sábado, 1 de mayo de 2010

El señor de las moscas (William Golding)





Lo admito, El señor de las moscas está aparentemente fuera de lugar en un blog dedicado a la ciencia ficción. No es una historia ambientada en el futuro ni en un planeta exótico. No hay invenciones maravillosas ni extraterrestres.
Pero si vemos a esta novela desde otro punto de vista, esto es, como el desarrollo de un experimento que consiste en dejar completamente solos, en un isla desierta, a un grupo de niños provenientes de un internado inglés, para ver cómo reaccionan en semejante situación, pues tenemos la mesa servida para disfrutar –en la medida que la novela lo permita – de un fuerte remezón en nuestras creencias respecto a la niñez y a la humanidad en sí.
Casi podría decirse que El señor de las moscas es el reverso de Furia feroz, de J.G. Ballard. Sólo que en lugar de una urbanización cerrada apta sólo para la elite, tenemos una isla desierta. Igual, se trata de espacios que sugieren un aislamiento radical de la sociedad. En lugar de padres obsesionados por el desarrollo de sus hijos, al punto de sofocarlos con tanta sobreprotección, tenemos un espacio totalmente carente de presencia adulta, ya se trate de padres o de cualquier otra instancia con los atributos que los adultos tienen (o tenían), en general, para con los niños: respeto, autoridad, orden… y también autoritarismo, abuso, prepotencia, manipulación, etc. Que no es lo mismo el Albus Dumbledore de las primeras novelas de Harry Potter que algún cura pedófilo de nuestros tiempos.
En El señor de las moscas, un accidente de aviación sitúa a unos niños en una isla desierta. Durante los primeros días, asumen el liderazgo los niños de comportamiento más maduro y racional. Instituyen una serie de reglas de convivencia, que efectivamente les resultan muy útiles dada la situación. Consiguen refugio de la intemperie, alimentación y una sensación de confianza hacia el futuro. Empero, en este edén también hay serpientes, encarnadas en los clásicos matones de la clase, a quienes les fastidia todo ese asunto de las reglas, la razón y el altruismo. Más que seguir la voz de la razón (que podría estar representada por Piggy, el también clásico gordito de lentes, más amigo de los libros que de los deportes), prefieren seguir lo que les sugiere el señor de las moscas: un cráneo de jabalí en torno al cual los niños han elaborado un ritual que parece el principio de una religión primitiva, con lo que los “malos” cierran un círculo aparente: huyendo de un tipo de reglas (o restricciones) acaban cayendo en otro, basado en una supuesta libertad que es en el fondo una esclavitud de tipo más primitivo, como puede serlo el temor reverente que sienten ante un simple hueso que han convertido en ídolo. Entonces, la supuesta liberación de la autoridad adulto-paterna acaba extinguiéndose, porque la regresión total en la que caen los niños (queriendo acabar con cualquier rasgo de racionalidad o bondad) es, en buena cuenta lo que el señor de las moscas les susurra y ordena.
Uno se pregunta por las conclusiones a las que nos conduce la novela. El hombre es lobo para el hombre, y por ende la agresión entre nosotros es nuestro destino final. O el hombre nace bueno y la sociedad (el contacto con los adultos, que no se extingue por que los llevamos dentro) lo corrompe, de modo que deberíamos acabar con toda la historia previa de la humanidad (ya lo intentó Pol Pot, y se saben los resultados). En todo caso, El señor de las moscas es un libro para revisar siempre.

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