sábado, 25 de junio de 2011

Más allá del infinito (José Güich Rodríguez)












* El presente texto es el prólogo del escritor y crítico literario José Güich Rodríguez al libro de cuentos Historias de ciencia ficción (Edición de autor, 2008) de Carlos Enrique Saldivar.



Hace unos años habría sido exótico referirnos con fuerte convicción a la existencia de una ciencia ficción genuinamente peruana. El establishment literario, a través de sus medios oficiales de prensa y propaganda, siempre mantuvo esta corriente al margen de las discusiones. Si esos escritores existían, pues debían estar constreñidos a espacios marginales. Muy a pesar de estos agoreros, la masificación de la web y su parafernalia hicieron factible que quienes se movían en las periferias dieran a conocer espacios de intensa actividad.
Las huellas aisladas de pioneros como Clemente Palma, a comienzos del siglo XX, y de José Adolph, a mediados del mismo periodo, han sido seguidas por invisibles quintacolumnistas, bastante eruditos y cuestionadores. Por otro lado, han asimilado con criterio el legado de Asimov, Serling, Bradbury, Clarke, Matheson, Leiber, Dick, Hoyle y una larga lista de nombres ilustres. Solo faltaba el auto-reconocimiento por parte de los propios autores respecto de su producción; en otras palabras, superar los complejos de inferioridad o bien, el síndrome de la secta ocultista que a veces aísla a los escritores.
La salida a luz de Carlos Saldívar es una buena muestra de que los universos ocultos de la ciencia ficción nacional manifiestan síntomas de un cambio. Los escritores de CF están emergiendo de las catacumbas y hacen sentir su voz, con el objetivo de encontrar una ubicación dentro del circuito. No será tarea fácil, por cierto, pues seguramente encontrarán fuertes resistencias de parte de presuntuosos académicos, o supuestos líderes de opinión como Mario Vargas Llosa, quien es capaz de hilvanar declaraciones tan brillantes como deleznables (entre las últimas, aquellas que denotan su desprecio por el género). Olvida el gran novelista que no solo el realismo flaubertiano es el medio para construir mundos ficticios pero verosímiles. Desde Verne hasta Rod Serling (un autor poco a poco reconocido como hito), la CF ha permitido diseñar no solo estos ámbitos apasionantes, sino que ha logrado expresar una visión sobre la humanidad y sus contradicciones, difundiendo un pensamiento poético y crítico de gran envergadura.
Saldívar rinde tributo a los grandes pioneros y referencias: eso es inevitable en cualquier obra de estreno. Sin embargo, impone un sello personal a no pocas de sus ficciones. Su perspectiva está teñida por cierto fatalismo y desesperanza sobre el destino de la especie humana. No obstante, también procura que el tono profético se mantenga en una línea ecuánime, sin derivar hacia moralejas catastrofistas o lecciones de ética. Es el hombre el gran responsable de su destino, y todas sus decisiones actuales repercutirán inevitablemente en el futuro.
En uno de sus textos para la activa y emblemática revista Velero 25, Daniel Salvo (otro de los destacados cultores de esta heroica narrativa) formulaba importantes preguntas acerca del perfil del creador peruano en estos caminos de la imaginación. La respuesta es harto complicada: cualquier problemática social o cultural es factible de ser traducida a tales parámetros y códigos. No es obligación que el género asuma cruzadas o reivindicaciones, pero es evidente que sus temáticas serán influidas por los factores externos. Esto significa que la CF elaborada en estas comarcas tercermundistas y globalizadas se encarrilará, en algún momento, por una vía particular. Aun así, los autores reelaborarán esas exigencias contextuales de acuerdo con sus experiencias, formación e intereses.
Saldívar, como Salvo, Stagnaro y otros, son la punta del iceberg. Sin pecar de optimistas, es el mejor momento para “competir” en igualdad de condiciones con las otras opciones que medran hoy en el “mercado”. De ellos dependerá la consolidación de nuevos horizontes para la narrativa peruana del siglo XXI y más allá.

—José Güich Rodríguez

jueves, 16 de junio de 2011

Muerte de la luz (George R. R. Martin)










El escenario no puede ser más romántico: un planeta errante que cíclicamente atraviesa un sistema estelar compuesto por varios soles, merced a los cuales en ese planeta se produce un brillante pero efímero despertar a la vida, gracias a los avances en terraformación y biología con que cuenta la humanidad del futuro. Seres venidos de cientos de mundos han creado un entorno más que singular en Worlorn, con ciudades automáticas y muros de piedras exóticas que recogen y reflejan la luz que absorben durante el día. Bosques donde puede uno encontrarse con peligrosos banshis (especie de mantarrayas aéreas y mortales) o con los decadentes Niños del Sueño, humanos que han decidido vivir como parásitos en el interior de gigantescas babosas. Todo eso, y más, nos ofrece el autor de la celebradísima Canción de hielo y fuego.

Tal es el ambiente del mundo al que arriba Dirk T´larien, en búsqueda de su antiguo amor, Gwen Delvano, quien se ha unido en ¿matrimonio? a dos (si, dos) hombres de la aristocracia de Worlorn, los altoseñores Jaan Vikary y Garse Janaceck, que pertenecen a una cultura bastante exótica, los kavalares, sumamente jerarquizada y xenófoba (le conceden el rango de hombre a muy pocos seres humanos fuera de ellos mismos), además de ritualista y violenta.

Dirk T´Larien ha venido llamado por Gwen Delvano, merced a una clave que sólo ellos pueden compartir, registrada en joyas que pueden registrar pensamientos. La inmersión de T´larien en la cultura kavalar, gracias a la prosa fulgurante de George R.R. Martin, lleva al lector de un escenario a otro, sin convertir la novela en un pesado conjunto de descripciones. Al contrario, en cada escena, vamos absorbiendo más datos de la compleja sociedad kavalar y la implicancia que tiene en la misma el ser hombre, mujer o extranjero. La acción es pues trepidante, al punto que parecemos acompañar a los protagonistas en sus correrías por el planeta Worlorn, provisto tanto de maravillas como de trampas mortales. En este aspecto, Muerte de la luz nos recuerda un poco a Barrayar de Louis McMaster Bujold, vertiginosamente narrada también, pero cuyo entorno de ciencia ficción no deja de ser tan sólo un marco exótico para el desarrollo de la acción.

La muerte de la luz a la que alude el título es el fin del período de esplendor de Worlorn. El paso del planeta por los soles que le han permitido florecer está por llegar a su fin, para iniciar otro ciclo de oscuridad. Igual podría sucederle a sus moradores, tanto los permanentes como los ocasionales. No solamente la luz morirá, pero eso toca saberlo tan solo al lector.




Daniel Salvo

martes, 24 de mayo de 2011

Editorial: Leyendo en Tablet PC



Creo que no contamos aún con un término que, sin dejar de ser equívoco, reemplace al “libro electrónico”, que actualmente utilizamos tanto para referirnos al texto como al aparato que permite su lectura. E-reader, e-book, aún no han hallado su espacio en español. Me pregunto si existirá alguna relación con el índice de lectoría de nuestra población.

Estamos en 2011. En el mercado peruano, no existe aún oferta masiva de “lectores de libros electrónicos”. Una tienda por departamentos fracasó en vender una de las primeras versiones del Kindle de Amazon, utilizando la absurda estrategia publicitaria de ofrecer al lector peruano el acceso a las versiones en línea de diarios norteamericanos. Ahí están esos primitivos Kindle, de apariencia ya avejentada, acumulando el polvo de la indiferencia.

¿Se acabaron los lectores de libros electrónicos en el Perú? Otra tienda por departamentos, especializada en artículos electrónicos, viene ofertando un artefacto de procedencia desconocida (parece que china), que responde al nombre de E-book. O sea, un lector de libros electrónicos que se llama “libro electrónico”. Dadas las prestaciones que ofrece, no parece muy costoso, y eventualmente es rebajado por la tienda que lo distribuye. Desconozco cómo van las ventas, si es que las hay.

Tanto el Kindle como el aparato descrito anteriormente son “lectores de libros electrónicos” con todas las de la ley. Funcionan en base a la tinta electrónica que, según cuentan, ofrece una apariencia similar a la de un texto impreso en papel. Tanto así, que hay que utilizar iluminación adicional si uno se encuentra a oscuras. Eso si, el “E-book” (utilizo el nombre comercial del producto) permite el acceso a más formatos de lectura que el Kindle, que además está vinculado a la empresa Amazon, que según cuentan, puede rastrear la memoria de tu Kindle y alterar o borrar contenidos con los que no esté de acuerdo. Big brother is watching you.

La experiencia de leer en formato electrónico y en un dispositivo ad-hoc parecía ser, entonces, algo que eventualmente ocurriría en el futuro para mí. Me resistía a pedirle a mi hijo que me prestara su teléfono móvil (o celular, como le decimos en Perú), que como muchos que hay ahora en el mercado, vienen con lector de libros electrónicos en formato TXT. Hasta pensé en hacer una compra directa a alguna de las empresas extranjeras que ofertan estos productos, mayoritariamente chinas. Hay e-reader chinos de todos los precios, desde 60 dólares a más, según las características básicas (si es pantalla con E-INK o TFT, duración de la memoria, compatibilidad con los formatos TXT, PDF, E-PUB, FB2, MOBI…), y hasta se ofertan sin coste de transporte.

Pero siempre quedaba una duda: ¿quién garantizaba el producto? Como se sabe, para el caso de los productos chinos, uno funciona de maravilla y cien tienen fallas. Bajo esas circunstancias, cualquier monto resulta prohibitivo (si, soy un tacaño. ¿Y?). De modo que la idea de importar un e-reader quedaba, por el momento, fuera.

La casualidad hizo que la misma tienda que vende el e-reader E-book a 900 soles se decidiera a saldar un producto que tenía arrinconado en sus escaparates: un Tablet PC marca MID (Mobile Internet Device, o sea, Aparato móvil de internet o algo así de original, es como comprar medicamentos genéricos), modelo Mi770. Un simpático aparatito con pantalla TFT de siete pulgadas, sistema Android versión 1.5 y un costo más que aceptable: 400 soles. Además, la tienda (RadioShack, para más señas) ofrecía un año de garantía. Ni mucho ni poco, sobre todo si se tiene en cuenta que el objetivo principal de una Tablet PC es proporcionar la experiencia de un navegador portátil. Y no puedo negarlo, navegar en la web con un dispositivo portátil es muy placentero. Uno puede hacerlo incluso en el baño, aunque cabe advertir que siempre es preferible ingresar a algún sitio que tenga “versión para móvil”. La versión 1.5 del Android, todo hay que decirlo, es OBSOLETA para las prestaciones que la internet ofrece actualmente. Se pueden descargar aplicaciones, pero no todas funcionan correctamente. Y olvídense de los más recientes archivos de Youtube o sitios similares.

Pero si uno decide utilizar la Tablet PC como e-reader, el artilugio paga su precio con creces, y uno le coge cariño en un santiamén. Para empezar, hay varias opciones gratuitas de e-readers, según la variedad de formatos que permiten leer. Desde el básico TXT a los más sofisticados FB2, así como las versiones de Kindle o Nook que pueden descargarse como aplicaciones. Y uno puede descargar y borrar la aplicación cuantas veces lo desee.

Y cada aplicación tiene lo suyo. Desde el acabado de la “página de inicio”, que suele simular un estante de libros, hasta otras más sofisticadas. Con opciones de almacenamiento, visualización de la pantalla para día o para noche, tipo y tamaño de letra, avance de página automático o “manual” (causa cierta gracia el efecto visual de “pasar páginas” que tienen algunos programas), adiciones para ver imágenes (no recomendable para una pantalla tan pequeña, desgraciadamente).

Y pasado el impacto inicial de ver tanta luz, al final, volvemos a quedarnos con lo principal: la lectura. Al menos en este aspecto, creo que si cabe afirmar: bienvenido siglo XXI.

Daniel Salvo

Malevil (Robert Merle)



Malevil (1972)

Robert Merle

EMECÉ Editores S.A.

Buenos Aires, 1973

Las ficciones postapocalípticas, como podría ser el caso de La carretera de Cormac McCarthy o El cartero de David Brin, son un filón inagotable para la ciencia ficción. Imaginar las consecuencias que tendría la destrucción de la civilización ha permitido la aparición de obras muchas obras en torno a dicha temática, tanto literarias como cinematográficas. De éstas últimas, las más taquilleras suelen enfocar sus argumentos desde el punto de vista de la acción y la aventura, asumiendo que la caída de cualquier organización humana existente dará lugar a la aparición de una suerte de tierra de nadie en la cual solo sobreviven los más fuertes. La saga de Mad Max sería un buen ejemplo, sobre todo, la segunda película, que puede apreciarse también como una suerte de western.

Pero no todo pueden ser golpes o carreras. No todos los problemas se solucionan a punta de pistola. Y, por cierto, una vez solucionadas las necesidades básicas, la naturaleza humana vuelve a inventar nuevos problemas en los qué ocuparse. Precisamente, el tipo de problemas que Mad Max no sabría solucionar.

En Malevil, hay una catástrofe que acaba con la civilización mundial, algo de lo cual el lector es consciente en cuanto se nos participa que ninguna radio funciona (estamos en la década de los setenta), pero que no acaba con Malevil. Se trata de un castillo francés, cuyas características permiten a sus ocupantes – varones en sus cuarenta y una anciana criada y su hijo retardado – sobrevivir a una explosión nuclear que, deducen, ha dado por concluida la civilización que conocen. El paso siguiente es organizarse para lo que será el resto de sus vidas.

Y aquí comienza de nuevo el ciclo de la vida a la francesa. Pan, vino y mujeres no faltarán en la vida de estos sobrevivientes, quienes, sin embargo, pronto tendrán que enfrentarse a retos mayores, tanto de índole práctica (la defensa de sus posesiones, el aprovisionamiento de alimentos, el creciente número de sobrevivientes que se une al grupo original) como de índole mas bien cultural, y ahí es donde reside el punto fuerte de Malevil, pues nos ofrece como vías de supervivencia no el mero recurso a la fuerza bruta, sino a la reflexión y al mantenimiento de valores que, incluso en una situación tan extrema, permiten a estos sobrevivientes continuar siendo “ciudadanos” en lugar de descender a comportamientos más brutales.

Es curioso, sobre todo en estos tiempos en los que se da por supuesto que la humanidad está compuesta por meros tropismos y que tan solo estamos esperando un descuido del prójimo para saltarle a la yugular, observar el comportamiento cotidiano de los protagonistas principales, encabezados por el director de escuela, agnóstico y director espiritual de Malevil, (sic), Emanuel Comte, quien registra estos acontecimientos en forma de novela. Nótese que en el nombre del protagonista se alude tanto a su liderazgo religioso (Emanuel significa Dios con nosotros) como al temporal (el apellido Comte se traduce como Conde en español), y de hecho, termina por asumir el rol de Abate (clérigo de rango menor, según el diccionario) de Malevil. Pero no solo se manifiestan la religión y la sensualidad, sino también la violencia y la codicia, incluso el afán de ejercer un poder que desde otra perspectiva podría aparecer como algo ridículo y propio mas bien de alguna comedia de costumbres, como la aparición del falso cura Fulbert o la tiranización entre las ancianas Menou y Fulvina. Y ya avanzada la novela, se produce un inevitable enfrentamiento con una comunidad vecina, que incluye el uso de armas de fuego…

Si bien el clima en el que transcurre Malevil tiende a ser, en su mayor parte, amable y melancólico, con mucho de crónica rural, no carece de pesimismo, pues a partir del final se avizora que la primera industria que los sobrevivientes van a restablecer es la armamentista, en previsión de futuros encuentros indeseados. La humanidad volverá a transitar acaso el mismo camino del principio, y no queda claro si esto será bueno o malo… o si no es la primera vez que lo hace.

Daniel Salvo

Revista El Horla N° 2 (Editor: Carlos E. Saldívar)



El Horla

Año 1, Número 2

Lima, Enero-febrero 2011

Pájaros en los cables Editores

Director: Carlos Enrique Saldívar

Editor: Joe Montesinos Illescas


La segunda entrega de El Horla nos ofrece cuentos con temáticas que van de lo científico – aterrador a la fantasía más irreverente.

Jeremy Torres (El ingenio de la escalera) y Carlos Saldívar (Con un suave aleteo), van logrando un manejo del lenguaje más claro que, paradójicamente, les permite lograr elaborar ficciones bastante sugerentes, vinculadas en esta edición por el tratamiento de lo femenino. Saldívar logra un entorno post apocalíptico creíble y ominoso, poblado por extrañas criaturas.

Otros cuentos, como los de Adriana Alarco (El meteorito) y Daniel Salvo (La carcocha), tienden a ofrecer una visión más clásica, en este caso, los efectos que tendría en nuestro mundo la presencia de una entidad alienígena, biológica una, mecánica la otra.

Luis Bolaños (¿Migrantes o rebeldes?) va un tanto más allá y explora el devenir último de la Humanidad, que ha optado por una transformación tan radical de su esencia que es difícilmente reconocible como tal. La pericia de Bolaños como narrador permite a lector atisbar algo de esa nueva realidad, narrada desde la perspectiva (y el lenguaje) de uno de estos humanos “evolucionados”.

Luis Torres (Ramón en Colonna) nos ofrece una nueva peripecia de su personaje, el técnico Ramón, criollísimo técnico experto en reparar androides, no duda en darles un ajuste extra que suele ir más allá de su programación original. Eficaz historia de un adulterio sui generis, amerita una mayor atención a ciertos detalles técnicos.

Julio Meza Díaz (El mensaje divino), mezcla lo insólito con lo irreverente de manera tan coherente, que lleva a la reflexión en torno a lo que, desde cualquier perspectiva religiosa, tendemos a considerar como milagro.

Lorena Gutiérrez (Tres manchas de sangre) y Eva Asdi (Caída profunda), nos recuerdan que, en ocasiones, no hay nada más fantástico que los efectos de la pasión y el deseo, acaso las únicas llaves que abren puertas en el cielo y en el infierno.

Completa el volumen un enjundioso ensayo de Germán Atoche, que analiza desde la psicología el tema de la casa embrujada, evidente transgresión del mito del hogar como refugio y espacio confortable.

Daniel Salvo

El misterio de la loma amarilla (José Güich Rodríguez)


El asombroso misterio de José Güich Rodríguez



Güich Rodríguez, José. El misterio de la loma amarilla. Lima: Ediciones SM, 2009. 157 pp.

José Güich Rodríguez es un notable escritor peruano que ha incidido con muy buenos resultados en la fantasía y en la ciencia ficción. Ha publicado ya tres libros de relatos: Año sabático (2000), El mascarón de proa (2006) y Los espectros nacionales (2009), los dos últimos son espectaculares y demuestran a un escritor maduro, dueño de un lenguaje impecable y de una serie de recursos estilísticos y argumentales que no tienen parangón con otro autor de su generación.

Este narrador ha sido un gran referente para mi primer libro de cuentos: Historias de ciencia ficción, que amablemente prologó. Aunque hace por lo menos un año no leía un libro de temática juvenil, puedo decir que El misterio de la loma amarilla influirá en los futuros trabajos literarios que me proponga, incluyendo mi próximo libro de cuentos que está próximo a salir. Es normal que los lectores constantes reneguemos de títulos juveniles al llegar a cierta edad, pero sí la calidad es grande, entonces el libro es bienvenido siempre, así tenemos varias novelas de Robert A. Heinlein, Isaac Asimov, C. S. Lewis y tantos otros que han escrito buenas historias dirigidas a un público adolescente.

En esta novela, José Güich retoma a uno de sus personajes más queridos: Pablo Teruel, quien ya ha aparecido en algunos cuentos del autor (El veterano, El otro monitor), investigando casos insólitos, es como “El santo” peruano (si recuerdan las emocionantes novelas de Leslie Charteris), cuya misión será develar un gran misterio que aqueja a una zona costera.

La novela está estructurada en dos tiempos: 1968, donde Pablo Teruel rememora los extraordinarios sucesos acaecidos en la loma amarilla que, por cierto, resulta ser su primer caso. Esto nos lleva a 1921, al distrito de Surco, que aún no era una zona urbana. Se puede observar en el texto el crecimiento del personaje, quien deja de ser un simple aficionado para convertirse en una suerte de héroe, que se sumerge en los recovecos de un misterio insondable, el cual, a pesar de los años transcurridos, no ha podido olvidar.

Cabe mencionar las referencias pop, de las cuales hace uso el autor para que el relato resulte más verosímil (notemos la mención a la serie Dimensión Desconocida de los años sesenta, presentada por el mítico Rod Serling, una de las grandes influencias sobre José Güich). El autor nos envuelve en una especie de narrativa conjetural, donde nada es lo que parece. De hecho el final es una total sorpresa digna de los maestros del género.

Es apreciable el magnífico uso del lenguaje, el cual atrapa de inmediato al lector y lo conduce a acabar la lectura de un tirón. También es digno de mención el adecuado manejo del suspenso, nótese que se trata de una novela juvenil y mantiene muchas de las constantes de este tipo de ficción. Así tenemos varios elementos como el héroe, la chica guapa de la que el héroe se enamora, el ayudante de este héroe y el villano, aunque como dije, esta novela va mucho más allá de lo que se aprecia a simple vista y esto la hace deleitable. Además se percibe cierto contenido ecológico, el cual se integra a la gran sorpresa final del libro. En suma, un texto recomendable, que hará las delicias de los adictos al género fantástico y la ciencia ficción. Aunque no muy denso, resulta bastante entretenido y contiene un gran valor literario pues representa a la novela fantástica peruana tal como es, o tal como debe ser.

—Carlos Enrique Saldivar

Publicado originalmente en la revista Velero 25:

http://www.velero25.net/2010/04abr10/abr10pg15.htm

Correspondiente a abril de 2010

De Lunes a Marte (José Manuel Balta)



Balta, José Manuel. De Lunes a Marte.

Lima: Editorial Casatomada, 2011. 85 pp.

El famoso escritor de ciencia ficción y científico Isaac Asimov (el buen Doctor) solía decir que escribir una obra literaria con sencillez era una buena elección. De esto habían dejado constancia algunos otros escritores del género como el poco estudiado, pero conocido por los fanáticos, Clifford D. Simak, maestro del maestro: es mejor crear un texto a base de descripciones, acciones y simbolismos apropiados, atrás deben quedar las ampulosidades y los excesos verbales. El buen doctor también mencionaba que los escritores tenían la mala idea de que redactar con un lenguaje desmesuradamente verboso y exuberante podía tomar desprevenido al lector y podía hacerle creer que estaba ante un excelente escritor. Opino que todo depende del gusto del lector, uno preparado, por supuesto. Como lector que soy —y me considero uno constante y entrenado— podría decir que todo modo de escritura es válido, siempre y cuando no atente contra el mensaje que se intenta dar con el cuento. Veamos por ejemplo a Lovecraft, con su lenguaje oscuro y adjetivación frondosa, a Kipling con sus juegos verbales en muchas ocasiones o descripciones exactas en otras, o a Clemente Palma, con su lirismo exclamativo e ingenioso propio de su época (y que sigue gustando a cada generación de adeptos a Lo fantástico). En este caso, a pesar de ser un gran admirador del lenguaje intrincado y difícil (estoy hablando como lector) debo darle gracias a Asimov por enseñarme el camino y saber cómo debo escribir mis propios textos y cómo podría hacerlo un escritor que recién se inicia en las lides de este difícil arte que es la narración corta. En un cuento no podemos darle muchas vueltas al asunto, no podemos andarnos con rodeos. Cabe decir que Asimov fue muy criticado por su lenguaje (cierto amigo me comentó que al buen doctor lo acusaron muchas veces de tener un estilo descuidado), pero también Lovecraft fue atacado por su estilo excesivamente frondoso, entonces, ¿cuál es la verdad acerca de este polémico tema es queel manejo del lenguaje literario? ¿Cuál es el tipo de forma que merece atención de la crítica? Prometo abordar este difícil tema algún día. Dejémoslo ahí por el momento. Lo único que importa es, como ya he dicho, la opinión del lector. Un lenguaje claro, clarifica la mente y no fatiga. Engancha al receptor y lo seduce para seguir leyendo. Esto viene a colación a propósito del comentario literario que a continuación viene.

José Manuel Balta es un joven narrador peruano que forma parte de la nueva hornada de escritores que han escogido la vertiente fantástica para poder expresar su voz artística. No es mi intención colocar a un cierto número de narradores dentro de un grupo determinado que bien podría distanciarse de otros jóvenes literatos que publican cuentarios y novelas dentro del género realista, pero a fin de crear un cierto orden dentro del ambiente literario es que me arriesgo a mencionar que entre el año 2010 y el presente han surgido una suerte de muchachos y muchachas que han publicado libros de relatos y novelas y, muchos de ellos, han empezado a publicar textos breves en diversos medios virtuales y físicos, como el fanzine El horla (publicación peruana que se dedica exclusivamente al género de la imaginación) demostrando con ello que su incursión en el arte escrito no es casualidad ni coincidencia, sino una cuestión de vocación verdadera. Mencionaba que me es un tanto tormentoso encuadrar a todos estos narradores dentro de una misma esfera ya que me es imposible saber cuántos de estos jóvenes consigan escribir una obra ubicada dentro de la literatura general en el futuro, lo que si es innegable es que la gran mayoría de ellos se han introducido de lleno a la literatura fantástica, es más, algunos prometen continuaciones de las obras que han publicado, como las sagas a las que nos tienen acostumbrados los grandes escritores mundiales de fantasía. Sobre este interesante punto ahondaré más en la futura reseña de un libro que precisamente se inscribe dentro de esta llamativa opción comercial.

De Lunes a Marte consta de trece relatos, todos interesantes y bien narrados, los cuales se vuelven deliciosos debido a la multiplicidad de temas con cierta originalidad en un par de ellos. El cuento que da título al libro es la historia de un moralista joven que encuentra un misterioso texto, el cual devela una extraordinaria verdad acerca de la humanidad. La angustia del personaje se conecta con la del lector debido a que el primero tiene una misión muy difícil de realizar. Es interesante notar en este cuento una enorme “brecha” entre las primeras partes del relato y el fragmento final, en este espacio pudo desarrollarse una historia más amplia, una novela tal vez. Tal vez el autor se decida a narrar en el futuro la guerra entre los defensores del medio ambiente y las compañías contaminantes. En El umbral del universo podemos notar al narrador omnisciente que, al igual que el texto anterior, cuenta todo como una crónica, de manera muy rápida a fin de crear un contexto adecuado para el sorprendente final. Este relato puede insertarse dentro de la vertiente fantacientífica de los viajes espaciales, aunque con un toque de decepción. La habitación clausurada mantiene la línea de las dos historias anteriores. Aunque es una ficción de premisa lovecraftiana, deriva en una inesperada vuelta de tuerca que, pese a todo, no sorprende demasiado. La condena del ermitaño conjuga elementos de ciencia ficción y fantasía consiguiendo un fascinante desenlace que se enlaza a la siempre exuberante mitología griega. Nótese aquí una fusión de géneros que trasciende las dos vertientes de la imaginación, uniéndolas de un modo armonioso. Micaela es cuento ciento por ciento fantástico acerca de la pérdida de la identidad, dos fuerzas luchan en el interior de un joven, una de ellas es diabólica, solo la energía pura de una noble muchacha podrá combatir el mal. El manzano es el segundo gran relato del libro, se funda aparentemente en la ciencia ficción debido a la inicial amenaza biológica que atenta contra un muchacho. No obstante, el cierre del cuento retoma un tema bíblico muy conocido que crea una multiplicidad de lecturas. La hija del mar es el mejor texto del cuaderno. Esta breve historia, narrada a manera de cuento de hadas, provoca en el lector una suerte de emociones bien definidas. El giro en mitad de la trama resulta notable, pero más eficaz aún es el conflicto final, la fusión de la chica con el mar debido a una pena intolerable. El personaje de Brisa permanecerá en nuestras mentes y corazones de modo duradero. El estruendo de los Amaruru es una narración inclasificable que se desarrolla en un ambiente de leyenda.El torturador es brevísimo texto de horror con un final que se decanta hacia la mitología cristiana. Despertando de la penumbra es otro cuento que toma la fantasía heroica, el ambiente tribal, el guerrero y la misión a cumplir. Una noche en el camino es el tercer gran relato del libro, aunque el planteamiento no es original (autores como Robert A. Heinlein y Poul Anderson ya han desarrollado el tema del “superser” que vive en nuestra realidad sin ser detectado por los seres humanos debido a su magnificencia); no obstante en el cuento de Balta el enfoque es tan original que el relato deslumbra. ¿Acaso Dios en su afán por salvarnos de las catástrofes sólo consigue lastimarnos debido a su inconmensurable tamaño? La respuesta se encuentra en la última línea. El pájaro humano es un texto reflexivo que sorprende sobremanera (por enésima vez) con su logrado desenlace, un homenaje a Asimov. En Aquella noche en el Jirón Quilca, última narración de la obra, el final también consigue noquear al lector. En suma, un interesante libro que nos revela a un escritor que promete.

Carlos Enrique Saldivar

jueves, 28 de abril de 2011

Editorial: Falso requiem por "Lo Insólito"



Entre 1977 y 1980, el Perú (y algunos países vecinos) fueron invadidos. Invadidos por OVNIS, astrólogos, médiums, fantasmas, contactados, reencarnados, monstruos, duendes, hadas, hombres de negro, viajeros del tiempo, rusos capaces de hacer flotar cosas en el aire, psicofonías, ectoplasmas, levitación, yoga, radiestesia, el poder de las pirámides, cristales curativos... en suma: exobiología, espiritismo, parapsicología, astrología, esoterismo, etc.


¿Por donde se filtraron, a esta realidad, semejante caterva de seres y sucesos proscritos por la razón y el sentido común, algunos de ellos más falsos que billete de 6 soles? Pues por una brecha abierta por la revista Lo insólito, que inició su andadura con la famosa cara en Marte publicada en la portada... de cabeza. Reproduzco aquí la presentación de la revista:






"DEL EDITOR

He aquí una revista que se propone llenar un vacío de la información: el que corresponde a noticias, estudios y reflexiones, acerca de hechos considerados insólitos.



Hechos que, simplemente, son manifestaciones de aquellas leyes de la naturaleza, que aún desconocemos.



O bien de mundos que recién comenzamos a descubrir en toda su magnitud; uno de ellos es el de nuestra mente, poco o mal conocida; otros, pertenecen a esferas diferentes y lejanas y cada día se afirman más.



Leer "Lo Insólito" será una grata evasión de lo cotidiano, una interesante incursión en dimensiones distintas, así como un provechoso retorno a las fuentes.



Leer "Lo Insólito" nos permitirá trabar mayor conocimiento con nosotros mismos y comprender mejor las incógnitas que nos rodean.






1ro de junio de 1977






COARTE"






Demás está decir que muchos nos volvimos fanáticos de Lo Insólito que, a partir del primero de junio de 1977, se publicó quincenalmente, sin fallar ni una sola vez a la cita, hasta su último número, el cincuenta, publicado en 1980. Llegué a coleccionar los cincuenta números que publicaron, convencido de que los casos y fenómenos publicitados en la misma eran tan verídicos como cualquier otro evento. Tenía entre nueve y diez años cuando comencé a coleccionarla. Doce al finalizar la publicación.




De modo que ese período de mi vida transcurrió esperando con avidez cada quincena, a la espera de la columna Extraño, muy extraño de la misteriosa periodista Zizi Ghenea, los fantásticos cuentos disfrazados de humor de todo color de la escritora María Tellería Solari (autora del cuento La apotéosis de la maestra, un excelente relato fantástico), las apocalípticas Noticias espeluznantes, la sección Miscelánea (gracias a la cual supe de la existencia de escritores como Isaac Bashevish Singer, René Barjavel, Alvin Toffler), que demostraba que nuestro Perú estaba plagado de esoteristas, curanderos, videntes, brujas, tarotistas, cabalistas, alquimistas, iniciados de las más diversas tradiciones ocultas. Las ilustraciones a cargo de Jorge Bernuy convertían cada historia en un clásico. Y qué decir de la sección Nuestro invitado de hoy, por la que desfilaron parasicólogos, sacerdotes, contactados, . Fue gracias a Lo Insólito que el hoy disuelto Grupo RAMA se hizo famoso a nivel mundial, prometiendo una catástrofe mundial que nunca llegó. Las excursiones a la meseta de Marcahuasi hicieron furor luego de ser publicadas las ideas del desaparecido Daniel Ruzo en torno a las formaciones rocosas existentes.




Con los años, empezaron a ocurrir extraños fenómenos. Algunos OVNIs fotografiados comenzaron a parecerse más a hornillas de cocina que a naves interplanetarias. Otros dejaron ver misteriosos remaches, más propios de calderas de vapor que de motores atómicos. Los extraterrestres nunca descendieron y los contactados se convirtieron en oficinistas. A los objetos que los rusos hacían flotar en el aire se les rompió el hilo. Las cartas del tarot se ajaron, la Atlántida nunca fue encontrada, los esqueletos de origen desconocido resultaron ser huesos de tiburón, las piedras grabadas de Ica se desdibujaron. Los sueños de la infancia fueron reemplazados por los de la adolescencia. De Lo insólito, cuyo último número fue publicado en 1980, me pasé, no se si con cierta lógica, a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Es decir, literatura y ficción en torno a fenómenos que ahora sabía inexistentes, pero que no habían perdido - al menos para mí - su mágico poder evocador.




De manera que Lo Insólito, producto de la labor de Jorge Castro de los Ríos, Alvaro Ruiz de Somocurcio, Zizi Ghenea, María Tellería Solari, Tiberio Petro - León, Jorge Bernuy, el grupo COARTE, cumplió al final su labor: asombrar, hechizar, iniciar, enseñar... trazar un camino que nos ha llevado, a algunos, a seguir soñando con mensajes de los astros, con mundos más allá de la imaginación, con lo insólito que se oculta a la vuelta de la esquina.




El presente editorial es, por eso, un falso requiem, por que Lo insólito no ha muerto, sigue vigente. Siguen ocurriendo hechos inexplicables, como el que un chico de pueblo acabe abjurando de una mediocre carrera de abogado para dedicarse a escribir un blog sobre ciencia ficción, descuidando su hogar con esposa y dos hijos, detenido en unos eternos doce años, soñando aún con naves, brujas y monstruos. Observando de vez en cuando los cielos, esperando que retornen.




Extraño, muy extraño...







Daniel Salvo, abril de 2011

miércoles, 20 de abril de 2011

Serpiente del sueño (Vonda N. McIntyre)




La acción de Serpiente del sueño transcurre en un futuro bastante peculiar. La Tierra, al parecer, ha atravesado por un conflicto nuclear de efectos devastadores. Pero aunque la civilización que conocemos ha colapsado, hay vestigios que nos indican, entre otras cosas, un gran avance en ciencias médicas y un contacto con seres extraterrestres cuya presencia en nuestro planeta continúa, aún cuando estos alienígenas apenas intervienen en los asuntos humanos.



En este escenario post atómico, la dispersa humanidad ha formado clanes o tribus independientes, cada una con sus propios sistemas de conocimientos, organización política, adelanto tecnológico y costumbres sexuales. La protagonista de la novela, Serpiente, es una curadora, cuyas habilidades médicas dependen en gran medida de sus "acompañantes", tres serpientes venenosas con las cuales puede otorgar a sus eventuales pacientes un tratamiento que podría considerarse milagroso, a juzgar por sus logros (cura del cáncer, restitución de habilidades motoras, entre otras). La manera en la cual Serpiente ha obtenido su asombroso conocimiento se basa, empero, en las ciencias biológicas, de las cuales apenas se nos ofrece algunos atisbos.



Los curadores, casta a la cual pertenece Serpiente, son conocidos y respetados por ese conocimiento, no siempre comprendido por sus beneficiarios. Así, en medio de una curación in extremis, Serpiente perderá a una de sus colaboradoras, una serpiente de sueño, una especie de reptil que no es oriunda de la Tierra, sin la cual las habilidades curativas de Serpiente se ven practicamente anuladas. Sin una serpiente de sueño, una curadora es inoperante.



Serpiente se verá forzada así a buscar otra serpiente de sueño, a sabiendas de que se trata de una misión casi imposible: las serpientes de sueño se reproducen muy rara vez, y ni siquiera se ha logrado conseguir un proceso de clonación que pueda considerarse exitoso. Siguen siendo una especie extraterrestre, tan incomprensibles como los exteriores que moran entre los humanos. Es gracias a esta búsqueda que podemos obtener una visión de primera mano del mundo del futuro, que no difiere mucho del nuestro en los aspectos más negativos: ignorancia, esclavitud, prepotencia y egoismo continúan siendo los principales móviles de la existencia de muchos seres humanos, al igual que la locura.



Pero no todo es negativo. La propia Serpiente se nos presenta como una mujer de gran entereza moral y llena de eso que podemos definir como vocación de servicio, alguien que vive para que otros puedan vivir, y que en más de una ocasión deberá dejar de lado su propia comodidad - siempre al alcance de la mano, siempre una tentación - en aras de los objetivos superiores a los que ha consagrado su existencia. Sin dejar de ser humana, Serpiente tomará siempre la decisión correcta, aún cuando esto no le proporcione beneficio alguno. Rescatará a una niña de sus explotadores (tan civilizados como crueles), y a cambio obtendrá la ocasión de desarrollar una maternidad que aprende a disfrutar.



El momento cumbre de la novela llega cuando Serpiente, ante los rumores de la existencia de un lugar donde podría encontrar al fin otra serpiente de sueño, se dirige al mismo para encontrarse con la tentación final, un poder mediante el cual podría obtener todo lo que alguien en sus condiciones podría desear.



Una hermosa historia protagonizada por un personaje inolvidable. Serpiente del sueño obtuvo los premios Nebula (1978), Hugo y Locus (1979).



Daniel Salvo

martes, 12 de abril de 2011

Milenio negro (J.G. Ballard)







Sólo un genio como Ballard pudo lograr lo increíble: convertir un típico barrio de clase media inglesa en un planeta exótico, y a sus moradores, en extraterrestres de incomprensible comportamiento.


Por que de eso va Milenio negro (Millenium People, 2003), novela que para muchos no califica en lo más mínimo como ciencia ficción, pero que a mi juicio, es una de las visiones prospectivas más sombrías y certeras acerca del futuro que estamos creando. No un futuro distópico ni postapocalíptico, sino uno en el cual nada cambia. Lúgubre, ¿no?


La acción - narrada muy ballardianamante, dicho sea de paso - se centra en un barrio de clase media inglesa, Chelsea Marina. Hablar de un barrio de "clase media" británica no es lo mismo que hablar de su equivalente en un país tercermundista. Los ingleses de la novela viven en urbanizaciones despejadas, educan a sus hijos en exclusivos internados, toman clases de equitación, realizan periodicamente viajes de placer al extranjero, son todos profesionales con buenos ingresos, auto del año en la cochera y, como mínimo, un divorcio.


¿Se dan cuenta? Como quien no quiere la cosa, Ballard comenzó a hablar de nosotros, pero de una manera tan corrosiva y realista que poco falta para coger una soga y colgarse. Por que la vida de esta clase media está tan esquematizada que carece por completo de gracia y encanto. No hay retos, no hay conflictos, no hay objetivos: se limita a cumplir su papel de eterna aspirante a ascender al status de clase alta y de servir de muro de contención para las clases bajas. Vive entre el arribismo y el miedo, y muy cómodamente, por cierto, lo cual es eventualmente recompensado desde la cúspide de la pirámide a la cual no llegarán jamás, pero a la que creen pertenecer.


En esta utopía gris, ocurre sin embargo un hecho singular: un atentado en un aeropuerto, en el cual fallece la ex-esposa del psicólogo David Markham, uno de los forzados protagonistas de Milenio negro. Su sentimiento de culpa por lo ocurrido (ya ven, es tan clase media...) lo lleva a investigar el hecho, para descubrir - e involucrarse con - un movimiento de lo más sorprendente, encabezado nada menos que por un médico, el doctor Gould, quien se ha hartado de su papel de conservador del orden y ha decidido encabezar una revolución de la clase media, nada menos. Basta de docilidad y servilismo, sacúdanse de la ilusión de pertenecer a una clase superior que en el fondo los desprecia y utiliza. Rebelión, subversión y terrorismo; palabras que sólo queremos leer en los textos de historia (y si es de otros países, mejor).


Y vaya que sus métodos son peregrinos, por decir lo menos: retirar a los niños de las escuelas, abandono de automóviles en la vía pública, mudanzas en masa... En fin, despojarse de todo los supuestos símbolos de status que los definen. Como ejemplo de estas medidas, una ex-presentadora de televisión va de casa en casa para hablar con señoras en bata y destruir su sencilla fe en el five o´clock tea.


Pero no todo es tan pacífico. Se organizan ataques y otras acciones más violentas, que al final ponen en alerta a la ciudad. El atentado en el cual ha fallecido la ex esposa de David Markham adquirirá un cariz más siniestro, y la figura del doctor Gould acabará convirtiéndose en un eco del Kurtz de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, una mente oscura de la cual brotan tanto el miedo como el asombro.


El plot que moviliza la acción de Milenio negro tiende a ser algo confuso, orientado a lo policial antes que a lo especulativo. Pareciera que Ballard cogió la primera idea que se le vino a la mente y la convirtió en un vehículo para expresar su poco optimista visión de lo que el siglo XXI nos ofrece. Markham, al afianzar su relación con Gould, llegará a involucrarse tanto con el movimiento que no tendrá más remedio que elegir entre las sempiternas opciones de la clase media: seguir sirviendo de útil lubricante para que la maquinaria social siga funcionando, es decir, que las clases altas no se mezclen con las clases bajas; o asumir un papel más revolucionario, como en su momento lo hicieron las clases medias de Francia en el siglo XVIII. El otrora tranquilo barrio de Chelsea Marina, rodeado de policías y agentes del orden que no saben cómo convencer a los profesionales que vuelvan a sus automóviles y a sus clubes, está a punto de convertirse en una barricada, acaso la chispa de una revolución.


¿Asumiran los nuevos líderes del movimiento su responsabilidad? ¿Optarán al fin por la libertad, la creatividad, la liberación de su vida alienada por el servilismo y la comodidad, por el falaz sentimiento de sentirse superiores a las clases bajas?


Si usted pertenece o cree pertenecer a la clase media, ya sabe el final de la historia.


Daniel Salvo

miércoles, 23 de marzo de 2011

Editorial: El triunfo de la educación, los valores y la creatividad


Atlantis, el imperio perdido (2001), película de dibujos animados producida por los estudios Disney, es un steampunk más que decente, en el cual, con la tecnología de 1910, un grupo de aventureros descubre cómo llegar a lo que queda de la antigua civilización atlante, un reino submarino pletórico de prodigios, a pesar de su decadencia.


Pero además de la aventura, Atlantis ofrece otros motivos de interés. Uno de ellos, la contraposición de los personajes, obviamente buenos y malos, pero llenos de matices que ameritan su análisis. En particular, dos de ellos: Milo Thatch y Lyle T. Rourke.


Milo Thatch, protagonista principal de Atlantis, aparece al inicio como el típico perdedor. Extremadamente delgado, torpe de movimientos, usa gruesos anteojos. Además, es experto en saberes aparentemente "inútiles" como la lingüística, la historia y la cartografía. Por último, como buen nerd, tiene una obsesión con la Atlántida, el mítico continente perdido que, según Milo, tuvo existencia real y cuyo rastro puede seguirse a partir de ciertas claves arqueológicas. Demás está decir que Milo es el hazmerreir del museo en el cual trabaja como operario de calefacción.


Su suerte cambia cuando un millonario excéntrico, quien también cree en la existencia de la Atlántida, decide solventar una expedición en búsqueda del continente perdido, para lo cual necesita a Milo debido a sus conocimientos en lingüística e historia. Milo es reclutado para participar en la expedición, lo que le permite abandonar su deprimente trabajo en el museo.


Al integrarse al equipo, Milo conoce al lider de la expedición, el arrogante Lyle T. Rourke. Fornido, saludable, seguro de si mismo al extremo de la pedantería, Rourke no deja de manifestar a cada momento que es el “macho alfa” de la expedición. Sus órdenes son acatadas sin dudas ni murmuraciones. En cambio, el pobre Milo es objeto de burlas y maltratos por parte de sus nuevos compañeros.


Pero la situación cambia a medida que avanza la historia. No puedo evitar recurrir a los spoilers, pero dado que se trata de una película del año 2001, casi todos deben haberla visto. Ni bien los expedicionarios ponen un pie en la Atlántida, es Milo quien asume un papel más destacado. Sus conocimientos en historia y arqueología son los que permiten a la expedición encontrar la Atlántida. Gracias a sus conocimientos en lingüística, se logra establecer comunicación con los atlantes sobrevivientes. Y gracias a su ética como académico e intelectual, Milo consigue ganarse el respeto de que quienes otrora lo despreciaban, al punto de convertirlos en partidarios de su causa: evitar la destrucción final de lo que queda de la antigua Atlántida. Y, last but not least, Milo es quien conquista a la hermosa Kida, la última princesa de la Atlántida.


A simple vista, una típica historia de Disney, final feliz incluido. Pero en los tiempos presentes, en los que un comercial de televisión aboga por la abolición del pensamiento racional (el niño que no puede restar) y los propios universitarios se quejan por que les exigen leer mucho, cabe considerar Atlantis, el imperio perdido como una metáfora de la lucha entre el la valoración del conocimiento aparentemente inútil que encarna Milo contra el cínico pragmatismo que encarnaría Rourke. Rourke es una caricatura que, sin embargo, tuvo y tiene todavía muchos admiradores en el Perú, como que fuimos el país en el cual se gestó la expresión “cultura combi”, como expresión de un oportunismo chabacano, mal entendido como pragmatismo, según el cual todo vale con tal de conseguir lo que uno desea. Demás está decir que esta cultura atroz tuvo su máximo esplendor entre 1990 y 2000, propugnada nada menos que desde las más altas esferas políticas, eclesiásticas y culturales del país. El Perú fue el imperio (ojalá que perdido, ojalá) de la cultura combi, el país donde los Rourke (aunque nuestros aprendices de Rourke tenían más facha de arrastrados que de otra cosa) de toda laya pisoteaban orondos todo lo que tuviera que ver con la cultura, la ciudadanía, la inteligencia, el conocimiento, la solidaridad y el respeto al prójimo. En suma, en el Perú, Milo Thatch también la habría pasado muy mal.


Pero al final, las cosas son como son. El tipo de ciudadanía que encarna Milo, el estudioso, el investigador, el intelectual interesado en adquirir conocimiento antes que poder o prestigio, no suele gozar al principio del apoyo de una sociedad orientada a valores espúreos. Apostar por el conocimiento, por la reflexión, por la ética, aparentemente nos convierte en “lornas” incapaces de sobrevivir en un mundo que se nos presenta cada vez más decadente y corrupto. ¿Son así realmente las cosas?


Sólo podemos decir que, en asuntos humanos, no existe el determinismo. El desarrollo del conocimiento y el observar una conducta ética nos permite, utilizando términos tomados del excelente libro “El cultivo del discernimiento” (editado por Susana Frisancho y Gonzalo Gamio, pueden leer su Introducción aquí), convertirnos en agentes racionales; no meros sujetos que se dejan llevar por caprichos del momento, sino en ciudadanos con capacidad de asumir nuestros derechos y deberes con asertividad. La ética no está desvinculada de la capacidad de tomar buenas decisiones, y el conocimiento matiza de manera positiva esta capacidad, de manera que las consecuencias positivas de nuestras decisiones se hacen permanentes. Tal sería la lección que parece enseñarnos Milo Thatch; mientras que Rourke obtiene triunfos y victorias efímeras y aparentes, para luego ser despojado de las mismas.


Tal vez la verdadera Atlántida fue sólo un reino mítico y utópico, un mero ejercicio intelectual de Platón. Pero puede ser que gracias a nuestro desarrollo como agentes racionales, llegue a existir.



Daniel Salvo