lunes, 8 de agosto de 2011
La Tierra permanece (George R. Stewart)
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viernes, 5 de agosto de 2011
Guerra mundial Z (Max Brooks)

"Guerra mundial Z" tiene una construcción curiosa: se trata de un vasto conjunto de entrevistas efectuadas a diversos sobrevivientes, de toda nacionalidad y condición, al evento conocido como la Guerra mundial Z, a saber, cuando una plaga de muertos vivientes asoló a la humanidad entera. Los entrevistados van revelándonos, de un lado, cómo se inició y cómo terminó la plaga, y de otro, las estrategias que debieron asumir para sobrevivir a tan insólito entorno.
La novela no proporciona explicaciones para los eventos narrados. Simplemente, un buen día apareció un zombie y al día siguiente hubo más, y luego muchos más... Y la humanidad tuvo que afrontarlos.
Ahí radica lo interesante de la propuesta de Max Brooks: no el contarnos episodios gore de hordas de zombies devorando cuanto humano se cruce en su camino, sino el mostrarnos lo estúpido y lo sublime de la condición humana ante tales condiciones. Son de apreciarse los capítulos dedicados a la tecnología militar y cómo se vuelve obsoleta ante un enemigo que ya está "muerto", o el dedicado al puñado de "celebridades" que han conseguido un refugio - paraíso en una isla totálmente a salvo de la invasión zombie, pero no a salvo de su propia estupidez. En medio de lo tétrico que pueda parecer el escenario, este episodio con seguridad arrancará más que una sonrisa al lector.
Nadie está a salvo de los zombies, parece decirnos el autor. Ni los buenos, ni siquiera quienes orbitan la Tierra en alguna estación espacial. Carentes de toda coherencia, las masas tendrán que renunciar a esperar apoyo o consuelo alguno de los poderes formales en curso, y tendrán que desarrollar sus propias estrategias de sobrevivencia, desde el atildado abogado que aprenderá a usar una pala a los estudiantes que logran convertir universidades en fortalezas. Más que contra los zombies, en la Guerra mundial Z, la humanidad tendrá que luchar contra ella misma.
Y ni siquiera al final podremos estar seguros respecto a quien obtuvo la victoria.
Daniel Salvo
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jueves, 4 de agosto de 2011
Horizontes de fantasía (Carlos E. Saldívar)

16 horizontes fantásticos (1)
A veces, la gente que me conoce me pregunta: ¿por qué escribo? ¿De dónde nacen esas ganas para contar hechos asombrosos o cotidianos? No encuentro respuesta para ambas cuestiones, simplemente les digo que escribir (que es un acto solitario) es para lo que sirvo. Las personas en general son buenas en algo y, la mayoría de veces, se desempeñan en ese algo. Hay personas que no sirven para nada, aunque ese es un tema que no viene a colación. De alguna manera, pienso que los seres humanos desarrollan habilidades a lo largo de su vida, pero a su vez, han nacido con ciertos caracteres que los hacen distintos de los demás seres y les proporcionan, también, la facilidad de hacer cosas que otros no podrían hacer tan bien como ellos. En mi caso escribir representa: hacer aquello en lo que soy bueno. Y lo hago siempre que puedo. Las energías nacen de la nada y dedico mucho tiempo y atención a esta actividad. Debo reconocer que para mí no representa un «trabajo», en todo el sentido de la palabra pues, a mis veintisiete años, nunca me han pagado por los cuentos que he publicado. Y no han sido pocos. Lo que deja constancia de que escribo porque amo hacerlo, porque, como decía ese genio que se llama Stephen King: «no hacerlo es suicida». Tampoco lo considero un hobbie. Muchos piensan que sólo escribo, que no ocupo mi tiempo en otra cosa. No es cierto, he trabajado toda mi vida, aún lo hago, y cuando llego a casa después de un día agotador, enciendo mi 486 (que ya se ha malogrado dos veces) de la época de los dinosaurios y pongo manos a la obra. Toda actividad solitaria implica un sacrificio; también, una gran satisfacción; he escrito a la fecha infinidad de relatos, algunas novelas (que espero publicar pronto, al menos un par de ellas), y he aprendido tanto durante estos años, que he tenido oportunidad de hasta dar clases. Como decía, escribir representa un sacrificio en un país donde publicar es casi una actividad insana. Sin embargo, una vez que se tiene el cuento entre manos, es como haber traído un hijo al mundo. No entendemos el cómo o el por qué, solo sabemos que es un fenómeno maravilloso.
Mi primer libro de cuentos lo publiqué en el año 2008. Era un pequeño texto de menos de cien páginas titulado: Historias de ciencia ficción, el cual recibió muy buenos comentarios por parte de los entendidos, aunque siempre se mantuvo dentro de un circuito restringido. Es un libro que significa mucho para mí pues me permitió exponer problemas teóricos y humanos que por ese entonces (y hasta hace poco) abarcaban mis pensamientos. Hubo cuentos agradables, lo sé. Algunos de ellos habían aparecido, o luego aparecieron, en revistas profesionales como Argonautas, editada por Jorge Luis Obando (y dirigida por su servidor) y Velero 25, dirigida por Víctor Pretell. Fue un libro que me permitió ingresar al mundo de la literatura por la puerta chica. He descubierto un mundo que se enlaza con mi propio universo. Creo que mi mundo interior se refleja en los cuentos que escribo. Conocerlo depende de usted, amable lector.
Nunca he sido bueno hablando de mí. Opino que todo lo que debe decirse sobre un cuento se encuentra en las palabras que conforman dicho texto. Lo demás sobra, sin embargo explicar la génesis de un relato o el contexto en el cual éste fue escrito resulta muy interesante. Ahí tenemos los cuentarios de Isaac Asimov, por ejemplo. Aunque no me agrada imitar a los demás. No escribo siguiendo modelos. Detesto mencionar, como otros lo hacen siempre, a los sumos pontífices de la literatura latinoamericana: García Márquez, Borges y Cortázar, aunque este trío me encanta y podrá, usted, notar la influencia de estos tres maestros en los cuentos que está a punto de leer. Pero no, no me gusta admitirlo. Porque, así como los tenemos a ellos, existen por lo menos un centenar de escritores a la par de buenos a los que nunca se les menciona. Ya nombré a algunos en la primera parte de mi exposición, ahora menciono a otro: Philip K. Dick. En su tiempo, un genio incomprendido; hoy, un buen modelo literario a seguir. Invito a los lectores a degustar sus cuentos. Pueden descargar su obra completa desde Internet. Yo lo hecho (sí, que las editoriales me demanden), gracias a la red he podido leer libros que nunca hubiera podido conseguir en papel, ya sea por el exceso de costos o porque, simplemente, no llegan a este lado del charco.
Hablemos de la ciencia ficción: escribirla es difícil, yo aún no sé como nombrarla: «ciencia ficción», «ciencia-ficción», «SF», «CF», «C-F», aunque eso no importa. Es un género bello. Hay que investigar mucho para lograr un relato de calidad. Mi nivel científico no es muy alto (tampoco es bajo), conozco datos que la mayoría no conoce, por ejemplo: que la «materia oscura» abunda en el universo y los científicos aún no saben qué diablos es. La ciencia ficción implica un trabajo duro, pero un buen cuento del género es un manjar para los que disfrutan de la lectura.
La lectura, ese es otro tema.
Quisiera confesar un pequeño secreto: me gusta escribir textos sencillos, textos que las personas que no están acostumbradas a leer puedan asimilar con facilidad. No puedo solucionar el problema de la no lectura, de la dislectura (leer y no comprender) o del analfabetismo, no obstante puedo aportar mi pequeño grano de arena creando cuentos que pueda disfrutar cualquier persona con un mínimo de criterio sobre la realidad... y sobre la irrealidad. Creo que prefiero escribir C-F, fantasía y terror; al menos del primer género he escrito y publicado muchos cuentos (varios de ellos en revistas profesionales), del segundo y tercer grupo sólo he publicado unos pocos relatos. Me gusta también el misterio y el realismo, ambos géneros forman parte de mi producción inédita a la fecha y espero que puedan formar parte de publicaciones futuras. Cuido mucho el lenguaje y el estilo, aunque no me considero un experto y ese trabajo se lo dejo al corrector, mas debo admitir, para esta entrega yo mismo he realizado la corrección estilística. La razón: el tiempo, no estaba seguro de publicar este libro, tenía otros dos listos, ambos de cuentos de horror que quizá no hubieran sido apropiados para los adolescentes. Por eso opté por reunir dieciséis cuentos de fantasía y ciencia ficción escritos entre 1997 y 2007, once años que representan mi mayor etapa de producción literaria.
No voy a extenderme mucho con esta introducción porque la ficción nos llama como sirenas cantando a un marinero, nada más quisiera hacer unos comentarios breves sobre los cuentos que forman parte de este volumen.
He reunido estos relatos, pensando, como dije, que este libro formará parte del plan lector de algunas escuelas y creo que mi elección de las narraciones en cuestión ha sido correcta. Algunos textos podrían resultar demasiado alucinantes, pero en ningún caso van a aburrirlo, lector. Y si usted es de los que sabe leer entre líneas, entonces disfrutará los cuentos aún más. Me pareció justo incluir textos que escribí siendo adolescente pues éstos serán leídos por adolescentes. Mi yo a la edad de quince años ya escribía cuentos y el hecho de que otro joven de quince o dieciséis años pueda leerlos hoy me llena de una curiosa sensación de diálogo más allá del tiempo. Son cuentos muy importantes para mí, fueron concebidos en diversas etapas de mi vida y muestran un desarrollo artístico agraciado.
«Una nueva historia» fue concebido en 1997, lo escribí en papel, al igual que muchos otros cuentitos, en un viejo cuaderno de colegio que por milagro he conservado (y desmenuzado).
«Rosado» es mi cuento favorito del libro, uno de los más breves y tal vez el más complejo, ojalá, lector, pueda comprender el sentido que subyace en sus líneas.
«El vaivén extraordinario» es uno de esos cuentos que denota mi temprano interés en lo fantástico y mi excesiva tendencia a liberar la imaginación las veinticuatro horas del día.
«La historia perfecta» fue concebido para un libro de Cuentos del depósito, sin embargo lo he extraído de ahí debido a su extensión y porque representa, quizá, mi propia búsqueda de un tesoro inalcanzable.
«Lo que el cuento nos contó» es uno de esos cuentitos muy breves que hablan sobre cuentos y que solía escribir de noche y muy inspirado.
«¡Estado de shock!» surgió como un ejercicio. Transformé en cuento un breve cómic, ubicado en las páginas de una historieta del Juez Dredd, por lo que aclaro: no es una idea original mía. Buscaba relacionar el mundo de la literatura con el de las historietas para encontrar puntos de ruptura y concatenación. Aún sigo en esos trotes, de momento el cuento resultante me ha gustado.
«Yo, estólido creyente» es también uno de esos cuentos escritos con un estilo que, por desgracia, he abandonado hace muchos años, debido a mi incesante búsqueda de un estilo literario novedoso y más completo. Por cierto, es uno de mis relatos «adolphianos».
«Una cosita muy, muy pequeña» es, tal vez, el cuento que más dialogue con mi primer libro, por la temática y la personificación de... pero no quiero adelantar el final.
«El elegido» fue publicado en la revista Cosmocápsula, número 1, en diciembre de 2009, una publicación virtual colombiana de ciencia ficción que concibió sus dos primeros números el año pasado. Agradezco a su equipo editorial por ayudarme con la revisión de este relato.
«Entelequia» fue publicado en la revista Argonautas, número 2, en enero de 2007. Pasó desapercibido en dicho volumen, por eso, lector, tiene usted la oportunidad de leer de nuevo esta especie de cuento de hadas... a la inversa.
«Recordando a Alma» es otro de esos cuentos escritos con un estilo antiguo, lleno de una sensibilidad ilimitada y que escribí para satisfacer mis propias apetencias, lo cual me agrada en demasía. Ah, y es ciencia ficción, no deje que lo engañen.
«Encarar» es un texto que representa un salto de un estilo a otro, creo que en 2005 maduré como escritor y fui capaz de desarrollar nuevas técnicas para confeccionar ficciones de largo aliento. Este relato se haya influenciado por todos los escritores que se encuentran mencionados en él. Estoy seguro que más de uno podrá identificarse con el simpático Jorge, quien se enamora de la adorable Rita mientras va padeciendo una inesperada metamorfosis facial. Lean el cuento y luego me comentan si les agradó. Por supuesto, hoy en día no sé si pueda ser capaz de escribir con ese estilo que tanto me gustaba. Es el año 2010 y he madurado mucho más.
«El tiempo del mestizo» fue publicado en la revista Velero 25, número 47, correspondiente al mes de octubre de 2007. Fue el primer cuento que me publicaron en una revista profesional y es mi segundo texto favorito en este libro. (2) La versión que aquí ofrezco es la definitiva.
«Eran felices», «Historia de Tábata» y «El corazón de Nanu» fueron escritos durante un largo y sobrecogedor viaje que realicé entre fines de enero y mediados de abril de 2007. Escribí los cuentos de manera seguida, de modo que los pongo en el libro como si fueran uno solo, o parte de un mismo todo.
«Eran felices» fue escrito para un concurso al cual nunca fue enviado. Lo reelaboré en el taller internacional de creación literaria Los forjadores, donde me dieron aportes muy valiosos para poder mejorar el texto. Estoy seguro que ha quedado bien.
«Historia de Tábata» y «El corazón de Nanu» representan esa predilección por la fantasía y lo romántico que espero no dejar de lado jamás.
Amable lector, le pido ahora que disfrute de cada uno de estos cuentos. Habrá algunos que le gustarán mucho, estoy seguro. No le voy a pedir que me escriba comentarios positivos o negativos a mi correo electrónico, aunque puede hacerlo si gusta. Su interés es muy importante para mí en pos de seguir produciendo cuentos de este calibre (o mejores). No puede haber escritor sin lector y, en mi humilde opinión, es usted quien hace a un escritor.
Hasta una nueva entrega. Sé que vendrán muchas otras en el futuro. Porque tendremos un futuro por el cual esperar. Éste depende nosotros, de nuestro sentido de la moral e imaginación.
Carlos Enrique Saldivar (Lima, febrero de 2010).
(1) Este texto es el prólogo que escribí para mi segundo libro de cuentos, Horizontes de fantasía, publicado en el año 2010.
2) Descarto cuentos míos publicados en mi propia revista pues en aquel tiempo no era profesional. Con la publicación del número 4 de Argonautas en 2009, las cosas han cambiado.
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miércoles, 3 de agosto de 2011
EDITORIAL: El fin de una era

No es que vaya a cerrar "Ciencia Ficción Perú", sino que pienso variar la periodicidad en la publicación. He notado que es más fácil actualizar contenidos cuando no se siente la presión de cerrar una edición con fecha límite. Y en los tiempos presentes, la internet permite "estar al día" con los contenidos de cualquier blog que el internauta desee.
Confieso que, en su momento, la idea en la que se basaba "Ciencia Ficción Perú" estaba muy anclada en la mentalidad editorial del siglo XX, cuando existían instancias centralizadas que, de alguna manera, hacían visibles ciertos contenidos. Para hablar en cristiano, tuve la pretensión de crear "la página" de ciencia ficción peruana, el referente obligado para cualquier internauta nacional o extranjero que quisiera conocer nuestra producción fantástica.
Pero la internet ha cambiado todo. La internet no tiene centro, y hay muchas otras páginas con excelente contenido que aportan información sobre el tema. Y seguro que surgirán más, conforme las nuevas generaciones de internautas arriben al ciberespacio y digan: "esto también lo puedo hacer yo".
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jueves, 30 de junio de 2011
Editorial: Tiempo de cambios

Un ejemplo clásico es el ciclo de la "Fundación" de Isaac Asimov, en el cual se evita el colapso de una civilización galáctica mediante el uso de una disciplina científica. Los "héroes" responsables de evitar esta caída son matemáticos, historiadores o psicólogos, no caudillos políticos.
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Darkover, el sol sangriento (Marion Zimmer Bradley)

Si bien el planteo básico de Darkover, el sol sangriento es el de una novela de space-opera, con mucha aventura y acción, dicho planteamiento se complementa con un lado más reflexivo, en torno a las inevitables tensiones entre lo nuevo y lo viejo, las tradiciones y las nuevas costumbres. De hecho, se me ocurre que también podría leerse a Darkover como una novela post-apocalíptica, en la cual los rezagos de una tecnología poderosa han pasado a convertirse en objeto de la más burda superstición.
Estamos en un futuro en el cual el Imperio Terrano abarca incontables sistemas estelares. En este imperio, existe un planeta, Darkover, considerado “periférico” o “primitivo” por sus propios habitantes. Tanto así, que se habla a media voz respecto a la existencia de brujas y sacerdotisas, de nobles descendientes de antiquísimas familias que viven ocultos de los terranos, de torres escondidas donde se practican poderosos rituales mágicos…
El protagonista, Kerwin, es un terrano (¿terrestre?) perteneciente a la flota del imperio, que ha vuelto a Darkover en búsqueda de sus orígenes. Criado por sus abuelos en Terra, ha sentido siempre el deseo de conocer sus orígenes, quienes fueron sus padres y por qué fue abandonado en el Orfanato para Hijos de los Hombres del Espacio. Su búsqueda, en un principio, resulta infructuosa: no hay el menor registro de ningún niño con su nombre que alguna vez haya vivido en Darkover, aunque él recuerda lugares y palabras que sólo puede conocer un darkovano.
Su suerte cambiará cuando, al ser confundido con otra persona, ingresa a los círculos más selectos y secretos de la sociedad darkovana. Kerwin no es lo que creía ser, sino algo más, un personaje clave que podría ayudar a un cambio del estado de cosas, en el ya de por sí complejo mundo darkovano: Kerwin tiene también larán.
El larán es, en resumidas palabras, algún tipo de poder mental. Telepatía, telequinesis… No funciona solo, requiere para su concentración unos objetos que los darkovanos del comyn – la única casta que detenta esos poderes – llaman matrices, y que sirven para llevar a cabo prodigios de todo tipo, y que en otro tiempo fueron la gloria de Darkover.
Pero en el momento en que Kerwin toma contacto tanto con su origen comyn y sus propio larán, esas glorias han pasado. Los miembros del comyn son cada vez más escasos, y la técnica para el manejo de las matrices en las torres ha devenido en un cúmulo de supersticiones que está llevando a la pérdida de esas capacidades, las cuales, por otro lado, son objeto de interés por parte del Imperio Terrano, obviamente receloso de cualquier atisbo de poder incontrolable de los mundo súbditos.
De modo que Kerwin, en su momento, se convertirá en la clave de todo, en la medida que al descubrir su verdadero origen (no solamente que es un darkovano y miembro del comyn, sino algo más…), totalmente imprevisible para el lector, descubrirá también otros secretos que podrían cambiar tanto la historia de Darkover como la de la humanidad entera, dispersa a lo largo del Imperio Terrano.
Darkover forma parte de un ciclo de novelas bastante extenso - ¡más de veinte novelas!-, publicadas a partir de los años setenta. Si bien el personaje principal de Darkover es el terrano Kerwin, los personajes femeninos, los cuales destacan por ser poco convencionales, mujeres de espíritu libre y en constante rebeldía ante el conservadurismo de la sociedad darkovana, y son quienes, a fin de cuentas, resultan ser las verdaderas protagonistas de la historia.
Daniel Salvo
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Conferencia: La narrativa fantástica en la actualidad (José Güich Rodríguez)
Buenas tardes.
Quiero agradecer a los organizadores de la Feria del Libro Zona Huancayo la oportunidad de estar con ustedes hoy. Es doblemente satisfactorio, pues este espacio se ha convertido en uno de los más importantes escenarios para la promoción del libro y de la lectura en el Perú, rompiendo por fin el monopolio que la capital ha ejercido también en esta materia por años. Ese es el lado grato de la descentralización: abrir ejes de desarrollo cultural donde los escritores podamos encontrarnos con el público y generar un intercambio siempre fructífero.
El tema de mi charla es la narrativa fantástica en la actualidad. El territorio aún está cubierto por capas que impiden un conocimiento pleno de lo que está aconteciendo en varias ciudades en torno de tal praxis. Sin embargo, se aguardan muchos trabajos de exploración durante los próximos años que, unidos a los esfuerzos de críticos como Elton Honores y Daniel Salvo, amplíen la comprensión del fenómeno.
Mi hipótesis inicial es concreta: desde inicios de la década de 1980, la literatura peruana comenzó a experimentar un giro inusitado. Por décadas, lo fantástico había ocupado un puesto secundario y marginal frente a la hegemonía del realismo. Si bien había contado con los aportes valiosos de escritores como Loayza, Adolph, Durand o Belevan (antes, Clemente Palma Valdelomar o Vallejo), lo fantástico no había alcanzado el reconocimiento mediático ni la atención sostenida de la crítica especializada.
Acorde con los cambios de paradigma en el orden político, como el retorno del país a la democracia y, más tarde, en el plano global, la reunificación de Alemania y la desaparición de la Unión Soviética, autores nacidos durante la década de 1960 apostaron por poéticas que superaran los parámetros. Sin embargo, los ochenta, asimismo, sirven de marco a la terrible violencia desatada por Sendero Luminoso contra el Estado peruano.
También es la época de la hiperinflación producto de la inoperancia y corrupción del primer gobierno de García. ¿Por qué, entonces, si los autores más jóvenes debían haber tomado partido por el realismo más visceral para dar cuenta de esos años infernales, optaban por reclamar como suyas las escrituras de clásicos como Borges, Cortázar o Monterroso?
Y esto no implica que los narradores renunciaran a recrear con fidelidad el mundo de pesadilla en el que se había transformado nuestra sociedad. Muchos recorrían esos territorios, afines a íconos como Vargas Llosa, Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso o Bryce Echenique, pero eso no era impedimento para plantear, de manera alterna, escrituras más próximas a la irrealidad en diversos grados. En mi opinión, los cambios de rumbo están muy relacionados con la crisis del realismo como uso artístico excluyente. El país ya es otro, y la escritura debe ampliar su registro para dar cuenta de que esas mutaciones también pueden transferirse a ficciones des-realizadoras.
Quizá había una intuición de que las estéticas del siglo XIX que maduraron durante el s. XX ya no bastaban para testimoniar la demencia colectiva que el cataclismo de la guerra interna engendraba. ¿No escribió Kafka sus historias entre las cenizas dejadas por la Gran Guerra de 1914? El gran narrador checo vio a su generación desaparecer en el marasmo del conflicto. Salvando diferencias, considero que lo fantástico emerge en los períodos de crisis e incertidumbre. En ellas es que la semilla germina con creces. Pero, sintomáticamente, en nuestros, lares escasos autores se arriesgaban a cultivar lo fantástico de modo exclusivo como parte de un proyecto asumido sin temor a los riesgos.
Dos escritores nacidos en 1960 deben considerarse puntales de esta dinámica: Carlos Herrera y Mario Bellatin, cuyos primeros libros Morgana y Mujeres de sal aparecen en 1988 y 1986, respectivamente. El caso de Bellatin es particular, pues se formó en el Perú, aunque nació en Ciudad de México. Más tarde, reivindicaría ese hecho, instalándose en la populosa capital azteca. En ambos autores subiste una voluntad de romper con lo convencional y previsible, distanciándose de las representaciones usuales a las que nos tenía acostumbrados el sistema literario.
En la década siguiente, la de 1990, los proyectos de estos dos escritores se consolidan, deviniendo referencias importante de nuestras letras. Puede decirse que las condiciones imperantes son las mismas durante los dos primeros años, hasta que en setiembre de 1992, se produce la captura del líder subversivo Abimael Guzmán. El gobierno de Fujimori, amparado en esta coyuntura (había cerrado el Congreso en abril del mismo año) se transforma en una dictadura civil que supuso un alto costo para la institucionalidad.
Cuando parecía que el realismo más descarnado relegaría a la narrativa fantástica al desván, nombres como los de Enrique Prochazka (1960) y Gonzalo Portals (1961) anuncian que no todo está perdido. Publican libros (Un único desierto y El designio de la luz) que son muy bien recibidos por la crítica especializada en 1997 y 1999, respectivamente. Ambos cultivan una escritura orientada a lo insólito, lo extraño, la fantasía clásica y especulativa, así como el horror refinado.
Hacia fines de los noventa y comienzos de la década del 2000, que señala la caída del fujimorato, una nueva hornada de narradores orientados a la fantasía comienza a emerger. Son, evidentemente, tributarios de los ya mencionados, por lo menos en la actitud. Y más de uno se reconoce en los esfuerzos de ilustres figuras, como José B. Adolph, (1933-2008), o Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), quien cultivó con brillantez (aunque no con constancia), una veta fantástica. Ambos, pese a los contrastes de estilo y visión, son narradores afiliados a las corrientes clásicas del siglo XX.
Adolph, redescubierto por los más jóvenes, encarna también un espíritu heterodoxo. Es una influencia clave tanto para los escritores que se deciden por un camino más próximo a los tratamientos canónicos del género, como para aquellos que apuntan hacia la ciencia ficción, que por ahora prefiero considerar un capítulo de la literatura fantástica, aunque sé que no todos están de acuerdo con esta observación. Claro que hay puntos intermedios que se ubican entre los dos flancos o no se inscriben a uno de estos en particular.
La década pasada ve surgir, poco a poco, a autores que han sabido evadir con astucia las trabas impuestas por el circuito editorial, renuente a lanzar productos que los gerentes de marketing no consideran por lo general rentables. A través de publicaciones electrónicas de diversa índole, como revistas, páginas web o blogs, muchos dan a conocer sin ataduras sus trabajos. Y esta es otra de las circunstancias que ha permitido mejorar el posicionamiento de esta narrativa: el universo virtual. Gracias a estos nuevos medios, lo fantástico excedió las fronteras previsibles. Dejó de ser una práctica marginal para desplazarse hacia el centro de las miradas.
En paralelo, se publicaron importantes antologías, como La estirpe del ensueño, del también mencionado Gonzalo Portals y Diecisiete fantásticos cuentos peruanos, de Gabriel Rimachi y Carlos Sotomayor. En formato físico, testimoniaban que lo fantástico siempre flotó, como un fantasma, entre nosotros. Si se estableció como una tradición, es un tema que aún inspirará abordajes críticos diversos.
Lo cierto es que estas publicaciones supieron equilibrar los aportes de los mayores con las propuestas de los noveles, quienes manifiestan pocos tapujos si se trata de incorporar referentes que no proceden en exclusiva de la literatura, sino de otros formatos, como el cine, la televisión, los cómics y cuanto sea posible procesar. Y es probable que esa circunstancia, la de haberse alimentado no solo de textos literarios, sino de cultura pop en varias de sus facetas, constituya una marca en el caso de quienes publican desde el año 2000. Ellos comparten dominios con figuras consagradas que, en mayor o menor medida, han cultivado la fantasía a lo largo de sus carreras. Por ejemplo, Carlos Calderón Fajardo o Fernando Iwasaki.
Las tendencias son heterogéneas y por lo tanto, una lista de ellas podría estar sujeta a la discusión, lo mismo que sus representantes más destacados. Correré el riesgo. Ningún término es absoluto; todos son provisionales:
I. Intelectualismo y especulación (micro-relato y relato breve):
-José DonayreHoefken y Ricardo Sumalavia.
II. Ciencia ficción.
-Daniel Salvo, Pablo Nicoli y Carlos Saldívar.
III. Ficción fantástica poética y/o experimental:
-Carlos Yushimito y Johan Page
IV. Historias de fantasmas:
-Carlos Freyre
V. Fantasía histórica
-Sandro Bossio
VI. Fantasía paródica
-Gonzalo Málaga
VII. Fantasía de impronta policial y/o enigma
-Alexis Iparraguirre
Mi nómina es solo una tentativa y no pretende agotar el ejercicio de comprender a cabalidad hacia dónde se dirige la literatura fantástica en el Perú. Mucho menos, rescribir a los grandes teóricos del género.
He propuesto unos cuantos nombres que, considero, pueden satisfacer ciertas condiciones. Celebro que por lo menos tres de estos escritores (Salvo, Bossio y Málaga) no sean limeños. Lo que cada tendencia signifique será materia de futuras reelaboraciones del modelo. También es posible que esta taxonomía sea refutada por otras. He dejado a un lado orientaciones que aún no se asientan, puesto que la mayoría de sus cultores o son muy jóvenes o han asumido el ejercicio de la literatura como una actividad que, para ellos, no parece ser absorbente o seria (o es más una cuestión de frivolidad). En muchos casos, y en declaraciones difundidas por los foros, difunden el concepto erróneo de que para escribir no se necesita rigor técnico y conocimientos: solo bastarían las buenas ideas.
Por eso las estanterías están repletas de libros mal escritos en los cuales esas grandiosas ideas se pierden. No se trata de ser purista o anticuado: se trata de manejar el idioma del modo más competente posible y, sobre todo honesto. Me preocupa que algunos de los novísimos miren con desdén la escritura decorosa y ejemplar, como si eso fuera aceptar las imposiciones o el verticalismo de un sistema cultural hegemónico. Nada de eso.
No bastan el entusiasmo y la creatividad: podrán escribir sobre lo que sea, pero con un conocimiento del oficio y referentes culturales (no librescos, por favor). La consistencia de la mayoría de obras donde campean los héroes mesiánicos, los portales inter-dimensionales y las espadas carecen de riqueza artística, porque a varios de esos bisoños escritores se les ha ocurrido que tampoco se requiere un bagaje literario para perpetrar narraciones solventes.
Lo único que se obtendrá de esa actitud será una montaña de libros descartables que, lamentablemente, le hacen mucho daño a la literatura, porque deforman el verdadero sentido de lo que implica, para alguien con vocación, entrega y talento, esta actividad maravillosa y terrible que es la creación literaria.
Sobre los caminos que la narrativa fantástica recorrerá los próximos años, solo cabe presumir que los buenos libros siempre prevalecerán sobre la necedad. Asumo que las tendencias continuarán diversificándose y ofrecerán proyectos cada vez menos localizados en un contexto reconocible y más orientado a la indefinición o la ambivalencia. Habrá una vocación global y un interés cada vez más creciente por la hibridez. De ese modo, la línea que va desde el Modernismo hasta nuestra época probará que siempre fuimos un país donde la realidad y la ficción son dos planos muy distintos de separar.
Muchas gracias.
José Güich Rodríguez
Huancayo, 25 de junio de 2011
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sábado, 25 de junio de 2011
Más allá del infinito (José Güich Rodríguez)

Hace unos años habría sido exótico referirnos con fuerte convicción a la existencia de una ciencia ficción genuinamente peruana. El establishment literario, a través de sus medios oficiales de prensa y propaganda, siempre mantuvo esta corriente al margen de las discusiones. Si esos escritores existían, pues debían estar constreñidos a espacios marginales. Muy a pesar de estos agoreros, la masificación de la web y su parafernalia hicieron factible que quienes se movían en las periferias dieran a conocer espacios de intensa actividad.
Las huellas aisladas de pioneros como Clemente Palma, a comienzos del siglo XX, y de José Adolph, a mediados del mismo periodo, han sido seguidas por invisibles quintacolumnistas, bastante eruditos y cuestionadores. Por otro lado, han asimilado con criterio el legado de Asimov, Serling, Bradbury, Clarke, Matheson, Leiber, Dick, Hoyle y una larga lista de nombres ilustres. Solo faltaba el auto-reconocimiento por parte de los propios autores respecto de su producción; en otras palabras, superar los complejos de inferioridad o bien, el síndrome de la secta ocultista que a veces aísla a los escritores.
La salida a luz de Carlos Saldívar es una buena muestra de que los universos ocultos de la ciencia ficción nacional manifiestan síntomas de un cambio. Los escritores de CF están emergiendo de las catacumbas y hacen sentir su voz, con el objetivo de encontrar una ubicación dentro del circuito. No será tarea fácil, por cierto, pues seguramente encontrarán fuertes resistencias de parte de presuntuosos académicos, o supuestos líderes de opinión como Mario Vargas Llosa, quien es capaz de hilvanar declaraciones tan brillantes como deleznables (entre las últimas, aquellas que denotan su desprecio por el género). Olvida el gran novelista que no solo el realismo flaubertiano es el medio para construir mundos ficticios pero verosímiles. Desde Verne hasta Rod Serling (un autor poco a poco reconocido como hito), la CF ha permitido diseñar no solo estos ámbitos apasionantes, sino que ha logrado expresar una visión sobre la humanidad y sus contradicciones, difundiendo un pensamiento poético y crítico de gran envergadura.
Saldívar rinde tributo a los grandes pioneros y referencias: eso es inevitable en cualquier obra de estreno. Sin embargo, impone un sello personal a no pocas de sus ficciones. Su perspectiva está teñida por cierto fatalismo y desesperanza sobre el destino de la especie humana. No obstante, también procura que el tono profético se mantenga en una línea ecuánime, sin derivar hacia moralejas catastrofistas o lecciones de ética. Es el hombre el gran responsable de su destino, y todas sus decisiones actuales repercutirán inevitablemente en el futuro.
En uno de sus textos para la activa y emblemática revista Velero 25, Daniel Salvo (otro de los destacados cultores de esta heroica narrativa) formulaba importantes preguntas acerca del perfil del creador peruano en estos caminos de la imaginación. La respuesta es harto complicada: cualquier problemática social o cultural es factible de ser traducida a tales parámetros y códigos. No es obligación que el género asuma cruzadas o reivindicaciones, pero es evidente que sus temáticas serán influidas por los factores externos. Esto significa que la CF elaborada en estas comarcas tercermundistas y globalizadas se encarrilará, en algún momento, por una vía particular. Aun así, los autores reelaborarán esas exigencias contextuales de acuerdo con sus experiencias, formación e intereses.
Saldívar, como Salvo, Stagnaro y otros, son la punta del iceberg. Sin pecar de optimistas, es el mejor momento para “competir” en igualdad de condiciones con las otras opciones que medran hoy en el “mercado”. De ellos dependerá la consolidación de nuevos horizontes para la narrativa peruana del siglo XXI y más allá.
—José Güich Rodríguez
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jueves, 16 de junio de 2011
Muerte de la luz (George R. R. Martin)

Tal es el ambiente del mundo al que arriba Dirk T´larien, en búsqueda de su antiguo amor, Gwen Delvano, quien se ha unido en ¿matrimonio? a dos (si, dos) hombres de la aristocracia de Worlorn, los altoseñores Jaan Vikary y Garse Janaceck, que pertenecen a una cultura bastante exótica, los kavalares, sumamente jerarquizada y xenófoba (le conceden el rango de hombre a muy pocos seres humanos fuera de ellos mismos), además de ritualista y violenta.
Dirk T´Larien ha venido llamado por Gwen Delvano, merced a una clave que sólo ellos pueden compartir, registrada en joyas que pueden registrar pensamientos. La inmersión de T´larien en la cultura kavalar, gracias a la prosa fulgurante de George R.R. Martin, lleva al lector de un escenario a otro, sin convertir la novela en un pesado conjunto de descripciones. Al contrario, en cada escena, vamos absorbiendo más datos de la compleja sociedad kavalar y la implicancia que tiene en la misma el ser hombre, mujer o extranjero. La acción es pues trepidante, al punto que parecemos acompañar a los protagonistas en sus correrías por el planeta Worlorn, provisto tanto de maravillas como de trampas mortales. En este aspecto, Muerte de la luz nos recuerda un poco a Barrayar de Louis McMaster Bujold, vertiginosamente narrada también, pero cuyo entorno de ciencia ficción no deja de ser tan sólo un marco exótico para el desarrollo de la acción.
La muerte de la luz a la que alude el título es el fin del período de esplendor de Worlorn. El paso del planeta por los soles que le han permitido florecer está por llegar a su fin, para iniciar otro ciclo de oscuridad. Igual podría sucederle a sus moradores, tanto los permanentes como los ocasionales. No solamente la luz morirá, pero eso toca saberlo tan solo al lector.
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martes, 24 de mayo de 2011
Editorial: Leyendo en Tablet PC
Creo que no contamos aún con un término que, sin dejar de ser equívoco, reemplace al “libro electrónico”, que actualmente utilizamos tanto para referirnos al texto como al aparato que permite su lectura. E-reader, e-book, aún no han hallado su espacio en español. Me pregunto si existirá alguna relación con el índice de lectoría de nuestra población.
Estamos en 2011. En el mercado peruano, no existe aún oferta masiva de “lectores de libros electrónicos”. Una tienda por departamentos fracasó en vender una de las primeras versiones del Kindle de Amazon, utilizando la absurda estrategia publicitaria de ofrecer al lector peruano el acceso a las versiones en línea de diarios norteamericanos. Ahí están esos primitivos Kindle, de apariencia ya avejentada, acumulando el polvo de la indiferencia.
¿Se acabaron los lectores de libros electrónicos en el Perú? Otra tienda por departamentos, especializada en artículos electrónicos, viene ofertando un artefacto de procedencia desconocida (parece que china), que responde al nombre de E-book. O sea, un lector de libros electrónicos que se llama “libro electrónico”. Dadas las prestaciones que ofrece, no parece muy costoso, y eventualmente es rebajado por la tienda que lo distribuye. Desconozco cómo van las ventas, si es que las hay.
Tanto el Kindle como el aparato descrito anteriormente son “lectores de libros electrónicos” con todas las de la ley. Funcionan en base a la tinta electrónica que, según cuentan, ofrece una apariencia similar a la de un texto impreso en papel. Tanto así, que hay que utilizar iluminación adicional si uno se encuentra a oscuras. Eso si, el “E-book” (utilizo el nombre comercial del producto) permite el acceso a más formatos de lectura que el Kindle, que además está vinculado a la empresa Amazon, que según cuentan, puede rastrear la memoria de tu Kindle y alterar o borrar contenidos con los que no esté de acuerdo. Big brother is watching you.
La experiencia de leer en formato electrónico y en un dispositivo ad-hoc parecía ser, entonces, algo que eventualmente ocurriría en el futuro para mí. Me resistía a pedirle a mi hijo que me prestara su teléfono móvil (o celular, como le decimos en Perú), que como muchos que hay ahora en el mercado, vienen con lector de libros electrónicos en formato TXT. Hasta pensé en hacer una compra directa a alguna de las empresas extranjeras que ofertan estos productos, mayoritariamente chinas. Hay e-reader chinos de todos los precios, desde 60 dólares a más, según las características básicas (si es pantalla con E-INK o TFT, duración de la memoria, compatibilidad con los formatos TXT, PDF, E-PUB, FB2, MOBI…), y hasta se ofertan sin coste de transporte.
Pero siempre quedaba una duda: ¿quién garantizaba el producto? Como se sabe, para el caso de los productos chinos, uno funciona de maravilla y cien tienen fallas. Bajo esas circunstancias, cualquier monto resulta prohibitivo (si, soy un tacaño. ¿Y?). De modo que la idea de importar un e-reader quedaba, por el momento, fuera.
La casualidad hizo que la misma tienda que vende el e-reader E-book a 900 soles se decidiera a saldar un producto que tenía arrinconado en sus escaparates: un Tablet PC marca MID (Mobile Internet Device, o sea, Aparato móvil de internet o algo así de original, es como comprar medicamentos genéricos), modelo Mi770. Un simpático aparatito con pantalla TFT de siete pulgadas, sistema Android versión 1.5 y un costo más que aceptable: 400 soles. Además, la tienda (RadioShack, para más señas) ofrecía un año de garantía. Ni mucho ni poco, sobre todo si se tiene en cuenta que el objetivo principal de una Tablet PC es proporcionar la experiencia de un navegador portátil. Y no puedo negarlo, navegar en la web con un dispositivo portátil es muy placentero. Uno puede hacerlo incluso en el baño, aunque cabe advertir que siempre es preferible ingresar a algún sitio que tenga “versión para móvil”. La versión 1.5 del Android, todo hay que decirlo, es OBSOLETA para las prestaciones que la internet ofrece actualmente. Se pueden descargar aplicaciones, pero no todas funcionan correctamente. Y olvídense de los más recientes archivos de Youtube o sitios similares.
Pero si uno decide utilizar la Tablet PC como e-reader, el artilugio paga su precio con creces, y uno le coge cariño en un santiamén. Para empezar, hay varias opciones gratuitas de e-readers, según la variedad de formatos que permiten leer. Desde el básico TXT a los más sofisticados FB2, así como las versiones de Kindle o Nook que pueden descargarse como aplicaciones. Y uno puede descargar y borrar la aplicación cuantas veces lo desee.
Y cada aplicación tiene lo suyo. Desde el acabado de la “página de inicio”, que suele simular un estante de libros, hasta otras más sofisticadas. Con opciones de almacenamiento, visualización de la pantalla para día o para noche, tipo y tamaño de letra, avance de página automático o “manual” (causa cierta gracia el efecto visual de “pasar páginas” que tienen algunos programas), adiciones para ver imágenes (no recomendable para una pantalla tan pequeña, desgraciadamente).
Y pasado el impacto inicial de ver tanta luz, al final, volvemos a quedarnos con lo principal: la lectura. Al menos en este aspecto, creo que si cabe afirmar: bienvenido siglo XXI.
Daniel Salvo
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Malevil (Robert Merle)

Malevil (1972)
Robert Merle
EMECÉ Editores S.A.
Buenos Aires, 1973
Las ficciones postapocalípticas, como podría ser el caso de La carretera de Cormac McCarthy o El cartero de David Brin, son un filón inagotable para la ciencia ficción. Imaginar las consecuencias que tendría la destrucción de la civilización ha permitido la aparición de obras muchas obras en torno a dicha temática, tanto literarias como cinematográficas. De éstas últimas, las más taquilleras suelen enfocar sus argumentos desde el punto de vista de la acción y la aventura, asumiendo que la caída de cualquier organización humana existente dará lugar a la aparición de una suerte de tierra de nadie en la cual solo sobreviven los más fuertes. La saga de Mad Max sería un buen ejemplo, sobre todo, la segunda película, que puede apreciarse también como una suerte de western.
Pero no todo pueden ser golpes o carreras. No todos los problemas se solucionan a punta de pistola. Y, por cierto, una vez solucionadas las necesidades básicas, la naturaleza humana vuelve a inventar nuevos problemas en los qué ocuparse. Precisamente, el tipo de problemas que Mad Max no sabría solucionar.
En Malevil, hay una catástrofe que acaba con la civilización mundial, algo de lo cual el lector es consciente en cuanto se nos participa que ninguna radio funciona (estamos en la década de los setenta), pero que no acaba con Malevil. Se trata de un castillo francés, cuyas características permiten a sus ocupantes – varones en sus cuarenta y una anciana criada y su hijo retardado – sobrevivir a una explosión nuclear que, deducen, ha dado por concluida la civilización que conocen. El paso siguiente es organizarse para lo que será el resto de sus vidas.
Y aquí comienza de nuevo el ciclo de la vida a la francesa. Pan, vino y mujeres no faltarán en la vida de estos sobrevivientes, quienes, sin embargo, pronto tendrán que enfrentarse a retos mayores, tanto de índole práctica (la defensa de sus posesiones, el aprovisionamiento de alimentos, el creciente número de sobrevivientes que se une al grupo original) como de índole mas bien cultural, y ahí es donde reside el punto fuerte de Malevil, pues nos ofrece como vías de supervivencia no el mero recurso a la fuerza bruta, sino a la reflexión y al mantenimiento de valores que, incluso en una situación tan extrema, permiten a estos sobrevivientes continuar siendo “ciudadanos” en lugar de descender a comportamientos más brutales.
Es curioso, sobre todo en estos tiempos en los que se da por supuesto que la humanidad está compuesta por meros tropismos y que tan solo estamos esperando un descuido del prójimo para saltarle a la yugular, observar el comportamiento cotidiano de los protagonistas principales, encabezados por el director de escuela, agnóstico y director espiritual de Malevil, (sic), Emanuel Comte, quien registra estos acontecimientos en forma de novela. Nótese que en el nombre del protagonista se alude tanto a su liderazgo religioso (Emanuel significa Dios con nosotros) como al temporal (el apellido Comte se traduce como Conde en español), y de hecho, termina por asumir el rol de Abate (clérigo de rango menor, según el diccionario) de Malevil. Pero no solo se manifiestan la religión y la sensualidad, sino también la violencia y la codicia, incluso el afán de ejercer un poder que desde otra perspectiva podría aparecer como algo ridículo y propio mas bien de alguna comedia de costumbres, como la aparición del falso cura Fulbert o la tiranización entre las ancianas Menou y Fulvina. Y ya avanzada la novela, se produce un inevitable enfrentamiento con una comunidad vecina, que incluye el uso de armas de fuego…
Si bien el clima en el que transcurre Malevil tiende a ser, en su mayor parte, amable y melancólico, con mucho de crónica rural, no carece de pesimismo, pues a partir del final se avizora que la primera industria que los sobrevivientes van a restablecer es la armamentista, en previsión de futuros encuentros indeseados. La humanidad volverá a transitar acaso el mismo camino del principio, y no queda claro si esto será bueno o malo… o si no es la primera vez que lo hace.
Daniel Salvo
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