jueves, 14 de junio de 2012

Los ladrones de cuerpos (Jack Finney)


Los ladrones de cuerpos (The body snatchers)
Jack Finney, 1955



Después de cuatro películas basadas en esta novela (producidas en 1956, 1978, 1993 y 2007), es difícil que el lector no sepa ya de qué va la trama: a nuestro planeta arriban unas vainas que tienen la capacidad de duplicar el cuerpo (y la mente) de los seres humanos, produciendo copias idénticas en todo, salvo en cierto tipo de sentimientos. Los seres duplicados por las vainas, básicamente, carecen de emoción, de interés en lo que usualmente mueve a los seres humanos, aunque no carecen de inteligencia ni de objetivos, al punto de tramar un plan para apoderarse de nuestro mundo, mediante la dispersión de las vainas a lo largo y ancho de los Estados Unidos de los años cincuenta del siglo XX, para luego continuar con el resto del mundo.
El desarrollo de la novela inicia de manera pausada, introduciendo a los personajes principales (un médico y la dama objeto de su interés, ambos divorciados, un psiquiatra que tiene explicaciones para todo y el resto del pueblo de Santa Mira, apacible a más no poder) y sus actividades cotidianas. Su hasta entonces plácida existencia comienza a alterarse ante las cada vez mas numerosos casos de personas que son denunciadas por sus parientes más cercanos debido a que "ya no son las mismas". Son, obviamente, los seres que las vainas han producido al culminar su proceso de duplicación. El doctor Bennell, el protagonista de la novela, en un principio no da el menor crédito a estas denuncias, hasta que la evidencia se hace imposible de ignorar: es testigo del producto de un proceso inacabado de la duplicación de un conocido suyo.
En adelante, las cosas se desarrollan de manera similar a los filmes mencionados líneas arriba: los protagonistas, que aún conservan su humanidad, tratarán de advertir al resto de la humanidad de la amenaza que se cierne sobre ellos. Salir del pueblo o comunicarse con alguien del exterior será crucial, y es esta lucha la que desencadenará la acción, cuyo punto más álgido será el intento de captura de los protagonistas por parte de los duplicados, así como la explicación del origen de las vainas y sus motivos.
Esta parte de la novela, el diálogo entre los humanos normales y los duplicados, me lleva a pensar que la perspectiva desde la cual se considera a Los ladrones de cuerpos un ejemplo de la paranoía norteamericana frente a la amenaza que, en su momento, suponía la ex Unión Soviética, o está errada, o merece una profunda revisión.
Ya el propio autor aclaró en su tiempo que su idea al escribir la novela era el mero entretenimiento (como si fuera fácil escribir una historia entretenida), mientras que la lectura esa que insiste en la paranoia de una época corresponde mas bien a la película dirigida por Don Siegel en 1956, en plena guerra fría. Mas bien, podríamos decir que Finney, tal vez inconscientemente, dejó clara su visión más que desencantada respecto a la humanidad, a pesar del supuesto mensaje de triunfo de "nuestra" naturaleza combativa frente a cualquier enemigo exterior, como sería el caso de las vainas.
Por que al revisar los diálogos entre el doctor Bennell y los duplicados, la visión que proporcionan estos de la "nueva vida" que tienen luego del proceso de duplicación lleva realmente a la paranoia... respecto a nuestra propia condición humana. Por que el orden que sobreviene luego de la duplicación de las vainas no se parece en nada al brutal sometimiento de un régimen totalitario, pero tampoco parece una alternativa tan inhumana como la carrera de ratas que (ilusamente) suponemos es una sociedad libre, supuestamente basada en la libre competencia y la asignación de recursos mediante la meritocracia. Una humanidad sobreviniente al éxito de las vainas acabaría por extinguirse, evidentemente, pero en medio de una placidez casi socrática, en total contraste con la mayoría de sistemas de vida que se dan en la actualidad. Vamos, que si hubiera que elegir entre las vainas y los futuros amos de nuestras vidas - seres tan extraterrestres como los integrantes de los cárteles de la droga o los maras salvatrucha -  , la cosa está bastante clara.
Y uno se pregunta si tienen sentido, para quienes padecen de pobreza, hambre, frío y otras alienaciones de la condición humana "sana", hablarles de la emoción de vivir, el espíritu humano o la libertad. En ésta época, antes que invasores del espacio, los pods (nombre original de las vainas) podrían representar una esperanza para nuestra supervivencia.

Daniel Salvo

sábado, 9 de junio de 2012

Aunque siga brillando la luna (Ray Bradbury)

(Ray Bradbury, 1920 - 2012)

¿Qué se puede decir respecto a la muerte de un ser humano, sobre todo si ese ser humano es nada menos que Ray Bradbury, el autor de hitos literarios como Fahrenheit 451, Crónicas marcianas, El hombre ilustrado o El país de octubre? Imposible pensar en Marte sin imaginarnos a su principal cronista, o ver arder un libro (o ver ciertos programas de televisión, que viene a ser lo mismo) sin recordar que está ardiendo a 451 grados fahrenheit...
Por el momento, mejor es recordarlo por sus obras. Por sus maravillosos cuentos, que se despliegan por casi todos los aspectos de la vida humana, en este y otros mundos. Como el muerto Marte del relato Aunque siga brillando la luna, donde asistimos al encuentro entre una pujante humanidad terrestre, capaz de llegar a otros planetas gracias a sus avances científicos, y los restos de una civilización más que milenaria que decidió abordar la existencia desde una perspectiva menos tecnofílica y acaso más humanista, aún a riesgo de su extinción. Pero, ¿acaso algo dura para siempre? Los más poderosos reinos de la antigüedad acabaron siendo meras páginas en los libros de historia, si es que al menos han llegado a formar parte de la misma.
Esta humanidad terrestre, prepotente y conquistadora, alberga sin embargo a individuos capaces de sostener una visión diferente, capaces de entender la belleza de unas ruinas que son, sin querer, un monumento a la existencia de una raza desaparecida. Y en ese arrebato de belleza, uno de estos individuos dejará de lado su humanidad - al menos, la humanidad que se expresa a través del poder y la fuerza bruta - , para asumir la defensa de algo muerto e inútil, pero que expresa la belleza que este individuo ha logrado en su propia existencia humana. Sin quererlo quizá, se convertirá en el último marciano, el defensor de una ciudad en ruinas desvaneciéndose en el polvo de un rojizo atardecer.
Imposible no percibir la belleza triste de las cosas que desaparecen, o que desaparecieron, las personas y los lugares que alguna vez significaron algo bueno en la vida y que tarde o temprano no serán más que recuerdos. Pero en este cuento, acaso Bradbury nos ha querido decir que nadie puede quitarnos la belleza y la luz de la existencia, aún cuando esa belleza y esa luz no sean otra cosa que recuerdos de un mundo perdido. Pero también es cierto que conservar tan preciosos dones tiene un coste muy alto, como puede serlo la propia vida.
No deja de ser curiosa la similitud de Aunque siga brillando la luna con un texto de Jorge Luis Borges - autor del prólogo de la versión en castellano de las Crónicas marcianas; su Historia del guerrero y la cautiva, en la cual se narra el curioso caso de Droctulft, un bárbaro que pasó de invasor a defensor de Roma, impresionado acaso por una belleza de orden distinto a lo que conocía, pero capaz de conmoverlo y trastocar su espíritu. Tal vez al astronauta de Bradbury le ocurrió lo mismo que a Droctulft, o como diría Borges, no existe ni uno ni otro, sino que son el mismo. Y entonces, este texto borgesiano acaba siendo parte de la crónica de Bradbury:

" ... y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación..."

Bradbury, Borges, ambos ya muertos... Tal vez las dos caras de una misma moneda.


Daniel Salvo

jueves, 31 de mayo de 2012

Editorial: El cuento y la ciencia ficción



¿Qué tienen en común Canción de hielo y fuego, Harry Potter y Los Juegos del Hambre? Pues que se trata de novelas, grandes y gordas novelas que, para colmo, son partes de n-logías que parecen no acabar nunca, sin contar con el hecho de que, en cualquier momento, aparece la "precuela" del caso, que suele ser otra novela de esas tan extensas, que los españoles han tenido a bien bautizar como "tochos".
Ahora, el que se trate de tochos, no implica que su calidad sea baja o mediocre. Pero entre tanto tocho, entre tanta novela, uno se pregunta: ¿y qué fue del cuento de ciencia ficción?
El cuento, tan venido a menos últimamente, al menos en la ciencia ficción, ha dado auténticos clásicos del género, las situaciones irrepetibles que no pueden darse sino en la ciencia ficción... ¿qué sería de nuestro mundo sin Es una buena vida de Jerome Bixby, Todos ustedes zombies de Robert Heinlein? Y si hablamos de cuentos peruanos, El día trágico de Clemente Palma, estoy seguro, debe haber causado entre los peruanos de 1910 el mismo impacto que la transmisión radial de la versión de La guerra de los mundos de Orson Welles.Y la impresionante produccion cuentística de José B. Adolph aún está pendiente de ser reeditada.
Claro, tiene más empaque reseñar novelas que antologías o colecciones de cuentos. Tiene más empaque, y es más fácil: después de todo, "una novela trata acerca de...", mientras que varios cuentos "tratan" diversas temáticas. Una novela tiene una fecha, los cuentos, varias...
En lo que a mi respecta, trato de estar al día con la ciencia ficción (y la fantasíá, y el terror) del Perú y del mundo... Lo que, en los tiempos que corren, implica (inevitablemente) sumarme a los lectores de tochos y n-logías. Aún no leo nada de la saga de George R.R Martin (qué obsesión por las iniciales tienen los gringos), y me imagino que cuando eso ocurra, pasará un largo tiempo sin que pueda actualizar el blog. Y posiblemente, ni siquiera redacte un comentario al respecto.
Pero el tiempo puede estirarse... y entre los intersticios que deja la novela, puede caber uno que otro cuento. Y volver a encontrarse con esa suerte de cápsula de sentido de la maravilla que nos da un cuento de ciencia ficción, clásico o nuevo, y entonces, estirar el tiempo también para comentarles las impresiones que dejan a lo largo de la vida esos cuentos.
Y lo mejor de todo, es que ahora se puede comentar un cuento (o una novela) sin la sensación de culpa que producía, hasta hace poco, la convicción de que tales ficción o eran muy caras o eran imposibles de encontrar en las librerías de turno. Hoy por hoy, gracias a la cada vez más creciente disponibilidad de libros electrónicos, el lector puede acceder al otrora clásico inhallable como a la última novedad editorial, apenas haciendo click.
De modo que tenemos Ciencia Ficción Perú para rato... y ahora con más cuentos.

Daniel Salvo

domingo, 13 de mayo de 2012

Relato "Minuto 23" (Sebastián Esponda)




 

MINUTO 43

Sebastian Esponda



Fui al estadio para ver la final del campeonato. A duras penas conseguí acomodar mi trasero entre dos tipos gordos y borrachos. Me sentía como un renacuajo en un mar repleto de ballenas. En esta tribuna, todos miraban el partido de pie y se abrazaban y saltaban y el piso de cemento temblaba como si fuera de madera. Las nucas rollizas y las espaldas sudorosas me impedían disfrutar del partido. Sin embargo, parándome de puntillas sobre el cemento, a veces me las arreglaba para pescar algún detalle: la pelota volando por los aires, una tarjeta amarilla, un jugador cobrando un lateral, incluso algún corner. Sólo fragmentos. Menos mal que tuve la precaución de llevar la radio: la voz del narrador me ayudaba a construir el partido.

Gracias a la radio supe que, a dos minutos del final, el árbitro había decretado un penal en contra de mi equipo. Pude ver, por entre una abertura que dejaban dos caderas, al arquero en el centro del arco besándose los guantes, y al jugador rival parado con las manos en la cintura, escupiendo cada cinco segundos. El árbitro, en una esquina, miraba su reloj mientras conversaba con el juez de línea. Dos policías se acercaron para protegerlo de la lluvia de papeles, manzanas y botellas. Luego, el árbitro corrió hasta el borde del área chica y encastró el pito entre sus labios. Entonces sucedió.

Percibí una especie de centelleo detrás de mí, un zumbido en mis orejas, y, de inmediato, una explosión a lo lejos. Luego se impuso un silencio con olor a pólvora. Todos a mi alrededor comenzaron a correr. Eso me permitió, por fin, ver la cancha en su totalidad. A diez metros del arco, un jugador de polo amarillo se retorcía sobre el césped y se agarraba la cabeza con ambas manos. Sangraba. Alguien bajó a grandes zancadas y me golpeó el hombro. La radio cayó al suelo. Me agaché para recogerla. Cuando levanté la vista, descubrí que me habían dejado solo. Comprendí la situación.

Alguien me señaló desde la última grada. Los hinchas del jugador herido, vestidos de amarillo, cruzaron todo el campo hacia la tribuna donde yo me encontraba. Un tropel de policías hizo lo mismo. El instinto me obligó a moverme y gritar al mismo tiempo: yo no fui, yo no disparé esa bengala. Fue inútil. No se detuvieron.

Llegué hasta la puerta del estadio y me mezclé con la multitud nerviosa. Encendí un cigarrillo para simular tranquilidad. Un muchacho que no pasaba los quince comenzó a gritar mientras me apuntaba con el dedo acusador. Eché a correr por las calles, huyendo de la turba amarilla.

Doblé en la primera esquina. Corrí con todas mis fuerzas. No volteaba, pero sabía que estaban cerca. Podía escuchar sus insultos y amenazas. Los transeúntes también volteaban y, asqueados, se apartaban de mí, como si yo arrastrara una enfermedad mortal dibujada en mi rostro.

Un camión les cortó el paso y les pude sacar una pequeña ventaja. Mis piernas ya no respondían. Tenía que esconderme. Encontré un callejón estrecho. Me refugié en la oscuridad, atorado entre dos paredes. Temblaba de cansancio, sudaba sin parar, me ahogaba.

Escuché sus voces en el callejón. Hincaban algunos montículos de basura con el asta de las banderolas. Se acercaban. Traté de avanzar hacia el fondo, pero el callejón era muy angosto; las paredes me rasguñaban mientras me deslizaba con desesperación. Contuve la respiración. Quería desaparecer. Intenté pensar que no estaba allí.

En la oscuridad del callejón, percibí la mirada vibrante de dos ojos diminutos. Era una rata. Pensé, por un momento, que mi única salvación sería convertirme en una. Quería empequeñecerme y huir por una rendija como ella. O tal vez trepar por las paredes hasta llegar una ventana. Entonces sentí que mis miembros, progresivamente, se iban encogiendo dentro de mi ropa y que unos pelos hirsutos comenzaban a poblar todos mis poros. Algo comenzó a picarme en el trasero. Algo comenzó a crecer. Era la cola. Me asomé por la boca del pantalón y escapé.

El mundo creció y el tiempo se hizo mucho más lento. Atravesé un agujero y me perdí en la oscuridad de un largo túnel. Mis patas chapotearon dentro de los desagües. Esquivé desperdicios y otras cosas que identifiqué por el olor. Me movía por instinto.

Un rumor se acercaba, crecía y al final se transformaba en un montón de ratas que me empujaban y me olisqueaban. Me uní a la turba. Recorrimos túneles y túneles, en medio de la humedad y la putrefacción.

Sin embargo, algo nos detuvo y nos apretujamos en una confusión peluda y caliente. Era una malla metálica. No nos dejaba continuar. Chillamos. El ruido me enloquecía. Mis incisivos castañeteaban. En medio del forcejo, muchas aprovecharon para aparearse con el que tuvieran al costado. Una se restregó contra mí y me clavó dos dientes en la espalda.

Finalmente, la malla cedió. Rodamos. Una vez que conseguí pararme sobre mis cuatro patas, recibí la embestida de todas. Patas y dientes encima de mi lomo. Colas azotando mi nariz. Mordiscos a diestra y siniestra. Era extraño: como si se hubieran dado cuenta de que yo era diferente y me castigaban por eso.

Vi una luz al final del túnel y decidí escapar por ahí. Penetré en el círculo blanco y sentí una especie de vacío. Caí. Alcé la mirada y las contemplé cayendo igual que yo. Una lluvia de ratas, pensé. Quise sonreír pero no tenía control sobre los músculos de mi rostro.

Caímos sobre el mar. Recordé que no sabía nadar, pero llegué hasta la orilla con mucha rapidez. Intenté escabullirme dentro del basural. Encontré un cilindro de vidrio y me introduje por un agujero. Una botella partida. Emití un chillido cuando sentí las astillas de la abertura surcando mi piel. La luz del sol se colaba entre frutas podridas y papeles y llegaba débilmente hasta tocar la botella. Todo era verde. Me acurruqué al fondo, pegando mi hocico a la base de la botella. Observé, a lo lejos, cómo las ratas olfateaban cualquier cosa que tenían enfrente. No tardarían en dar conmigo.

Siguiendo el rayo del sol, alcé mis ojos y descubrí el revoloteo de unas gaviotas. Me hubiera gustado volar como ellas, para perderme en el cielo. Una gaviota descendió sobre el basural y se posó sobre una caja de cartón vacía. Sus alas se plegaron, simétricas, acomodándose perfectamente a ambos lados de su cuerpo. Todas las plumas eran idénticas y formaban líneas regulares. Intenté contarlas. La gaviota clavó sus ojos en mí y, de alguna forma, comencé a escuchar el retumbar de su corazón en mi propio pecho. Instantáneamente, mis huesos se volvieron huecos. Huecos pero también sólidos. Y los pelos de mi cuerpo crecían y se volvían plumas.

Empecé a aletear. Busqué la altura. Sentí la resistencia del aire. Mis plumas giraban, se abrían y cerraban, igual que las persianas. Bajé la cabeza y emití un extraño graznido para despedirme de las ratas que se amontonaban alrededor de la botella. Mis pulmones se expandieron sin ninguna dificultad.

Atravesaba las nubes y me precipitaba a mar abierto dejando atrás el humo de la ciudad. Me uní a una parvada de gaviotas. Avanzamos juntas un largo trecho, cada una separada de la otra por la misma distancia, formando una especie de triángulo.

Segundos después, el triángulo de deshizo intempestivamente y todas comenzaron a golpearme con sus alas y sus picos. No pude sostener la pelea por mucho tiempo. Dejé de aletear y caí. Poco antes de estrellarme contra el mar, reaccioné y fui capaz de planear al ras del agua.

Esta vez era imposible esconderse. No había huecos donde cobijarse. Las gaviotas no me dejarían tranquilo. De hecho, una de ellas se aproximaba a toda velocidad, en picada, encabezando la parvada furiosa. Estaba perdido. Volaba en círculos, asustado, sin saber adonde ir. Estaba encajonado entre el mar y el espacio abierto. Resolví que la única forma de escapar sería convertirme en algo más grande que el cielo y el mar. Y pensé que sólo si fuera una especie de dios podría lograrlo: nadie podría encontrarme porque estaría en todas partes y en ninguna. Dejaría de ser esclavo del espacio, y también del tiempo, y dejaría de tener un cuerpo y me convertiría en puro pensamiento y voluntad. Cerré mis ojos amarillentos, como si rezara, y me resigné a los picotazos.

Cuando abrí los ojos, seguía siendo una gaviota. Es decir, todas las gaviotas. Y también las ratas que inundaban el basural. Y el mar. Y el cielo. Todo al mismo tiempo. El universo reveló sus secretos. Comprendí la verdad, la verdad con mayúsculas, la única verdad. El sentido de la naturaleza. Es difícil explicarlo con palabras, lo sé, pero eso fue lo que sucedió.

Me dediqué a vagar por el firmamento en una fracción infinitesimal de un segundo y aprendí el nombre de muchos otros como yo. Nombres indecibles que están más allá del lenguaje, del tiempo y del espacio.

En un grano de arena, me reuní con los otros dioses. Los saludé con los destellos de una supernova que explotaba en los albores del universo. Pero ellos notaron mi presencia y se volvieron contra mí. Querían destruirme. Me persiguieron durante millones de años o durante la fracción de un segundo, no lo sé muy bien. Me persiguieron por toda la superficie del grano de arena que era igual a la superficie de todo lo conocido y por conocer. ¿Cómo escapar de todos y de nadie? Más me hubiera valido volver a ser un hombre.

Y lo fui. Y aparecí en el estadio, parado en el centro de la tribuna, con una radio en la mano, mirando cómo una turba de camisetas amarillas cruzaba el campo de juego a toda velocidad.


* * *


Sebastián Esponda estudió Ingeniería Mecánica y posteriormente una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), intenta terminar su tesis sobre el primer nueva corónica y buen gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala. Fue publicado en Creación literaria 2000, recopilación de trabajos de creación literaria de Estudios Generales de la PUCP. Ganó el primer premio de cuento en el concurso Diálogo entre culturas 2001, organizado por la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP, y con patrocinio de la UNESCO. Obtuvo el segundo lugar en el Concurso de juegos florales 2002, del Centro Federado de la PUCP. Tuvo una mención honrosa en el III Concurso de cuentos Crisol, Lima 2003, y fue finalista en la XIV Bienal de Cuento Premio Cope 2006. En enero del 2012 publicó su libro de cuentos El polvo de los grandes. Su correo electrónico es esponda.sm@hotmail.com



El polvo de los grandes (Sebastián Esponda)







El polvo de los grandes


Sebastián Esponda

Lima, 2012

Edición de autor



Sorprendente incursión en la narrativa del enigmático Sebastián Esponda, de quien esperamos continúe en la misma senda creativa. El polvo de los grandes es un conjunto de relatos bastante logrado, de temática variada, no siempre asentada en el terreno de la literatura fantástica o la ciencia ficción, géneros a los que el autor aporta una visión entre irónica y melancólica de la existencia.

Así, el tema de los avances científicos que dan lugar a mecanismos que reemplazan o hacen innecesario el contacto humano es tratado en el cuento “Líquido pesado”, advirtiéndonos sin embargo que esta modernidad no logra enmascarar la soledad que termina por absorber a la protagonista,  augurando así el universo compuesto por seres humanos que no son otra cosa que personalidades vacías pero plenamente conectadas, universo al que estamos llegando con nuestras redes virtuales y conexiones inalámbricas. “Pasión por la imagen”, un relato digno de figurar en cualquier antología de literatura fantástica, nos ofrece una historia en la cual seres inanimados desarrollan una especie de consciencia basada en la vanidad antes que el intelecto, y de paso nos muestra los extremos a los que a veces llegamos con tal de ser vistos, aunque eso no implique necesariamente el ser conocidos.  En cambio, “La masa que cayó del espacio”, a pesar de su sugerente y lovecraftiano título, no deja de ser una fantasía adolescente en torno al sexo, aunque diestramente narrada, con toques humorísticos.

Más inquietante resulta “El cassette rojo”, a medio camino entre el relato policial y la ciencia ficción, donde la investigación de los pormenores de un crimen, registrado mediante el cassette del título, termina por conducirnos a un posible fin del mundo. “Un roble macizo como un elefante” cae de lleno en la ciencia ficción, con una ambientación futurista magnífica y un final sorprendente que bien podría darle la categoría de clásico: en un futuro lejanísimo, el entorno humano ha cambiado de manera radical, al punto que los humanos habitan el espacio alrededor de la Tierra, mas no la Tierra misma. Y, obviamente, el entorno ha acabado por transformar al hombre mismo, al punto que este mismo es incapaz de reconocer su humanidad... o la falta de ella. “Minuto 43” reflexiona en torno a la naturaleza contingente del universo, cuya existencia puede alterarse por completo de un momento a otro, partiendo de un escenario tan banal como la tribuna de un estadio en el cual el protagonista se encuentra expectando un encuentro deportivo, para terminar perdido en los confines del espacio-tiempo. “Zoopsia” juega a la vez con nuestro temor a la naturaleza y con nuestra presunción de ser, los humanos, el producto más elevado de la evolución, recordándonos que no somos más que un tipo distinto de animal. O al menos, así podrían vernos otras especies inteligentes, aunque no necesariamente humanas...o animales.

Por último,“El polvo de los grandes”, irónico a más no poder, y de muy recomendable lectura en esta época de emprendedores y pontífices del mercado, nos recuerda que muchos descubrimientos no son más que recuerdos, y que la grandeza del ser humano no está en su capacidad de aprovecharse de la naturaleza o de otros seres humanos, sino en su capacidad de crear.


Daniel Salvo

martes, 1 de mayo de 2012

Editorial: Por la literatura electrónica




El fin de semana, estuve conversando con unos amigos en un lugar público que, sin ser necesariamente caro, contaba con wi-fi. En una mesa cercana, un comensal encendió su teléfono celular, pero no para efectuar o recibir llamadas, sino para ver algún programa de televisión transmitido digitalmente. Otro revisaba su cuenta twitter. Y un servidor aprovechó para descargar un libro electrónico en su tablet.

En algún momento, mis amigos y yo lo tuvimos claro: casi todos los clientes de lugar tenían algún dispositivo con capacidad de ingresar a Internet, de manera inalámbrica.

Sin recurrir a un cálculo estadístico, podría decirse que la mayoría de asistentes contaba con el sistema Android en sus equipos, el cual permite “bajar” aplicaciones, entre ellas, lectores de libros electrónicos para (prácticamente) todos los formatos disponibles (ePub, FB2, TXT, Kindle, Mobi, PDF, etc.).

En otras palabras, virtualmente hablando, una gran mayoría de usuarios TENÍA UN LIBRO EN LA MANO.

Y si proyectamos el hecho de que los teléfonos celulares de última generación son, básicamente, “smartphones”, y que además las tablets como la Galaxy o el iPad se han vendido muy bien en el último año, tenemos que, en los hechos, LA DIFUSIÓN DEL LIBRO SE HA PRODUCIDO YA, A NIVEL NACIONAL.

Lo recalco: LA DIFUSIÓN DEL LIBRO SE HA PRODUCIDO YA, A NIVEL NACIONAL.

Díganme qué sentido tiene, a estas alturas, quejarnos por la ausencia de librerías en ciudades que no son Lima, por la falta de bibliotecas escolares, por el elevado precio de los libros publicados en papel, si, como se muestra en la gráfica, en los Estados Unidos, el negocio de la venta de ebooks va viento en popa, y no afecta la venta de libros en papel. Díganme si el precio promedio de U$ 9.99 para los libros electrónicos (además de la oferta de precios menores, con tendencia a la gratuidad) basta para cerrar la boca a los apocalípticos que hablan de la muerte del libro y de la cultura escrita.

Pero, ¿se condice esto con los índices de lectoría, sobre todo, en el Perú? ¿Sirve de algo que niños, jóvenes y adultos tengan dispositivos de lectura electrónica portátiles (ya se trate de tablets, teléfonos celulares o e-readers, bastante escasos en nuestras tiendas, por cierto), si los usan para jugar o comunicarse , en lugar de leer “Juego de Tronos”, por ejemplo?

Démonos cuenta de que se trata de problemas distintos. De hecho, es insoslayable que el próximo gran tema de discusión va a ser el cómo remunerar a los creadores de contenido en la Internet, dado que es más fácil reproducir dichos contenidos, con o sin la autorización de sus creadores. De la misma manera, hablar de elevar el índice de lectoría en el Perú es muy distinto a reconocer que, hoy por hoy, hay más peruanos con “libros” en la mano que en décadas anteriores. Si bien la Internet aún no es masiva (al menos, no tanto como los teléfonos celulares), su uso se incrementa cada día, de manera que no es descabellado pensar que pronto tendremos a un país real y totálmente interconectado.

¿Sabremos aprovechar esa interconexión? En el caso concreto de los libros y lectores, ¿alguien está anotando que hay cada vez más “libros” en los bolsillos de los (reales y potenciales) lectores?

Daniel Salvo

domingo, 15 de abril de 2012

Omega (Jack McDevitt)



Siendo el cuarto volumen de la serie “Las máquinas de Dios”, estamos en el mismo universo en el cual las denominadas Nubes Omega arrasan cada cierto tiempo con cuanto indicio de civilización exista en el universo. El mismo universo en el cual la capitana Priscilla Hutchins, ahora dedicada a otras actividades, se ha casado, ha tenido una hija y realiza labores que tienen más que ver con la asesoría en misiones espaciales que con su especialidad, esto es, la de piloto de naves espaciales.



Mientras tanto, se ha descubierto otra especie extraterrestre que está pronta a ser devastada por las nubes Omega, los seres denominados goompah, quienes pese a llevar milenios en su planeta, apenas han desarrollado una tecnología muy similar a la de la edad de hierro terrestre. En cambio, son tremendamente racionales, sexualmente desprejuiciados y muy sociables, a su manera, claro está. La descripción de la sociedad goompah y su entorno recuerda a las teorias elaboradas por Jared Diamond en “Armas, gérmenes y acero”.



Una vez descubiertos, en la Tierra se plantea la posibilidad de salvarlos de alguna manera, puesto que aún se desconoce la manera de repeler el ataque de las nubes Omega. Pero el ingenio humano parece no tener límites: si bien no se puede destruir la amenaza, se le puede engañar, o distraer de alguna manera, y esta es crear señuelos o distractores que, en todo caso, minimicen los efectos devastadores de las nubes Omega.

El tiempo que las expediciones humanas tardan en diseñar una estrategia, lo emplean en comprender la cultura goompah, en un estilo que nos recuerda a algún episodio de Star Trek, con su directiva de “no intervención” en planetas en los cuales el nivel evolutivo no haya llegado a un estadío determinado… directiva que siempre acaba por violarse, al punto que un contacto directo con algunos moradores del planeta se llega a producir. Empero, las circunstancias apremian, las nubes Omega se acercan, y los terrestres deben optar entre sus deseos por establecer un contacto “formal” con dichas criaturas, o apelar a las creencias religiosas de las mismas, hacerse pasar por divinidades y llevar a cabo su plan de salvamento.

Mucha acción, los personajes correctos, sin ir más lejos (las escenas que describen la vida familiar de Priscilla Hutchins son totalmente prescindibles), y un enigma científico que, si bien resuelto en muy pequeñas dosis, provoca la suficiente intriga como para desear leer, pronto, el siguiente libro de la saga.



martes, 3 de abril de 2012

Editorial: Los juegos del hombre



Hasta 1989, creo, podemos decir que la percepción que teníamos del ser humano (es decir, de nosotros mismos), era la de seres solidarios, inteligentes y “buena gente”. Los elementos criminales y violentos de la sociedad parecían ser individuos “enfermos”, quienes, felizmente, ya no tendrían razón de ser en un futuro en el cual las promesas de la modernidad se habrían cumplido. Esa visión se vería reflejada en aquellas ficciones, cinematográficas o televisivas, en las que el triunfo del bien sobre el mal era el producto del trabajo de equipo, de la cooperación, del “espalda contra espalda” enfrentados al resto del mundo (aunque parezca contradictorio expresarlo así).

No sabría precisar en qué momento esta visión del ser humano (mediática, por supuesto) ha ido a dar al tacho de basura, para encontrarnos con un mundo extremadamente individualista, cuyo horizonte filosófico podría condensarse en las frases “yo primero” y “sálvese quien pueda”.

Los juegos del hambre (la película, no he leído ninguna de las novelas de Suzanne Collins aún), bien podría definirse como el primer manual de autoayuda audiovisual del siglo XXI. Los “héroes” lo son a su pesar, pues ni sus actos obedecen a otro objetivo que no ser asesinados en los juegos del título, ni su éxito traerá mayores consecuencias en la sociedad que los circunda... al menos, en esta película, la primera de una trilogía.

La trama principal de Los juegos del hambre no difiere mucho de películas como The running man (El fugitivo, protagonizada por Arnold Schwarzenegger) o la japonesa Battle Royale: en una sociedad futurista, surgida de una guerra civil, los perdedores deben ofrecer anualmente, como tributo a los ganadores, dos jóvenes (incluso niños) que deben participar en los Juegos del hambre, competición de la cual sólo puede haber un ganador, y esto ocurre cuando todos los demás competidores han muerto. El ganador, o ganadora, retorna a su lugar de origen cargado de riquezas.

¿Estamos ante una distopía, o ante una visión de la (actual) naturaleza humana? Como en El fugitivo (o como en El círculo de la muerte, de nuestro Abraham Valdelomar), el espectáculo que se basa en la muerte de uno o varios seres humanos es apenas la punta de la madeja de toda una estructura comercial montada para el enriquecimiento de los patrocinadores de siempre. Pero es que, a mi entender, la película Los juegos del hambre no se enfoca tanto en describir una sociedad distópica o insólita, sino en describir al dis-individuo, al producto de esta sociedad. Recordemos que en El fugitivo, teníamos el caso de un inocente obligado a participar en una competición mortal. En Los juegos del hambre, la inocencia es relativa: los competidores, o tributos, están preparados para dichos juegos, al punto que algunos disfrutan el hecho de haber sido seleccionados para participar, aunque tal placer implique el matar al primer competidor que tenga a su lado. Las víctimas no son rebeldes, sino colaboradores.

De otro lado, resulta espeluznante cómo ha variado nuestra visión de la infancia: de ser un espacio para la felicidad y la inocencia, ha pasado a ser un mero estadío previo a la angustiante e hipercompetitiva existencia adulta que nos espera a todos. Si para sobrevivir hay que ser competitivo (¿emprendedor?)… ¿por qué demorar el inicio en la vida competitiva? ¿Por qué no fomentar la competitividad en la escuela secundaria, en la escuela primaria, en la escuela inicial? No nos extrañe que las olimpiadas escolares de toda la vida sean pronto reemplazadas por nuestra propia versión de los juegos del hambre (originales y machistas como somos, bien podriamos llamarles los juegos del hombre), con sus muertos y heridos.

¿Estamos ante un mero signo de los tiempos que corren? ¿Una etapa en la historia humana que, como muchas otras, acabará por perder vigencia? ¿O estamos ante un callejón sin salida? En todo caso, Los juegos del hambre es una de las películas que, con seguridad, marcarán a las generaciones contemporáneas


Daniel Salvo

viernes, 23 de marzo de 2012

Snow Crash (Neal Stephenson)


Esta novela fue publicada en 1992. En el Perú, estábamos conociendo recién las computadoras personales "compatibles" 386, el sístema operativo de moda era el DOS, las memorias RAM y ROM se expresaban en megabytes y todavía se utilizaban los "floppy disk", que algún despistado intentó alguna vez extraer de su funda, inutilizando así el dispositivo. La internet ni siquiera se imaginaba.
Estamos en 2012, veinte años después de la primera edición de "Snowcrash", y a pesar del tiempo transcurrido, puedo decir que se trata de una novela que no parece haber sido escrita ayer, sino mañana. Tal es su poder prospectivo, además de la desafiante propuesta especulativa que plantea, a saber, la existencia de un virus capaz de afectar no solo a las computadoras, sino a los cerebros humanos, virus que habría sido creado nada menos que en la antigua Sumeria, y que se ha conservado hasta nuestros días (bueno, principios del siglo XXIII).
Y esta parte de la trama parece nada comparada con el resto. Un futuro en el cual los gobiernos prácticamente han caído, y la sociedad se organiza en base a zonas liberadas por franquicias u otras entidades privadas (¿les suena algo lo de "zona liberada" por el narcotráfico o el terrorismo?), ciudades flotantes (la "Almadía") compuestas por cientos de embarcaciones, jefes mafiosos que venden pizzas, mutantes, "skateboards" con ruedas inteligentes, bibliotecarios virtuales y el Metaverso, la realidad virtual en la cual o tienes un avatar (término utilizado por Stephenson en esta novela de 1992) decente o no eres nadie.
Es decir, o Stephenson era un viajero del tiempo o tiene una imaginación que vale su peso en oro, además de una visión que abarca aspectos tanto técnicos como políticos y económicos, de esos que hacen intuir al lector que está leyendo algo más que una aventura futurista, pero que no siempre se puede captar a la primera. O Stephenson estaba muy avanzado ya en 1992, o nuestra educación promedio peruana ha llegado a extremos aterradores en su retraso. De hecho, a pesar de haber leído hace buen tiempo otra de sus obras, La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas, no encuentro aún la manera de comentarla de manera que le haga justicia.
Por otro lado, la aventura que se relata en Snowcrash basta para una lectura gratificante. El personaje principal, Hiro Protagonist (Héroe Protagonista, como lo aclaran todas las reseñas que he leído), es un repartidor de pizzas (sic) que en el Metaverso ostenta el avatar de un espadachín experto en el arte de la espada japonés. Un buen día, encontrará a un amigo suyo en estado catatónico: aparentemente, ha probado una droga que ha dañado su cerebro de manera irreversible. Posteriormente, descubrirá que en realidad su amigo ha sido afectado por el Snowcrash, un virus informático que no sólo afecta a los computadores, sino a los seres humanos. Al tratar de investigar el origen de ese virus, descubrirá el hilo de una madeja que lo llevará a un megalomaníaco líder religioso quien, como no, planea conquistar el mundo, desatando, mediante el Snowcrash, el infocalipsis, una nueva Babel para la humanidad. Sus habilidades como espadachín y motociclista (y sus contactos como repartidor de pizzas), ayudarán a Hiro a enfrentar estas amenazas, conseguir a "la chica" y... bueno, lo que sea que le quede por hacer en ese alucinante futuro creado por Neal Stephenson.
Espadas, pizzas y virus informáticos/neurolingüísticos, sazonados con uno que otro toque de humor (norteamericano)...  ¿qué más se puede pedir?

Daniel Salvo

miércoles, 21 de marzo de 2012

Cell (Stephen King)




Cell
Stephen King
debolsillo
Barcelona, 2008


Aún tratándose de una novela posapocalíptica, resulta refrescante leer a King. Los inicios de la novela son magistrales, con esos primeros instantes que transcurren entre la puesta en escena de algunos de los personajes principales hasta la primera manifestación del hecho anómalo que altera sus rutinas para siempre.
La premisa de Cell es interesantísima: a través de los teléfonos celulares (o móviles) se ha transmitido una señal, denominada El Pulso, que convierte a todo aquel que ha tenido la desgracia de recibirla en una especie de zombie. Los seres humanos afectados por el pulso comienzan a atacar a sus congéneres, a comportarse como animales guiados por los instintos más primitivos. Pueden morir como cualquier ser humano (recordemos que no se trata de muertos vivientes), y conforme transcurre la acción, dan muestras de estarse convirtiendo en una suerte de organismo colectivo, acaso inteligente, pero inmisericorde e incomprensible.
La naturaleza misma de El Pulso no es aclarada. ¿Se trata de un experimento que ha salido mal, de un ataque terrorista, de un nuevo estadio en la evolución humana? Sus efectos, sin embargo, son explicados magistralmente desde el punto de vista de la informática más básica: si el cerebro humano puede asimilarse al disco duro de una computadora, El Pulso ha sido el equivalente a borrar toda la información de ese disco duro, salvo la programación más elemental: sobrevivir.
King mezcla el terror con la ciencia ficción. De un lado, los humanos normales sobrevivientes deben conseguir refugio y aprender a defenderse de los humanos afectados, y de otro, intentar comprender y explicar la situación. Los seres afectados por El Pulso, ya se dijo, no son zombies, y en ocasiones, manifiestan extrañas habilidades (levitación, lectura de pensamiento, proyección de mensajes a través de los sueños, conocimiento de idiomas como el latín). ¿Son monstruos o un nuevo tipo de ser humano?
Con todo y su contenido terrorífico, Cell se decanta más por el lado de la ciencia ficción, puesto que intenta una explicación de lo más inquietante respecto a lo narrado, cómo el uso masivo de ciertas tecnologías puede desencadenar efectos insospechados en sus usuarios, y cómo estos (los humanos) nos parecemos más a las máquinas que creamos de lo que podría pensarse, radicando en esa similitud la esperanza de salvación: toda máquina tiene su fallo. Y serán ciertos fallos que empezarán a mostrar los humanos afectados por El Pulso los que serán aprovechados por los protagonistas para vencerlos, a riesgo de reconocer, no sin cierto pesar, de que se trata de una especie cuya evolución apenas estaba comenzando (uno se queda con la miel en los labios al pensar en una novela basada en la posible evolución de estos “telefónicos”, o en cómo sería describir un mundo así).
Además, las teorías que se esbozan en torno a la naturaleza del ser humano, y las consecuencias que se derivan de la elección entre violencia o racionalidad, son de gran actualidad en una época que parece dominada, efectivamente, por zombies.
Definitivamente, una de las novelas de Stephen King más especulativas que pueda leerse.

Daniel Salvo

domingo, 4 de marzo de 2012

Editorial: ¿Homo homini zombie?



Ante todo, un breve repaso de algunos hechos ocurridos en el Perú entre febrero y marzo de 2012:

- La organización criminal denominada "Maras Salvatruchas" se ha extendido a Perú. Cuentan con página web, incluso.
- La directora de un colegio es asesinada en plena matrícula.
- El terrorista Florindo Florez, conocido como "Camarada Artemio", confiesa haber ordenado 131 asesinatos, a los que denomina "hechos de guerra".

La lista de actos que evidencian las atrocidades a las que puede llegar el ser humano podría extenderse ad infinitum. Bastaría registrar la información que nos proveen los medios a diario. Y siendo sinceros, cabe creer que la situación no es tan novedosa como la plantean los alarmistas. Si leemos entre líneas la historia humana, no podremos negar que es un cúmulo de hechos tan atroces como los consignados líneas arriba.

Pero, entonces, ¿así es la VERDADERA especie humana? ¿Existe una naturaleza humana que, a juzgar por lo comentado, tiende a ser un mono con metralleta antes que un ser sociable e inteligente?

En su recomendable novela "Cell", Stephen King nos describe un mundo apocalíptico en la cual un fenómeno conocido como El Pulso ha convertido a quienes lo han recibido a través de sus teléfonos celulares (o móviles, como les dicen en otros lados), en zombies de conducta salvaje y desatada. No buscan cerebros ni, necesariamente, carne humana. Pero apenas balbucean palabras irreconocibles, se mueven sin rumbo fijo y es imposible razonar con ellos. La humanidad, entonces, se ha dividido entre los "normales" y los "insanos" (recordémoslo: no se trata de muertos vivientes).

Ahora bien, King juega con una idea mas bien espeluznante: que los zombies de su novela no son humanos alterados o enajenados, sino seres humanos que han sido liberados de "todo pensamiento, todo recuerdo y todo raciocinio". Es decir, el ser humano "tal cual", por decirlo de una manera simplista. Pero mejor, leamos al maestro en sus propias palabras: 
"- Me licencié en literatura inglesa, pero de joven leía mucha psicología - explicó el director -. Empecé por Freud, por supuesto, todo el mundo empieza por Freud. Seguí con Jung, luego Adler... y así sucesivamente. Detrás de todas las teorías sobre el funcionamiento de la mente acecha una más fundamental, la de Darwin. En la terminología de Freud, la idea de la supervivencia como primera directriz se expresa mediante el concepto del ello, mientras que Jung emplea la idea más grandilocuente de la conciencia de sangre. A mi juicio, ninguno de los dos cuestionaría la idea de que si a un ser humano se le arrebatara en un instante todo pensamiento, todo recuerdo y todo raciocinio, lo que quedaría sería puro y terrible.
(...)
- Si bien ni los freudianos ni los jungianos lo dicen a las claras, ambos grupos insinúan que cabe la posibilidad de que tengamos un núcleo, una única onda portadora fundamental o, (...) una única línea de código escrito imposible de eliminar.
- La PD - intervino Jordan -. La primera directriz.
- Exacto - convino el director-. En el fondo no somos homo sapiens, pues nuestro núcleo es la locura, y la directiva primordial, el asesinato. Lo que Darwin fue demasiado educado para expresar, amigos míos, es que no llegamos a dominar el mundo por que seamos los más inteligentes ni los más malvados, sino por que siempre hemos sido los cabrones más chiflados y asesinos de toda la selva. Y eso es lo que dejó al descubierto El Pulso hace cinco días.
(...)
- Me niego a creer que fuéramos dementes y asesinos antes de ser cualquier otra cosa - protestó Tom -. Por el amor de Dios, ¿y el Partenón? ¿Y el David de Miguel Ángel? ¿Y esa placa en la luna que dice VINIMOS EN SON DE PAZ POR TODA LA HUMANIDAD?
- Esa placa también lleva el nombre de Richard Nixon - señaló Ardai con sequedad-. Cuáquero, eso sí, pero no exactamente un hombre de paz... (...) no tengo intención alguna de lanzar acusaciones contra la humanidad. Si la tuviera, señalaría que por cada Miguel Ángel hay un Marqués de Sade, que por cada Gandhi hay un Eichmann, que por cada Martin Luther King hay un Osama bin Laden. Ciñámonos a lo siguiente: el hombre ha llegado a dominar el mundo gracias a dos rasgos esenciales. En primer lugar, la inteligencia,y en segundo, la disposición absoluta a acabar con cualquier cosa o persona que se interponga en su camino.
(...)
- La inteligencia humana terminó por imponerse al instinto asesino, y la razón sofocó los impulsos más dementes de los hombres. También eso es supervivencia. (...) La cuestión es que casi todos nosotros habíamos logrado sublimar lo peor que llevamos dentro hasta que llegó El Pulso y lo eliminó todo salvo ese núcleo salvaje. "

(Cell: Stephen King. Plaza & Janés, 2008. pp. 207-209)
Si bien los personajes de King parecen compartir aquello de homo homini lupus, también reconocen el otro lado, la otra cara de la humanidad, la cara que todos admiramos y a la que, al menos formalmente, aspiramos: el ser humano solidario, creativo, inteligente y en constante evolución.

Pero también del párrafo consignado, se deduce algo que puede ser o no esperanzador: King parece caracterizar a los seres humanos como seres de diferentes especies, en realidad. Su descripción de los seres humanos se basa en la estrategia que estos han desarrollado para sobrevivir: la inteligencia... o la disposición absoluta (provoca escalofríos pensar en lo que significa "absoluta") a acabar con cualquier cosa o persona que se interponga en su camino. 

Básicamente, estaríamos divididos entre aquellos que han logrado "sublimar lo peor que llevamos dentro" y aquellos que tienen eso peor que llevamos dentro como un "absoluto" (es decir, absuelto, sín límites). Esto no es más verdad de Perogrullo que decir que ES POSIBLE vivir... en base a la represión.

Fea palabra, ¿verdad? Huele a naftalina, a todo lo peor que también solemos asociar al ser humano (temores, ansiedades, neurosis). Pero la verdad es que todo lo que no sea esa Primera Directriz es represión. Precisamente, King contrapone la inteligencia a la Primera Directriz (que supuestamente todos llevamos en nuestro cerebro), y podría parecer una solución obvia y altamente humanista. Pero, ¿qué es la inteligencia sino el negarnos a dirigir nuestras vidas en base a la Primera Directriz? ¿Qué es la inteligencia, entonces, sino represión?

Tal vez se trate tan solo de terminología. Tal vez en lugar de "represión", deberíamos acudir a un término más preciso y carente de connotaciones negaticas ("control", "capacidad decisoria"). Pero el hecho parece ser que, sin necesidad de influencia alienígena alguna, el ser humano está optando por una conducta basada en lo que parece ser un instinto primitivo (y cuesta creerlo, pero hay personas inteligentes que creen que pueden esperar algo de quienes han optado por la Primera Directriz, como ésta despistada actriz). Si lo expuesto líneas arriba parece algo iluso, lean esto:

"Hoy creo más en El Chapo Guzmán (considerado el narcotraficante más violento y peligroso de México) que en los gobiernos que me esconden verdades aunque sean dolorosas, quienes esconden la cura para el cáncer, el sida, etc. para su propio beneficio y riqueza.

“Sr. Chapo, ¿no estaría padre que empezara a traficar con el bien? ¿con las curas para las enfermedades, con comida para los niños de la calle, con alcohol para los asilos de ansianos (sic) que no los dejan pasar sus últimos años haciendo lo que se les pegue la reverenda chingada, con traficar con políticos corruptos y no con mujeres y niños que terminan como esclavos? ¿con quemar todos esos ‘puteros’ donde la mujer no vale mas que una cajetilla de cigarros?” (Kate del Castillo, en su cuenta de twitter)

En "El día de los muertos vivientes" (1985) de George A. Romero, se insinúa la posiblidad de comunicación entre seres humanos y zombies (posibilidad que se trunca más por culpa de los humanos que de los zombies). ¿Podríamos asimilar ésta solicitud de Kate del Castillo a un narco para que "trafique con el bien" como un intento de comunicación entre las dos ramas principales en las que parece haberse dividido la humanidad? ¿Es una ingénua esta dama? ¿O, como muchos, ha tirado la toalla y ha decidido que lo mejor en contemporizar y aceptar a un cártel criminal como una fuerza política, como parte de la sociedad, en lugar de un elemento antisocial?

Como siempre, parece que nuestras opciones se reducen a dos: sobrevivir civilizadamente (mediante la inteligencia)... o dejar libre al zombie que llevamos dentro. Y si nos atenemos a las noticias consignadas al inicio de esta nota, parece ser que los zombies se están convirtiendo en la mayoría dominante.

Si es que no lo son ya.


Daniel Salvo