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viernes, 23 de marzo de 2012

Snow Crash (Neal Stephenson)


Esta novela fue publicada en 1992. En el Perú, estábamos conociendo recién las computadoras personales "compatibles" 386, el sístema operativo de moda era el DOS, las memorias RAM y ROM se expresaban en megabytes y todavía se utilizaban los "floppy disk", que algún despistado intentó alguna vez extraer de su funda, inutilizando así el dispositivo. La internet ni siquiera se imaginaba.
Estamos en 2012, veinte años después de la primera edición de "Snowcrash", y a pesar del tiempo transcurrido, puedo decir que se trata de una novela que no parece haber sido escrita ayer, sino mañana. Tal es su poder prospectivo, además de la desafiante propuesta especulativa que plantea, a saber, la existencia de un virus capaz de afectar no solo a las computadoras, sino a los cerebros humanos, virus que habría sido creado nada menos que en la antigua Sumeria, y que se ha conservado hasta nuestros días (bueno, principios del siglo XXIII).
Y esta parte de la trama parece nada comparada con el resto. Un futuro en el cual los gobiernos prácticamente han caído, y la sociedad se organiza en base a zonas liberadas por franquicias u otras entidades privadas (¿les suena algo lo de "zona liberada" por el narcotráfico o el terrorismo?), ciudades flotantes (la "Almadía") compuestas por cientos de embarcaciones, jefes mafiosos que venden pizzas, mutantes, "skateboards" con ruedas inteligentes, bibliotecarios virtuales y el Metaverso, la realidad virtual en la cual o tienes un avatar (término utilizado por Stephenson en esta novela de 1992) decente o no eres nadie.
Es decir, o Stephenson era un viajero del tiempo o tiene una imaginación que vale su peso en oro, además de una visión que abarca aspectos tanto técnicos como políticos y económicos, de esos que hacen intuir al lector que está leyendo algo más que una aventura futurista, pero que no siempre se puede captar a la primera. O Stephenson estaba muy avanzado ya en 1992, o nuestra educación promedio peruana ha llegado a extremos aterradores en su retraso. De hecho, a pesar de haber leído hace buen tiempo otra de sus obras, La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas, no encuentro aún la manera de comentarla de manera que le haga justicia.
Por otro lado, la aventura que se relata en Snowcrash basta para una lectura gratificante. El personaje principal, Hiro Protagonist (Héroe Protagonista, como lo aclaran todas las reseñas que he leído), es un repartidor de pizzas (sic) que en el Metaverso ostenta el avatar de un espadachín experto en el arte de la espada japonés. Un buen día, encontrará a un amigo suyo en estado catatónico: aparentemente, ha probado una droga que ha dañado su cerebro de manera irreversible. Posteriormente, descubrirá que en realidad su amigo ha sido afectado por el Snowcrash, un virus informático que no sólo afecta a los computadores, sino a los seres humanos. Al tratar de investigar el origen de ese virus, descubrirá el hilo de una madeja que lo llevará a un megalomaníaco líder religioso quien, como no, planea conquistar el mundo, desatando, mediante el Snowcrash, el infocalipsis, una nueva Babel para la humanidad. Sus habilidades como espadachín y motociclista (y sus contactos como repartidor de pizzas), ayudarán a Hiro a enfrentar estas amenazas, conseguir a "la chica" y... bueno, lo que sea que le quede por hacer en ese alucinante futuro creado por Neal Stephenson.
Espadas, pizzas y virus informáticos/neurolingüísticos, sazonados con uno que otro toque de humor (norteamericano)...  ¿qué más se puede pedir?

Daniel Salvo

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Anatema (Neal Stephenson)



La extensión de Anatema presupone un estado especial de disposición a la lectura que, en nuestro vertiginoso mundo del siglo XXI, es cada vez más difícil de conseguir. Son mil y pico de páginas, con apéndices y alguno que otro diagrama de esos que provocan escalofríos en aquellos que a duras penas logramos aprobar trigonometría o álgebra en nuestra etapa escolar. Advertidos quedan.
Pero una vez que se le coge el ritmo, la novela atrapa al lector y no lo suelta así como así. La capacidad de Neal Stephenson para crear entornos cautivantes con auténticos ladrillos de información científica, amenizados con diálogos y reflexiones de índole filosófica que bien podrian pasar por monografías en torno a la epistemología, las relaciones entre materia y consciencia, sociología, política... El paraíso de un humanista.
Nos encontramos en un mundo llamado Arbre, muy similar a nuestra Tierra (en la novela se explica el por qué de este parecido), en el cual la vida intelectual se ha organizado de manera muy semejante a la llevada en los monasterios de la edad media. El autor recurre a neologismos a través de los cuales no es difícil rastrear términos como convento, novicio, santo, hermano, fraile y similares. Sólo que estos "fras" o "surs" (hermanos o hermanas) no necesariamente profesan algún credo religioso, sino que han optado (o han sido incorporados) a diversas órdenes cuyo objeto es la búsqueda y creación de conocimiento, una tarea que la civilización de Arbre ha decidido encomendar exclusivamente a los miembros de esas órdenes, en vista de lo cual deben adoptar estilos de vida monacales, aislados de la sociedad en sus "concentos", que sin embargo abren sus puertas al mundo exterior en ciclos que varían de un año a un milenio (!), sin contar las leyendas que se tejen respecto a la existencia de "concentos" que se comunican con el resto de la humanidad tan sólo una vez cada diez mil años...
La acción de Anatema es narrada por fra Erasmas, a quien le ha tocado vivir en una época extraordinaria: la rígida disciplina de su concento se verá alterada por la aparición de una nave de procedencia desconocida, cuya presencia en el universo de Arbre nos permite apreciar que, a diferencia de las condiciones de vida casi premoderna que rigen en los concentos, el resto de la sociedad disfruta de un estadío de civilización muy similar al terrestre del siglo XXI. Hay internet, iPods (con otro nombre, obviamente), helicópteros, carreteras, edificios, camiones, militares y armas de destrucción masiva. Y ciertas tradiciones dan a entender que no es la primera vez que Arbre ha padecido, entre otras atrocidades, los efectos de una guerra nuclear.
La presencia de la nave de otros mundos provocará, entre otros efectos, intrigas entre los poderes fácticos de Arbre - los poderes que son -, así como el hostigamiento de la elite científica, cuyos integrantes verán afectadas sus respuestas frente al fenómeno a causa de la organización que los articula, donde un exceso de curiosidad puede provocar la expulsión de la orden a la que se pertenece... o la oportunidad de fundar otra orden. Sin dejar de lado el enigma que representa la presencia de la nave
Decir más sería ir contra el esfuerzo desplegado por Neal Stephenson por crear un universo tan rico y complejo, una cultura tan parecida a la nuestra y a la vez tan alienigena, que sólo puede ser conocida de primera mano, es decir, leyendo esta estupenda novela.

Daniel Salvo