domingo, 4 de mayo de 2014

Que no desciendan las tinieblas (L. Sprague de Camp)


Al fin pude leer esta excelente y divertida novela, muy renombrada al tiempo de su publicación (1941). Tanto así, que dio origen a un cuento redactado como “respuesta” contradictoria a las premisas postuladas en la novela.  Y es que no todos los intentos de cambiar la historia pueden ser exitosos, a largo plazo…

Al margen de las consecuencias de la alteración de la historia conocida (tema tratado también por Isaac Asimov en “El fin de la eternidad”, y de alguna manera, previsto por George Orwell  en “1984”), es de apreciar la increíble facilidad y el gran sentido del humor que se gasta L. Sprague de Camp para describirnos no sólo un método para viajar en el tiempo que funciona (y no genera el menor cuestionamiento ni la menor sensación de implausibilidad), sino también nos hace creer que  el american way of life podía, efectivamente, conquistar el mundo armado con una botella de Coca – Cola. O algo así.

El protagonista de la novela, el arqueólogo e historiador Martin Padway, se encuentra en Italia, más precisamente, en Roma, la cual describe de una manera que haría las delicias del propio Federico Fellini (nos describe su tránsito vial, los olores de la ciudad, la idiosincrasia de la gente…). Tras un incidente que altera la trama del espacio y el tiempo (así, tan simple como suena), Padway se verá trasladado en la Roma del siglo VI después de Cristo. Una época fascinante, dicho sea de paso, pues el antiguo régimen romano, aunque vigente en la cultura europea, ha dado paso a los reinos bárbaros que posteriormente dieron origen a la Europa moderna, y de una u otra manera, al mundo tal y como lo conocemos hoy. Muchas cosas se sabían, muchas cosas se perdieron, pero nunca dejó de existir la capacidad humana para el bien o para el mal. Y dado que nuestro historiador, una vez repuesto (rápidamente) del shock que implica todo viaje en el tiempo, es consciente de que el momento de la historia en el cual ahora se encuentra va a dar paso a una larga edad media (las “tinieblas” a las que alude el título de la novela), oscurantista y fanatizada. De modo que, como buen historiador (es decir, como buen humanista), decide utilizar sus conocimientos de hombre venido del futuro para impedir la llegada de esas tinieblas. ¿Y cómo lo hace? De la manera más norteamericana posible: montar un negocio.

Este giro sorpresivo de los acontecimientos es quizá uno de los mejores cambios argumentales que alguien pueda imaginar.  Uno esperaría que, como involuntario Mensajero del Futuro, nuestro protagonista, asumiendo una pose mayestática, se dirigiría ante las autoridades de la época para ofrecerles como regalo los últimos adelantos del siglo XX, la sabiduría acumulada nada menos que catorce siglos después... Pero no. Conocedor de la naturaleza humana, más dada al relajo y a la conveniencia antes que a las grandes acciones y hechos heroicos, Martin Padway entiende que no hay nada más contagioso que las ideas (o al menos, ciertas ideas). Y decide compartir eso con el mundo en el que le ha tocado vivir, su filosofía, la más exitosa y poderosa conocida en su tiempo (el siglo XX): el american way of life.

De modo que, tras contactarse con las personas adecuadas, nuestro hombre en el siglo VI procederá a iniciar a la humanidad de las edades oscuras en los secretos del interés compuesto, la partida doble, la libertad de prensa, la corrupción y el soborno (bueno, al parecer, ya se le habían adelantado un tanto…).

Y así, poco a poco, va logrando su objetivo… Convertir el siglo VI europeo en la antesala de un mundo que tendrá que adaptarse al correo, la alfabetización, la sociedad anónima y otros adelantos, cuyas consecuencias para el futuro (es decir, “nuestro” pasado), apenas podemos vislumbrar. Además de adelantar la aparición en la historia de ciertos artefactos que deberían ser inventados siglos después, así como la noticia de los territorios que aguardan cruzando el océano atlántico (nuestra América).

La novela tiene momentos hilarantes, como el “debate teológico” que surge espontáneamente cuando, en una posada, coinciden varios cristianos (recordemos que en esa época, la Iglesia Católica Romana, si bien con cierto poder, era una de tantas), y casi sin proponérselo, arman un debate en torno a temas teológicos profundos y trascendentales, debate que termina con los ponentes agarrándose a golpes, sin faltar uno que otro silletazo…

Tal vez pueda parecer algo forzada la naturalidad con la que Martin Padway es acogido en el siglo VI. Cada vez que alguien nota “algo raro” en ese forastero de acento indefinible, ropas imposibles y conocimientos más propios de un brujo que de un buen cristiano, el forastero encuentra una explicación lo suficientemente convincente como para que el curioso del momento pase a ocuparse de otro asunto. Pero debemos recordar que estamos en una época bastante previa al método científico, en la cual superstición y sentido común se mezclaban de manera indiferenciada, y un prodigio o milagro eran, después de todo, parte del “orden natural” de las cosas. Con que el origen fabuloso del forastero deja de ser novedad al poco de iniciarse la novela.

Y es que siempre quedará en discusión si existe algo como la “naturaleza humana”, condenada a funcionar de una manera determinada desde la aparición del homo sapiens. Las historias de viajes en el tiempo intentan arrojar, a su manera, alguna luz sobre el tema. Que no desciendan las tinieblas, con todo su humor y gracejo, no deja de ser una ucronía, bastante optimista quizá para el gusto moderno, pero que no deja de ser una inspiración y acaso una luz en medio de las tantas pesadillas distópicas que parecen haberse puesto de moda. El humor también puede cambiar el mundo.

Como diría L. Sprague de Camp: "Si logré hacer reír a unos pocos con mi ciencia-ficción humorística, si conseguí entretener o esclarecer a alguien con mis trabajos, me puedo considerar a mi mismo como un éxito"



Daniel Salvo

martes, 29 de abril de 2014

Roma eterna (Robert Silverberg)


Una gran obra de Robert Silverberg, a pesar de las muchas opiniones en contra que he hallado en la internet. El elemento de ciencia ficción está muy diluído, pero es que se trata de una versión alternativa de nuestra historia en la cual nunca surge el cristianismo, ni religión monoteísta alguna, con lo que obtenemos un Imperio romano que supervive hasta el presente... con altas y bajas. 

Así, en lugar de durar siglos, el Imperio Romano perduró por milenios.  Silverberg condensa esta dilatada historia en once relatos, a través de los cuales se nos narra cómo enfrentó Roma a las diversas crisis que pudieron dar origen a su fin o decadencia. A veces por azar, a veces por necesidad, siempre hubo un romano dispuesto a actuar en el momento preciso, ya sea un decadente (en apariencia) emperador, o un burócrata de segunda destacado a alguna lejana provincia situada en Arabia. Casi como las crisis psicohistóricas previstas por Hari Seldon en el ciclo de las Fundaciones, de Isaac Asimov, pero sin un deus ex machina fungiendo de oráculo.

Creo que el elemento que muchos han criticado (el que los acontecimientos ocurran de manera muy lenta, y que el Imperio como sistema de gobierno parezca, efectivamente, eterno y omnipresente, al punto que emperadores cuyas vidas han transcurrido milenios atrás en esa continuidad histórica, continúan siendo admirados y recordados por los romanos de la posteridad), es precisamente lo que le da al libro un sabor característico y singular. Qué importa que la historia que conocemos acabe "repitiéndose" en ese mundo de Pax Romana, con sus guerras contra los bárbaros, su renacimiento, su descubrimiento (y fallida conquista) de América, sus revoluciones francesa y soviética... El hecho es que, al no desaparecer jamás el Imperio Romano, la noción de su eternidad y permanencia (y sentido de su necesidad histórica) llega a convertirse en un elemento sine qua non del mundo descrito por Silverberg, y en consecuencia, consigue hacer plausible esa lentitud del transcurso de la historia, ese perpetuo mirar en el pasado que es al mismo tiempo presente, por que, de otro modo, ¿cómo podríamos hablar de una Roma Eterna? Sin otro "poder universal" que se le oponga (léase cristianismo, islamismo o cualquier ideología masiva que ofrezca una real alternativa a un mundo imperial, a esa eterna pax romana), ¿qué podría impedir su supervivencia?

Otro factor que me ha hecho gustar de este libro es, quizá, la lejanía. Entiendo que mis amigos españoles, herederos mas bien directos de la cultura romana y por ende, mejores conocedores de la misma, encuentren fallos y puntos débiles en la ucronía creada por Silverberg (esa mención a San Martín, en un mundo que carece de santos...). Pero para quienes somos herederos mas bien indirectos de esta cultura, los moradores de extremo occidente, el imperio romano sigue teniendo un exotismo que no se ha extinguido ni siquiera después de las películas hollywoodenses que lo muestran como la fuente de toda decadencia y perversión, en contraste con el límpido mundo judeo-cristiano (aunque no debemos olvidar que el mismo apóstol San Pablo hizo valer, al parecer con mucho orgullo, su ciudadanía romana), cuya expresión más acabada vendría a ser, para algunos, el universo norteamericano WASP (blanco, anglosajón y protestante) de los años cincuenta, que más que una Roma eterna, parecía la entronización del deseo de una eterna edad de piedra, plenamente encarnada en otro producto de ficción, la serie de dibujos animados The flintstones, un estilo de vida entre asexuado y bobalicón, aunque no exento de gracia.

Pero viviendo en Perú (ah, qué delicioso error comete Silverberg al darle un nombre mestizo a nuestro Tawantinsuyo), en esta Nueva Roma, en este nuevo mundo perpetuamente desorganizado y caótico, carente de esa pax romana que, mal que bien, contribuyó a darle estabilidad al mundo, Roma eterna ofrece más que sueños de grandeza (y decadencia), nos muestra justamente eso que tal vez conocimos con Pachacutec o Tupac Inca Yupanqui, pero de lo que no se tiene memoria: la solidez institucional, la noción del orden, el orgullo de formar parte de una cultura que trasciende al individuo y a su circunstancia... Claro, siempre hay el riesgo de caer en el fascismo, el racismo y otras anomalías. Pero es imposible vivir sin riesgos.

Pueden leer otro estupendo (y más detallado) comentario a la novela en el blog La tormenta en un vaso.

Daniel Salvo

jueves, 13 de marzo de 2014

La máquina diferencial (William Gibson/Bruce Sterling)



La novela parte de una premisa de lo más esperanzadora, como consta en el texto de la contraportada:

1855. La revolución industrial está en pleno apogeo, impulsada por mecanismos cibernéticos de vapor. Charles Babbage perfecciona su máquina analítica y la era de la informática llega con un siglo de anticipación. Pero con el cambio llega la inestabilidad social: los luditas, grupo subversivo en contra de la tecnología, protagonizan desórdenes callejeros y hostigan a las clases dirigentes. La aventura comienza cuando unas misteriosas tarjetas perforadas, de origen y propósito desconocidos, caen en manos del paleontólogo Edward "Leviatán" Mallory. Descubrirá que alguien las busca con la suficiente desesperación como para ser capaz de matar por ellas...
Parece emocionante, ¿verdad? Un steampunk en toda regla, con computadoras funcionando a vapor, los inicios de los grandes descubrimientos científicos, la Royal Society... Y los nuevos roles que en esta realidad alternativa juegan personajes como el ya mencionado Charles Babbage, Lord Byron, su hija Ada Byron, el devenir de los Estados Unidos y el marxismo... Indicios de una acción que quedan, lamentáblemente, eso, meros indicios de una gran novela que pudo ser, pero que se quedó en una sucesión de persecuciones, asesinatos, falsas pistas y apariciones intempestivas que terminan por ser de lo más intrascendente. 

Ciertamente, es posible que un lector perteneciente a la cultura anglosajona pueda encontrar más puntos de interés en la lectura de La máquina diferencial, y tal vez este sea el punto débil de toda ucronía: si el lector no está al corriente de la historia que se pretende cambiar o alterar, es difícil que una versión alternativa de la misma lo conmueva en lo más mínimo. Es lo que me ha ocurrido, al ver ir y venir a una serie de personajes que mayor o menor envergadura en la historia de Inglaterra, pero que carecen de contexto para mi perspectiva de lector no anglosajón. El que luego de la lectura pueda recurrir a otras fuentes para mayor información no cambia el hecho de que el destino final del mismísimo personaje principal termine por despertar la mayor indiferencia.

Otro aspecto a comentar, si cabe, es la ambientación "steampunk" de la novela, que se detalla de manera bastante amena e ilustrativa en la primera tercera parte del texto, narrándonos cómo ha ocurrido que los grandes ordenadores se han convertido en la base de los gobiernos "civilizados" de Europa (Francia tiene su propio gran ordenador, al que llaman Gran Napoleón), así como el rol de ciertos personajes clave de la historia (¡Lord Byron resulta ser el gestor de esta revolución informática!). Los vehículos son llamados faetones (algo que me parece haber leído antes), impulsados, cómo no, a vapor (el petróleo es utilizado como tónico milagroso, un secreto supuestamente compartido por los pieles rojas).

Lástima que un entorno tan propicio para la especulación derive en una suerte de thriller carente de emoción e insoportablemente mal narrado, con bruscos e intrascendentes cambios de escena que hacen difícil seguir la trama. Si algún personaje logra alzar cierto vuelo, los autores optan por desaparecerlo del texto, y el final, que pretende ser intrigante, resulta simplemente confuso.

 Supongo que alguien le daría una segunda oportunidad. Yo ya tuve suficiente.

Daniel Salvo

jueves, 6 de marzo de 2014

La montaña del origen (Daniel Alcoba)


Increíble hallar una novela tan buena a un precio de saldo tan exiguo... pero supongo que son las paradojas de la posmodernidad, que le dicen. Una pena que, sin bombos ni platillos, esta novela haya circulado entre nosotros practicamente sin pena ni gloria.

El toque de ciencia ficción es bastante leve, diría que intrascendente, y recién se nos revela casi al final de la novela. Pero, mientras tanto, ¡qué viaje increíble, qué visión tan alucinada (y desencantada) del ser humano, qué erudición en torno a grandes intrascendencias! Creo que es una suerte no haber leído esta novela cuando era más joven, pues posiblemente, habría alterado mucho de mi personalidad... para bien o para mal.

Los protagonistas, entre ellos el narrador, un antropólogo de ascendencia hispana que trabaja para una multinacional japonesa, se encuentran en un país del lejano oriente, tan lejano, que permite (sin ánimos de jugar al exotismo barato) plasmar casi cualquier fantasía, noble o abyecta, en relación al ser humano y su sociedad. Un oriente lejano de reyes sabios, ausencia de prejuicios sexuales y una pobreza tan miserable que considera un manjar exquisito la ingesta de ratas muertas en inundaciones...

En tal ambiente, que, no nos engañemos, al final acaba siendo un reflejo de nuestra propia (y segura) sociedad "civilizada", el protagonista y el personal puesto bajo sus órdenes, (¡un samurai y su tropa!), iniciarán un periplo en búsqueda de un mito, la famosa montaña del origen, en donde se dice habita un ser santo y milagroso, puesto que se trata de un ser humano que engendra... patos. 

El viaje que realizan los personajes es felliniano y conradiano al mismo tiempo. La colección de monstruosidades y esperpentos que encuentran a su paso son descritos con una coloratura saturante, una prosa muy adecuada para la clase de aventuras y episodios que tienen lugar, matizados por el omnipresente conflicto entre el protagonista y el samurai a cargo de su seguridad, conflicto que se origina por el amor de la esposa de éste último. La alusión - homenaje al Joseph Conrad de "El corazón de las tinieblas" no puede ser más evidente, pues el viaje está lleno también de evidencias y amenazas de un futuro encuentro, no con un monstruo (¿o si?), si no con una nueva realidad, una nueva expresión de lo humano que termina siendo más alienígena que muchos de los extraterrestres imaginados... y al mismo tiempo, tan humana como cualquier lector. Imposible no experimentar el punzante aguijón de la crítica, del cuestionamiento de nuestras propias y aparentemente normales costumbres comerciales, sociales, sexuales, religiosas...

La aparición del ser que origina la búsqueda, una suerte de rey-sacerdote-dios, es una muestra de cómo la literatura puede generar un sentimiento intenso de extrañamiento, de desgajar al lector en todos y cada uno de sus conceptos en torno a lo sagrado, lo sabio, lo normal y lo necesario. La teología que se ha generado en torno a este ser, de tan ridícula y absurda, nos lleva a preguntarnos por las propias teologías que hemos engendrado en occidente, ejemplos acaso de doctísima ignorancia o superstición. Nada hay más extraterrestre que lo humano, parece decirnos el autor.

La novela llega a su clímax con el arribo del dueño de la multinacional para la cual trabajan los demás personajes, un japonés rubio (!) y homosexual, obsesionado con la idea de desarrollar un útero artificial que permita a los varones concebir sin necesidad de su contraparte femenina. Y son los supuestos poderes que tiene el rey-sacerdote-dios los que este empresario busca, sobre todo, el poder de "crear vida", con el cual podrá lograr su propio sueño... y acaso, cambiar el destino de la humanidad.

La fragilidad humana llevará, como siempre, a que muchos planes se trunquen y otros (los menos probables) se concreten, y resulte victorioso quien menos se espera. Un cuadro de la condición humana. Una más que recomendable novela. 

Daniel Salvo



jueves, 27 de febrero de 2014

Cuentos para Algernon: Año I



Decidí colgar la foto del libro electrónico mostrando la portada de la selección de los Cuentos para Algernon del año 2013 (que se pueden descargar gratuitamente desde este enlace) en lugar de la imagen JPG que dicho sitio ha proveído para la misma, por que me considero un difusor de las bondades del libro electrónico. No de los PDF, obviamente, sino de los que pueden leerse en dispositivos ad hoc, de tinta electrónica, como el famoso Kindle. 

¿Qué es Cuentos para Algernon? Pues un sitio web bastante especial, en el cual se puede leer, de manera gratuita y legal, las traducciones de algunos de los relatos más recientes de ciencia ficción escritos por autores anglosajones, algunos relativamente nuevos (Aliette de Bodard) y otros no tanto (Peter Watts). El objetivo y condiciones bajo las cuales se publican estos relatos están mejor explicados en la presentación del blog, a cargo de Marcheto. 

La selección que comentamos, Cuentos para Algernon: Año I, cuenta ya con varios comentarios en diversos sitios y blogs, siendo una de las antologías claves del año 2013. Los cuentos publicados son los siguientes:

Quedarse atrás, de Ken Liu
Un diez con una bandera, de Joseph Paul Haines
Otro final del imperio, de Tim Pratt
Radiante mañana, de Jeffrey Ford
La hija de Frankenstein, de Maureen McHugh + comentario de Ted Chiang sobre este relato
26 monos, además del abismo, de Kij Johnson (relato ganador del Premio Mundial de Fantasía en el 2008)
Las siete pérdidas de Na Re, de Rose Lemberg
Cerbo un Vitra ujo, de Mary Robinette Kowal
Halo, de L. Annette Binder
Caída de una mariposa al amanecer, de Aliette de Bodard + texto de introducción al universo de Xuya escrito por la propia autora
Los ojos de Dios, de Peter Watts
Loup-garou, de R. B. Russell

Doce historias que nos demuestran, entre otras cosas, que el género fantástico no solo no está en decadencia o en extinción, sino que está pasando por una suerte de transformaciones que van desde la apropiación de técnicas narrativas poco utilizadas anteriormente en la ciencia ficción, por ejemplo, hasta la incorporación (lógica, dirían algunos) de los anhelos y miedos de nuestra sociedad posmoderna, que mira al futuro (y al pasado) de una manera distinta a la que tendría un autor de la segunda mitad del siglo XX.

Los relatos no están agrupados en torno a una misma temática, y, obviamente, algunos son más memorables que otros, según el lector. El relato de Ken Liu, por ejemplo, trata del impacto que tiene en una familia el progreso radical que consiste en el descubrimiento de un tipo de inmortalidad, gratuito y al alcance de todos, excepto para el sempiterno grupo de humanos que no quiere perder "su esencia". Jeffrey Ford redacta un cuento kafkiano en el que interviene... el propio Kafka. Aliette de Bodard aborda el tema de la historia alternativa, con una civilización azteca que conseguido contactar con los chinos antes de la llegada de Colón. Peter Watts se revela ante mis ojos como un autor a seguir, a pesar de su dureza. Y R.B. Russell nos da una visión muy extraña del mundo del cine, de la impresión que puede causar una película en los espectadores... y de los hombres lobo.

Una excelente traducción. Relatos actuales. Maquetación cuidadosa. Gratuita. En formato electrónico. ¿Se puede pedir más?


Daniel Salvo


martes, 11 de febrero de 2014

Mystes (Victor Conde)



Si leer "El tercer nombre del emperador" fue una grata experiencia, la impresión se acrecienta con "Mystes", novela finalista del Premio Minotauro 2014. Si bien el título parece algo enigmático para nuestras épocas de creciente estulticia, un mystes no es más que un iniciado, un seguidor de alguna de las tantas creencias mistéricas que han surgido a lo largo de la historia humana. En el contexto de la novela, situada en un período de la historia muy lejano en el futuro, un Mystes es alguien que ha dedicado su vida a la solución de un misterio bastante peculiar: algo, o alguien, ha dejado en diversos lugares del universo unos extraños cubos de materia desconocida, las xfinges, que contienen información codificada. Información de altísimo interés para la humanidad, puesto que, dependiendo de la xfinge, puede ser la cura para enfermedades mortales, el advenimiento de nuevas tecnologías, o, como ejemplo, la construcción de ciudades orgánicas, a las que se les puede injertar los cerebros de sus más esclarecidos gobernantes... Tal es el grado de sofisticación y avance de la información contenida en las xfinges.

Pero no se trata tan sólo de resolver un acertijo. Como la esfinge del mito de Edipo, resolver de manera errónea el enigma que se plantea puede acarrear la muerte y la destrucción a escala planetaria, de manera que esta sociedad del futuro ha decidido dejar en manos de ciertos "especialistas" (los mystes) la solución del enigma.

En este contexto, la acción se inicia con la llegada de un desconocido a una aldea arquetípica, escasamente poblada, que sin embargo alberga un secreto, nada menos que una de las xfinges, que ha sido hallada por una mujer llamada Amber, y su pareja, Hesperus, musicólogo y científico, quien trata de resolver su misterio. Las cosas se complican con la llegada de Norte (nombre que asume en vista de que carece de uno propio), el mystes del título, quien se unirá a los esfuerzos de Amber y Hesperus por analizar el artefacto. 

Un primer resultado de este estudio será el hallazgo de instrucciones para construir nada menos que "una torre que se eleve hasta el cielo", proyecto en el cual acabarán embarcando a toda la población nativa y a otros curiosos, por decir lo menos, visitantes (el milagrero Cagt, capaz de crear seres imposibles mediante el manejo del ADN, la mujer-insecto, humana alterada genéticamente para dar a luz camadas de centenares de hijos, los cuales, sin embargo, nacen por cesárea). Este muestrario de rarezas se complementa con la creación de tres Inteligencias Artificiales, quienes "reinan" sobre súbditos virtuales, con la esperanza de dar con el mejor método para realizar la tare de construcción de la torre. Pero estas Inteligencias Artificiales, ingénuas en principio, tal vez tengan sus propias ideas respecto a cómo gobernar sus reinos y cómo interactuar con sus creadores, de quienes sospechan que no son los dioses que afirman ser. Ideas que podrían tener algún vínculo con cierta bomba inteligente, o con ciertos seres que moran en lo más profundo de las ciudades...

La novela, aún con tan interesantes premisas, no carece de altibajos. Eventualmente, el lector (y acaso el autor) parece perder un poco el rumbo en medio de tantas atroces maravillas, pero por suerte, la acción retoma el rumbo correcto y nos otorga un estupendo final, que cierra casi todas las tramas y subtramas que surgen a lo largo de la novela. Otro punto que nos demuestra la habilidad de Victor Conde como narrador es la manera en que puede alargar una situación prosaica (la llegada de alguien a un pueblo alejado de la civilización) de tal manera que le toma buena parte de la novela, por lo detallista de la narración. Una vez que el lector descubre el truco, no sabe si admirar la capacidad narrativa del autor o soltar un taco por haber caído en una situación que ya se presentaba en El tercer nombre del Emperador, donde disfrutamos de un ciento de hojas de... ambientación.

Una lástima que Mystes no haya tenido la difusión que, a mi juicio, merece. Con una sola edición en papel, bien haría Minotauro en sacar la versión e-book.

Daniel Salvo


domingo, 5 de enero de 2014

El tercer nombre del Emperador (Victor Conde)


Si bien estamos ante una novela publicada en el año 2002, y actualmente descatalogada, la magia de la edición digital ha hecho posible su distribución y lectura.

La carrera de Victor Conde ha tenido un buen inicio y mejor desarrollo. Y la lectura de esta novela evidencia el porqué: ya en el 2002, el autor había logrado construir un universo futuro lleno de intrigas, especies de características insólitas y peligros que, como no, amenazan siempre el devenir de la especie humana en el universo.

No pasa desapercibida cierta similitud con la trama de la saga de Hiperión, de Dan Simmons, pero para cualquier lector cuajado, todo texto acaba conectándose con otro. En todo caso, el tema de la trascendencia, o evolución del ser humano, siempre ocupará un lugar preponderante en el imaginario de la ciencia ficción.

En el universo del El tercer nombre del emperador, se ha logrado el contacto con seres provenientes de una suerte de “cuarta dimensión”, o metacampo, donde tienen lugar fenómenos fuera del alcance de la percepción humana normal. Estos seres, los ids, seleccionan a seres humanos síquicamente dotados para ser sus huéspedes, logrando una simbiosis que ha beneficiado a la humanidad con el desarrollo de ciertos poderes que, entre otros efectos, permiten mantener unido al universo, el cual es regido por un ente denominado Emperador Gestáltico, quien es producto de la “convolución” (supongo que es una palabra que deriva de “convergencia” y “evolución”) de tres seres humanos normales. El tercer nombre del Emperador alude pues a uno de estos aspectos, en este caso, Alejandra , una joven proveniente de uno de los rincones más alejados del universo, quien preferiría haber evitado semejante destino.

De otro lado, tenemos a Evan Kingdrom, un joven cazador, ex militar, deseoso de venganza contra los enigmáticos ids, en particular uno de ellos, el ex simbionte de su esposa, a la cual terminó asesinando por razones desconocidas, acto que en el contexto de la novela carece de precedentes y de explicación alguna. Su búsqueda del id es interrumpida por una de las tantas facciones que detentan el poder en el Imperio, quienes lo requieren para realizar una misión, a saber, partir en búsqueda de otro de los integrantes del Emperador Gestáltico.

Mientras tanto, en las zonas más apartadas del espacio, está teniendo lugar un tipo de actividad anormal, que podría provenir nada menos que del metacampo, cuya naturaleza es discutida desde los más diversos puntos de vista, como pueden serlo tanto el cosmológico como el religioso, pasando por una especulación matemática que desarrolla la paradoja del “antes” y “después” en un universo en el cual la causalidad no se rige según la denominada “flecha del tiempo”…

Los destinos de Evan y Alejandra, a pesar de lo disímiles que puedan parecer, terminarán por unirse, revelándose al lector una serie de sorpresas que cambiarán radicalmente su percepción – si, otra vez – en torno a la verdadera naturaleza del Emperador, los ids y el metacampo.

Destacable novela, que entre otras cosas, demuestra que los autores no anglosajones tienen poco o nada que envidiarle a los escritores de habla inglesa. Los afortunados, como siempre, somos los lectores.

Daniel Salvo

lunes, 11 de noviembre de 2013

Chocky (John Wyndham)



Difícil reseñar un libro cuyo argumento está más que sugerido en la portada. Pero vale la pena intentarlo, entre otras razones, por que nada como la sencilla pero irresistible prosa de John Wyndham para refrescar la mente y recordarnos, entre otras cosas, que más vale una buena historia narrada con sencillez y soltura que algún farragoso ejercicio posmoderno.

No espere pues el lector encontrarse con metáforas ocultas o con un lenguaje que, de tan críptico, resulte carente de sentido. Chocky es una historia clásica, es decir, antigua, en el sentido de que uno podría habérsela oído al abuelo o al tío querendón de la familia en alguna reunión familiar. En su aparente ingenuidad, el texto nos sumerge en la Inglaterra rural de fines de los años cincuenta del siglo XX, con sus familias habitando en caserones, sus escuelas a las que se llega caminando y sus bonachones (y un tanto increíbles) oficiales de policía. Vamos, que se trata de un universo carente de amenazas, prosaico hasta el límite del aburrimiento, al menos, para alguien acostumbrado a las grandes ciudades: quienes hemos vivido parte de la infancia en ciudades pequeñas sabemos que es imposible aburrirse.

Los protagonistas de Chocky están plenamente incorporados a la cultura a la que pertenecen. Un matrimonio joven con un hijo (adoptivo) y una hija, ambos en edad escolar. Se trata de niños normales (la niña vive obsesionada con los ponys), al punto que ambos han contado, en su momento, con amigos imaginarios. El amigo imaginario de Polly, la niña, se llamaba Piff.  Y el amigo imaginario de Matthew... se llama Chocky

En un principio, no hay motivo de alarma. ¿Cuántos niños tienen un amigo imaginario? Muchísimos en todo el mundo. Pero cuando ocurren ciertos sucesos extraños en torno a Matthew (realiza cálculos avanzados para el año escolar al que pertenece, dibuja con habilidad impropia de un niño de su edad y puede nadar a la perfección... aunque nunca ha tomado lecciones de natación). Y todos, todos estos casos de comportamiento anómalo tienen una única respuesta: Chocky.

La displicencia inicial en torno al amigo imaginario de Matthew da paso primero al asombro y al fastidio, para culminar en auténtico pavor. Descartadas las explicaciones médicas o siquiátricas (hay que ver cómo se burla Wyndham de ciertas teorías muy en boga en su tiempo), alguien llega a la conclusión de que Chocky tiene una existencia real, quedando por resolver cuestiones tan angustiantes como su origen, su naturaleza... y sus propósitos.

¿Se trata de una manifestación del inconsciente del niño? ¿Algún tipo de posesión? Tratándose de una novela de ciencia ficción y no de fantasía o terror al uso, el lector habrá deducido más de una de las características de Chocky. Si bien todo se resuelve de manera correcta, y las cosas vuelven a la normalidad, explicación mediante, hay un elemento imprevisto que, aunque no constituye un giro de tuerca en el desenlace, nos lleva a preguntarnos, como siempre, cuál es la verdadera amenaza para la vida humana: lo desconocido, o el hombre mismo. El poder, oculto bajo la máscara de una ciencia más arrogante que sabia (en este caso), no va a detenerse ante ningún obstáculo. Menos aún, ante un niño, pese al sufrimiento de éste.

Publicada en 1968, Chocky dio origen a una serie de televisión propalada en 1984.

Daniel Salvo



jueves, 24 de octubre de 2013

La saga de Tramórea, de Javier Negrete: para exportarla



En los años 80 del siglo XX, la televisión peruana produjo una serie nacional, de corte policíaco, titulada "Gamboa", que contaba las aventuras de un investigador y sus amigos. La calidad de los episodios (a pesar de nuestra sempiterna carencia de recursos), alguno de los cuales fuera guionizado nada menos que por Mario Varga Llosa, llevó a que un ácido crítico televisivo no tuviera más remedio que afirmar que la serie estaba como "para exportarla". Es decir, era tan buena, que podía esperarse una buena acogida en otros países.

La lectura de la saga de Tramórea, compuesta por cuatro novelas que ya deberían reeditarse (La espada de fuego, El espíritu del mago, El sueño de los dioses y El corazón de Tramórea), me ha llevado a la misma conclusión: está como para exportarla, para traducirla a todos los idiomas que se pueda, para que compita de igual a igual con las sagas de George R.R. Martin o Joe Abercrombie. Para que algún productor avispado la convierta en miniserie, o superproducción, y pase a la historia del género fantástico mundial. Así de buena es.

Y es que pocas veces he podido leer tantos géneros y subgéneros dentro de los subgéneros dentro de un mismo arco argumental. De la fantasía épica, con sus emocionantes batallas entre buenos y malos, a la casi jocosa vulgaridad de la espada y brujería, para pasar luego a la ciencia ficción más especulativa, con toques de hard science fiction (teorías dimensionales, supercuerdas, topografías imposibles) que llevan al lector a preguntarse en qué momento cambió todo, cómo es que nuestros héroes siguen siendo lo que fueron, personajes provenientes de un entorno entre feudal y románico, a ser los detentores de la clave del universo, los únicos que pueden salvar la existencia de este continuum entre los muchos otros que, aunque dotados de mayor sabiduría y conocimientos, comparten con la humanidad el deseo de toda existencia: sobrevivir.
Es difícil continuar la reseña de toda una saga de novelas sin caer en la revelación de datos y detalles que podrian arruinar la sorpresa del lector. Baste decir que, en la saga de Tramórea, podrá encontrar cualquier cosa que su corazón de aficionado al fantástico pueda desear: héroes incombustibles, monstruos aterradores, enemigos poderosísimos, conjuras políticas, dioses que no son lo que aparentan, mundos ocultos, mundos paralelos, magia y ciencia, mutantes y bellezas. Sin contar con un tratamiento más que respetuoso a temas que, acaso en otras manos, podrían desperdiciarse o caer en tópicos poco relevantes, como es tema de la homosexualidad - si, el universo de Tramórea no es un universo asexuado -.

¿Cómo arranca la saga? Con un torneo, por la posesión del arma más poderosa del mundo llamado Tramórea: la espada Zemal. Forjada en un material que sólo Tarimán, el dios-herrero cojo que mora, junto con los demás dioses, en el Bardaliut, conoce; sólo puede ser empuñada por quien la merece. A quien la posee se le llama el Zemalnit, y cuando éste muere, debe elegirse uno nuevo, mediante un torneo en el cual puede participar cualquiera, desde las bellas y feroces amazonas hasta enigmáticos monarcas de doble pupila, supuestos hijos no reconocidos de los dioses. También están los tahedoran, guerreros que poseen el secreto de las aceleraciones, extraños procesos que les permiten moverse a velocidades mayores a las del ser humano normal, aunque a costa de deteriorar su propia salud. Y, tras las bambalinas de esta teatral epopeya de combates y competencias, se mueven los magos, con sus terribles poderes y conocimientos, que temen algo más que a su propia magia, y es al retorno de sus dioses, de quienes se preferiría que se quedaran para siempre en el Bardaliut, su morada en los cielos. ¿Y por qué retornarían los dioses? La condición divina no es sinónimo de cordura en este mundo, aunque, tras conocer los secretos de Tramórea, es difícil conservarla, ya sea trate de hombres, magos, dioses... o lo que hay más allá.

Una historia de lujo. Si desean más detalles, aquí el enlace a las reseñas que publicó Pedro López Manzano en su blog "Cree lo que quieras".


Daniel Salvo