viernes, 3 de mayo de 2013

El primer peruano en el espacio (E-book)


Continuando con la e-publicación, o publicación independiente, o autopublicación, gracias a Smashwords, y pronto en otras plataformas, El primer peruano en el espacio. En formatos Epub, mobi, PDF, txt y otros. Que lo disfruten.

Daniel Salvo


jueves, 2 de mayo de 2013

Robert Bloch: antropología, exorcismo y delincuencia juvenil



En los años ochenta del siglo XX, la fenecida editorial española Bruguera publicó una serie de antologías de relatos de ciencia ficción, terror y fantasía, cuyos ejemplares aún pueden conseguirse (con mucha suerte, eso sí) en las librerías de viejo.
En la antología "Los mejores relatos de fantasmas" (casi todas las antologías de Bruguera tenían en el título "los mejores" o "lo mejor de", aunque el título original fuera otro), se incluye un cuento del genial Robert Bloch, Fruto negro, a caballo entre el terror más inquietante y la ciencia ficción más especulativa, dado que ciertas premisas del cuento son establecidas nada menos que por un antropólogo de ideas poco ortodoxas.
Este antropólogo, ante el evidente incremento de la delincuencia juvenil que observa en la sociedad, llega a una conclusión aparentemente descabellada: asimila la ola de delincuencia juvenil a ciertos eventos ocurridos durante la época de las cruzadas, a saber, las leyendas de íncubos, demonios de evidentes rasgos masculinos que habrían tenido comercio carnal con mujeres humanas mientras sus esposos se encontraban lejos del hogar. El antropólogo del relato postulaba que lo mismo habría ocurrido durante las grandes guerras de mediados del siglo XX, y que el producto de esas uniones entre demonios y mujeres habría dejado descendencia, conformada, en gran parte, por los delincuentes juveniles, quienes en el fondo, no serían otra cosa que demonios, seres nacidos para el mal.
Leámoslo directamente de Bloch:

-Pues sencillamente que no saben lo que hacen ni lo que son -respondió Kerry-. En este aspecto, podemos estar satisfechos de que no sepan por qué se reúnen y cometen semejantes barbaridades. Lo único que ansío es que nunca sepan el motivo por el cual suelen reunirse en bandas.

-Yo conozco cuál es el motivo: todos son unos psicópatas.

-¿Y qué es un psicópata? -preguntó Kerry, con voz suave-. Un psicoterapeuta no se lo podría explicar, pero yo sí puedo. Y puedo hacerlo porque soy antropólogo. Escuche, un psicópata es un demonio.

-¡Cómo!

-Un demonio, un diablo. Una criatura admitida en todas las religiones, en todos los lugares, por todos los hombres. Es el fruto de la unión entre un demonio y una mujer mortal.

Al llegar a este punto, Kerry sonrió al ver el asombro reflejado en el rostro de su amigo. Luego, prosiguió:

-Sí, comprendo que se extrañe de esto que acabo de decirle, pero le agradeceré que lo piense por un momento. Piense en cuando empezó todo esto; esta ola de crímenes juveniles, de crueldad psicopática. ¿No fue acaso hace unos pocos años? Pues bien, comenzó exactamente cuando los bebés nacidos durante los primeros años de la guerra llegaron a la adolescencia, esa etapa de la vida comprendida entre los trece y los dieciocho años. Era la guerra, y los hombres estaban en el frente, fuera de sus hogares. Sus eposns empezaron a tener pesadillas; esa clase de pesadillas que todas las mujeres han tenido desde la más remota antigüedad. La pesadilla del íncubo, es decir, la unión del demonio con ellas cuando están durmiendo. Este fenómeno se presentó durante las Cruzadas. Y luego continuó con el apogeo de la brujería en toda Europa; los cultos demoníacos, llevados a cabo por brujos y brujas, y presididos por el diablo, de los que se esperaba el fruto de la unión de una mujer carnal con un demonio; un ser semihumano fruto de una unión maquiavélica, blasfema, horripilante. ¿Comprende usted ahora como todo esto encaja con lo que estamos presenciando hoy día? El insano deseo de crueldad; la repentina, apremiante y maníaca necesidad de torturar y destruir que se presenta durante el sueño; la repugnante incapacidad de poder reaccionar ante los sentimientos nobles y normales; la extraña sensación que sienten los jóvenes delincuentes juveniles de nuestros días de reunirse en bandas para llevar a cabo actos de violencia. Como le decía antes, no creo que ellos mismos sepan lo que les hace comportarse de esa forma: pero si algún día lograsen adivinarlo, entonces brotaría una oleada de satanismo y magia negra mucho peor que la existente durante la Edad Media. Incluso hoy día, se reúnen alrededor de una hoguera durante las noches de verano en las cavernas de las cimas de las colinas.

Quisiera resaltar unas frases del texto:

¿Comprende usted ahora como todo esto encaja con lo que estamos presenciando hoy día? El insano deseo de crueldad; la repentina, apremiante y maníaca necesidad de torturar y destruir que se presenta durante el sueño; la repugnante incapacidad de poder reaccionar ante los sentimientos nobles y normales; la extraña sensación que sienten los jóvenes delincuentes juveniles de nuestros días de reunirse en bandas para llevar a cabo actos de violencia.

El relato tiene un final mas bien horripilante y poco complaciente con el lector, sembrando la duda respecto a la naturaleza de los eventos narrados. Ahora bien, si lo relacionamos con la vioencia infantil - juvenil de nuestro siglo XXI, que entre otros términos, ha puesto de moda el anglicismo bullyng para describir lo que viven muchos escolares, tendríamos un relato bastante truculento pero plenamente vigente, acaso aterrador por sus implicancias. La actualidad de Fruto negro abarca incluso a nuestras reacciones como sociedad "civilizada", en cuanto al tratamiento de la violencia juvenil:

-¡Se ha vuelto loco! -exclamó Hibbard, furioso, mientras sacudía a Kerry por los hombros-. Estos jovencitos no son más que unos niños, unas criaturas, y lo único que necesitan es una buena azotaina, todos ellos, y quizá un par de años en un reformatorio.

-Está usted hablando como las autoridades; quiero decir como esos incompetentes policías, esos ignorantes jueces de los tribunales de menores, como los directores de esas escuelas de beneficencia donde pretenden redimir a los jóvenes descarriados a base de garrotazos y dura disciplina. ¿Es que acaso aún no se ha dado usted cuenta de que todos esos métodos de rehabilitación nunca han dado resultado desde hace muchos años hasta el día de hoy? ¿Acaso todo esto se puede resolver con simples medios psicoterapéuticos? Cuando se está continuamente en contacto con algo, al final se llega a no comprender la verdadera naturaleza del problema. 


Al igual que las incompetentes autoridades del relato de Bloch, nuestras sociedades tampoco saben como enfrentar la situación. A lo más, en el Perú, la "propuesta" más reciente que se nos ha ocurrido es volver al Servicio Militar Obligatorio, para "inculcar" civismo a nuestra delincuencia juvenil local.

¿Cuál era la solución propuesta por el antropólogo Kerry?  Hela aquí:

(...) usted y todos nosotros estamos en contacto con demonios, con verdaderos hijos del diablo. Lo que se necesita es exorcismo.

¡Exorcismo para combatir la delincuencia juvenil! Alucinante, ¿verdad? Totálmente anticientífico, tirado de los cabellos, anacrónico en nuestro mundo descreído y posmoderno. Quizá si... o quizá no. Si cogemos un diario o revista de actualidad noticiosa, nos encontraremos con referencias a una de las bandas más letales del mundo, integrada básicamente por menores de edad: los maras. 

Si acceden al artículo del enlace, podría parecer que formaba parte de los archivos mencionados en el relato de Bloch, con la diferencia de que realmente sabemos lo que son los maras y cómo accionan, cómo están extendiendo sus redes por toda latinoamérica. Incluso en el Perú. Y respecto a sus ritos, como quien no quiere la cosa, el artículo de la wikipedia menciona lo siguiente:

Los miembros de la Mara Salvatrucha, así como miembros de otras bandas americanas más modernas, utilizan un lenguaje de señas para identificarse y comunicarse. Uno de los más comunes es la "cabeza del diablo" o cuernos, que forman una "M" cuando se muestra al revés.

Interesante, ¿no? Más aún, si bien la etimología del término "maras" que se maneja usualmente alude a un término de origen centroamericano, da la casualidad que en ciertas religiones orientales como el budismo, un mara o maras no son otra cosa que demonios. Si bien el budismo entiende a los demonios como pasiones u obstáculos para la meditación, antes que entidades dotadas de voluntad, no deja de ser curiosa la coincidencia. Tanto es así, que Mara es el nombre que se le atribuye al demonio que trató de impedir al mismísimo Buda que alcanzara la iluminación (sin éxito, claro).

¿Paranoías posmodernas? ¿Meros relatos efectistas? ¿Ciencia ficción venida a menos? Hemos probado tantas cosas para combatir la violencia, le hemos atribuido tantos orígenes, que hoy por hoy, cualquier cosa parece ser posible. 

En todo caso, al igual que Robert Bloch, nos preguntamos: 

¿Sabían o no sabían aquellos jóvenes lo que realmente eran?

Yo no lo se.



Daniel Salvo










jueves, 25 de abril de 2013

Cuento: Bajo la luz de dos soles (Alberto Benza González)



BAJO LA LUZ DE DOS SOLES

Alberto Benza González
El día que Oleg despertó en la colina del planeta Kepler 16-B, no comprendió cómo había llegado a ese lugar. Tenía un dolor intenso en la cabeza, quizás el gélido frío lo tenía desconcertado. Tomó la mochila que llevaba consigo y empezó a caminar por aquel extraño terreno. Por su mente pasaban recuerdos vagos de haber estado anteriormente allí. Le eran conocidas las rocas deformes que conformaban la superficie y los afluentes de agua dulce. Oleg, como buen soldado, estaba preparado para sobrevivir en cualquier circunstancia. Su preparación en el cosmódromo Tyuratam había sido intensa.

A lo lejos, el viajero pudo divisar unas fugaces llamaradas. Intrigado, se echó a andar en busca del origen de esas emisiones. Preparándose para el largo trayecto, llenó su cantimplora de agua. Pasaban las horas y el frío no amenguaba. Le sorprendía el atardecer y ver los dos soles de baja intensidad que casi no producían abrigo, al contrario, el cielo parecía una pintura surrealista. El sol más grande presentaba un color anaranjado y el más pequeño un color rojo sangre. Sólo su instinto lo guiaba en la búsqueda de algún ser vivo que no fuera hostil.

Después de dos días de sortear rocas y beber solamente agua y otros nutrientes, Oleg logró acercarse al fuego que brotaba a la entrada de una cueva. Sigilosamente, y dispuesto a enfrentarse a cualquier imprevisto, se fue acercando. En ese instante volvieron las imágenes a su mente, imágenes de haber estado en algún momento en ese mismo lugar. “Quizás fue en otra vida”, pensó. Observó unos cristales de color rojizo en el centro de una fogata. Al interior de la cueva se escuchó un ruido de pasos aligerados. Oleg vio venir a unos seres de aproximadamente dos metros de altura, color gris, de cabeza grande, cuatro brazos y dos piernas. Lo miraron fijamente. Oleg percibió que los seres podían leer su mente como si fuera un escáner. No quiso efectuar acción alguna, manteniéndose en calma. Luego de unos minutos, uno de ellos se situó a unos dos metros enfrente de él.

—¿De dónde vienes? —preguntó el extraterrestre.

—Vengo del planeta Tierra, tercer planeta del sistema solar de la Vía Láctea —respondió Oleg, de manera automática.

—Según los cálculos y medidas que manejan en tu planeta, te encuentras a 200 años luz de distancia. – respondió el extraterrestre, en un tono monocorde.

—No entiendo cómo he podido viajar desde tan lejos. Recuerdo que estaba trabajando en la construcción del cosmódromo de Plesetsk, en el óblast de Arjánguelsk, al norte de Rusia.

Los alienígenas se acercaron, cogieron su mochila y lo llevaron adentro de la cueva. Dos de ellos lo trasladaban sosteniéndolo del brazo, como si no tuviera peso alguno. Los cuatro brazos que poseían los extraterrestres no le permitían escapar. La cueva carecía de cualquier ornamento, siendo la fuente de la iluminación de la misma un misterio. En el camino, pudo observar otros seres de la misma apariencia, pero de menor tamaño: eran niños y estaban siendo adiestrados por un instructor. Oleg se percató de que todos podían leer la mente y casi ni se oía el sonido de alguna gesticulación. También pudo ver algunos cristales que se encontraban incrustados en las rocas, muy parecidos a los que había observado en la entrada de la cueva. Después de casi media hora de caminata, arribaron a una ciudad inmensa, de arquitectura indescriptible, donde pudo sentir más calor. Conforme pasaban por distintos ámbitos poblados, los seres lo miraban de forma extraña. No quería pensar en nada, sólo mantener su mente en blanco. Sentía cómo ellos ingresaban a su mente sin el menor miramiento.

Llegando a la ciudad fue llevado a un cuarto cuyas paredes eran rocas superpuestas unas sobre otras; allí permaneció aislado. Era como una cárcel donde se encontraban varios keplersianos vigilando a varios presos. La puerta de ese cuarto era una cortina transparente de energía, como de rayos láser translúcidos. No pudo con su curiosidad, se acercó y tocó la puerta de energía transparente. Era fuerte y por más que golpeó no pudo traspasarla. Al instante se percató de que no estaba solo, en otras celdas, otros seres lo miraban pasar. Al frente de su celda, un ser que parecía una planta carnívora miraba al suelo con resignación. Al lado derecho divisó a un ser mitad robot y mitad humano, inmóvil; y a la izquierda observó un cúmulo de agua que, por momentos, se iba solidificando, mostrando el aspecto de esporas marinas.

Cuando comprendió que no conseguiría salir de allí, Oleg empezó a extrañar su país: Kazajistán, los paseos de noche por los montes Urales llegando hasta el Mar Caspio. Los hermosos atardeceres, Ahora estaba preso en un planeta donde no sabía si lo juzgarían o estaría prisionero de por vida. Todos los días llegaban seres de distintas formas que iban llenando las celdas.

Después de dos días de cautiverio, ingresó a la celda el alienígena que lo había confinado en prisión.

—¿Cuánto tiempo estaré en prisión? —preguntó Oleg.

—En unos días serás analizado.

—¡¿Por qué me retienen aquí?! ¡¿Quién eres para mantenerme preso?! —gritó.

—Estoy a cargo de la ciudad y puedes llamarme Kaliv.

Al día siguiente se acercaron dos keplersianos y lo llevaron a un cuarto que le pareció un quirófano. No se equivocó, puso resistencia negándose a que lo subieran a la camilla de metal, pero no pudo, la fuerza descomunal de los seres era mayor y terminaron subiéndolo. Fue cubierto con una sábana semejante a una cinta de embalaje gigante. Gritó pidiendo ayuda, pero fue en vano. Le introdujeron una manguera por la boca inoculándole unos fluidos que lo dejaron en shock. Parecía como un ser vegetal que sentía todo a su alrededor, pero a la vez sin ánimo para defenderse.

Después de unas horas, lo metieron a una cápsula, dentro de la cual sintió quemazón en todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Extenuado y sin fuerzas, salió de la cápsula. Con un láser le hicieron incisiones debajo de los dos brazos. El dolor era insoportable y por instantes Oleg se desvanecía. Debajo de los brazos le habían practicado dos cortes profundos, en los cuales le insertaron unas protuberancias.

En estado vegetativo, lo llevaron a su celda. Durante una semana permaneció laxo, exánime, sin voluntad de hacer ningún movimiento. Periódicamente, entraba un keplersiano a colocarle un fluido en la boca que lo dejaba por algunas horas dormido. “¿Qué mal estaré pagando?”, se preguntaba en silencio. Recordó que en el cosmódromo Tyuratam siempre se había quejado de la explotación que sufría cuando se desarrollaban los programas espaciales, cuando fue el artífice de la construcción de la Estación Orbital Internacional y más tarde diseñó la nave espacial Soyuz con su amigo Serguéi Koroliov. Como si fuese una película, revivió sus mejores momentos en el desarrollo del programa espacial soviético.

Oleg, poco a poco, iba mejorando. Después de varios días de estar paralizado empezó a caminar y a mover los brazos. Las cicatrices que tenía debajo de los brazos estaban suturadas, quedando las protuberancias que le habían injertado. Cuando ya estuvo mejor, Kaliv se acercó a su celda, Oleg lo miró y se sorprendió de poder mantener una comunicación mental.

—Han pasado varios días y veo que estás mejorando —dijo Kaliv.

—No entiendo por qué he sido víctima de este criminal experimento que me ha dejado en estado vegetativo, ¿de qué me acusan?

—Tienes que estar calmado, sólo hemos querido lo mejor para ti. En un sondeo habíamos hallado que tu salud estuvo resquebrajada a tal punto que podías haber muerto en dos años.

—Yo me sentía sano y jamás he tenido ningún problema de salud.

—Tus argumentos son comprensibles, pero erróneos. Tu civilización es demasiado atrasada y sus científicos aún no tienen los instrumentos para percatarse de ello. En tu cuerpo encontramos radiaciones mortales y corregimos una operación mal hecha —dijo Kaliv. Tienes que tener paciencia. Mañana tendrás tu último examen y seguro que vas a sentirte mucho mejor.

Resignado, Oleg regresó a su celda; era imposible pensar en un escape. Se encontraba en un planeta que, si bien le parecía conocido, le producía temor.

A la mañana siguiente irrumpió un keplersiano. «¡Levántate, es tu última prueba», le dijo.

Esta vez no lo sujetaron a una camilla, sólo le pusieron un aparato muy parecido a las gafas. Las sensaciones de Oleg fueron profundas, sus pensamientos y emociones volaban al compás de las radiaciones que emitía ese cuarto. Miles de imágenes y conocimientos fluían por su mente. Se enteró que los keplersianos eran una raza muy antigua y que habían alcanzado un gran desarrollo científico. De la misma manera su organismo, con el paso de los años, había evolucionado. Miles de años atrás habían sido miembros de una raza esclavizada por guerreros de una raza superior llamada Perkos pero, como todos los pueblos subyugados, ellos, con el paso de los años, se habían sublevado logrando expulsar a los invasores de Kepler 16-B. Desde entonces, los keplersianos desarrollaron la parte espiritual, logrando comunicarse mentalmente y obteniendo el desarrollo científico y tecnológico para el desarrollo de su pueblo.

Los conocimientos seguían siendo transmitidos al cerebro de Oleg. Los ficheros históricos virtuales le fueron comunicando miles de datos; le decían que la reproducción de los keplersianos era de dos, como los gemelos en la tierra, uno de sexo masculino y otro de sexo femenino. Sólo podían tener dos hijos en un solo alumbramiento que duraba cuatro meses. La vida de un keplersiano era larga, generalmente vivían 1500 años. Algunos que habían evolucionado notablemente, como los maestros, lograban vivir 2500 años, pero sólo los que alcanzaban el grado supremo de espiritualidad avanzada.

La alimentación de los keplersianos era simple: En las profundidades de su planeta cultivaban unas raíces, las cuales eran mezcladas con el agua que brotaba de una fuente única mundial. La mezcla se dejaba congelar. Después de unos días se formaban esos fluidos que ya había probado. Sólo se alimentaban dos veces al día y con una ración mínima.

Cuando un keplersiano fallecía, la energía de su cuerpo se iba al centro del planeta, donde un cristal enorme la absorbía y reciclaba. El cristal poseía una energía interesante. Era el eje del sistema central para el desarrollo tecnológico del planeta. Las naves keplersianas utilizaban estos cristales como combustible y el uso era duradero, permitiéndoles viajar a galaxias que se encontraban a muchos años luz del planeta. Por otra parte, los cristales servían para la sanación de algunas enfermedades que sufrían los keplersianos.

Para Oleg, esas horas habían sido intensas, aceleradas, vertiginosas. Había recibido demasiada información en poco tiempo. Si bien es cierto podía comprender más a los keplersianos, seguía pensando que en algún momento había vivido en ese planeta.

Kaliv lo invitó a pasar a un espacio privado muy parecido a una mesa de sesiones, el recinto era de piedra y en el medio había un cristal que producía calor. Oleg se mostraba mucho más tranquilo, sabía cómo era el planeta Kepler 16-B y sus habitantes.

—¿Puedes decirnos de dónde vienes? —interrogó Kaliv.

—Ya les dije, vengo del planeta Tierra y vivo en Kazajistán.

—¿Qué haces en el planeta Tierra?

—He sido soldado y ahora me desempeño como investigador espacial. He dedicado mis mejores años al desarrollo de los programas espaciales.

—¿Tienes familia?

—No tengo familia, mi trabajo no me lo permite.

El fastidio de Oleg era evidente y sólo quería regresar a Kazajistán.

—Oleg, van a entrar dos keplersianos, dime si los reconoces.

Oleg, atento, vio entrar a dos keplersianos más pequeños en altura; uno de ellos medía 1.70 y el otro medía 1.30. Se miraron fijamente. Los dos keplersianos leían su mente.

—Jifed, ¿te acuerdas de nosotros?

—¿Quiénes son? Nunca los he visto en mi vida.

—He venido con tu hijo Asti. Hace mucho tiempo murió nuestra hija Nisa —dijo Misav.

—Un momento, ¿de qué están hablando? Yo no soy de este planeta. ¡Entiendan!

Oleg, desesperado, pensaba que los experimentos que le habían practicado eran para lavarle el cerebro.

—¿Piensan ustedes que soy tonto? Hace muchos años que venimos trabajando en la Unión Soviética con programas espaciales y con seres de otros planetas. No van a lograr sorprenderme inventándome una supuesta familia —replicó Oleg.

—Oleg, tú eres un keplersiano y tu nombre es Jifed. Hace 40 eblers que saliste de misión y nunca regresaste (40 eblers es la cantidad de años, un ebler tiene 229 días). Tú eras el líder de una misión que iba a Saturno para buscar una base de Perkosiana. Como sabes, ellos, los perkos, fueron una raza que nos esclavizó hace mil eblers. Misa y Asti son tu familia. Tu hija Nisa no soportó tu ausencia y se mató.

Oleg, furioso, desesperado, quiso abrirse paso empujando a cuanto keplersiano se le puso en frente. Finalmente lo paralizaron con radiaciones mentales que se dirigían a él fluían de los ojos de los guardianes. De inmediato le introdujeron un prisma transparente a la aorta. Nuevamente sintió entrar y salir por su sangre un cúmulo de datos a gran velocidad. El zumbido se fue intensificando en su cerebro. Su ritmo cardiaco se hacía más lento segundo a segundo. Su mente lo trasladaba a un profundo túnel que se hacía cada vez más oscuro. Finalmente todo se apagó.

Luego de cinco meses de hibernación, despertó y al mirar a la puerta leyó que se encontraba en el piso 18 del sótano KR-24 del cosmódromo de Tyuratam. Conocía perfectamente el lugar. Sabía que era un laboratorio de investigación perteneciente a la temida KGB. Allí se interrogaba a científicos infiltrados por el enemigo, a sospechosos de conspiración, a espías alienígenas capturados en el espacio.

No se pudo incorporar. Estaba encadenado a la cama con seis grilletes. Mareado y confundido, levantó medio cuerpo y observó una riñonera con gasas y un escalpelo. Se miró con el reflejo de la riñonera y notó que no era su rostro, no tenía orejas.

- ¿Qué ha pasado? –se preguntó.

A lo lejos vio a su amigo el comandante Yevgueny Savistky que recibía información de un científico de bata roja. Su amigo volteó a mirarlo. Oleg pudo leer su mente:

“Este extraterrestre debe saber dónde está Oleg. El Astrobiólogo Maksim Makukov lo analizará hasta extraerle la información”.


domingo, 21 de abril de 2013

Cuento: Manadas por energía (Luis B. Román Abram)



Manadas por energía

Luis Benjamín Román Abram


La reducida manada de Amargasaurios se desplazaba por el bosque del Cretácico terrestre a regular velocidad, sin que las ásperas ramas bajas de los árboles o algunas de las semillas de las coníferas que tocaban sus cuerpos de diez metros de longitud y cinco toneladas de peso la distrajeran… Al llegar a su destino, los dinosaurios, doblando sus patas delanteras, comenzaron a beber agua turbia en abundancia. Siendo herbívoros, no advertían a los nuevos visitantes del lugar, una amenaza aparente. Los miembros que realizaban la vigilancia, mientras los demás animales se refrescaban, tampoco recibieron las señales eléctricas de sus pequeños cerebros para dar alerta o acaso, lanzarse a la ofensiva ante los cien humanos que se movían frenéticamente sobre una estructura de grandes dimensiones, apoyada en cien pilares en el centro del pantano.

Los equipos de alta tecnología del siglo veintisiete les permitían, a las visitas, convertir, en solo minutos, los deshechos que guardaba la ciénaga, en componentes para ser acoplados y levantar así el módulo de vivienda y la torre de comunicaciones espacio temporal. El grupo más numeroso estaba encargado de los inmensos laboratorios de clonación.

—Doctora Bárbara, nos reportamos desde la estación de la Amarga.

—Recibido, León, activando holo-conferencia—estábamos preocupados, ha pasado un mes desde el viaje temporal.

—Doctora, que gusto poder contactarnos, fue muy complicado por la ligera radiación que acompaña el terciario, parece que aquí está más concentrada que en el viaje del otro equipo.



“Iré directo al punto. Con el trabajo de campo hemos confirmado que en los últimos doscientos millones de años apenas han existido quinientos mil dinosaurios, cifra totalmente inferior a la que hubo cuando el meteorito, que dirigió nuestro grupo cero, causó la gran extinción, es decir, en tan solo media centuria en el futuro. No hay alternativa, hemos procedido a ensamblar la estación según lo planeado.”

—Muy bien, doctor León — respondió—. Entonces solucionen la inconsistencia, inicien la clonación masiva, debemos lograr multiplicar en mil veces la cifra de reptiles que mencionó, no importa el tamaño o la clasificación a la cuál pertenezcan. Lo mismo con los bosques, necesitarán mucho alimento.

“Hasta ahora todo va bien en nuestra época, sigue escrita en la historia la importancia capital de lo que producirán, pero si fracasamos en la misión, las oportunidades disminuirán drásticamente, y le advierto que no tendremos la opción de suplirlos con el escuadrón de reserva que estamos formando. Solo los estamos entrenando por temas políticos pero no estarán listos a tiempo, realmente esto depende de ustedes.”

“Si fallan, nuestros ancestros de los siglos veinte y veintiuno, nunca se industrializarán por falta de la suficiente cantidad de la energía negra y nuestra sociedad actual no existirá. Tienen que lograrlo, de ustedes depende la formación del petróleo.”

 ***

Luis Benjamín Román Abram. Escritor. Abogado con estudios de postgrado en Administración de Empresas y Seguros.





viernes, 12 de abril de 2013

La afirmación (Christopher Priest)



Una novela difícil de reseñar, como muchas de las cosas que he leído de Priest. El tipo de ciencia ficción que escribe es mas bien introspectiva, muy centrada en los cambios que se producen en la percepción y en la personalidad humana ante lo maravilloso o extraño, aún cuando se trate de fenómenos que podrían tener una explicación racional, vulgar inclusive. El "sentido de la maravilla" propio de la ciencia ficción no está ausente pues, en su obra, pero Priest lo presenta de una manera muy británica acaso, con un estilo mas bien parco, de resonancias ballardianas.
Con todo, La afirmación inicia de una manera que pone sobreaviso al lector de que no se trata de un texto de narrativa realista, por decir lo menos. En efecto, las primeras líneas son todo un ejemplo de cómo enganchar al lector en lo fantástico casi sin proponérselo:

De ciertas cosas al menos estoy seguro:
Me llamo Peter Sinclair, soy inglés y tengo, o tenía, veintinueve años. Ya aquí hay una incertidumbre, y mi seguridad vacila. La edad es una variable: ya no tengo veintinueve años.

¿Quién inicia una narración de su propia vida informando que "tenía" veintinueve años, o que los sigue teniendo? Lo que continúa es la narración en primera persona de alguien que ha pasado por período de  mala racha total, que ha padecido una serie de catástrofes personales terribles pero nada fantásticas (muere su padre, es abandonado por su esposa, pierde el empleo). Su entorno de amigos y parientes le ofrece ayuda, la cual se concreta en la posibilidad de pasar una temporada en una casa de campo, cómodamente pertrechada para permitirle cierta holgura y paz. En este ambiente, no tan bucólico como pudiera pensarse, Peter Sinclair se embarcará en un nuevo proyecto: escribir su biografía, en un intento expreso de recuperarse a sí mismo.
Su estrategia como escritor en ciernes será idear una suerte de mundo alternativo en el cual él y otros personajes desempeñarán, de manera simbólica, los roles que en la realidad han llevado a cabo. Pero en algún momento, Peter dejará de ser un inglés afincado en una casa de campo para convertirse en el ganador de una lotería única en su género, pues el premio principal es nada menos que un tratamiento que asegura la inmortalidad, la cual podrá disfrutar por siempre (sic) en cualquiera de las innumerables (o infinitas) islas del Archipiélago de Sueños. 
Si. De lo fantástico (el posible e inexplicable salto de una realidad a otra, que bién podría explicarse como un delirio del personaje) pasamos a la ciencia ficción en su aspecto más especulativo, el otorgamiento de una de las cosas que más ha soñado la humanidad durante milenios, la posibilidad de ser inmortal. Claro que a la manera de Priest. Es decir, ser inmortal en un mundo que apenas ofrece otros retos a los inmortales que dedicarse a escribir, fundaciones de caridad o resolver crucigramas. Además de la certeza de ver morir, uno tras otro, a quienes dan sentido a la existencia.
Podría parecer que Priest se explaya demasiado en describir el entorno emocional de los protagonistas, siempre desde el punto de vista de Peter Sinclair. Pero esto es coherente con la historia, pues proporciona al lector una explicación de cómo es que se pudo producir ese cambio de una realidad a otra, jugando con la ambigüedad propia de lo fantástico: ¿ha tenido lugar realmente? Y de ser así, ¿cuál es la "verdadera" realidad? ¿La realidad final es producto de las vivencias que ha tenido Sinclair en el pasado, o éste se pasado se ha creado como un subproducto del impacto emocional que se avizora hacia el final de la novela?
Habrá quienes cuestionen el hecho de considerar La afirmación como una novela de ciencia ficción. Pero si  queda claro de que se trata de un gran libro.

Daniel Salvo

miércoles, 3 de abril de 2013

E-book: La bestia olvidada por el tiempo (Daniel Salvo)

http://www.smashwords.com/books/view/300826

Continuamos el proyecto de la edición electrónica. Este cuento tuvo su germen en un taller de narrativa dictado por el escritor Alonso Cueto en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Nuevamente, gracias a Smashwords por permitirme publicar con ellos. Para descargarlo en EPUB, PDF, TXT y otros formatoas, dar click a la imagen.

martes, 26 de marzo de 2013

Patria (Robert Harris)



Estamos en el año 1964. Los Beatles hacen furor en Inglaterra y en los Estados Unidos, pero en países como Alemania, son objeto de censura debido a los antecedentes "negroides" del rock. Existe un Acta de Contaminación de Razas según la cual, si una mujer alemana comete adulterio con un polaco, ella será recluida y su amante fusilado. J. D. Salinger, George Orwell, Gunter Grass y Graham Greene son autores prohibidos, aunque circulan copias de sus libros entre la juventud, siempre cuestionadora de los logros de sus padres.
Si. Estamos ante otra ucronía en la que los nazis han ganado la segunda guerra mundial... o algo así. En realidad, Patria (Fatherland en el original) es un thriller ambientado en un mundo alternativo, que inicia - como todo buen policial - con un crimen enigmático cometido en el lugar más inesperado. Pero el crimen llevará a una pista más que sugerente, en la cual estarán involucrados los "malos" de rigor: altos jerarcas nazis, burócratas nada torpes cuando se trata de conservar su trabajo y los eternos espías norteamericanos, que al menos en esta novela, cumplen un rol de lo más secundario. Este crimen involucra a un alto jerarca nazi del círculo cercano nada menos que al mismísimo Adolfo Hitler, cuyos setentaicinco años se conmemoran en ese año.
A diferencia de otras ficciones, la Alemania triunfante no domina el mundo, pero le da forma. Los Estados Unidos dominan la energía atómica, pero los nazis los adelantaron en cohetería. Y en lugar de invadir Rusia en invierno, lo hicieron en verano, reduciendo las fuerzas armadas soviéticas a meras guerrillas. Una pax germánica cubre el mundo, y todos parecen estar de acuerdo. Tal vez, en el fondo, todos somos nazis...
Más allá del tópico del crimen y la investigación, la novela - si bien algo cansina en sus inicios - se centra en el duro proceso interior del protagonista, el investigador Xavier March, ex - oficial a cargo de un submarino durante la guerra, quien, merced a los resultados de sus investigaciones, pasará de ser un nazi convencido (tanto como el Joseph Kennedy de la novela, que en este mundo alternativo, es presidente de los Estados Unidos en 1964) a un hombre derruido por la culpa y el remordimiento al conocer ciertos detalles de cómo se llevó a cabo la "solución final", a saber, el exterminio sistemático del pueblo judío por parte de su pueblo...  
En Patria, se supone que hay una verdad oculta que, de difundirse, destruiría las bases que sustentan el apoyo al régimen nazi, como lo hace con el inicialmente convencido Xavier March. Y es que la carrera de March es todo lo heroica que podría ser una carrera militar, aún cuando no las tiene todas consigo en su vida familiar (su esposa lo abandona y su hijo, un niño de diez años, lo repudia por no ser lo "suficientemente nazi"). Pero es eficiente en su nueva asignación como investigador, dada su honestidad y entereza. Pero estas cualidades juegan en su contra al enterarse de otros aspectos de la historia que, astutamente, el Tercer Reich ha ocultado a casi todos sus partidarios. Y ese descubrimiento, deducido a partir de ciertas listas y documentos (que existen en nuestro mundo "real"), lo lleva a buscar una especie de iluminación, la cual logra cuando, ocultos por la nieve, encuentra los restos que confirman una realidad atroz, oculta a los ojos del mundo, incluso de los propios alemanes: la existencia de lugares como Treblinka, Sobibor o Auschwitz. Tras esto, March realiza el último acto honorable que puede permitirse: quitarse la gorra de oficial del Reich, arrojarla lo más lejos posible y enfrentarse a sus antiguos compañeros.
Resta saber cuál sería el impacto de la revelación de un hecho atroz en el resto del mundo. Pero ya sabemos lo propensos que somos los seres humanos a la psicosis, esto es, a ver y oir cosas que no existen... o dejar de verlas y oirlas. Quizá el resto de ese mundo alternativo que describe Harris esté más que de acuerdo con la "solución final". 
Igual que en nuestro mundo.


Daniel Salvo

miércoles, 20 de marzo de 2013

Torre de Coral (Luis Antonio Bolaños de La Cruz)



Torre de Coral

Luís Antonio Bolaños de La Cruz



Gracias a persistir acudiendo a gozar de mis vacaciones a Cartagena y a la acuciosidad tierna de mi madre he recuperado varios ajados y antiguos cuadernos emborronados en lo fundamental de reflexiones ético-filosóficas, exploraciones del ego siempre inflado de los jóvenes que nos creemos todopoderosos, análisis de correlaciones de fuerzas político-militares como solíamos denominar a los problemas bélicos internacionales y pujos semiliterarios; en uno fechado “Diciembre 71- Octubre 72” encontré un relato que por su extraña semejanza con el famoso “Persistencia” de Josè Adolph (en Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana, selección de Bernard Goorden para Martìnez Roca) me permito presentar como un precuomenaje (ya se que es horrible mezclar precuela y homenaje, pero me tomo la licencia de crear un fétido neologismo para indicar con facilidad por donde irán los tiros) a ese maestro indiscutible que recién empezamos a valorar. Sin embargo, admitiré sin ruborizarme que en esa época no sabia de la existencia de la ciencia-ficción peruana y de sus escritores así que lo redactado cae asimismo en el campo de esas experiencias transpersonales que lindan con la premonición, además estaba embebido en beber los oscuros licores de la escuela lovecraftiana e imitar sus estilos, cuyo barroco detallismo y multiplicidad de dimensiones intentaba reproducir y aquí se traslada con cierta exactitud el resultado de uno de esos intentos, excepto algunas leves correcciones más que modificaciones motivadas por los Lapsus calami. (El autor)

***

La sección del Alto Comando Estratégico del Pacífico sito en Oahu encargada de la campaña “Saltando entre Islas” trazaba los planes para después de la temporada de tifones. En una de sus tantas, espaciosas y ventiladas oficinas se desplegaban un mapa y una exacerbada discusión. Se trataba de arribar a una decisión importante: cuáles islas serian elegidas para ser tomadas antes del asalto a Tarawa ( al finalizar la guerra el general Holland Smith diría que “la decisión de la Junta de Jefes de aprovechar Tarawa fue un error y de ese error inicial creció el drama terrible de los errores de omisión más que de comisión, lo que resulto en víctimas innecesarias... deberíamos haber dejado que Tarawa se secase en la parra. Podríamos haberla neutralizado desde nuestras base en otras islas”).

Los engranajes de la maquinaria marcial se pusieron en movimiento y empujaron a tragar y digerir información: fotos aéreas, atolones en relieve, corrientes marinas, divisiones disponibles, acorazados, portaaviones, lanzallamas, también especulaciones, consejas, predicciones.

Entre las escogidas existía un atolón que sólo presentaba la particularidad de ostentar una torre de coral (restos de algún extraño guyot quizás re-emergido entre convulsiones volcánico-oceánicas) que levantaba sus murallones cariados a centenares de pies de altura y encontrarse en la ruta de acercamiento de la flota de ataque del almirante Nimitz.

Las fotografías aéreas mostraban playas de rutilante blancura, tortugas, palmerales, arrecifes madrepóricos, una laguna esmeraldina, ningún blocao o fortificación, nada que permitiera suponer su ocupación por los nipones; diminuta y solitaria no parecía tocada por la mano humana (si lo pensamos ahora, tan cerca al Ecuador y abandonada, un escalofrío nos sacude), no obstante, su situación de privilegio tornaba obligatoria una visita, así que se diseñó un plan de desembarco y un regimiento de feroces marines ya experimentados en Guadalcanal fue embarcado en LST escoltados por un puñado de destructores y para abrirles camino una sección de comandos a bordo de un submarino se encargaría de conquistar la torre de coral.

En la neblinosa madrugada los botes de goma arribaron a la playa, los comandos con felina fluidad y agilidad concurrente escalaron las perpendiculares y cortantes paredes del acantilado atiborrado de balconcillos que aliviaban la trepada y festoneado de algas secas; rápidos se desplazaron como en un entrenamiento, silentes cual fieras carniceras y con alta probabilidad de compartir su letalidad, los dientes brillantes por la saliva del esfuerzo su agruparon en racimo en torno al borde almenado de la torre de coral, y tras un instante de respiro aferrando sus Garand M1 se lanzaron al ataque en posturas retorcidas para evitar disparos y con la adrenalina pulsando en las venas traspusieron los serrados parapetos de la cúspide y se desparramaron en el interior de aquella fortaleza natural. Sorpresa. Nadie había. Excepto aquel raro conjunto en el centro geométrico de la plana superficie interior, allí en un círculo de arena pálida, en torno a una raquítica palmera se desangraban los cadáveres acribillados a azagayas de tres hombres, cubiertos con herrumbrosas armaduras españolas del siglo XVI, de cuando Sebastián El Cano pasó por esos parajes para circunnavegar el mundo.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El sueño de Galileo (Kim Stanley Robinson)



Hace ya casi una década, pude leer la trilogía de Marte (Marte rojo, Marte verde, Marte azul) de Kim Stanley Robinson, una obra monumental en torno a la colonización del planeta rojo, transformando su atmósfera en respirable. Se trata de un tipo de ciencia ficción entre hard y humanista, puesto que conjuntamente con una exhaustiva descripción de los procesos, experimentos, dispositivos y condiciones climáticas propias de una empresa de tal envergadura, se nos ofrece un estudio del impacto que podría significar para los seres humanos el poder colonizar, de manera realista, otro planeta. No esperen combates con extraterrestres o catástrofes, ni héroes o villanos (aunque los hay).
Con El sueño de Galileo ocurre otro tanto. Si bien la figura central es una figura clave de la historia humana, Galileo Galilei, no está descrito como un personaje de cartón piedra. Al contrario: para alguien no muy interesado en la biografía de Galileo o en cómo se vivía en la Italia del siglo XVIII, la novela podría resultar un poco árida o carente de interés, pues gran parte de la narración está compuesta por la biografía novelada de Galileo, desde la creación del telescopio hasta su muerte.
El lado propiamente enfocado hacia la ciencia ficción implica el viaje en el tiempo: resulta que los humanos del futuro han colonizado al fin otros planetas y astros del sistema solar, entre ellos, varios satélites del planeta Júpiter. Estos humanos del futuro han hallado indicios de otras especies inteligentes, ante lo cual se les presenta una serie de dilemas (un tanto incomprensibles, a decir verdad), por lo que resuelven trasladar al  futuro a Galileo, quien hará las veces de árbitro entre las disputas que sostienen, entre otros, ganimedinos (habitantes de Ganimedes) y europanos (habitantes de Europa, otra de las lunas de Júpiter). 
Los mejores momentos de la novela, esos que dejan al lector con la expresión de asombro en el rostro, son aquellos en los cuales Galileo realiza un descubrimiento científico o ejecuta un experimento exitoso (sus experiencias con el plano inclinado son un gozada total), o mejor aún, cuando el autor (astutamente) expone ciertas teorías actuales sobre las dimensiones del universo con el pretexto de enseñárselas a Galileo, a fin de hacerle entender la posibilidad de los viajes en el tiempo (que de resultar cierta la teoría, implicaría la creación de múltiples realidades).
Si bien la historia que conocemos no cambia (Galileo es juzgado por su apoyo a la teoría heliocéntrica), los habitantes del futuro le otorgan la posibilidad de elegir entre distintas sendas temporales (en una es quemado en la hoguera, en otra la Iglesia Católica acepta la teoría heliocéntrica). Pero Galileo entiende que no se trata tanto de su persona, sino de la humanidad y lo que significa el descubrimiento del método científico para la misma: la historia nunca más volverá a ser la misma, como bien dice un personaje de la novela:

“Éste es el hombre que comenzó a investigar la naturaleza por medio de la experimentación y el análisis matemático. Desde su época hasta la actualidad, la ciencia, empleando este método, nos ha convertido en lo que somos. Cuando hemos ignorado los métodos y los hallazgos científicos, cuando hemos permitido que las estructuras arcaicas del miedo y el control afianzaran su poder sobre nosotros, nos ha sobrevenido un desastre implacable.”


Daniel Salvo

sábado, 23 de febrero de 2013

Los viejos salvajes, de Carlos de la Torre Paredes (reseñada por Benjamín Román Abram)



LOS VIEJOS SALVAJES

Carlos de la Torre Paredes (Lima, 1988)

Peithos Editores (2012)


 
Comencé a leer Los viejos salvajes, segunda mención honrosa del IV “Premio Cámara Peruana del Libro de Novela breve 2012” con curiosidad, por ser la primera obra publicada del autor, pronto advertí que era atrapante y ciencia ficción-terror-aventura concentrada de la buena. Humanos con reacciones psicológicas extremas, posesos cuyas mentes no diferencian su realidad con la realidad, canibalismo, parafilias. Implacables ataques organizados de una especie alienígena contra los humanos. Áreas libres para que el lector saque sus propias conclusiones, es apenas una parte de lo que nos depara este brillante texto.

Con influencias del género cinematográfico, especialmente de Alien, el octavo pasajero, y más bien, homenajes del autor a Star Wars, genera hábilmente, con códigos visuales y de sonidos, una tensión que compromete al leyente en cada escena. Incluso, a ratos, hace que nos olvidemos que la acción se realiza en el espacio y compartimos, con los viejos salvajes, los ambientes cerrados, amenazadores y francamente mortales, ya sean en un asteroide o una nave espacial.

El uso de localismos peruanos o menciones inspiradas en la geografía latinoamericana (La Federación Lima, Rick Gonzales, Galaxia Sur Latina, etc.) y el uso de los verbos en tiempo presente por el narrador, nos hace sentir lo que sucede como algo cercano. Las notas al pie de página, no interrumpen, más bien, dan mayor verosimilitud a la narración.

Es el tipo de obra perfecta para una precuela, dado la amplia cronología que se menciona de hechos que sucedieron antes de lo narrado; como una secuela, dado la gran riqueza del universo creado.

¿Qué esperamos de la próxima obra de Carlos de la Torre Paredes? Que supere a lo publicado y confirme que estamos ante un autor peruano, con letras mayúsculas, del género de la ciencia ficción.



 
Benjamín Román Abram (Lima, 1970) Abogado, escritor, poeta, divulgador cultural.

jueves, 21 de febrero de 2013

E-BOOK: LA POCION (DANIEL SALVO)


Continuando con el proyecto iniciado con el cuento La hija del mar, esto es, publicar un e-book cuando menos una vez por mes, les ofrezco otro cuento (disculpen la brevedad), nuevamente gracias a Smashwords, la mejor alternativa para quienes quieren publicar e-books sin mayores complicaciones.
Disponible para su descarga (hacer click en la imagen) en PDF, EPUB y otros formatos.  Espero que lo disfruten.

Daniel Salvo