sobre zombies
Edita El gato descalzo
Compilador: Germán Atoche Intili
Ilustraciones: Raúl Ostos
Tanya Tynjälä, Marco Alberca, Gabriel Canessa, Sarko Medina Hinojosa, Rubén Mesías Cornejo y Daniel Salvo
Edita El gato descalzo
Lima, junio 2014



Dentro de las historias de monstruos, el zombie ocupa un lugar especial. No es para menos, dados los avatares que dicho ser ha afrontado. De ser una criatura de origen claramente  sobrenatural (un cadáver resucitado mediante el ejercicio de rituales o hechizos, vinculado inicialmente al vudú haitiano ), ha pasado a ser, por obra de su tratamiento cinematográfico, un “infectado”, cuya alteración se explica de manera seudocientífica (radiaciones, virus, enfermedades de origen desconocido). El zombie original se limitaba a servir a su amo, el actual, tiene un ansia insaciable de devorar carne o cerebros humanos.

Tal abanico de posibilidades ha sido aprovechado en el cine, la televisión, el cómic y la literatura escrita, al punto que ha llegado a hablarse de una saturación y decadencia del tema. Sin embargo, lo mismo se ha dicho desde hace años respecto a la ciencia ficción, el policial y la propia novela… a pesar de que la literatura en general sigue ahí.  Y es que lo que leemos es, al final de cuentas, al escritor, sea éste clásico o novel.


Con "Un muerto camina entre nosotros", nos toca apreciar las visiones y  aportes que nos ofrecen algunos narradores peruanos en torno al tema del zombie: está el zombie que es consciente de su propia transformación – y que no puede hacer nada para evitarla-, hasta el que asume de manera por demás gozosa su nueva condición, pasando por el tema de las relaciones ¿imposibles? de amor entre zombies y humanos, o entre los zombies y la explotación capitalista, sin faltar historias de corte más clásico pero igual de contundentes.

Cuidado lectores: estos zombies muerden.

jueves, 22 de mayo de 2014

Espacio deshabitado (Jerry Oltion)


Cuando vi este libro en la ruma de saldos de una conocida librería limeña, y el precio ridículamente bajo al que lo ofrecían, no podía creer que fuera verdad tanta belleza. Además, la portada anunciaba que la novela había sido galardonada por no sé qué prestigioso premio… Sin pensarlo dos veces (y sin hacer la respectiva consulta en internet), lo adquirí, sumándolo a la ya extensa pila de libros que me falta leer.

De ello hace como tres años. Y al fin, le tocó el turno a Espacio deshabitado.

La premisa inicial no puede ser más estimulante: el día de la muerte del astronauta Neil Armstrong (si, el primer hombre que pisó la luna, aunque les duela reconocerlo a los conspiranoicos), y en unos Estados Unidos cuyo programa espacial ha sido desmantelado hace décadas, los asombrados ojos de los habitantes de Florida ven elevarse hacia el espacio una copia perfecta de … un cohete Saturno, idéntico al que se utilizó en la misión  Apolo XI. O de un cohete que se le parece mucho.

No se trata de una ilusión o de un caso de histeria colectiva. Las autoridades gubernamentales, quienes también han observado y registrado el fenómeno, se abocan a su investigación, tras la cual llegan a la sorprendente conclusión de que, efectivamente, un objeto surgido de la nada despega, cada cierto tiempo, del Cabo Cañaveral rumbo a la luna. Un objeto de metal y partes electrónicas, una nave. Completa, con combustible, oxígeno, computadoras… una nave que parece dispuesta a ser abordada.

Genial introducción, ¿verdad? Lamentablemente, hasta ahí llega lo genial de la historia. El resto es para el olvido, luego del colerón que experimenta el lector tras  leer semejantes sandeces.

Por que no se trata de un “fantasma semiótico”, como podrían afirmar Bruce Sterling y William Gibson. Tampoco son el producto de un accidente de la trama del espacio tiempo que permite la colisión de realidades paralelas o alternativas. Nada de esto. Los protagonistas de la historia, a los que cuesta cogerles  empatía, descubren que la nave es, nada más y nada menos que el producto del deseo y la capacidad de concentración de un número indeterminado de personas, porque… TODOS los seres humanos siempre hemos tenido el poder de hacer realidad nuestros deseos. Así de sencillo.

Una vez realizado un viaje a la luna, y una vez hallada la solución del enigma inicial, la novela rueda cuesta debajo de manera pasmosa. Los protagonistas, en principio héroes, son ahora perseguidos por el sistema por que han descubierto “el secreto” (ese de que si te concentras con tenacidad, consigues todo lo que deseas), y ello podría ser utilizado por el ejército, o podría acabar con la economía mundial, o …  por un villano salido de quien sabe dónde, que también ha descubierto el poder de crear cosas con la mente  (es que algunos tienen más habilidad que otros para hacerlo), y que amenaza con CONQUISTAR EL MUNDO.

A partir de este punto, a los personajes puede pasarles cualquier cosa, y a nadie le importa... porque el aburrimiento y desinterés que se han apoderado del autor de la novela (originalmente un cuento que, efectivamente, ganó un premio importante, y que fue convertido en novela de manera por demás infame) son lo único que se contagia al lector, que no ve otra cosa que la hora de terminar con semejante tira de disparates seudomísticos, si es que no ha optado por deshacerse del libro. De la brillante referencia inicial al programa espacial norteamericano no queda nada. Nada bueno, para colmo.


Como diría un popular actor cómico peruano: ¡no lo lean! Porque el tiempo que se va…  ya no regresa.

martes, 13 de mayo de 2014

El mascarón de proa (José Güich)




El mascarón de proa de José Güich Rodríguez es un libro compuesto por ocho relatos situados, por su extensión, en la gaveta de los cuentos extensos, rozando, quizás, y como queriendo y no queriendo, el aliento de las novelas cortas. Al darle el relato “El mascarón de proa” el título al conjunto, debemos presumir que para el autor este “mascarón” es como su carta de presentación o como la puerta que se abre para darle la bienvenida al lector. Ojo, al lector peruano, no solo porque el autor lo es, sino porque la circulación de la obra se ha restringido a nuestro país. La característica común a los ocho relatos es la propuesta del autor de sumergirnos en “rupturas de la normal normalidad”, a través de realidades paralelas a lo que se entiende por realidad primaria, creíble, repetitiva y cotidiana. Ahora bien, la principal “ruptura” que encontramos en el libro es la dimensión de lo temporal, pues esa es la danza imaginativa que aparece en cinco de los ocho relatos: “Paisaje de hombre que corre”, “La bailarina de La Perla”, “Zelote”, “En busca de Serling” y en “El veterano”. En cambio, en los otros tres cuentos no hay esa coherencia temática, pues las rupturas son de otra índole: en “El mascarón de proa” hay una propuesta animista; en “Onirolalia” el asunto concierne a lo espacial y en “Los días verdes” lo que se desquicia y subleva es el reino vegetal. No obstante estas tres temáticas independientes o ajenas al gran asunto de “las grandes combinaciones” del presente, del pasado y del futuro, el conjunto de la obra aparece como muy coherente y muy bien trabado. Más aún, sin estos tres cuentos, que rompen la continuidad del tiempo “perforado”, el conjunto hubiese sido excesivamente monotemático. También resulta difícil aventurarse a decir que hay un cuento “mejor” que los otros, pues cada uno se sostiene sobre la base de su propia trama y a su propia “ruptura”.

El mascarón de proa” No obstante que somos un país con unos tres mil kilómetros de litoral, el Perú no es una tierra de tradición marinera, a pesar de nuestra justificada predilección por los platos con “frutos” del mar. Por ello creo que antes de adentrarnos en el cuento, el propio título merece una aclaración breve pero indispensable. De los dos sustantivos, ‘proa’ es el menos desconocido, pues alude a la parte frontal de los navíos; en cambio este ‘mascarón’ ha sido poco conocido o visto por los peruanos. Para no dilatar la entrada en materia, aclaremos pues: durante varios siglos, la tradición ornamental de los barcos a vela exigía, para prestancia de los navíos, que en el extremo más saliente de su proa se colocase la talla del busto de una mujer, tal vez, y esto es un mero suponer, como prometiéndole a la tripulación que al llegar a puerto no les faltaría lo que menos existe, aunque sea como figuración, a bordo de una comunidad masculina. Y estos mascarones, siempre de madera, y siempre surgidos de las manos de artesanos talladores y culminados en un juego cromático de tonos (oscuro para la cabellera, blanco-rosado para el rostro y con libertad de colores para la vestimenta) eran, y además son, sencillamente obras de arte. Justifiquemos la aseveración por el hecho de que fue nada menos que el mismísimo Pablo Neruda quien adornó su casa en la Isla Negra con diversos mascarones de proa, porque su afición era coleccionarlos. 
Y ahora sí, sin más digresiones, vayamos al grano: “El mascarón de proa” es un cuento de amor. Y luego de conocerse y de amarse, ¿final feliz? Obviamente no, porque la literatura, y sobre todo la buena literatura, tiene la obligación de alejarse de la folletinería rosa, la cual, incluso, está plagada de obstáculos antes de culminar en el tedioso final consabido. Sí, un cuento de amor, pero dentro de los más singulares, siguiendo algunos cursos trazados, por ejemplo, por el brasileño Jorge Amado en su novela corta La muerte y la muerte de Quincas Berrido de Agua, en la cual el difunto Quincas “revive” entre emanaciones de alcohol para encontrarse con su amante y darse el entierro marino que su ser apetecía; y trazados también por el mexicano Carlos Fuentes, Aura, en el cual el protagonista cae en las artimañas de una anciana sedienta de amor juvenil (juvenil para ella, aunque siniestro para el joven profesor). Es decir, en la literatura del género de amor, los romeos y las julietas ya han sido demasiado trajinados y trasquilados, y evidentemente hay otras posibilidades. En este caso, el Romeo es un publicista peruano con algunas veleidades bohemias, y la Julieta de madera y pintura es un mascarón que el azar y la generosidad de un amigo que emprende las de Europa pone en sus manos. Me ha llamado poderosamente la atención la tranquilidad, la continencia, con que José Güich va desplegando la historia: en ningún momento apresura “la película”, sino que más bien, al contrario, hasta se diría que por deleitarse él mismo con su historia (algo bastante frecuente) avanza con la lentitud de quien no quiere beberse de un porrazo la copa del placer creativo. Y aquí es necesario hacer una precisión: en la buena literatura quien se deleita antes que los lectores son los propios autores, y justamente de ese gozo es de donde extraen la fuerza y la voluntad para culminar su obra. O mejor dicho: especulo que las obras que no causan deleite al propio narrador son las que nunca escuchan el tronar de las máquinas impresoras, cual borradores que devienen en hojas arrugadas y hasta ignoradas por sus cuasi progenitores. El meollo de este “Mascarón de proa” es que Ella (José Güich le confiere ese apelativo) se “enamora” posesivamente de su dueño, y el dueño, en alguna medida entre lo imposible y lo muy veladamente erótico, también le corresponde. Pero el verdadero amor de Ella no eran sus ocasionales dueños, sino el oceánico mar, y utiliza a su propietario para reencontrase con su medio. Y logra su objetivo, por lo cual la historia no tiene un final feliz para “la pareja”, aunque sí para este insólito personaje de madera y de añales por su obvia antigüedad. Desde luego, conferirle el soplo de la vida a un tronco de madera convertido en busto de mujer, o sea en mascarón de proa, es aproximarse a una visión animista de la vida. Mi “aproximarse” está bien empleado, porque en el verdadero animismo todo tiene vida: el sol, la luna, el viento, los rayos, la lluvia, los cerros, los animales, las plantas, y corresponde a una visión primitiva y mágica de la realidad, en la cual el hombre hace parte de un gran todo pletórico de vida. En cambio, en la modernidad civilizada, y hasta excesivamente racional, la humanidad es lo único que tiene vida en toda su potencialidad, mientras que el gran resto son recursos explotables o bien dominio de la ciencia. Pero no olvidemos que si bien este irremediablemente femenino “mascarón” hace parte de un hipotético mundo en que lo material adquiere vida, el protagonista pertenece a su profesión y a su medio de vida: una vez que el mascarón ha vuelto a integrarse a las soledades marinas, él la convierte en icono publicitario de rotundo éxito, por lo cual cada quien se reintegra a lo suyo. Sin embargo, cabe una posibilidad igualmente interesante y que hasta podría haber escapado a la perspicacia del propio José Güich. ¿Y si su Mascarón de Proa fuera una metáfora sobre una situación bastante común en la mayoría de parejas? ¿Y si este hermoso cuento fuese una alegoría acerca de cómo, en el seno de cada pareja humana, cada cual persigue objetivos muy personales y no compartibles con la otra parte? ¿Y si pasado el entusiasmo del primer tiempo todos los siguientes tiempos fuesen un intento de justificar la inercia por la misma inercia del vínculo ya iniciado? ¿Y si el destino de todo vínculo hombre-mujer, o mujer-hombre, fuese el de la ruptura, valiéndose de cualquier oleaje? ¿Y si el destino de todo gran amor fuese el de volver inútilmente a la orilla del mar, para ver si la persona amada es devuelta por las olas? 

Paisaje con hombre que corre” En este cuento, lo intencionalmente inverosímil de la historia (un limeño adulto que desaparece el 18 de agosto de 1935 es atropellado por un vehículo el 18 de agosto de 1995, y que entonces “vuelve” a fallecer, pero no con unos improbables noventa años sino con la edad correspondiente a la tercera década del siglo pasado), repito, lo inverosímil es atenuado porque con enorme olfato literario Güich convierte la trama en un típico cuento detectivesco, con todos los ingredientes del género: “occiso”, “forense”, “morgue”, etcétera, en cuanto a la terminología; investigación de la identidad del difunto a partir de la etiqueta de su ropa, rastreo del sastre que confeccionó el traje, investigación que se prolonga en la hemeroteca revisando una edición de El Comercio de 1935, búsqueda de fotografías de sesenta años atrás, en cuanto a los convencionalismos del género policial, de modo que el lector disfruta de un cuento fantástico en el cual, y en un instante, se anulan las leyes del tiempo, y al mismo tiempo disfruta de un cuento policial que, por su propia circunstancia, da pie, además, para evocar (y comparar) la Lima de 1935 con la de 1995.

 “Onirolalia” De los ocho relatos que componen el libro de José Güich, este es el más hermético por dos motivos que vienen al caso exponer: su único protagonista carece de nombre y el autor lo estructuró sobre la base de párrafos largos, sin el descanso de un punto aparte, párrafos alargados que abarcan hasta tres páginas. Para ser más preciso, Orinolalia consta de seis secciones y cada una está compuesta por un único párrafo, en el cual no hay la concesión de un punto aparte. Pero como en muchos otros casos, la forma se ajusta al fondo, y el fondo de este relato intimista, memorioso, con algo de búsqueda borgiana, es establecer límites precisos entre el mundo concreto de la vigilia y el mundo inasible de nuestras ensoñaciones oníricas, y de ahí, de “onírico”, es de donde proviene el título. Sin embargo, y aunque el personaje carece de nombre (pero sí tiene “voz”), hay referencias muy concretas a la situación: por lo pronto, su ámbito es Lima, y más concretamente el barrio de Salamanca de Monterrico, y en este caso la toponimia se muestra generosa: Sacsayhuamán, Hernando de Soto, Toparpa Inca, Los Quechuas, Los Paracas, Cieza de León, son algunas de sus calles, y Kennedy, San Cipriano, Santa Ángela, sus referentes de colegios, más una esposa (en el presente), un amigo analista y un carro Opel Record 68, son los asideros para que el lector se oriente en esta “suma de todas las noches”. Posiblemente, en plan de hacerse concesiones a sí mismo como narrador y al lector como destinatario, José Güich Rodríguez no hubiese logrado lo que seguramente se propuso: hacernos navegar en ese mundo en que realidad concreta y territorio onírico, pasado y presente, y el yo consciente y el otro yo del subconsciente se confunden y entreveran en los “interminables vericuetos de la noche”.

La bailarina de La Perla” El relato del encabezamiento es de los mejor logrados. En él Güich reitera lo relativo que es la dimensión tiempo. Además, combina o hace confluir la deliberada lentitud con que avanza la acción (un viaje de Lima a la campiña de Sullana, un contrato para impartir clases de bailes costeños, una tormenta, una casona misteriosa) de “El mascarón de proa” con el aporte de datos concretos, tangibles, un poco a la manera de “Paisaje de hombre que corre”. Pero en esta “Bailarina de La Perla”, la protagonista, la bailarina Soledad, se reencuentra con su pasado personal y familiar, pasado que no es el de su infancia “lógica”, o sea una infancia que debió transcurrir en los años sesenta o setenta, sino con una infancia en un calamitoso verano de 1848, insistiendo así el autor en que el tiempo es una temporalidad arbitraria, por¬que el pasado es recuperable. También es importante mencionar que en este cuarto relato Güich ma¬neja con evidente maestría el suspenso y que se asoma, pero no cae, en la tentación de comunicar al lector alguna fugaz sensación de horror omnipresente.

Los días verdes”. Temáticamente, este es el relato más audaz y al mismo tiempo el único que se aleja de las propuestas de Güich en cuanto a trastocar los elementos de la realidad temporal o espacial, porque en este caso la “subversión” se refiere a una suerte de crecimiento canceroso del reino vegetal (hay una higuera y una parra a las que poco les falta para volverse plantas carnívoras) a punto tal que se convierte en una amenaza real para la existencia de sus personajes. Es interesante destacar el hecho de que lo absurdo de la situación resulta equilibrada por el tratamiento espontáneo y natural con que Güich nos presenta a sus personajes, de lo más comunes y corrientes, y que además no tratan de emprender ninguna defensa, digamos que heroica, pues más bien parecen resignados a su destino.

 “Zelote” En este relato la situación es la siguiente: el protagonista, Julián Ramírez, un joven (aparentemente peruano) con un alto coeficiente intelectual emigra al primer mundo e ingresa a trabajar a una enigmática empresa que Güich nos presenta únicamente como “M”. Pues bien, allí, este Julián Ramírez se dedica a crear juegos electrónicos de consola, y obtiene un notable éxito comercial con uno denominado, precisamente, “Zelote”, el cual está inspirado en la vida de Jesucristo. Hasta aquí todo es perfectamente normal, pero el “quiebre” o el salto hacia lo desconocido que propone Güich es que el personaje termina convirtiéndose en un integrante del propio juego o (retrocediendo dos mil años) en integrante de los discípulos de Jesucristo, si es que no en el mismo Cordero del Señor, obviamente destinado a la cruz. Es interesante anotar que en “Zelote”, el autor presenta dos rupturas de la realidad: una es que el inventor del juego termina devorado y absorbido por su propia criatura, y el segundo quiebre se refiere a una tentación que para él parece irresistible: atravesar las barreras del tiempo.

En busca de Serling” Este es uno de los relatos más representativos de El mascarón de proa: acá se repite el escamoteo del espacio físico, describiendo la angustiosa búsqueda de un misterioso y hasta mítico pueblo llamado Cayuga (al que nunca se puede llegar, un poco como se esboza en “La bailarina de La Perla”), y la reiteración obsesiva de un pueblo fantasmagórico, Siracusa, aparte de que desde el inicio el protagonista sufre una caída y un golpe en el cerebro que le produce total amnesia sobre su pasado, para incrementar este juego en el que se entremezcla lo real con lo onírico, la propia compañera del pro¬tagonista, Ligia, es alternativamente esposa, enfermera e icono publicitario de vallas de carretera. En cuanto a Serling, al final, cuando el protagonista se halla a punto de encontrar a este inaprendible Serling, pareciera que el personaje descubre que él no era su “sí mismo”, sino que era un personaje concebido por el moribundo Serling, y en el imprevisible final personaje y Serling se confunden, se entreveran, para encontrar juntos el destino de la muerte en “un punto del espacio donde se intersectan varias ciudades llamadas Siracusa”, y pareciera que todo lo narrado no fue otra cosa que un proyecto de guión fílmico que Serling nunca pudo producir.

El veterano” En el último relato, José Güich Rodríguez se anima a dar un doble salto mortal (en realidad un doble salto temporal), porque el meollo del asunto, llevar a cabo un simple reportaje a un veterano de la Guerra del Pacífico que tiene lugar en Lima, y en el año concreto de 1930, le permite a Güich reiterarse en una de sus predilecciones como narrador: quebrar el concepto de tiempo que fluye… sin retrocesos o sin saltos hacia el futuro. Por medio del diario personal que escribe en Arica y en junio de 1880 un subteniente peruano de apellido Rodríguez, remite al lector a un juego de fechas desconcertante (ya cada vez menos desconcertante, pues si el lector ha leído los ocho relatos en el orden organizado por el autor, ya debe estar preparado para esta violación de las reglas que rigen la normalidad del tiempo convencional). Y así tenemos los tres tiempos que se alternan en “El veterano”: 1880, uno de los años de la guerra de Chile contra Bolivia y Perú, y año, además, en que se fecha el diario de campaña que escribe el mismo coronel Rodríguez, aunque quien lo escribe no es el coronel sino el subteniente Rodríguez (después de la guerra obtendría el grado de coronel). El año del “presente”, 1930, o sea el año en que el periodista Pablo Teruel entrevista al veterano y muy anciano coronel ya en retiro. El tercer tiempo de este relato, increíble y notablemente remite al lector a 1945, y al ilustre Jorge Basadre, el autor de un inexistente texto llamado Los días secretos de Arica (que se conozca, el historiador tacneño nunca publicó una obra con este título). Además, la trama no puede ser más audaz: en 1880 las autoridades militares peruanas ordenan desaparecer el libro de Basadre, cuando según las reglas de la temporalidad normal dicho libro no solo no había sido escrito, sino que además era o es imposible que hubiera sido escrito porque, recordemos, nuestro gran historiador nació en Tacna en 1903. En el último párrafo Güich propone que “la Batalla de Arica se había efectuado, se efectuaba y se efectuaría eternamente”, enunciado que permite varias lecturas: desde una teorización de su propuesta narrativa, una afirmación de corte filosófico, hasta una advertencia acerca de que la Guerra del Pacífico es una herida que aún no ha cerrado en el alma de los peruanos y en el equilibrio geopolítico con nuestro vecino del sur.

Enrique Congrains Martin

(Publicada originalmente en la revista "Lienzo", edición número 29, año 2008)