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martes, 27 de diciembre de 2011

El cartero (David Brin)


Para buena o mala suerte, nunca estaremos seguros, Kevin Costner protagonizó una película en 1997, que en nuestro medio se tituló "Mensajero del futuro", y convertía al personaje principal, Gordon Krantz, en una especie de guerrero postapocalíptico, en un mundo al borde de convertirse en una pesadilla neonazi (como si fuera poco haber pasado por una catástrofe global que ha producido nada menos que la caída de la civilización). Si nos atenemos a la portada de la edición de Nova que tengo a mano, parece que estamos ante una suerte de Mad Max en versión norteamericana. Y si nos ponemos quisquillosos con el título, resulta que la novela ha sido distribuida en nuestro ámbito hispanoamericano como  El cartero,  Mensajero del futuro y El cartero (Mensajero del futuro). Por cierto, gracias a la Tercera Fundación por la labor de recopilación que realizan, realmente impagable, y que lleva a reflexionar en torno a los avatares que han sobrevenido a un título tan escueto como The postman.
Ahora bien, la novela tiene muchos puntos de contacto con la película, obviamente, pero creo que son más las diferencias. En el texto, ambientado en el año 2013, Gordon Krantz tiene un carácter mas bien melancólico y meditabundo, poco dado a la acción, a menos que sea absolutamente necesario. No le va mal con las mujeres, pero nunca deja de ser un llanero solitario. Y los personajes secundarios son menos predecibles que los de la película: jóvenes feministas que quieren cuidar del mundo, ingénuas inteligencias artificiales, guerreros modificados a la Capitán América, matriarcas bonachonas...
Si. El mundo postnuclear del cartero de David Brin tiene más oportunidades para la supervivencia que el violentista de Kevin Costner. Tanto así, que basta un uniforme usado y unas cuantas mentirijillas (si, tal como lo diría Ned Flanders en "Los Simpson"), para que un sinnúmero de colectividades acaben por creer que la "civilización" ha sido restaurada, que en cualquier momento dejarán de ser sobrevivientes para volver a ser ciudadanos, parte de una gran nación.
Entre los puntos de inflexión de la novela, creo que caben destacar dos: uno de ellos, el resurgimiento de la fe, no en el american way of life, sino en algo tan abstracto y a la vez tan esencial como es la educación. Es uno de los principales efectos que produce el paso del cartero Gordon Krantz a través de postamérica: las muchas veces apáticas sociedades rurales que quedan tras el holocausto han abandonado a su suerte a los niños. Si no hay país, ¿para qué ir a la escuela? Pero ni bien vuelven a creer que son parte de algo que está más allá del borde de sus pueblitos, consideran que esa ciudadanía merece el esfuerzo de formar parte de la misma, no como meros entes biológicos, sino como ciudadanos educados. El interés por la lectura y la educación "vuelven" espontáneamente, y son los niños, en muchos casos, los que llegan a considerar un castigo el que se les prive de un día de escuela, de aprender. El lado pesimista de esta utopía educacional reside en que, a fin de cuentas, la educación nunca llega a ser un fin en si misma sino un medio para obtener algo, ya sea material (una profesión universitaria nos capacita para ganarnos la vida) o inmaterial (ser un ciudadano, ejercer el derecho a voto, etc.). Pero sin beneficio a la vista... mejor nos ponemos a jugar.
Otro punto de inflexión está en el enfrentamiento final con los "malos", llamados por toda la población bienpensante "los holnistas", seguidores de la doctrina de Nathan Holn, un supervivencialista (sic) a favor de los derechos de los más fuertes, los más dotados, los más hábiles... obviamente en detrimento de los débiles, siempre empeñados en confabularse para que los fuertes y capaces no logren nunca sus objetivos (¿alguien dijo Ayn Rand?). Demás está decir que en los territorios dominados por los holnistas abundan los uniformes, hay un sistema jerárquico estricto y las mujeres deben sentirse honradas de pertenecer a "hombres de verdad". Fascismo en estado puro, al fin, sin mayor límite que la fuerza bruta, potenciada además por cierto proyecto militar que, para variar, tuvo efectos colaterales inesperados.
Por supuesto, la honestidad y la buena educación de Gordon Krantz (y un inesperado deus ex machina) le permiten superar a los holnistas, último obstáculo para su - ahora sí - proyecto de restauración de la civilización, que podemos o no cuestionar, pero que es definitivamente preferible al sueño psicópata de los holnistas.
De modo que el falso cartero del principio acaba convirtiéndose en un auténtico mensajero, alguien que ha logrado transmitir, de una edad a otra, el mensaje, las ideas que conforman el aspecto positivo de nuestro mundo actual, ese mismo mensaje al que alude otra novela postapocalíptica, La carretera de Cormac McCarthy, el fuego de la civilización, la cordura y la belleza.
El fuego que sólo pueder ser portado por los buenos.


Daniel Salvo

martes, 1 de febrero de 2011

Editorial: Educación




Ad portas de elegir al nuevo Presidente de la República, el ambiente político peruano vuelve a animarse. Pero, como siempre, se anima como una juerga en una chingana de mala muerte. La novedad es que ahora los políticos tienen cuentas en Twitter y Facebook, pero les dan el uso de siempre: insultos, puyazos y mentiras. No se aprecia, ni se vislumbra, un debate de nivel. Así estamos, pues como dice el refrán, a tal señor, tal honor. El elector peruano tiene los políticos que se merece, también.
Es por eso que la EDUCACION no suele aparecer como tema principal en el ambiente político. Para unos, apenas consiste en construir más colegios o aumentar el sueldo a los profesores. Para otros, algo que debe privatizarse y que sea lo que Dios quiera. Para los menos, tenemos el mejor sistema educativo del mundo.
Por supuesto, lo anteriormente señalado es lo que dicen los políticos de boca para afuera. Por que, en su fuero interno, les interesa muy poco o nada la educación. Y menos, la educación pública.
¿Por qué afirmo esto? Obvio. El político peruano suele hacer de la política una carrera para ascender a lo que considera un mejor nivel de vida, un mejor status. Con ese mejor status, se compra casa, carro y educa a los hijos en colegio particular "de prestigio". Y si su nuevo status gira en torno al colegio particular... ¿qué interés puede tener en la educación pública? Y siguiendo la secuencia, ¿qué interés REAL puede tener un político en la salud pública o el transporte público, si nunca va a rebajarse a utilizar esos servicios? Como dijo una connotada congresista: "La seguridad social es para los que tengan que padecerla". Igual que la educación pública.
Con lo que volvemos a descubrir que vivimos en un mundo de ciencia ficción distópica, descrito en películas como Gattacca y similares. El clasismo en que vivimos va a perpetuarse.
¿Se puede cambiar la situación? ¿La ciencia ficción puede darnos una salida, una respuesta?
Además de los viajes espaciales o temporales, la ciencia ficción se ha ocupado también de la educación. Una de las historias más escalofriantes que existen (pese a su aparente jocosidad) es "Y enseñar locamente" de Lloyd Biggle Jr., en la cual la educación escolar se impartía mediante la televisión. Los exámenes habían sido reemplazados por índices de audiencia (ratings), a partir de los cuales se verificaba la marcha del sistema educativo. La filosofía era la siguiente: si el niño observa la televisión, algo aprenderá. El resultado era que los profesores debían recurrir a técnicas histriónicas para intentar captar la atención de los alumnos. Entretenerlos antes que educarlos. (tal parece que en Chile han comenzado a aplicar esta teoría). Más melancólica (y completamente desesperanzadora) era la visión de Robert F. Young en "Treinta días tenía setiembre", en la cual la televisión también ha invadido los predios de la educación y cumple bien su función educativa... con la salvedad de que esta consiste en convertir al educando en un buen y eficiente consumidor, actualizando el automóvil cada año y que no tiene por qué extrañar cosas tan inútiles como los libros y los maestros, reemplazados por robots primero, luego por animadores de televisión. Así, en lugar de ciudadanos, obtenemos felices... emprendedores.
Las visiones mencionadas son y no son lo que parece ser el porvenir de la educación peruana. O bien un trasto inútil, o bien un adoctrinamiento para prosumidores, emprendedores, aspiracionales o el término que se ponga de moda. ¿Formar ciudadanos, buenas personas, gente con pensamiento crítico? Lo dudo. Lo que hacen falta son ingenieros, no filósofos.
Una gota de esperanza la pone David Brin en El cartero. La civilización - norteamericana, por cierto - ha caído, y los restos de población subsisten como pueden. No hay nada parecido a un sistema de enseñanza, ni interés por parte de los adultos o de los niños por la "educación". Sin embargo, el cartero del título logra hacer creer a la gente que la civilización ha sido restaurada... y esta argucia trae como consecuencia, entre otros cambios, un renovado interés por la educación, por la enseñanza de artes a punto de olvidarse, como la lectura. Lo interesante de la novela es que tanto los adultos como los menores manifiestan un gran interés en la creación de nuevas "escuelas". Al volver a sentirse parte de algo más trascendente que su entorno inmediato, entienden que la educación es la clave para vincularse mejor unos con otros. La buena educación no jerarquiza ni margina: une.
Tal vez esa sea la clave para la educación peruana de la siguiente década, no una institución dejada a su suerte o manipulada por intereses espureos, sino un punto de encuentro del escolar con la cultura que somos, donde el conocimiento vincule a la familia con el colegio y el resto de la sociedad.
Un lugar en el cual el maestro de escuela, hoy en día tenido como el profesional menos apreciado en el ranking de "emprendedores" , sea reconocido como lo que realmente es: el primer intelectual con quien nos encontramos en nuestras vidas, el que nos enseña a ser humanos. Nuestra sociedad sostiene que en la cúspide de la intelectualidad se encuentra el catedrático universitario. Puede ser para el caso del conocimiento especializado (que suena mejor que eso de "educación superior").
Pero eso debe cambiar: a nivel global, es el maestro de escuela quien debe ocupar el primer lugar en cuanto a consideración y apoyo, dado que el impacto de su desempeño marcará por el resto de su vida a los estudiantes que estén bajo su influencia. Gracias al maestro de escuela, entendemos la cultura como algo propio, cotidiano, de andar por casa, como dicen en otros lugares.
¿Cómo sería el mejor colegio, público o privado? Uno en el cual los alumnos, como jugando, intercambien libros. ¿Y el peor colegio? Aquel cuyos egresados se pregunten ¿en tu colegio había cholos?


Daniel Salvo, febrero 2011