jueves, 28 de junio de 2012

Como la belleza (Michael Cunningham)


Tras su éxito con Las horas (Premio Pulitzer 1999), el escritor norteamericano Michael Cunningham publicó en 2005 un tríptico de relatos titulado Specimen days (publicado en español como Días cruciales). Se trata de historias que, en mucho, se inspiran en la poesía de Walt Whitman, y, según el texto de la contraportada, "nos hablan de las dificultades del progreso humano y el declive social".

Como la belleza es la tercera historia de este tríptico, incrustada de lleno en la ciencia ficción, aunque el lector puede hallar ciertos contactos con Pinocho El mago de Oz y Blade runner. Los personajes principales son de lo más atípico, los desclasados de un futuro aparentemente brillante y seguro para sus demás habitantes. Simon es una especie de androide de una clase muy especial, un experimento tan exitoso que llevó al exterminio de todos los demás de su clase. Busca su identidad, desarrollar sentimientos, y no deja de reaccionar ante ciertas situaciones con versos de Walt Whitman. Su pareja, la extraterrestre Catareen, es una exiliada de su planeta de origen, y se gana la vida en la Tierra como niñera, a pesar de su aspecto de reptil (¿puede haber algo más tópico en la ciencia ficción que un extraterrestre con apariencia de reptil?). Ambos deciden iniciar una suerte de carrera contra el tiempo en búsqueda del creador de Simon, suerte de meta y símbolo de los sueños del androide. Pero éste creador resulta ser tan desclasado como sus creaciones, y a su vez, busca la realización de sus sueños fuera de nuestro mundo: ha implementado una nave espacial para viajar por el espacio, durante treintaiocho años, hasta su arribo a un planeta en el cual fundar una colonia. Y todo por que gran parte de los miembros de su familia y comunidad ha tenido sueños con ese "mundo mejor".

El periplo de Simon y Catareen nos muestra un mundo caótico, no necesariamente feliz, aunque tampoco es una pesadilla distópica. Hay mutantes y sectas religiosas, y referencias a acciones terroristas que han acabado con la vida de diversas especies animales y cambiado la coloración del cielo. Además, se ironiza bastante en torno a las expectativas clásicas en torno al progreso (el primer contacto con vida inteligente extraterrestre llevó a un mundo poblado por una civilización de lagartos que tras diez mil años de historia continuaban viviendo en chozas, la creación de androides capaces de amar hizo que uno de ellos se comiera a otro, de tanto que lo amaba). 

Si bien no todos los personajes consiguen lo que desean, hay una suerte de final feliz, o final de consuelo, donde el redescubrimiento de la belleza y la poesía son, en última instancia, lo que nos vincula con la vida y el universo.

Daniel Salvo

jueves, 21 de junio de 2012

Alpha Ralpha Boulevard (Cordwainer Smith)



Sin ser necesariamente un autor "difícil", Cordwainer Smith no es una lectura para momentos agitados. Para deleitarse con su prosa, hace falta algo de quietud y silencio, y mucha concentración. Las imágenes que sus cuentos producen en el lector tienden a ser fascinantes y melancólicas a la vez.
El universo en el cual Smith ambienta sus historias es un futuro muy lejano en el tiempo. La humanidad se ha expandido por el universo, dando lugar a una sociedad llena de matices y algo difícil de definir. Los seres que pueblan este universo son robots, humanos, humanos modificados para habitar otros mundos (homínidos) y las subpersonas, animales genéticamente modificados para parecer humanos y realizar tareas que ningún humano podría o desearía hacer (aguardar mil años junto a una puerta, por ejemplo). No hay indicios de vida extraterrestre inteligente, y la tecnología que ha permitido dicha sociedad rompe los parámetros de lo normal, contando con máquinas poderosas pero cuya función apenas puede conjeturarse, y que responden a nombres tan enigmáticos (y poéticos) como la Campana o el Rubí.
El poder en este universo lo ejercen los Señores de la Instrumentalidad. Despóticos, misteriosos, dotados de  capacidades telepáticas, gobiernan de manera casi ritual este universo, en el cual, a pesar de los avances obtenidos, no dejan de haber accidentes o deseos insatisfechos.
En Alpha Ralpha Boulevard , la gente ha apostado por una idea, el Redescubrimiento del Hombre, es decir, la búsqueda del riesgo y la inseguridad para sacar a la humanidad de cierto estancamiento que comienza a percibirse. Los humanos asumen nuevas personalidades (dos personales del relato responden a los nombres de Pablo y Virginia, novela inspirada en los ideales de la ilustración) poblaciones enteras se inoculan enfermedades, se aprenden idiomas de la antigüedad... Pero hay quienes no parecen encajar en este nuevo mundo (Virginia duda de sus sentimientos hacia Pablo, cuestionándose si provienen de su corazón o le han sido implantados como parte de un experimento), y buscan respuestas (o se buscan a sí mismos), acudiendo nada menos que a una inteligencia artificial, conocida como Abba-Dingo, que no es otra cosa que una máquina meteorológica a la que se le atribuye una sabiduría anterior a la de los Señores de la Instrumentalidad. Para llegar a Abba-Dingo, deben caminar por el boulevard del título, una impresionante calzada en ruinas que se pierde entre las nubes.
Tal parece que siempre nos perseguirá la duda respecto a qué es lo que le conviene más a la humanidad: la seguridad (que puede llevar al estancamiento) o el riesgo (que puede llevar al caos). Disyuntiva bellamente planteada en este cuento, cuya solución, por cierto, no es nada fácil.

Daniel Salvo

domingo, 17 de junio de 2012

Duelo de máscaras/El espaciano (Rubén Mesías Cornejo)

Desde el norte del Perú, la imaginación de Rubén Mesías Cornejo nos ofrece dos ficciones en torno a dos de las temáticas más inquietantes de la ciencia ficción: los extraterrestres y los monstruos, que a veces son la misma cosa. De pasada, nos recuerda que, a veces, aquellos a quienes creemos conocer no son otra cosa que impostores, pero lo son por las cualidades y defectos que nosotros mismos les atribuimos. Somos nosotros quienes, en última instancia, creamos a nuestros propios monstruos. (Daniel Salvo)


Duelo de máscaras


El espía ingreso al restaurante con evidente disimulo, y se dirigió con apuro hacia el área ocupada por las mesas para dar con una que estuviera vacía. En el acto , el androide que atendía a los comensales rodó hacia él, dándole la bienvenida en todos los idiomas oficiales del planeta, antes de preguntarle que deseaba pedir, sin embargo el nuevo comensal estaba con la mente ocupada en otras cosas, y no le contestó inmediatamente.

De momento había conseguido burlar la persecución del agente que había logrado detectar su presencia en la Tierra; como era de rigor, el espía había procurado mantener un perfil bajo mientras estuviera dedicado a reconocer los puntos vulnerables de este planeta, preparando el terreno para los intrusos que vendrían después; súbitamente recordó que el androide estaba esperando su respuesta, así que procedió a sondear profundamente la mente del ser cuyo cuerpo había usurpado, en busca de la respuesta que precisaba para salir del paso.

Iba a responder cuando la aparición de una aborigen le distrajo, la chica andaba como si anduviera buscando algo, pues miraba a todos lados examinando minuciosamente los rostros de todos los comensales presentes, de pronto se detuvo, y ocupo una de las mesas cercanas a la que el había escogido.

La muchacha aparentaba ser muy joven, pues su rostro todavía conservaba cierta frescura infantil; pero usaba unas peculiares gafas oscuras que le conferían un aire misterioso a su pálido semblante que hacia juego con su cabello suelto. En ese momento, al espía concibió la sospecha de que el agente que venía persiguiéndolo, bien podría ser esta chica aparentemente inofensiva.

Esa idea hizo que su miedo a ser descubierto aumentara considerablemente, al grado de olvidar la respuesta que había pensado dar al androide. Ahora sus pensamientos, y su mirada estaban enfocados en ella, y en lo que podría hacer en su contra. Brillantes gotas de sudor empezaron a recorrer su rostro mientras procuraba concentrarse para sondear aquella mente presuntamente enemiga.

Haciendo esto descubrió que realmente estaba en peligro, pues aquella chica poseía la capacidad de alterar su morfología cuando así lo quisiera, pero lo peor de todo no era haber descubierto esto, sino que la chica había empezado a transformarse en una bestia realmente terrible.

Entonces, todos los comensales oyeron un rugido bestial seguido de un grito de pánico que heló la sangre de quienes lo escucharon. Un segundo después, el espía yacio sobre el suelo con el cuello destrozado a dentelladas de aquel licántropo encargado de la custodia de la Tierra.

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El Espaciano



Ephila conoció a Zoltan, allá arriba en una zona de esparcimiento selenita. Hicieron el amor con suprema pasión, y ella quedo tan fascinada con su vigor amatorio que pactaron volverse a encontrar cuando ella necesitara la atención de un amante tan excepcional.

Sin embargo, cuando Ephila retorno a la Tierra no pudo evitar que el recuerdo de Zoltan se impusiera sobre todo lo que hacía, y su actitud hacia el resto de hombres cambio, y casi sin darse cuenta, empezó a darle la espalda a todos los contactos que tenía a través de la Red, pese a saber que su perfil resultaba atractivo para todos los machos que buscaban a alguien como ella.

Su actitud genero una ola de despecho entre sus admiradores más fervientes, y en un arranque de ira todos juraron olvidar la existencia de aquella mujer que se había vuelto tan esquiva. Y desertaron masivamente de su lista de contactos.

Y la soledad invadió la vida de Ephila como nunca antes lo había hecho. Necesitaba de alguien a quien mostrarle el cuerpo voluptuoso que ostentaba, pese a tener cinco décadas de vida encima, y también contarle sobre las pequeñas cosas que dotaban de sentido a su existencia.

Pero ahora no había nadie al otro lado, y eso tan horrible como una pesadilla cualquiera; entonces se acordó del cubo que Zoltan le había regalado cuando se despidieron allá en la Luna.

Ephila extrajo el cubo de su bolso, y empezó a tocar, con las yemas de sus dedos, las facetas que conformaban el artefacto como si estuviera digitando un mensaje sobre el teclado de una computadora. Repitió la operación una y otra vez hasta que todas las palabras que componían aquel secreto conjuro fueron enviadas para invocar al amante que ahora necesitaba.

Y Zoltan acudió la cita franqueando realmente distancias siderales. Ahí estaba aquel magnifico macho sonriente y desnudo, de cuerpo atlético y verga erecta, dispuesto a darle todo el placer que ella quisiera, pues para eso lo había invocado.

Apenas lo vio, Ephila sintió que la esencia de mujer afloraba como la lava de un volcán en erupción, y se abalanzo sobre aquel cuerpo radiante y desnudo para que pudiera poseerla inmediatamente.

Zoltan la recibió, y el desnudo con habilidad y premura, en seguida ambos cuerpos se acoplaron, y cayeron sobre el suelo insonorizado poseídos por el gozo que les provocaba repetir aquel supremo gozo que había compartido allá arriba, en la Luna.

Y así continuaron, hasta que ella perdió la conciencia y pareció quedarse dormida entre los musculosos brazos de su amante que, en ese momento, dejo de serlo para convertirse en una bestia alienígena que no tardo mucho tiempo en digerir la carne de la infeliz mujer que había caído en su ardid.

Rubén Mesías Cornejo









jueves, 14 de junio de 2012

Los ladrones de cuerpos (Jack Finney)


Los ladrones de cuerpos (The body snatchers)
Jack Finney, 1955



Después de cuatro películas basadas en esta novela (producidas en 1956, 1978, 1993 y 2007), es difícil que el lector no sepa ya de qué va la trama: a nuestro planeta arriban unas vainas que tienen la capacidad de duplicar el cuerpo (y la mente) de los seres humanos, produciendo copias idénticas en todo, salvo en cierto tipo de sentimientos. Los seres duplicados por las vainas, básicamente, carecen de emoción, de interés en lo que usualmente mueve a los seres humanos, aunque no carecen de inteligencia ni de objetivos, al punto de tramar un plan para apoderarse de nuestro mundo, mediante la dispersión de las vainas a lo largo y ancho de los Estados Unidos de los años cincuenta del siglo XX, para luego continuar con el resto del mundo.
El desarrollo de la novela inicia de manera pausada, introduciendo a los personajes principales (un médico y la dama objeto de su interés, ambos divorciados, un psiquiatra que tiene explicaciones para todo y el resto del pueblo de Santa Mira, apacible a más no poder) y sus actividades cotidianas. Su hasta entonces plácida existencia comienza a alterarse ante las cada vez mas numerosos casos de personas que son denunciadas por sus parientes más cercanos debido a que "ya no son las mismas". Son, obviamente, los seres que las vainas han producido al culminar su proceso de duplicación. El doctor Bennell, el protagonista de la novela, en un principio no da el menor crédito a estas denuncias, hasta que la evidencia se hace imposible de ignorar: es testigo del producto de un proceso inacabado de la duplicación de un conocido suyo.
En adelante, las cosas se desarrollan de manera similar a los filmes mencionados líneas arriba: los protagonistas, que aún conservan su humanidad, tratarán de advertir al resto de la humanidad de la amenaza que se cierne sobre ellos. Salir del pueblo o comunicarse con alguien del exterior será crucial, y es esta lucha la que desencadenará la acción, cuyo punto más álgido será el intento de captura de los protagonistas por parte de los duplicados, así como la explicación del origen de las vainas y sus motivos.
Esta parte de la novela, el diálogo entre los humanos normales y los duplicados, me lleva a pensar que la perspectiva desde la cual se considera a Los ladrones de cuerpos un ejemplo de la paranoía norteamericana frente a la amenaza que, en su momento, suponía la ex Unión Soviética, o está errada, o merece una profunda revisión.
Ya el propio autor aclaró en su tiempo que su idea al escribir la novela era el mero entretenimiento (como si fuera fácil escribir una historia entretenida), mientras que la lectura esa que insiste en la paranoia de una época corresponde mas bien a la película dirigida por Don Siegel en 1956, en plena guerra fría. Mas bien, podríamos decir que Finney, tal vez inconscientemente, dejó clara su visión más que desencantada respecto a la humanidad, a pesar del supuesto mensaje de triunfo de "nuestra" naturaleza combativa frente a cualquier enemigo exterior, como sería el caso de las vainas.
Por que al revisar los diálogos entre el doctor Bennell y los duplicados, la visión que proporcionan estos de la "nueva vida" que tienen luego del proceso de duplicación lleva realmente a la paranoia... respecto a nuestra propia condición humana. Por que el orden que sobreviene luego de la duplicación de las vainas no se parece en nada al brutal sometimiento de un régimen totalitario, pero tampoco parece una alternativa tan inhumana como la carrera de ratas que (ilusamente) suponemos es una sociedad libre, supuestamente basada en la libre competencia y la asignación de recursos mediante la meritocracia. Una humanidad sobreviniente al éxito de las vainas acabaría por extinguirse, evidentemente, pero en medio de una placidez casi socrática, en total contraste con la mayoría de sistemas de vida que se dan en la actualidad. Vamos, que si hubiera que elegir entre las vainas y los futuros amos de nuestras vidas - seres tan extraterrestres como los integrantes de los cárteles de la droga o los maras salvatrucha -  , la cosa está bastante clara.
Y uno se pregunta si tienen sentido, para quienes padecen de pobreza, hambre, frío y otras alienaciones de la condición humana "sana", hablarles de la emoción de vivir, el espíritu humano o la libertad. En ésta época, antes que invasores del espacio, los pods (nombre original de las vainas) podrían representar una esperanza para nuestra supervivencia.

Daniel Salvo

sábado, 9 de junio de 2012

Aunque siga brillando la luna (Ray Bradbury)

(Ray Bradbury, 1920 - 2012)

¿Qué se puede decir respecto a la muerte de un ser humano, sobre todo si ese ser humano es nada menos que Ray Bradbury, el autor de hitos literarios como Fahrenheit 451, Crónicas marcianas, El hombre ilustrado o El país de octubre? Imposible pensar en Marte sin imaginarnos a su principal cronista, o ver arder un libro (o ver ciertos programas de televisión, que viene a ser lo mismo) sin recordar que está ardiendo a 451 grados fahrenheit...
Por el momento, mejor es recordarlo por sus obras. Por sus maravillosos cuentos, que se despliegan por casi todos los aspectos de la vida humana, en este y otros mundos. Como el muerto Marte del relato Aunque siga brillando la luna, donde asistimos al encuentro entre una pujante humanidad terrestre, capaz de llegar a otros planetas gracias a sus avances científicos, y los restos de una civilización más que milenaria que decidió abordar la existencia desde una perspectiva menos tecnofílica y acaso más humanista, aún a riesgo de su extinción. Pero, ¿acaso algo dura para siempre? Los más poderosos reinos de la antigüedad acabaron siendo meras páginas en los libros de historia, si es que al menos han llegado a formar parte de la misma.
Esta humanidad terrestre, prepotente y conquistadora, alberga sin embargo a individuos capaces de sostener una visión diferente, capaces de entender la belleza de unas ruinas que son, sin querer, un monumento a la existencia de una raza desaparecida. Y en ese arrebato de belleza, uno de estos individuos dejará de lado su humanidad - al menos, la humanidad que se expresa a través del poder y la fuerza bruta - , para asumir la defensa de algo muerto e inútil, pero que expresa la belleza que este individuo ha logrado en su propia existencia humana. Sin quererlo quizá, se convertirá en el último marciano, el defensor de una ciudad en ruinas desvaneciéndose en el polvo de un rojizo atardecer.
Imposible no percibir la belleza triste de las cosas que desaparecen, o que desaparecieron, las personas y los lugares que alguna vez significaron algo bueno en la vida y que tarde o temprano no serán más que recuerdos. Pero en este cuento, acaso Bradbury nos ha querido decir que nadie puede quitarnos la belleza y la luz de la existencia, aún cuando esa belleza y esa luz no sean otra cosa que recuerdos de un mundo perdido. Pero también es cierto que conservar tan preciosos dones tiene un coste muy alto, como puede serlo la propia vida.
No deja de ser curiosa la similitud de Aunque siga brillando la luna con un texto de Jorge Luis Borges - autor del prólogo de la versión en castellano de las Crónicas marcianas; su Historia del guerrero y la cautiva, en la cual se narra el curioso caso de Droctulft, un bárbaro que pasó de invasor a defensor de Roma, impresionado acaso por una belleza de orden distinto a lo que conocía, pero capaz de conmoverlo y trastocar su espíritu. Tal vez al astronauta de Bradbury le ocurrió lo mismo que a Droctulft, o como diría Borges, no existe ni uno ni otro, sino que son el mismo. Y entonces, este texto borgesiano acaba siendo parte de la crónica de Bradbury:

" ... y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación..."

Bradbury, Borges, ambos ya muertos... Tal vez las dos caras de una misma moneda.


Daniel Salvo

jueves, 31 de mayo de 2012

Editorial: El cuento y la ciencia ficción



¿Qué tienen en común Canción de hielo y fuego, Harry Potter y Los Juegos del Hambre? Pues que se trata de novelas, grandes y gordas novelas que, para colmo, son partes de n-logías que parecen no acabar nunca, sin contar con el hecho de que, en cualquier momento, aparece la "precuela" del caso, que suele ser otra novela de esas tan extensas, que los españoles han tenido a bien bautizar como "tochos".
Ahora, el que se trate de tochos, no implica que su calidad sea baja o mediocre. Pero entre tanto tocho, entre tanta novela, uno se pregunta: ¿y qué fue del cuento de ciencia ficción?
El cuento, tan venido a menos últimamente, al menos en la ciencia ficción, ha dado auténticos clásicos del género, las situaciones irrepetibles que no pueden darse sino en la ciencia ficción... ¿qué sería de nuestro mundo sin Es una buena vida de Jerome Bixby, Todos ustedes zombies de Robert Heinlein? Y si hablamos de cuentos peruanos, El día trágico de Clemente Palma, estoy seguro, debe haber causado entre los peruanos de 1910 el mismo impacto que la transmisión radial de la versión de La guerra de los mundos de Orson Welles.Y la impresionante produccion cuentística de José B. Adolph aún está pendiente de ser reeditada.
Claro, tiene más empaque reseñar novelas que antologías o colecciones de cuentos. Tiene más empaque, y es más fácil: después de todo, "una novela trata acerca de...", mientras que varios cuentos "tratan" diversas temáticas. Una novela tiene una fecha, los cuentos, varias...
En lo que a mi respecta, trato de estar al día con la ciencia ficción (y la fantasíá, y el terror) del Perú y del mundo... Lo que, en los tiempos que corren, implica (inevitablemente) sumarme a los lectores de tochos y n-logías. Aún no leo nada de la saga de George R.R Martin (qué obsesión por las iniciales tienen los gringos), y me imagino que cuando eso ocurra, pasará un largo tiempo sin que pueda actualizar el blog. Y posiblemente, ni siquiera redacte un comentario al respecto.
Pero el tiempo puede estirarse... y entre los intersticios que deja la novela, puede caber uno que otro cuento. Y volver a encontrarse con esa suerte de cápsula de sentido de la maravilla que nos da un cuento de ciencia ficción, clásico o nuevo, y entonces, estirar el tiempo también para comentarles las impresiones que dejan a lo largo de la vida esos cuentos.
Y lo mejor de todo, es que ahora se puede comentar un cuento (o una novela) sin la sensación de culpa que producía, hasta hace poco, la convicción de que tales ficción o eran muy caras o eran imposibles de encontrar en las librerías de turno. Hoy por hoy, gracias a la cada vez más creciente disponibilidad de libros electrónicos, el lector puede acceder al otrora clásico inhallable como a la última novedad editorial, apenas haciendo click.
De modo que tenemos Ciencia Ficción Perú para rato... y ahora con más cuentos.

Daniel Salvo

domingo, 13 de mayo de 2012

Relato "Minuto 23" (Sebastián Esponda)




 

MINUTO 43

Sebastian Esponda



Fui al estadio para ver la final del campeonato. A duras penas conseguí acomodar mi trasero entre dos tipos gordos y borrachos. Me sentía como un renacuajo en un mar repleto de ballenas. En esta tribuna, todos miraban el partido de pie y se abrazaban y saltaban y el piso de cemento temblaba como si fuera de madera. Las nucas rollizas y las espaldas sudorosas me impedían disfrutar del partido. Sin embargo, parándome de puntillas sobre el cemento, a veces me las arreglaba para pescar algún detalle: la pelota volando por los aires, una tarjeta amarilla, un jugador cobrando un lateral, incluso algún corner. Sólo fragmentos. Menos mal que tuve la precaución de llevar la radio: la voz del narrador me ayudaba a construir el partido.

Gracias a la radio supe que, a dos minutos del final, el árbitro había decretado un penal en contra de mi equipo. Pude ver, por entre una abertura que dejaban dos caderas, al arquero en el centro del arco besándose los guantes, y al jugador rival parado con las manos en la cintura, escupiendo cada cinco segundos. El árbitro, en una esquina, miraba su reloj mientras conversaba con el juez de línea. Dos policías se acercaron para protegerlo de la lluvia de papeles, manzanas y botellas. Luego, el árbitro corrió hasta el borde del área chica y encastró el pito entre sus labios. Entonces sucedió.

Percibí una especie de centelleo detrás de mí, un zumbido en mis orejas, y, de inmediato, una explosión a lo lejos. Luego se impuso un silencio con olor a pólvora. Todos a mi alrededor comenzaron a correr. Eso me permitió, por fin, ver la cancha en su totalidad. A diez metros del arco, un jugador de polo amarillo se retorcía sobre el césped y se agarraba la cabeza con ambas manos. Sangraba. Alguien bajó a grandes zancadas y me golpeó el hombro. La radio cayó al suelo. Me agaché para recogerla. Cuando levanté la vista, descubrí que me habían dejado solo. Comprendí la situación.

Alguien me señaló desde la última grada. Los hinchas del jugador herido, vestidos de amarillo, cruzaron todo el campo hacia la tribuna donde yo me encontraba. Un tropel de policías hizo lo mismo. El instinto me obligó a moverme y gritar al mismo tiempo: yo no fui, yo no disparé esa bengala. Fue inútil. No se detuvieron.

Llegué hasta la puerta del estadio y me mezclé con la multitud nerviosa. Encendí un cigarrillo para simular tranquilidad. Un muchacho que no pasaba los quince comenzó a gritar mientras me apuntaba con el dedo acusador. Eché a correr por las calles, huyendo de la turba amarilla.

Doblé en la primera esquina. Corrí con todas mis fuerzas. No volteaba, pero sabía que estaban cerca. Podía escuchar sus insultos y amenazas. Los transeúntes también volteaban y, asqueados, se apartaban de mí, como si yo arrastrara una enfermedad mortal dibujada en mi rostro.

Un camión les cortó el paso y les pude sacar una pequeña ventaja. Mis piernas ya no respondían. Tenía que esconderme. Encontré un callejón estrecho. Me refugié en la oscuridad, atorado entre dos paredes. Temblaba de cansancio, sudaba sin parar, me ahogaba.

Escuché sus voces en el callejón. Hincaban algunos montículos de basura con el asta de las banderolas. Se acercaban. Traté de avanzar hacia el fondo, pero el callejón era muy angosto; las paredes me rasguñaban mientras me deslizaba con desesperación. Contuve la respiración. Quería desaparecer. Intenté pensar que no estaba allí.

En la oscuridad del callejón, percibí la mirada vibrante de dos ojos diminutos. Era una rata. Pensé, por un momento, que mi única salvación sería convertirme en una. Quería empequeñecerme y huir por una rendija como ella. O tal vez trepar por las paredes hasta llegar una ventana. Entonces sentí que mis miembros, progresivamente, se iban encogiendo dentro de mi ropa y que unos pelos hirsutos comenzaban a poblar todos mis poros. Algo comenzó a picarme en el trasero. Algo comenzó a crecer. Era la cola. Me asomé por la boca del pantalón y escapé.

El mundo creció y el tiempo se hizo mucho más lento. Atravesé un agujero y me perdí en la oscuridad de un largo túnel. Mis patas chapotearon dentro de los desagües. Esquivé desperdicios y otras cosas que identifiqué por el olor. Me movía por instinto.

Un rumor se acercaba, crecía y al final se transformaba en un montón de ratas que me empujaban y me olisqueaban. Me uní a la turba. Recorrimos túneles y túneles, en medio de la humedad y la putrefacción.

Sin embargo, algo nos detuvo y nos apretujamos en una confusión peluda y caliente. Era una malla metálica. No nos dejaba continuar. Chillamos. El ruido me enloquecía. Mis incisivos castañeteaban. En medio del forcejo, muchas aprovecharon para aparearse con el que tuvieran al costado. Una se restregó contra mí y me clavó dos dientes en la espalda.

Finalmente, la malla cedió. Rodamos. Una vez que conseguí pararme sobre mis cuatro patas, recibí la embestida de todas. Patas y dientes encima de mi lomo. Colas azotando mi nariz. Mordiscos a diestra y siniestra. Era extraño: como si se hubieran dado cuenta de que yo era diferente y me castigaban por eso.

Vi una luz al final del túnel y decidí escapar por ahí. Penetré en el círculo blanco y sentí una especie de vacío. Caí. Alcé la mirada y las contemplé cayendo igual que yo. Una lluvia de ratas, pensé. Quise sonreír pero no tenía control sobre los músculos de mi rostro.

Caímos sobre el mar. Recordé que no sabía nadar, pero llegué hasta la orilla con mucha rapidez. Intenté escabullirme dentro del basural. Encontré un cilindro de vidrio y me introduje por un agujero. Una botella partida. Emití un chillido cuando sentí las astillas de la abertura surcando mi piel. La luz del sol se colaba entre frutas podridas y papeles y llegaba débilmente hasta tocar la botella. Todo era verde. Me acurruqué al fondo, pegando mi hocico a la base de la botella. Observé, a lo lejos, cómo las ratas olfateaban cualquier cosa que tenían enfrente. No tardarían en dar conmigo.

Siguiendo el rayo del sol, alcé mis ojos y descubrí el revoloteo de unas gaviotas. Me hubiera gustado volar como ellas, para perderme en el cielo. Una gaviota descendió sobre el basural y se posó sobre una caja de cartón vacía. Sus alas se plegaron, simétricas, acomodándose perfectamente a ambos lados de su cuerpo. Todas las plumas eran idénticas y formaban líneas regulares. Intenté contarlas. La gaviota clavó sus ojos en mí y, de alguna forma, comencé a escuchar el retumbar de su corazón en mi propio pecho. Instantáneamente, mis huesos se volvieron huecos. Huecos pero también sólidos. Y los pelos de mi cuerpo crecían y se volvían plumas.

Empecé a aletear. Busqué la altura. Sentí la resistencia del aire. Mis plumas giraban, se abrían y cerraban, igual que las persianas. Bajé la cabeza y emití un extraño graznido para despedirme de las ratas que se amontonaban alrededor de la botella. Mis pulmones se expandieron sin ninguna dificultad.

Atravesaba las nubes y me precipitaba a mar abierto dejando atrás el humo de la ciudad. Me uní a una parvada de gaviotas. Avanzamos juntas un largo trecho, cada una separada de la otra por la misma distancia, formando una especie de triángulo.

Segundos después, el triángulo de deshizo intempestivamente y todas comenzaron a golpearme con sus alas y sus picos. No pude sostener la pelea por mucho tiempo. Dejé de aletear y caí. Poco antes de estrellarme contra el mar, reaccioné y fui capaz de planear al ras del agua.

Esta vez era imposible esconderse. No había huecos donde cobijarse. Las gaviotas no me dejarían tranquilo. De hecho, una de ellas se aproximaba a toda velocidad, en picada, encabezando la parvada furiosa. Estaba perdido. Volaba en círculos, asustado, sin saber adonde ir. Estaba encajonado entre el mar y el espacio abierto. Resolví que la única forma de escapar sería convertirme en algo más grande que el cielo y el mar. Y pensé que sólo si fuera una especie de dios podría lograrlo: nadie podría encontrarme porque estaría en todas partes y en ninguna. Dejaría de ser esclavo del espacio, y también del tiempo, y dejaría de tener un cuerpo y me convertiría en puro pensamiento y voluntad. Cerré mis ojos amarillentos, como si rezara, y me resigné a los picotazos.

Cuando abrí los ojos, seguía siendo una gaviota. Es decir, todas las gaviotas. Y también las ratas que inundaban el basural. Y el mar. Y el cielo. Todo al mismo tiempo. El universo reveló sus secretos. Comprendí la verdad, la verdad con mayúsculas, la única verdad. El sentido de la naturaleza. Es difícil explicarlo con palabras, lo sé, pero eso fue lo que sucedió.

Me dediqué a vagar por el firmamento en una fracción infinitesimal de un segundo y aprendí el nombre de muchos otros como yo. Nombres indecibles que están más allá del lenguaje, del tiempo y del espacio.

En un grano de arena, me reuní con los otros dioses. Los saludé con los destellos de una supernova que explotaba en los albores del universo. Pero ellos notaron mi presencia y se volvieron contra mí. Querían destruirme. Me persiguieron durante millones de años o durante la fracción de un segundo, no lo sé muy bien. Me persiguieron por toda la superficie del grano de arena que era igual a la superficie de todo lo conocido y por conocer. ¿Cómo escapar de todos y de nadie? Más me hubiera valido volver a ser un hombre.

Y lo fui. Y aparecí en el estadio, parado en el centro de la tribuna, con una radio en la mano, mirando cómo una turba de camisetas amarillas cruzaba el campo de juego a toda velocidad.


* * *


Sebastián Esponda estudió Ingeniería Mecánica y posteriormente una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), intenta terminar su tesis sobre el primer nueva corónica y buen gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala. Fue publicado en Creación literaria 2000, recopilación de trabajos de creación literaria de Estudios Generales de la PUCP. Ganó el primer premio de cuento en el concurso Diálogo entre culturas 2001, organizado por la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP, y con patrocinio de la UNESCO. Obtuvo el segundo lugar en el Concurso de juegos florales 2002, del Centro Federado de la PUCP. Tuvo una mención honrosa en el III Concurso de cuentos Crisol, Lima 2003, y fue finalista en la XIV Bienal de Cuento Premio Cope 2006. En enero del 2012 publicó su libro de cuentos El polvo de los grandes. Su correo electrónico es esponda.sm@hotmail.com



El polvo de los grandes (Sebastián Esponda)







El polvo de los grandes


Sebastián Esponda

Lima, 2012

Edición de autor



Sorprendente incursión en la narrativa del enigmático Sebastián Esponda, de quien esperamos continúe en la misma senda creativa. El polvo de los grandes es un conjunto de relatos bastante logrado, de temática variada, no siempre asentada en el terreno de la literatura fantástica o la ciencia ficción, géneros a los que el autor aporta una visión entre irónica y melancólica de la existencia.

Así, el tema de los avances científicos que dan lugar a mecanismos que reemplazan o hacen innecesario el contacto humano es tratado en el cuento “Líquido pesado”, advirtiéndonos sin embargo que esta modernidad no logra enmascarar la soledad que termina por absorber a la protagonista,  augurando así el universo compuesto por seres humanos que no son otra cosa que personalidades vacías pero plenamente conectadas, universo al que estamos llegando con nuestras redes virtuales y conexiones inalámbricas. “Pasión por la imagen”, un relato digno de figurar en cualquier antología de literatura fantástica, nos ofrece una historia en la cual seres inanimados desarrollan una especie de consciencia basada en la vanidad antes que el intelecto, y de paso nos muestra los extremos a los que a veces llegamos con tal de ser vistos, aunque eso no implique necesariamente el ser conocidos.  En cambio, “La masa que cayó del espacio”, a pesar de su sugerente y lovecraftiano título, no deja de ser una fantasía adolescente en torno al sexo, aunque diestramente narrada, con toques humorísticos.

Más inquietante resulta “El cassette rojo”, a medio camino entre el relato policial y la ciencia ficción, donde la investigación de los pormenores de un crimen, registrado mediante el cassette del título, termina por conducirnos a un posible fin del mundo. “Un roble macizo como un elefante” cae de lleno en la ciencia ficción, con una ambientación futurista magnífica y un final sorprendente que bien podría darle la categoría de clásico: en un futuro lejanísimo, el entorno humano ha cambiado de manera radical, al punto que los humanos habitan el espacio alrededor de la Tierra, mas no la Tierra misma. Y, obviamente, el entorno ha acabado por transformar al hombre mismo, al punto que este mismo es incapaz de reconocer su humanidad... o la falta de ella. “Minuto 43” reflexiona en torno a la naturaleza contingente del universo, cuya existencia puede alterarse por completo de un momento a otro, partiendo de un escenario tan banal como la tribuna de un estadio en el cual el protagonista se encuentra expectando un encuentro deportivo, para terminar perdido en los confines del espacio-tiempo. “Zoopsia” juega a la vez con nuestro temor a la naturaleza y con nuestra presunción de ser, los humanos, el producto más elevado de la evolución, recordándonos que no somos más que un tipo distinto de animal. O al menos, así podrían vernos otras especies inteligentes, aunque no necesariamente humanas...o animales.

Por último,“El polvo de los grandes”, irónico a más no poder, y de muy recomendable lectura en esta época de emprendedores y pontífices del mercado, nos recuerda que muchos descubrimientos no son más que recuerdos, y que la grandeza del ser humano no está en su capacidad de aprovecharse de la naturaleza o de otros seres humanos, sino en su capacidad de crear.


Daniel Salvo

martes, 1 de mayo de 2012

Editorial: Por la literatura electrónica




El fin de semana, estuve conversando con unos amigos en un lugar público que, sin ser necesariamente caro, contaba con wi-fi. En una mesa cercana, un comensal encendió su teléfono celular, pero no para efectuar o recibir llamadas, sino para ver algún programa de televisión transmitido digitalmente. Otro revisaba su cuenta twitter. Y un servidor aprovechó para descargar un libro electrónico en su tablet.

En algún momento, mis amigos y yo lo tuvimos claro: casi todos los clientes de lugar tenían algún dispositivo con capacidad de ingresar a Internet, de manera inalámbrica.

Sin recurrir a un cálculo estadístico, podría decirse que la mayoría de asistentes contaba con el sistema Android en sus equipos, el cual permite “bajar” aplicaciones, entre ellas, lectores de libros electrónicos para (prácticamente) todos los formatos disponibles (ePub, FB2, TXT, Kindle, Mobi, PDF, etc.).

En otras palabras, virtualmente hablando, una gran mayoría de usuarios TENÍA UN LIBRO EN LA MANO.

Y si proyectamos el hecho de que los teléfonos celulares de última generación son, básicamente, “smartphones”, y que además las tablets como la Galaxy o el iPad se han vendido muy bien en el último año, tenemos que, en los hechos, LA DIFUSIÓN DEL LIBRO SE HA PRODUCIDO YA, A NIVEL NACIONAL.

Lo recalco: LA DIFUSIÓN DEL LIBRO SE HA PRODUCIDO YA, A NIVEL NACIONAL.

Díganme qué sentido tiene, a estas alturas, quejarnos por la ausencia de librerías en ciudades que no son Lima, por la falta de bibliotecas escolares, por el elevado precio de los libros publicados en papel, si, como se muestra en la gráfica, en los Estados Unidos, el negocio de la venta de ebooks va viento en popa, y no afecta la venta de libros en papel. Díganme si el precio promedio de U$ 9.99 para los libros electrónicos (además de la oferta de precios menores, con tendencia a la gratuidad) basta para cerrar la boca a los apocalípticos que hablan de la muerte del libro y de la cultura escrita.

Pero, ¿se condice esto con los índices de lectoría, sobre todo, en el Perú? ¿Sirve de algo que niños, jóvenes y adultos tengan dispositivos de lectura electrónica portátiles (ya se trate de tablets, teléfonos celulares o e-readers, bastante escasos en nuestras tiendas, por cierto), si los usan para jugar o comunicarse , en lugar de leer “Juego de Tronos”, por ejemplo?

Démonos cuenta de que se trata de problemas distintos. De hecho, es insoslayable que el próximo gran tema de discusión va a ser el cómo remunerar a los creadores de contenido en la Internet, dado que es más fácil reproducir dichos contenidos, con o sin la autorización de sus creadores. De la misma manera, hablar de elevar el índice de lectoría en el Perú es muy distinto a reconocer que, hoy por hoy, hay más peruanos con “libros” en la mano que en décadas anteriores. Si bien la Internet aún no es masiva (al menos, no tanto como los teléfonos celulares), su uso se incrementa cada día, de manera que no es descabellado pensar que pronto tendremos a un país real y totálmente interconectado.

¿Sabremos aprovechar esa interconexión? En el caso concreto de los libros y lectores, ¿alguien está anotando que hay cada vez más “libros” en los bolsillos de los (reales y potenciales) lectores?

Daniel Salvo

domingo, 15 de abril de 2012

Omega (Jack McDevitt)



Siendo el cuarto volumen de la serie “Las máquinas de Dios”, estamos en el mismo universo en el cual las denominadas Nubes Omega arrasan cada cierto tiempo con cuanto indicio de civilización exista en el universo. El mismo universo en el cual la capitana Priscilla Hutchins, ahora dedicada a otras actividades, se ha casado, ha tenido una hija y realiza labores que tienen más que ver con la asesoría en misiones espaciales que con su especialidad, esto es, la de piloto de naves espaciales.



Mientras tanto, se ha descubierto otra especie extraterrestre que está pronta a ser devastada por las nubes Omega, los seres denominados goompah, quienes pese a llevar milenios en su planeta, apenas han desarrollado una tecnología muy similar a la de la edad de hierro terrestre. En cambio, son tremendamente racionales, sexualmente desprejuiciados y muy sociables, a su manera, claro está. La descripción de la sociedad goompah y su entorno recuerda a las teorias elaboradas por Jared Diamond en “Armas, gérmenes y acero”.



Una vez descubiertos, en la Tierra se plantea la posibilidad de salvarlos de alguna manera, puesto que aún se desconoce la manera de repeler el ataque de las nubes Omega. Pero el ingenio humano parece no tener límites: si bien no se puede destruir la amenaza, se le puede engañar, o distraer de alguna manera, y esta es crear señuelos o distractores que, en todo caso, minimicen los efectos devastadores de las nubes Omega.

El tiempo que las expediciones humanas tardan en diseñar una estrategia, lo emplean en comprender la cultura goompah, en un estilo que nos recuerda a algún episodio de Star Trek, con su directiva de “no intervención” en planetas en los cuales el nivel evolutivo no haya llegado a un estadío determinado… directiva que siempre acaba por violarse, al punto que un contacto directo con algunos moradores del planeta se llega a producir. Empero, las circunstancias apremian, las nubes Omega se acercan, y los terrestres deben optar entre sus deseos por establecer un contacto “formal” con dichas criaturas, o apelar a las creencias religiosas de las mismas, hacerse pasar por divinidades y llevar a cabo su plan de salvamento.

Mucha acción, los personajes correctos, sin ir más lejos (las escenas que describen la vida familiar de Priscilla Hutchins son totalmente prescindibles), y un enigma científico que, si bien resuelto en muy pequeñas dosis, provoca la suficiente intriga como para desear leer, pronto, el siguiente libro de la saga.



martes, 3 de abril de 2012

Editorial: Los juegos del hombre



Hasta 1989, creo, podemos decir que la percepción que teníamos del ser humano (es decir, de nosotros mismos), era la de seres solidarios, inteligentes y “buena gente”. Los elementos criminales y violentos de la sociedad parecían ser individuos “enfermos”, quienes, felizmente, ya no tendrían razón de ser en un futuro en el cual las promesas de la modernidad se habrían cumplido. Esa visión se vería reflejada en aquellas ficciones, cinematográficas o televisivas, en las que el triunfo del bien sobre el mal era el producto del trabajo de equipo, de la cooperación, del “espalda contra espalda” enfrentados al resto del mundo (aunque parezca contradictorio expresarlo así).

No sabría precisar en qué momento esta visión del ser humano (mediática, por supuesto) ha ido a dar al tacho de basura, para encontrarnos con un mundo extremadamente individualista, cuyo horizonte filosófico podría condensarse en las frases “yo primero” y “sálvese quien pueda”.

Los juegos del hambre (la película, no he leído ninguna de las novelas de Suzanne Collins aún), bien podría definirse como el primer manual de autoayuda audiovisual del siglo XXI. Los “héroes” lo son a su pesar, pues ni sus actos obedecen a otro objetivo que no ser asesinados en los juegos del título, ni su éxito traerá mayores consecuencias en la sociedad que los circunda... al menos, en esta película, la primera de una trilogía.

La trama principal de Los juegos del hambre no difiere mucho de películas como The running man (El fugitivo, protagonizada por Arnold Schwarzenegger) o la japonesa Battle Royale: en una sociedad futurista, surgida de una guerra civil, los perdedores deben ofrecer anualmente, como tributo a los ganadores, dos jóvenes (incluso niños) que deben participar en los Juegos del hambre, competición de la cual sólo puede haber un ganador, y esto ocurre cuando todos los demás competidores han muerto. El ganador, o ganadora, retorna a su lugar de origen cargado de riquezas.

¿Estamos ante una distopía, o ante una visión de la (actual) naturaleza humana? Como en El fugitivo (o como en El círculo de la muerte, de nuestro Abraham Valdelomar), el espectáculo que se basa en la muerte de uno o varios seres humanos es apenas la punta de la madeja de toda una estructura comercial montada para el enriquecimiento de los patrocinadores de siempre. Pero es que, a mi entender, la película Los juegos del hambre no se enfoca tanto en describir una sociedad distópica o insólita, sino en describir al dis-individuo, al producto de esta sociedad. Recordemos que en El fugitivo, teníamos el caso de un inocente obligado a participar en una competición mortal. En Los juegos del hambre, la inocencia es relativa: los competidores, o tributos, están preparados para dichos juegos, al punto que algunos disfrutan el hecho de haber sido seleccionados para participar, aunque tal placer implique el matar al primer competidor que tenga a su lado. Las víctimas no son rebeldes, sino colaboradores.

De otro lado, resulta espeluznante cómo ha variado nuestra visión de la infancia: de ser un espacio para la felicidad y la inocencia, ha pasado a ser un mero estadío previo a la angustiante e hipercompetitiva existencia adulta que nos espera a todos. Si para sobrevivir hay que ser competitivo (¿emprendedor?)… ¿por qué demorar el inicio en la vida competitiva? ¿Por qué no fomentar la competitividad en la escuela secundaria, en la escuela primaria, en la escuela inicial? No nos extrañe que las olimpiadas escolares de toda la vida sean pronto reemplazadas por nuestra propia versión de los juegos del hambre (originales y machistas como somos, bien podriamos llamarles los juegos del hombre), con sus muertos y heridos.

¿Estamos ante un mero signo de los tiempos que corren? ¿Una etapa en la historia humana que, como muchas otras, acabará por perder vigencia? ¿O estamos ante un callejón sin salida? En todo caso, Los juegos del hambre es una de las películas que, con seguridad, marcarán a las generaciones contemporáneas


Daniel Salvo