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lunes, 23 de junio de 2014

Un muerto camina entre nosotros (compilador Germán Atoche Intili)


Zombies entre nosotros

Un muerto camina entre nosotros – Cuentos peruanos sobre zombies
Edita El gato descalzo
Compilador: Germán Atoche Intili
Ilustraciones: Raúl Ostos
Tanya Tynjälä, Marco Alberca, Gabriel Canessa, Sarko Medina Hinojosa, Rubén Mesías Cornejo y Daniel Salvo
Edita El gato descalzo
Lima, junio 2014



Dentro de las historias de monstruos, el zombie ocupa un lugar especial. No es para menos, dados los avatares que dicho ser ha afrontado. De ser una criatura de origen claramente  sobrenatural (un cadáver resucitado mediante el ejercicio de rituales o hechizos, vinculado inicialmente al vudú haitiano ), ha pasado a ser, por obra de su tratamiento cinematográfico, un “infectado”, cuya alteración se explica de manera seudocientífica (radiaciones, virus, enfermedades de origen desconocido). El zombie original se limitaba a servir a su amo, el actual, tiene un ansia insaciable de devorar carne o cerebros humanos.

Tal abanico de posibilidades ha sido aprovechado en el cine, la televisión, el cómic y la literatura escrita, al punto que ha llegado a hablarse de una saturación y decadencia del tema. Sin embargo, lo mismo se ha dicho desde hace años respecto a la ciencia ficción, el policial y la propia novela… a pesar de que la literatura en general sigue ahí.  Y es que lo que leemos es, al final de cuentas, al escritor, sea éste clásico o novel.


Con "Un muerto camina entre nosotros", nos toca apreciar las visiones y  aportes que nos ofrecen algunos narradores peruanos en torno al tema del zombie: está el zombie que es consciente de su propia transformación – y que no puede hacer nada para evitarla-, hasta el que asume de manera por demás gozosa su nueva condición, pasando por el tema de las relaciones ¿imposibles? de amor entre zombies y humanos, o entre los zombies y la explotación capitalista, sin faltar historias de corte más clásico pero igual de contundentes.

Cuidado lectores: estos zombies muerden.

martes, 1 de diciembre de 2009

La ciudad de los nictálopes (Tanya Tynjälä)




Hay, entre las innumerables clasificaciones que existen para la ciencia ficción y la fantasía, una que es denominada science-fantasy, que podría definirse, para ser breves, como un tipo de ciencia ficción que admite elementos sobrenaturales o fantásticos. Pensemos en las entregas de Hellboy, con su tecnología inconcebible que sirve para abrir las puertas del infierno. O los motores que funcionan a magia que describe el escritor inglés China Mieville en su universo de Bas - Lag. O en la saga de Star Wars, con sus caballeros jedi que rescatan princesas y se enfrentan a villanos con poderes inimaginables, secundados por robots y viajando entre las estrellas en naves que se desplazan a velocidades mayores a la de la luz...


Jugando con todos estos elementos, además de una acerba crítica a la rigidez y falta de imaginación de ciertas maneras de educar, la escritora peruana radicada en Finlandia Tanya Tynjälä nos ofrece una fábula futurista de sabor agridulce, en la que la comodidad sosa de una sociedad que pretende satisfacer todas las necesidades de sus ciudadanos no logra acallar las ansias de algunos por algo tan elemental como la libertad y el riesgo. Tal es el argumento central de La ciudad de los nictálopes, donde una niña con el gen del inconformismo desarrolla auténticas alas, que en la Ciudad Viviente N° 4 (una arcología regida por máquinas, encerrada en una cúpula de plástico para evitar el calor y la suciedad del exterior) evidencian una enfermedad que la convierten en parte de los marginados, seres tenidos por réprobos de una sociedad que les ofrece todo lo que necesitan para vivir... excepto libertad. Wriixka deberá ocultar lo más posible estas alas, que no sólo la convierten en diferente, sino que podrían llevarla a la ciudad de los nictálopes, que se le revela en sueños como un lugar donde las personas, aladas como ella, conviven en paz con la naturaleza y pueden hacer lo que quieran con sus vidas. Pero las cosas no son tán fáciles: la madre de Wriixka sospecha de los arranques de libertad de su hija, de quien desea un destino tan conformista y mediocre como el de ella, y vigila atentamente el comportamiento de esta. No en vano se nos informa que, en un principio, cortó las alas nada menos de que su marido y padre de Wriixka, el triste y abatido Triin, quien aún sueña con alguien que voló primero que él a la ciudad de los nictálopes, una mujer alada que voló hacia la luz que él nunca podrá alcanzar.


Pero no se crea que estamos ante una obra simple. Las descripciones de los diversos espacios de la Ciudad Viviente N° 4, producto de la planificación de cerebros sin cuerpos, son un auténtico placer para los amantes de la ciencia ficción. Desde las habitaciones de sus moradores, llenas de lujos y comodidades que ocultan en realidad férreos instrumentos de control, hasta los espacios públicos, que parecen urdidos por geómetra colosal y enloquecido. Diversos artilugios y dispositivos, además del siniestro secreto que se oculta tras la llamada regeneración, nos ofrecen una ciudad que podría ser pronto la nuestra, un emporio de chillonas diversiones que en realidad ocultan peligros y amenazas, escapismos que ocultan la más férrea de las cadenas.


Este es un libro que me habría encantado leer cuando tenía once años. Si bien considero que puede leerse con placer a cualquier edad, se enfoca a una etapa en la vida que todos hemos pasado (que, por cierto, no está exenta de un sutil erotismo), cuando empezamos a cuestionar nuestro entorno, cuando empezamos a analizar lo que hasta ese momento nos parece familiar y perenne, como es la familia, la sociedad, los valores, lo que se espera de nosotros y lo que realmente queremos hacer con nuestras vidas. Un libro para madurar, y para recordar que nunca es tarde para que nos crezcan alas.


La edición de La ciudad de los nictálopes cuenta con las hermosas ilustraciones de Sheila Alvarado, quien logra captar tanto la atmósfera entre impóluta y amenazante de la ciudad como la sugerente belleza de una niña que va dejando atrás la infancia.

Daniel Salvo